Las Epístolas generales y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción a las epístolas generales

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A las siete cartas de Santiago, 1 y 2 Pedro, 1, 2 y 3 Juan y Judas se les conoce como las Epístolas generales (o católicas), ya que parece que le hablan a la iglesia en general, no a una iglesia en particular. También se unen por su interés en temas prácticos como el liderazgo organizacional, el trabajo duro, la equidad, las buenas relaciones y la comunicación eficaz.

Las Epístolas generales reflejan el reto esencial que enfrentaban los cristianos en el Imperio romano: cómo seguir a Jesús en un ambiente difícil. Los primeros cristianos enfrentaban problemas como la esclavitud, el favoritismo y el abuso de los ricos y poderosos. Soportaban palabras duras y conflictos. Soportaban las tensiones que existen entre la ambición y la dependencia en Dios, y el temor de que hacer las cosas a la manera de Dios los pondría en conflicto con las autoridades. En general, sentían cierta hostilidad al vivir y trabajar en un mundo que parecía incompatible con la idea de seguir a Jesús.

Muchos de los cristianos hoy en día experimentan tensiones similares en el trabajo. Por una parte, muchos tienen más oportunidades de servir a Dios en su trabajo que en cualquier otra área de su vida. Los lugares en donde trabajan en negocios, el gobierno, centros educativos, organizaciones sin ánimo de lucro y el hogar benefician en gran manera a la sociedad. Por otra parte, comúnmente, la mayoría de lugares de trabajo no están dedicados a los propósitos de Dios, tales como servir el bien común, trabajar por el beneficio de otros, estrechar las relaciones entre las personas, extender la justicia y desarrollar el carácter. Ya que las metas principales de los lugares de trabajo —generalmente maximizar las ganancias— son diferentes a las metas finales de los cristianos, es de esperarse que exista una tensión en nuestros roles duales como seguidores de Cristo y trabajadores en lugares diferentes a la iglesia. Aunque la mayoría de lugares de trabajo no son malos de forma intencional —así como muchas partes del Imperio romano no eran hostiles directamente con los seguidores de Jesús—,   es posible que sea difícil para los cristianos servir a Dios en su trabajo. Ya que las Epístolas generales fueron escritas para guiar a los cristianos que experimentaban tensiones en el mundo a su alrededor, también son útiles para los cristianos que trabajan en la actualidad.

Estas Epístolas generales abordan temas prácticos sin rodeos. Hay dos principios importantes que son la base de los puntos que se tratan en estas cartas:

  1. Podemos confiar en que Dios provee para nosotros.
  2. Debemos trabajar por el beneficio de los que tienen necesidad.

A partir de estos dos principios, las Epístolas generales presentan instrucciones que tienen aplicaciones sorprendentemente prácticas en el lugar de trabajo del siglo veintiuno. Aunque tal vez no deberíamos sorprendernos. Dios escogió el Imperio romano como el lugar por donde Dios entraría en forma humana como Jesús. Dios también escoge el lugar de trabajo actual para que allí habite Su presencia.

Santiago: la fe y el trabajo

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Santiago tiene una perspectiva orientada a la acción de los dos principios esenciales (que podemos confiar en que Dios provee para nosotros y que debemos trabajar por el beneficio de los que tienen necesidad). Si la fe es real —si realmente confiamos en Dios—, será evidente en toda clase de acciones prácticas para el beneficio de los que tienen necesidad. Esta perspectiva hace que Santiago sea un libro eminentemente práctico.

La perseverancia, la sabiduría y el crecimiento espiritual (Santiago 1:1-3)

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Santiago comienza enfatizando la estrecha conexión que existe entre la vida diaria y el crecimiento espiritual. Específicamente, Dios usa la adversidad y los retos de la vida diaria y el trabajo para incrementar nuestra fe. “Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada” (Stg 1:2–4). Las “diversas” pruebas —incluyendo los problemas en el trabajo— nos pueden estimular al crecimiento, pero Santiago se interesa particularmente en los retos que son tan intensos que resultan en “la prueba de vuestra fe”.

¿Qué clase de retos enfrentamos en el trabajo que pueden probar nuestra fe —o fidelidad— en Cristo? Un tipo de adversidad puede ser la hostilidad religiosa. Dependiendo de nuestra situación, la fe en Cristo nos puede exponer a cualquier cosa, desde prejuicios menores, tener oportunidades laborales limitadas e incluso al despido, lesiones físicas o muerte en el trabajo. Incluso si otros no nos presionan, podemos ser tentados a abandonar nuestra fe si creemos que el ser identificados como cristianos puede impedir el avance de nuestra carrera.

Otra clase de prueba podría ser ética. Podemos ser tentados a abandonar la fe —o la fidelidad— al cometer robo, fraude, deshonestidad, tratos injustos o aprovecharnos de otros para enriquecernos o avanzar en nuestra carrera. Otra clase de prueba surge del fracaso en el trabajo. Algunos fracasos podrían ser tan traumáticos que tal vez hagan flaquear nuestra fe. Por ejemplo, ser despedidos o expulsados de un trabajo puede ser tan devastador que nos lleve a cuestionar todo lo que creíamos anteriormente, incluyendo nuestra fe en Cristo. O podemos creer que Dios nos llamó a nuestro trabajo, nos prometió grandeza o nos debe dar el éxito porque le hemos sido fieles. En ese momento, el fracaso laboral parece indicar que no se puede confiar en Dios o que Él ni siquiera existe. O podemos tener tanto temor que dudamos que Dios pueda seguir proveyendo para nuestras necesidades. Todos estos retos relacionados con el trabajo pueden probar nuestra fe.

¿Qué debemos hacer si nuestra fe es probada en el trabajo? Tener paciencia (Stg 1:3–4). Santiago nos dice que si encontramos una forma de no ceder ante la tentación de abandonar la fe, actuar de forma poco ética o desesperarnos, veremos que Dios está con nosotros todo el tiempo. Si no sabemos cómo resistir estas tentaciones, Santiago nos invita a pedir la sabiduría que necesitamos para hacerlo (Stg 1:5). Mientras la crisis pasa, vemos que nuestra madurez ha aumentado. En vez de sentir la falta de lo que sea que tememos perder, sentimos el gozo de encontrar la ayuda de Dios.

La dependencia en Dios (Santiago 1:5-18)

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Al hablar de la sabiduría, Santiago comienza a desarrollar el principio de la confianza en que Dios provee para nosotros. “Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Stg 1:5). Tal vez parece sorprendente que podamos pedirle sabiduría a Dios para las tareas del trabajo diario —tomar decisiones, evaluar oportunidades, confiar en los colegas o clientes, invertir recursos y otras—, pero Santiago nos dice, “pida con fe, sin dudar” que Dios nos dará la sabiduría que necesitamos. Nuestro problema no es que esperamos demasiada ayuda de Dios en el trabajo, sino que esperamos muy poca (Stg 1:8).

