La ambición personal (Santiago 3:13 - 4:12)

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

La ambición personal es lo opuesto a atender las necesidades de otros. No solo pone nuestras necesidades antes que las de los demás, sino que las enfrenta en contra de las de ellos. En nuestra ambición personal, trabajamos activamente para perjudicar a otras personas, lo que destruye la paz y evita que sirvamos a alguien más aparte de nosotros mismos.

La ambición personal es lo que nos impide hacer la paz (Santiago 3:16 - 4:11)

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La ambición personal es lo que nos impide hacer la paz (Santiago 3:16 - 4:11)

La ambición personal hace que avancemos a costa de otros. Esto convierte a todos los demás en enemigos, lo que inherentemente perturba la paz, el orden y el bienestar de la organización. El pasaje se resume adecuadamente en Santiago 3:16: “Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala”. Para solucionar este problema, Santiago resalta una práctica particular que vence la ambición personal: hacer la paz.[1] “Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz” (Stg 3:18). Como es típico, hace referencia a un trabajo —en este caso, la cosecha de grano— para explicar este concepto, nombrando varias características de hacer la paz: afligirse por el daño que le hacemos a otros (Stg 4:9), humillarnos (Stg 4:10), no calumniar, acusar ni juzgar (Stg 4:11) y ser misericordiosos y sinceros (Stg 3:17). Los cristianos pueden y deben poner en práctica todos estos aspectos en su trabajo.

La sumisión a Dios vence toda ambición personal (Santiago 4:2-5)

La ambición personal causa disputas y peleas dentro de la comunidad cristiana. Santiago dice que la causa principal es la falta de dependencia de Dios. “Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres” (Stg 4:2–3). Dejamos de depender de Dios cuando ni siquiera le pedimos lo que necesitamos. Es interesante que la razón por la que no dependemos de Dios es porque queremos satisfacer nuestros propios placeres en vez de servir a otros. Esto envuelve los dos principios en una unidad integral. Santiago lo plantea metafóricamente como un amorío adúltero con el mundo, refiriéndose a la riqueza y el placer que creemos que podemos encontrar en el mundo sin Dios (Stg 4:4–5).[2]

De nuevo, haciendo eco del Sermón del monte (Mt 5:9).

Santiago toma la metáfora del adulterio de los profetas del Antiguo Testamento, quienes la usaban con frecuencia para hablar de la búsqueda de riqueza y placer como sustitutos de Dios.

Invirtiendo en otros (Santiago 4:1-12)

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Aunque usa la metáfora del adulterio, Santiago está hablando de la ambición personal en general. En el trabajo, una tentación es usar a otros como peldaños para conseguir nuestro propio éxito. Cuando nos robamos el crédito del trabajo de un subordinado o un compañero, cuando ocultamos información de un rival para un ascenso, cuando culpamos a alguien que no está presente con el fin de defendernos a nosotros mismos o cuando nos aprovechamos de alguien que está en una situación difícil, somos culpables de ambición personal. Santiago tiene razón al decir que esta es una de las fuentes principales de los altercados. Irónicamente, la ambición personal puede impedir el éxito en vez de estimularlo. Entre más alta sea nuestra posición en una organización, más dependemos de otros para lograr el éxito. Puede ser tan simple como delegarle trabajo a los subordinados, o tan complejo como coordinar un equipo que trabaja en un proyecto internacional. Entonces, si nuestra reputación es que pasamos por encima de los demás para avanzar, ¿cómo podemos esperar que otros confíen y sigan nuestro liderazgo?

La solución está basada en someterse a Dios, que creó a todas las personas a Su imagen (Gn 1:27) y envió a Su Hijo a morir por todos (2Co 5:14). Nos sometemos a Dios cada vez que ponemos nuestra ambición al servicio de otros por encima de nosotros mismos. ¿Queremos alcanzar una posición de autoridad y excelencia? Entonces debemos comenzar ayudando a otros trabajadores a que tengan más autoridad y excelencia. ¿El éxito es una de nuestras motivaciones? Debemos invertir en el éxito de los que están a nuestro alrededor. Irónicamente, invertir en el éxito de otros también podría ser lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos. De acuerdo con los economistas Elizabeth Dunn de la Universidad de British Columbia y Michael Norton de la Escuela de negocios de Harvard, invertir en otras personas nos hace más felices que gastar dinero en nosotros mismos.[1]

Elizabeth Dunn y Michael Norton, Happy Money: The Science of Smarter Spending [Dinero feliz: la ciencia del gasto inteligente] (Nueva York: Simon & Schuster, 2013).