La ambición personal es lo que nos impide hacer la paz (Santiago 3:16 - 4:11) : 1231

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La ambición personal es lo que nos impide hacer la paz (Santiago 3:16 - 4:11)

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo
La ambición personal es lo que nos impide hacer la paz (Santiago 3:16 - 4:11)

La ambición personal hace que avancemos a costa de otros. Esto convierte a todos los demás en enemigos, lo que inherentemente perturba la paz, el orden y el bienestar de la organización. El pasaje se resume adecuadamente en Santiago 3:16: “Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala”. Para solucionar este problema, Santiago resalta una práctica particular que vence la ambición personal: hacer la paz.[1] “Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz” (Stg 3:18). Como es típico, hace referencia a un trabajo —en este caso, la cosecha de grano— para explicar este concepto, nombrando varias características de hacer la paz: afligirse por el daño que le hacemos a otros (Stg 4:9), humillarnos (Stg 4:10), no calumniar, acusar ni juzgar (Stg 4:11) y ser misericordiosos y sinceros (Stg 3:17). Los cristianos pueden y deben poner en práctica todos estos aspectos en su trabajo.

La sumisión a Dios vence toda ambición personal (Santiago 4:2-5)

La ambición personal causa disputas y peleas dentro de la comunidad cristiana. Santiago dice que la causa principal es la falta de dependencia de Dios. “Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres” (Stg 4:2–3). Dejamos de depender de Dios cuando ni siquiera le pedimos lo que necesitamos. Es interesante que la razón por la que no dependemos de Dios es porque queremos satisfacer nuestros propios placeres en vez de servir a otros. Esto envuelve los dos principios en una unidad integral. Santiago lo plantea metafóricamente como un amorío adúltero con el mundo, refiriéndose a la riqueza y el placer que creemos que podemos encontrar en el mundo sin Dios (Stg 4:4–5).[2]

De nuevo, haciendo eco del Sermón del monte (Mt 5:9).

Santiago toma la metáfora del adulterio de los profetas del Antiguo Testamento, quienes la usaban con frecuencia para hablar de la búsqueda de riqueza y placer como sustitutos de Dios.