Es absolutamente crucial entender esto. Si dudamos de que Dios es la fuente de todo lo que necesitamos, somos lo que Santiago llama “de doble ánimo”. Todavía no hemos decidido si vamos a seguir a Cristo o no. Esto nos convierte en personas inestables en todos nuestros caminos, y no podremos lograr gran cosa para el beneficio de los demás, ni “recibir cosa alguna del Señor” para nosotros (Stg 1:7). Santiago no se hace falsas ilusiones sobre lo difícil que puede ser confiar en Dios. Él conoce muy bien las pruebas que su audiencia apenas está comenzando a experimentar gracias a la extensión del Imperio romano (Stg 1:1–2). Con todo, insiste en que la vida cristiana debe comenzar con la confianza en que Dios provee.

Santiago lo aplica inmediatamente al campo económico en Santiago 1:9–11. Las personas ricas no deben engañarse creyendo que su riqueza es gracias a su propio esfuerzo. Si dependemos de nuestras propias habilidades, nos “marchitaremos” aunque sigamos trabajando. Por otra parte, las personas pobres no deben creer que su pobreza se debe a que no tienen el favor de Dios. Más bien, deben esperar el momento en el que Dios los exaltará. El éxito o el fracaso tienen muchos factores que van más allá de nosotros. Los que alguna vez han perdido su sustento por causa de la recesión, la venta de la empresa, el traslado de oficinas, la mala cosecha, la discriminación, los daños por huracanes o mil factores más, pueden ser testigos de esto. Dios no nos promete el éxito económico en el trabajo ni nos condena al fracaso, sino que usa tanto el éxito como el fracaso para que desarrollemos la perseverancia necesaria para vencer el mal. Si Santiago 2:1–8 nos invita a invocar a Dios en tiempos de adversidad, los versículos 9–11 nos recuerdan que también lo debemos invocar en tiempos de éxito.

Note que aunque Santiago contrasta la bondad de Dios con el mal del mundo, no nos permite creer que estamos del lado de los ángeles y que los que están a nuestro alrededor están del lado de los demonios. En cambio, el bien y el mal están en el corazón de todos los cristianos. “Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión” (Stg 1:14). Aquí le habla a miembros de la iglesia, lo que debería llevarnos a pensar bien antes de asociar la iglesia con lo bueno y el trabajo con lo malo. En ambos terrenos hay maldad —como podemos ver claramente con los escándalos en las iglesias y los fraudes de negocios—, aunque por la gracia de Dios podemos ser de bendición para ambas.

De hecho, la comunidad cristiana es uno de los medios que Dios usa para ayudar al pobre. La promesa de Dios de proveer para el pobre se cumple —en parte— por medio de la generosidad de Su pueblo, ya que su generosidad es un resultado directo de la generosidad de Dios hacia ellos. “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces” (Stg 1:17). Esto afirma que Dios es la fuente suprema de la provisión y que los creyentes tienen la responsabilidad de hacer todo lo posible por llevar la provisión de Dios a los que la necesitan.

Escuchar, actuar y evitar la ira (Santiago 1:19-21)

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Santiago avanza en su guía práctica hablando sobre la importancia de escuchar. Los cristianos necesitan escuchar bien tanto a las personas (Stg 1:19) como a Dios (Stg 1:22–25). “Que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira” (Stg 1:19). Escuchamos, no como una técnica para influenciar a alguien más, sino como una forma de permitir que la palabra de Dios sea “desechando toda inmundicia y todo resto de malicia” (Stg 1:21). Es interesante que Santiago señala que escuchar a otros —y no solo escuchar la Palabra de Dios— es un medio por el cual podemos quitar la malicia de nosotros mismos. No dice que las demás personas nos hablan la Palabra de Dios, sino que escuchar a otros elimina la ira y la arrogancia que no nos permiten hacer lo que dicen las Escrituras. “La ira del hombre no obra la justicia de Dios… recibid con humildad la Palabra implantada, que es poderosa para salvar vuestras almas” (Stg 1:20–21). Cuando nos dicen cosas que no nos agradan —palabras de desacuerdo, crítica o rechazo— es fácil responder con ira, especialmente en situaciones de bastante presión en el trabajo. Pero hacerlo generalmente empeora nuestra situación y siempre desacredita nuestro testimonio como siervos de Cristo. Es mucho mejor confiar en que Dios defiende nuestra posición, en vez de defendernos a nosotros mismos por medio de palabras airadas y precipitadas.

Este consejo aplica para toda clase de trabajo. La literatura de negocios establece la importancia de escuchar como una habilidad fundamental del liderazgo.[1] Las empresas deben escuchar cuidadosamente a sus clientes, empleados, inversionistas, comunidades y otras partes interesadas. Las organizaciones deben escuchar a las personas para saber cuáles son las verdaderas necesidades que se deben suplir. Esto nos recuerda que el lugar de trabajo puede ser un suelo fértil para el trabajo de Dios, así como lo fue el Imperio romano, a pesar de la adversidad y la persecución.

Para dar un ejemplo, el primer resultado en el sitio web de publicaciones de la Escuela de negocios de Harvard , www.harvardbusiness.org en Sep 18, 2009, bajo el tema “Habilidades interpersonales”, es “Escuchar a los demás”.

El trabajo en beneficio de los que tienen necesidad (Santiago 1:22-27)

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Esto nos lleva al segundo principio del trabajo fiel: trabajar en beneficio de los necesitados. “Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos” (Stg 1:22). Este principio se deriva de forma natural del principio de confiar en que Dios provee para nuestras necesidades. Si confiamos en que Dios provee lo que necesitamos, somos libres para trabajar en beneficio de otros. Por otra parte, si nuestra confianza en Dios no nos lleva a actuar en beneficio de los que tienen necesidad, Santiago indica que en realidad no confiamos en Dios. Él dice, “La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones” (Stg 1:27). Creer implica confiar y la confianza lleva a la acción.

Parece que la fuente de las ideas de Santiago es Jesús mismo, especialmente las enseñanzas acerca del pobre y el cuidado práctico que le mostró a una gran cantidad de personas marginadas. Esto se puede ver, por ejemplo, cuando Santiago hace referencia a las enseñanzas de Jesús sobre el lugar especial del pobre en el reino de Dios (Stg 2:5; Lc 6:20) y a Sus advertencias acerca de los tesoros que se pudren “en la tierra” (Stg 5:1–5; Mt 6:19).

Esto tiene una aplicación directa en el trabajo, ya que la señal principal de que un trabajo es exitoso es que suple necesidades, ya sea en negocios, educación, asistencia médica, trabajo gubernamental, diversas profesiones, organizaciones sin ánimo de lucro y otros. Una organización exitosa suple las necesidades de sus clientes, empleados, inversionistas, ciudadanos, estudiantes, clientes y otras partes interesadas. Aunque este no es el enfoque principal de Santiago —ya que se enfoca particularmente en las necesidades de los pobres o vulnerables—, aplica de todas maneras. Cada vez que una organización suple las necesidades reales de las personas está haciendo el trabajo de Dios.

Esta aplicación no se limita al servicio de los clientes en los negocios establecidos. Requiere aún más creatividad —y demuestra todavía más la provisión de Dios— que los cristianos suplan las necesidades de los que son demasiado pobres como para ser clientes de negocios establecidos. Por ejemplo, un grupo de cristianos abrió una fábrica de muebles en Vietnam para darle empleo a personas del nivel socioeconómico más bajo en ese lugar. Por medio de la fábrica, Dios provee para las necesidades de los clientes extranjeros que necesitan muebles y para los trabajadores locales que no tenían empleo.[1] De forma similar, TriLink Global, una empresa de inversiones liderada por Gloria Nelund, ayuda a establecer negocios en el mundo en desarrollo como un medio para suplir las necesidades de personas pobres y marginadas.[2]

El deber de los cristianos no termina con servir a los pobres y necesitados en su lugar de trabajo particular. Las estructuras sociales y los sistemas político-económicos influyen grandemente en que se suplan las necesidades de los pobres. En la medida en que los cristianos podamos influenciar estas estructuras y sistemas, tenemos la responsabilidad de asegurar que se suplan las necesidades de los pobres y necesitados, así como las necesidades de los ricos y poderosos.

Entrevista de William Messenger el 29 de julio de 2010, en Hong Kong. El nombre del entrevistado no se publica por solicitud previa.

Al Erisman, “Gloria Nelund: Defining Success in the Financial World” [Gloria Nelund: definiendo el éxito en el mundo financiero] Ethix 80 (Marzo/Abril 2012), disponible en http://ethix.org/category/archives/issue-80.

Discriminar a los pobres y ganarse el favor de los ricos (Santiago 2:1-13)

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Santiago aplica ambos principios fundamentales en una advertencia contra el favoritismo por los ricos y poderosos. Comienza con el segundo principio, el de trabajar en beneficio de los necesitados. “Si en verdad cumplís la ley real conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis. Pero si mostráis favoritismo, cometéis pecado” (Stg 2:8–9). El pecado cuando preferimos a los ricos y poderosos es que nos estamos sirviendo a nosotros mismos, no a otros. Esto se debe a que los ricos y poderosos tienen la posibilidad de concedernos parte de sus riquezas y poder, en cambio los pobres no pueden hacer nada por nosotros. Sin embargo, ellos son los necesitados. Santiago ilustra su punto mostrando el trato especial que podría recibir una persona rica y bien vestida en la iglesia, mientras que una persona pobre y andrajosa es tratada con desdén. Incluso en algo tan sencillo como ir a la iglesia, los pobres necesitan una palabra de bienvenida. Los ricos —que son bienvenidos en todas partes— no tienen esa necesidad.

Santiago recurre a Levítico 19:18 —“amarás a tu prójimo como a ti mismo”— para expresar que mostrarle favoritismo a los ricos y excluir o ser irrespetuosos con los pobres no es una ofensa menor en contra de la ley de Dios que el asesinato o el adulterio (Stg 2:8–12). Al hacerlo, no estamos tratando a nuestro prójimo como a nosotros mismos o ni siquiera estamos reconociendo que una persona pobre es nuestro prójimo.

Aunque Santiago está hablando sobre las reuniones de la iglesia, también hay aplicaciones para el trabajo. En el trabajo podemos prestarle atención a las personas que nos pueden ayudar o a las que necesitan nuestra ayuda. En un lugar de trabajo sano, este puede ser simplemente un tema de énfasis. En un lugar de trabajo disfuncional —en donde todos compiten unos contra otros en una lucha de poder— se requiere valentía para estar del lado de los vulnerables. Rehusarse a tener favoritos es peligroso, en especial cuando enfrentamos el favoritismo arraigado socialmente, que es evidente en la discriminación étnica, los estereotipos de género o la intolerancia religiosa.

Aunque Santiago expresa su argumento en términos de trabajar en beneficio de los necesitados, esta aplicación trae de forma implícita el principio de confiar en Dios. Si verdaderamente confiamos en que Dios nos provee, no estaremos tan tentados a mostrarle favoritismo a los ricos y poderosos. No tendremos miedo de relacionarnos con las personas impopulares en el trabajo o la escuela. Santiago no nos exhorta a hacer buenas obras a pesar de la falta de fe en Cristo y a confiar en la provisión de Dios. Más bien, demuestra cómo la fe en Cristo hace posible que hagamos buenas obras. Irónicamente, los pobres ya viven esta verdad a diario. “¿No escogió Dios a los pobres de este mundo para ser ricos en fe y herederos del reino que Él prometió a los que le aman?” (Stg 2:5). Esta es probablemente una alusión a las palabras de Jesús del Sermón de monte o del llano (Mt 5:3; Lc 6:20). Los pobres no heredan el reino porque sean mejores personas que los ricos, sino porque ponen su confianza en Dios. Al no tener los medios para depender de sí mismos, o para congraciarse con los ricos, han aprendido a depender de Dios.

La fe y la(s) obra(s) (Santiago 2:14-26)

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En la segunda parte del capítulo 2, Santiago retoma el tema del trabajo de forma concreta, aunque en vez de usar la palabra “trabajo” u “obra” en singular (del griego ergon), usa el plural “obras” (del griego erga). Es por esto que algunas personas creen que cuando Santiago habla de “obras” se refiere a algo diferente al “trabajo”. Sin embargo, erga y ergon simplemente son la forma plural y singular de la misma palabra.[1] Santiago está describiendo toda clase de obra, desde las obras de bondad, tales como darle alimento al que tiene hambre, hasta las obras laborales, tales como incrementar la rentabilidad sostenible de los arrozales. Su uso del plural demuestra que espera que el trabajo de los cristianos sea continuo.

El enfoque de Santiago en las obras ha causado una profunda controversia relacionada con esta carta. Es bien conocido que a Lutero no le gustaba este libro porque consideraba que Santiago 2:24 (“Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe”) contradecía Gálatas 2:16 (“el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús”). Aunque otros líderes de la Reforma protestante no estaban de acuerdo con él, la objeción de Lutero llegó a dominar la lectura de Santiago de los protestantes.[2] Aunque aquí no podemos entrar en el largo debate acerca de Lutero y el libro de Santiago, podemos indagar brevemente si en verdad el énfasis de Santiago en las obras está en contra del rechazo de los protestantes hacia “la justificación por obras”.

¿Qué es lo que está diciendo Santiago? El eje central de este argumento puede ser el versículo 2:14, así que lo consideraremos antes de continuar: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras?” Santiago responde su propia pregunta sin rodeos diciendo, “así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta” (Stg 2:17) —tan muerta como alguien que necesita alimento desesperadamente y solo recibe palabras vacías de buenos deseos de su prójimo (como lo dice en un ejemplo escogido cuidadosamente) (Stg 2:15–16). Él da por sentado que creer en Cristo (confiar en Dios) llevará a las personas a sentir compasión por los necesitados y a obrar para ayudarlos.

Todos los días tenemos oportunidades para suplir las necesidades de nuestros compañeros de trabajo y nuestros jefes. Puede ser tan simple como asegurarse de que un cliente confundido encuentre el producto que suple su necesidad, o darse cuenta de que un compañero de trabajo necesita ayuda pero no se atreve a pedirla. Santiago nos exhorta a interesarnos de una forma especial en los que son vulnerables o marginados, y tal vez es necesario que practiquemos buscando cuáles son estas personas en nuestro lugar de trabajo.

Este es el corazón del libro. Santiago no cree que el trabajo no concuerda con la fe. No puede haber “justificación por obras” porque no pueden haber buenas obras a menos que ya haya fe (confianza) en Dios. Santiago no quiere decir que puede existir una fe sin obras que es insuficiente para salvación. Quiere decir que cualquier “fe” que no conduzca a las obras está muerta, es decir, no es fe en lo absoluto. “Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta” (Stg 2:26). Santiago no les ordena a los cristianos que trabajen por los necesitados en vez o además de poner su fe en Cristo. Él espera que los cristianos trabajen en beneficio de los que tienen necesidad como resultado de haber puesto su fe en Cristo.[3]

La idea de que la fe cristiana siempre conduce a la práctica es en sí misma una lección para el trabajo. No podemos dividir el mundo en lo espiritual y lo práctico porque lo espiritual es lo práctico. Santiago dice, “Ya ves que la fe [de Abraham] actuaba juntamente con sus obras” (Stg 2:22). Por tanto, nunca podremos decir, “creo en Jesús y voy a la iglesia, pero prefiero mantener mi fe personal fuera del trabajo”. Esa clase de fe está muerta. Las palabras de Santiago, “Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe” (Stg 2:24) nos retan a que nuestro compromiso con Cristo sea evidente en nuestras actividades diarias.

El resto de la carta muestra formas en las que los dos principios básicos de la confianza en Dios y el trabajo en beneficio de los necesitados se aplican en la práctica. Teniendo en cuenta lo que estudiamos en Santiago 2:14–26, procedemos considerando estas aplicaciones como consecuencias de la fe en Cristo, válidas en la época de Santiago y educativas en la actualidad.

Ver Gk. #2041 en James Strong, Enhanced Strong’s Lexicon [El diccionario mejorado de Strong] (Ontario: Woodside Bible Fellowship, 1995), y #2240 en Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich, y Geoffrey William Bromiley, eds., Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario teológico del Nuevo Testamento] (Grand Rapids: Eerdmans, 1985), 6:635.

Luke Timothy Johnson, “The Letter of James” [La carta de Santiago] vol. 12, The New Interpreter’s Bible [La Biblia del nuevo intérprete] (Nashville: Abingdon Press, 1998), 177.

Para consultar un análisis de la forma en la que esta perspectiva de la fe se ajusta a la de Pablo, ver Douglas Moo, The Letter of James [La carta de Santiago] (Grand Rapids: Eerdmans, 2000), 37–43, 118–44.

La ambición personal y la inversión en los demás (Santiago 3:13 - 4:12)

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El pasaje de Santiago 3:14–4:12 también usa los principios de la dependencia de Dios y el servicio a los necesitados. Como de costumbre, Santiago los pone en orden contrario, mencionando primero el servicio y después la confianza. En este caso, comienza con una amonestación en contra de la ambición personal, seguida de una exhortación a someterse a Dios.

La ambición personal (Santiago 3:13 - 4:12)

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La ambición personal es lo opuesto a atender las necesidades de otros. No solo pone nuestras necesidades antes que las de los demás, sino que las enfrenta en contra de las de ellos. En nuestra ambición personal, trabajamos activamente para perjudicar a otras personas, lo que destruye la paz y evita que sirvamos a alguien más aparte de nosotros mismos.

La ambición personal es lo que nos impide hacer la paz (Santiago 3:16 - 4:11)

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La ambición personal es lo que nos impide hacer la paz (Santiago 3:16 - 4:11)

La ambición personal hace que avancemos a costa de otros. Esto convierte a todos los demás en enemigos, lo que inherentemente perturba la paz, el orden y el bienestar de la organización. El pasaje se resume adecuadamente en Santiago 3:16: “Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala”. Para solucionar este problema, Santiago resalta una práctica particular que vence la ambición personal: hacer la paz.[1] “Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz” (Stg 3:18). Como es típico, hace referencia a un trabajo —en este caso, la cosecha de grano— para explicar este concepto, nombrando varias características de hacer la paz: afligirse por el daño que le hacemos a otros (Stg 4:9), humillarnos (Stg 4:10), no calumniar, acusar ni juzgar (Stg 4:11) y ser misericordiosos y sinceros (Stg 3:17). Los cristianos pueden y deben poner en práctica todos estos aspectos en su trabajo.

La sumisión a Dios vence toda ambición personal (Santiago 4:2-5)

La ambición personal causa disputas y peleas dentro de la comunidad cristiana. Santiago dice que la causa principal es la falta de dependencia de Dios. “Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres” (Stg 4:2–3). Dejamos de depender de Dios cuando ni siquiera le pedimos lo que necesitamos. Es interesante que la razón por la que no dependemos de Dios es porque queremos satisfacer nuestros propios placeres en vez de servir a otros. Esto envuelve los dos principios en una unidad integral. Santiago lo plantea metafóricamente como un amorío adúltero con el mundo, refiriéndose a la riqueza y el placer que creemos que podemos encontrar en el mundo sin Dios (Stg 4:4–5).[2]

De nuevo, haciendo eco del Sermón del monte (Mt 5:9).

Santiago toma la metáfora del adulterio de los profetas del Antiguo Testamento, quienes la usaban con frecuencia para hablar de la búsqueda de riqueza y placer como sustitutos de Dios.

Invirtiendo en otros (Santiago 4:1-12)

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Aunque usa la metáfora del adulterio, Santiago está hablando de la ambición personal en general. En el trabajo, una tentación es usar a otros como peldaños para conseguir nuestro propio éxito. Cuando nos robamos el crédito del trabajo de un subordinado o un compañero, cuando ocultamos información de un rival para un ascenso, cuando culpamos a alguien que no está presente con el fin de defendernos a nosotros mismos o cuando nos aprovechamos de alguien que está en una situación difícil, somos culpables de ambición personal. Santiago tiene razón al decir que esta es una de las fuentes principales de los altercados. Irónicamente, la ambición personal puede impedir el éxito en vez de estimularlo. Entre más alta sea nuestra posición en una organización, más dependemos de otros para lograr el éxito. Puede ser tan simple como delegarle trabajo a los subordinados, o tan complejo como coordinar un equipo que trabaja en un proyecto internacional. Entonces, si nuestra reputación es que pasamos por encima de los demás para avanzar, ¿cómo podemos esperar que otros confíen y sigan nuestro liderazgo?

La solución está basada en someterse a Dios, que creó a todas las personas a Su imagen (Gn 1:27) y envió a Su Hijo a morir por todos (2Co 5:14). Nos sometemos a Dios cada vez que ponemos nuestra ambición al servicio de otros por encima de nosotros mismos. ¿Queremos alcanzar una posición de autoridad y excelencia? Entonces debemos comenzar ayudando a otros trabajadores a que tengan más autoridad y excelencia. ¿El éxito es una de nuestras motivaciones? Debemos invertir en el éxito de los que están a nuestro alrededor. Irónicamente, invertir en el éxito de otros también podría ser lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos. De acuerdo con los economistas Elizabeth Dunn de la Universidad de British Columbia y Michael Norton de la Escuela de negocios de Harvard, invertir en otras personas nos hace más felices que gastar dinero en nosotros mismos.[1]

Elizabeth Dunn y Michael Norton, Happy Money: The Science of Smarter Spending [Dinero feliz: la ciencia del gasto inteligente] (Nueva York: Simon & Schuster, 2013).

Los pronósticos empresariales (Santiago 4:13-17)

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Santiago presenta otra aplicación dándonos una advertencia específica relacionada con los pronósticos empresariales.[1] Para variar, se centra primero en el principio de confiar en Dios. Comienza haciéndonos reflexionar con las siguientes palabras: “Oíd ahora, los que decís: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia. Sin embargo, no sabéis cómo será vuestra vida mañana. Sólo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece” (Stg 4:13–14). Puede que parezca que Santiago condena incluso la planeación empresarial a corto plazo. Sin embargo, lo que le preocupa no es la planeación anticipada, sino que lleguemos a imaginar que tenemos el control de lo que ocurre.

El siguiente versículo nos ayuda a ver lo que Santiago quiso decir en realidad: “Más bien, debierais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Stg 4:15). El problema no es planear; el problema es planear como si el futuro estuviera en nuestras manos. Somos responsables de usar sabiamente los recursos, las habilidades, las conexiones y el tiempo que Dios nos da. Sin embargo, no tenemos el control sobre los resultados. La mayoría de negocios saben muy bien lo impredecibles que son los resultados a pesar de tener la mejor planeación y ejecución que el dinero pueda comprar. El reporte anual de cualquier corporación con cotización bursátil presenta una sección detallada sobre los riesgos que enfrenta la compañía, la cual tiene una extensión de diez o veinte páginas generalmente. Declaraciones como “nuestra cotización bursátil puede fluctuar con base en factores que se salen de nuestro control” dejan claro que las corporaciones seculares conocen bien la imprevisibilidad de la que habla Santiago.

Entonces, ¿por qué es necesario que Santiago les recuerde a los creyentes lo que las empresas comunes ya conocen bien? Tal vez, los creyentes pueden engañarse a sí mismos creyendo que seguir a Cristo les hará inmunes ante la imprevisibilidad de la vida y el trabajo. Esto es un error. Por el contrario, las palabras de Santiago deberían hacer que los cristianos sean más conscientes de la necesidad de la reevaluación, adaptación y ajuste continuos. Nuestros planes deben ser flexibles y nuestra ejecución debe ser sensible a las condiciones cambiantes. En cierto sentido, esta es simplemente una buena práctica de negocios. Pero en un sentido más profundo es un tema espiritual, ya que necesitamos responder no solo a las condiciones del mercado sino también a la guía de Dios en nuestro trabajo. Esto nos lleva de nuevo a la exhortación de Santiago de escuchar con bastante atención. El liderazgo cristiano no consiste en forzar a otros a que cumplan nuestros planes y acciones, sino en adaptarnos a la palabra de Dios y a la guía de Dios paso a paso en nuestra vida.

Parece que estas advertencias reflejan tanto la enseñanza de Jesús como la de los profetas del Antiguo Testamento. Ver, por ejemplo, Ezequiel 34:3; Amós 2:6–7; 5:12; Miqueas 2:2; 6:12–16; Mateo 6:19; Lucas 6:24–25; 12:13–21; 32–34; 16:19–31; 18:18–30. Note también que Santiago 1:1–18 se centra en entender los éxitos y fracasos pasados y presentes, mientras que esta sección se centra en la predicción del futuro.

La opresión de los trabajadores (Santiago 5:1-6)

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Santiago regresa al principio de que el trabajo debe atender las necesidades de otros. Sus palabras al comienzo del capítulo 5 son severamente críticas. Les advierte a los ricos, “Llorad y aullad por las miserias que vienen sobre vosotros” (Stg 1:5). Aunque puede que el oro en sus bóvedas y las batas en sus clósets luzcan tan brillantes como siempre, Santiago está tan seguro del juicio que vendrá sobre ellos, que habla como si sus riquezas ya se estuvieran descomponiendo: “Vuestras riquezas se han podrido y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y vuestra plata se han oxidado” (Stg 5:2–3). Su autoindulgencia solamente los ha “engordado” para “el día de la matanza” (Stg 5:5). Al parecer, el día de la matanza se refiere al día en el que Dios juzgará a todos los que llamó a liderar y cuidar a Su pueblo, pero que en vez de eso abusaron de ellos (Zac 11:4–7).

Estos ricos están condenados tanto por la manera en la que adquirieron su riqueza, como por lo que hicieron (o no hicieron) con ella cuando la obtuvieron. Santiago hace eco del Antiguo Testamento cuando los vitupera por sus prácticas de negocios injustas: “Mirad, el jornal de los obreros que han segado vuestros campos y que ha sido retenido por vosotros, clama contra vosotros; y el clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los ejércitos” (Stg 5:4; comparar con Lv 19:13).[1] El dinero que debía estar en manos de los trabajadores se encuentra entre los fondos de los ricos. Y allí se queda, ya que acumulan su riqueza e ignoran a los necesitados a su alrededor (Stg 5:3).

Los líderes empresariales deben tener una diligencia especial al pagarles lo justo a sus trabajadores. Este estudio no abarca un análisis de lo que constituye un pago justo,[2] pero las palabras de Santiago “el salario no pagado a los obreros que les trabajaron sus campos” (Stg 5:4, NVI) acusan a estos dueños de tierras ricos de abusar de su poder. Se les debía un salario a los trabajadores, pero los ricos y poderosos encontraron una forma para no pagarles sin ser castigados por el sistema legal. A menudo, los ricos y poderosos tienen la capacidad de trastocar el poder judicial y es increíblemente fácil ejercer el poder de una forma injusta sin siquiera reconocerlo. Los abusos de poder incluyen clasificar erróneamente a los empleados como contratistas independientes, registrar incorrectamente a los trabajadores en un nivel de competencias menor, pagarle menos a las mujeres o a las minorías por hacer el mismo trabajo de otras personas y usar a niños para trabajos que sean tan peligrosos que los mismos adultos se rehúsen a realizarlos. Nunca se puede excusar el mal uso del poder solo porque es una práctica supuestamente generalizada.

Santiago también reprocha a los que “habéis vivido lujosamente sobre la tierra, y habéis llevado una vida de placer” (Stg 5:5). La cuestión de qué es vivir lujosamente y con placeres también es compleja, pero confronta a muchos cristianos de una forma u otra. La preocupación principal de Santiago en este pasaje es el bienestar del pobre, así que la pregunta más relevante podría ser, “¿la forma en la que vivo mejora o perjudica la vida de las personas pobres? ¿Lo que hago con el dinero ayuda a que las personas salgan de la pobreza o contribuye a que permanezcan en ella?”

Levítico 19 es uno de los pasajes favoritos de Santiago del Antiguo Testamento. Ver Luke Timothy Johnson, Brother of Jesus, Friend of God [Hermano de Jesús, amigo de Dios] (Grand Rapids: Eerdmans, 2004), 123ff.

Contenido aun no disponible, aun así, consulte “Pay” [El salario] , *Pay at www.teologiadeltrabajo.org.

Esperar por la cosecha (Santiago 5:7-20)

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Santiago concluye su carta con varias exhortaciones a la paciencia, honradez, oración, confesión y sanación. Como ya es habitual, estas se basan en el principio de que las obras fieles deben beneficiar a otros o el principio de que todo se debe hacer en dependencia de Dios, o a ambos. Y como siempre, Santiago lo aplica de forma directa al trabajo.

La paciencia

Santiago comienza con un ejemplo laboral al ilustrar el regreso inminente de Cristo: “Por tanto, hermanos, sed pacientes hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente en ello hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Sed también vosotros pacientes; fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca” (Stg 5:7–8). Y luego repite esta idea cuando llega al final: “Elías era un hombre de pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto” (Stg 5:17–18).

La paciencia en el trabajo es una forma de depender de Dios. Pero es difícil tener paciencia en el trabajo. El trabajo se realiza para obtener un resultado —de otra forma, no sería trabajo— y siempre está la tentación de alcanzar el resultado sin hacer el trabajo verdaderamente. Si estamos invirtiendo para ganar dinero, ¿no preferiríamos enriquecernos rápidamente? Esa mentalidad conduce al tráfico de información privilegiada, a las estafas piramidales y a que se apueste el dinero de los alimentos en las máquinas tragamonedas. Si estamos trabajando para obtener un ascenso, ¿no deberíamos ubicarnos lo mejor posible ante nuestro supervisor a través de cualquier medio disponible? Esto conduce a la traición, a robarse el crédito, a los chismes y a la desintegración del equipo. Si estamos trabajando para cumplir una meta, ¿no podríamos cumplirla más rápido haciendo un trabajo de menor calidad y pasándole los problemas a la siguiente persona en la cadena de producción? Estos no son solo problemas de moralidad personal. Un sistema de producción que recompensa la calidad deficiente es tan malo o peor que el trabajador que se aprovecha de dicho sistema.

La veracidad

“Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con ningún otro juramento; antes bien, sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo juicio” (Stg 5:12). Imagine un lugar de trabajo en el que las personas dijeran siempre la verdad —no solo evitando las mentiras, sino diciendo siempre lo que haga que los demás entiendan cómo son las cosas exactamente. No habría necesidad de juramentos o malas palabras, aclaraciones retroactivas ni disposiciones contractuales que definan quién recibe qué en caso de errores o fraude. Imagine que los vendedores siempre informaran al máximo acerca de sus productos, que los contratos siempre fueran claros para todas las partes y que los jefes siempre le dieran el reconocimiento adecuado a sus subordinados. Imagine que nosotros siempre respondiéramos comunicando una situación de la forma más precisa posible, en vez de encubrir sutilmente la información poco favorecedora acerca de nuestro trabajo. ¿Podríamos tener éxito en nuestro trabajo o carrera actual? ¿Podríamos tener éxito si todos fuéramos honestos al máximo? ¿Necesitamos cambiar nuestra definición del éxito?[1]

La oración

Santiago retoma el principio de la dependencia de Dios cuando habla de la oración. “¿Sufre alguno entre vosotros? Que haga oración” (Stg 5:13). “Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios” (Stg 1:5). Él nos está invitando a ser específicos con Dios. “Dios, no sé cómo manejar esta falla en la producción y necesito tu ayuda antes de ir a hablar con mi jefe”. Dios es capaz de conceder lo que necesitamos, aunque no garantiza que responderá todas nuestras oraciones exactamente como lo esperamos. Es extraño que muchos cristianos son reacios a orar por los asuntos, situaciones, personas, necesidades, temores y preguntas específicas que encuentran cada día en su trabajo. Olvidamos que Santiago nos exhorta a que pidamos dirección específica e incluso resultados particulares. Santiago nos anima a tener fe, y Dios nos responderá en las situaciones reales de la vida. “Pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Stg 1:5).

La confesión y la sanación

Santiago nos exhorta a confesar nuestros pecados unos a otros, para que podamos ser sanados (Stg 5:16). Las palabras que más nos interesan para el trabajo son “unos a otros”. La suposición es que las personas pecan unas contra otras, no solo contra Dios, y ciertamente, eso ocurre en el trabajo. A diario enfrentamos presiones en nuestra producción y desempeño y tenemos un tiempo limitado para actuar, así que con frecuencia actuamos sin escuchar, rechazamos a los que están en desacuerdo con nosotros, competimos de forma injusta, acaparamos los recursos, dejamos un desastre para que la próxima persona lo arregle y descargamos nuestras frustraciones en nuestros compañeros de trabajo. Herimos y nos hieren. La única forma en la que podemos ser sanados es confesando nuestros pecados unos a otros. Si alguien acaba de echar abajo el ascenso de un compañero de trabajo al criticar falsamente su desempeño, debe confesarlo al que fue perjudicado, no solo a Dios en su tiempo privado de oración. Es posible que el que pecó también deba confesárselo a todo el resto del departamento, si realmente quiere enmendar su error.

¿Cuál es nuestra motivación para confesar y sanar? Lo hacemos para que podamos atender las necesidades de otros. “El que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de muerte” (Stg 5:20; énfasis agregado). ¡Salvar a alguien de la muerte es atender una necesidad muy profunda! Y tal vez —ya que todos somos pecadores— alguien más nos salvará de la muerte al hacernos volver del error de nuestro camino.

Para más información sobre este tema, ver “Verdad y engaño”  en www.teologiadeltrabajo.org.

1 Pedro: servir al mundo como sacerdotes y extranjeros residentes

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Pedro, al escribirle a un grupo de cristianos que han sido calumniados, acusados falsamente y tal vez incluso abusados físicamente debido a su lealtad a Jesús (1P 2:12, 18–20; 3:13–17; 4:4, 14, 19), explica cómo los cristianos son llamados a transformar su sufrimiento en un servicio para el mundo. Cristo nos ha llamado a seguirlo en un mundo que no lo reconoce. Somos extranjeros residentes en esta tierra extraña, la cual todavía no es nuestro verdadero hogar. Por tanto, estamos destinados a experimentar “diversas pruebas” (1P 1:6). A pesar de eso, no somos víctimas del mundo, sino siervos del mundo —“un sacerdocio santo” como lo dice Pedro (1P 2:5)— trayéndole las bendiciones de Dios. Entonces, el trabajo del cristiano es vivir en esta tierra extranjera, bendiciéndola hasta que Cristo regrese y restaure el territorio en Su reino.

Extranjeros residentes y sacerdotes (1 Pedro 1:1 - 2:12)

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En la primera frase de esta carta, Pedro se dirige a sus lectores como “los expatriados… elegidos” (1P 1:1), una frase que anuncia el que será todo el mensaje de Pedro. Esta frase tiene dos partes, “expatriados” y “elegidos”.

Si usted es ciudadano del reino, es un exiliado, porque el mundo que lo rodea actualmente no está bajo el gobierno de Cristo. Está viviendo bajo un gobierno extranjero. Mientras espera el regreso de Cristo, su verdadera ciudadanía en el reino de Jesús está “reservada en los cielos” para usted (1P 1:4). Así como los expatriados en cualquier país, puede que no disfrute del amparo de los gobernantes de la tierra donde vive. Cristo mismo vino a esta tierra pero fue “desechado por los hombres” (1P 2:4), por lo que todos los ciudadanos de Su reino debemos esperar el mismo trato. No obstante, Dios nos ha llamado a permanecer aquí, a ser residentes en esta tierra extranjera mientras realizamos el trabajo de Cristo (1P 1:15–17).

Aunque se plantea en una metáfora política, la exposición de Pedro contiene terminología laboral: “obra” (1P 1:17), “oro o plata” (1P 1:18), “probado por fuego” (1P 1:7), “purificado” (1P 1:22) y “edificados como casa” (1P 2:5). Los términos laborales que usa Pedro nos recuerdan que vivimos en un mundo de trabajo y que tenemos que encontrar la manera de seguir a Cristo en medio del mundo laboral que nos rodea.

Habiendo descrito lo que significa ser “expatriados”, Pedro pasa al otro término de 1 Pedro 1:1: “elegidos”. Si usted es cristiano, ha sido elegido por Dios. ¿Con qué propósito? Ser uno de los sacerdotes de Dios en la tierra extranjera en la que habita. “Como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1P 2:5). El título de sacerdote o “real sacerdocio” se repite en 1 Pedro 2:9.

Los sacerdotes en el antiguo pueblo de Israel ofrecían sacrificios por Israel y bendiciones

Antes de continuar, debemos entender lo que significaba ser un sacerdote en el antiguo pueblo de Israel. Los sacerdotes realizaban dos funciones principales: ofrecían sacrificios en el templo de Jerusalén y daban la bendición sacerdotal.[1] Con el fin de llevar a cabo su labor de ofrecer sacrificios, los sacerdotes debían tener la capacidad de entrar a las partes internas del templo y —una vez al año, en el caso de sumo sacerdote— entrar al lugar santísimo ante la presencia misma de Dios. Para poder dar la bendición sacerdotal, los sacerdotes tenían que hablar en nombre de Dios mismo. Estas dos tareas demandaban que los sacerdotes entraran a la presencia de Dios. A su vez, esto requería una pureza o santidad excepcional, ya que en la presencia de Dios no podía haber nada impuro o contaminado.[2] Los sacerdotes servían medio tiempo de acuerdo con un sistema de rotación (Lc 1:8) y tenían trabajos comunes que eran sus medios principales de sustento. No podían aislarse de la vida cotidiana, sino que debían mantener la pureza a pesar de la suciedad y corrupción del mundo.(Para más información acerca de los sacerdotes en israel, ver  Números y el trabajo.)

Los cristianos como sacerdotes ofrecen sacrificio y bendiciones para los que lo necesitan

Entonces, que Pedro llame a los cristianos “sacerdocio santo” (1P 2:5) y “real sacerdocio” (1P 2:9) no significa que todos los cristianos deban considerarse a sí mismos como pastores profesionales. No significa que convertirse en evangelista o misionero es la mejor manera de cumplir el llamado de Dios de ser un pueblo escogido. Significa que los cristianos debemos tener una vida de pureza excepcional en cualquiera que sea nuestro medio de subsistencia. Solo de esa manera podemos ofrecerle sacrificios a Dios y bendecir de parte del Señor a las personas a nuestro alrededor.

Pedro lo afirma de una forma directa: “Amados, os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de las pasiones carnales que combaten contra el alma. Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación” (1P 2:11–12). (Note el interés por glorificar la presencia de Dios “en el día de la visitación”).

Evidentemente, los cristianos no realizamos el mismo sacrificio que los sacerdotes judíos (no sacrificamos animales). En cambio, hacemos la clase de sacrificio que hizo nuestro Señor: el sacrificio personal por el beneficio de los que lo necesitan. Pedro dice, “para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis Sus pisadas” (1P 2:21). Esto no se debe tomar de forma literal como la muerte en una cruz, sino que se debe entender como “sacrificios espirituales” (1P 2:5) —es decir, actos realizados a costa de uno mismo en beneficio de los que lo necesitan (1P 4:10). Nuestros lugares de trabajo ofrecen oportunidades a diario para los sacrificios propios, ya sean grandes o pequeños.

Este breve análisis de 1 Pedro 1:3–2:10 completa la imagen que dibuja Pedro cuando les llama “expatriados… elegidos” a sus lectores. El término “expatriados” implica que vivimos esta vocación como residentes extranjeros en una tierra que todavía no es nuestro hogar: un lugar caracterizado por la injusticia y la corrupción sistémica. El término “elegidos” afirma que los seguidores de Jesús —“un real sacerdocio”— tienen el llamado de un sacerdote de ser bendición para el mundo, especialmente a través del sacrificio propio.

Dios ordenó que los sacerdotes dieran la bendición sacerdotal en Números 6:23–24, la cual consiste en lo que se declara en Números 6:24–26, “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti Su rostro, y te dé paz”.

Para consultar más sobre la santidad de Dios y la necesidad consecuente de la santidad humana en Su presencia, ver Levítico 11:44–45. Para más información sobre el proceso exhaustivo de purificación y consagración del sumo sacerdote en el día de la expiación, ver Levítico 11:44–45 y Levítico 16.

El sufrimiento bajo las autoridades del mundo (1 Pedro 2:13 - 4:19)

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¿Qué significa para los cristianos ejercer nuestro llamado como extranjeros residentes y sacerdotes en el ambiente laboral? Pedro aborda este tema directamente en las instrucciones que les da a sus lectores como extranjeros y esclavos. Como extranjeros, debemos honrar y someternos al gobierno civil del país en el que vivimos (1P 2:13–14), incluso aunque nuestra ciudadanía en el reino de Dios nos dé el derecho de vivir como “libres” (1P 2:16). Como esclavos —que aparentemente constituían una gran parte de los lectores de Pedro, ya que no se dirige a ninguna otra clase de trabajadores— debemos someternos a nuestras autoridades, sea que nos traten justa o injustamente (1P 2:18–19). De hecho, lo que es de esperarse es el trato injusto (1P 4:12), el cual nos da la oportunidad de seguir los pasos de Cristo al sufrir sin tomar represalias (1P 2:21). Note que Pedro está hablando de sufrir injustamente, no de sufrir las consecuencias de nuestra propia incompetencia, arrogancia o ignorancia. Claramente, debemos sufrir en obediencia cuando recibimos un castigo justo.

En términos prácticos, usted no es libre de desobedecer a las autoridades aunque sea para conseguir lo que cree que es suyo por derecho. Seguramente se encontrará en situaciones en las que no recibe lo que merece —un ascenso, un aumento, una oficina con ventanas, un plan de seguro médico decente. Puede que incluso descubra que su empleador lo está engañando, que lo obliga a trabajar más tiempo de lo que es justo o lo castiga por los errores de su jefe. Podría parecer ético engañar a su empleador solo lo suficiente como para compensar la injusticia en su contra —ausentarse por enfermedad cuando en realidad no está enfermo, facturar artículos personales a nombre de la compañía, robar suministros de la oficina o tontear en horas laborales. Pero no, “pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad de Dios, que por hacer el mal” (1P 3:17). Dios no le da la opción de recuperar lo que le quitaron ilegítimamente. El hecho de que usted mienta o engañe a alguien para compensar por las mentiras o engaños que ha sufrido no hace que sus actos sean menos malvados. Su llamado es a hacer lo correcto, incluso en un ambiente laboral hostil (1P 2:20). “No devolviendo mal por mal, o insulto por insulto” (1P 3:9). En cambio, los cristianos debemos tratar a las autoridades —incluso a los jefes duros e injustos— con respeto y honor.

¿Por qué? Porque nuestra vocación como sacerdotes es bendecir a las personas, y no podremos hacerlo mientras nos estemos defendiendo a nosotros mismos, así como Cristo no habría podido morir para salvar al mundo si se hubiera defendido a Sí mismo (1P 2:21–25). Desde luego, Cristo no tuvo miedo de ejercer Su poder y autoridad en ciertas circunstancias y Pedro no está tratando de recapitular aquí todo el evangelio. Otras partes de la Biblia —especialmente los profetas— enfatizan el llamado de Dios a resistir la autoridad opresiva e ilegítima. La sumisión no siempre significa obediencia. Nos podemos someter a las autoridades al desobedecerlas abiertamente y aceptar las consecuencias, así como lo hizo el mismo Jesús. Aquí y a lo largo de la epístola, Pedro nos muestra casi exclusivamente el sacrificio de Cristo como un modelo.

Instrucciones para los líderes y los seguidores (1 Pedro 5)

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Ahora, Pedro les da instrucciones a los líderes de la iglesia, los llamados “ancianos” (“presbíteros” y “obispos” en las derivaciones griegas anglicanizadas que se usan en muchas iglesias en la actualidad). El consejo también es provechoso para los líderes en el trabajo. Se centra en servir a otros. “Pastoread el rebaño de Dios... voluntariamente, con sincero deseo” (1P 5:2). No ser codiciosos de dinero (1P 5:2). No enseñorearse sobre otros, sino ser un ejemplo que otros puedan seguir (1P 5:3). Pedro les aconseja a los jóvenes —de hecho, a todos— que sean humildes cuando cita Proverbios 3:34, “Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (1P 5:5). Estas instrucciones no se encuentran solamente en 1 Pedro, pero no nos extenderemos más en ellas. Basta con recordar que Pedro conoce muy bien el concepto del liderazgo de servicio, el cual circula ampliamente en los lugares de trabajo actuales. ¿Cómo podría ser de otro modo si Jesús es el líder-siervo por excelencia (1P 4:1–2, 6)?

2 Pedro: el trabajo y la nueva creación

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La segunda carta de Pedro refuerza muchos de los temas que vimos en Santiago y en 1 Pedro relacionados con la necesidad de una vida santa y la perseverancia en medio del sufrimiento. Estos temas no los vamos a repetir, sino que discutiremos solo el capítulo 3, el cual plantea un reto profundo para una teología del trabajo. Si “los cielos y la tierra actuales están reservados por Su palabra para el fuego, guardados para el día del juicio y de la destrucción de los impíos” (2P 3:7), ¿cuál es el valor de nuestro trabajo actual? Podríamos preguntar usando el título de un libro destacado de Darrell Cosden, ¿cuál es el bien celestial del trabajo terrenal?[1]

Darrell Cosden, The Heavenly Good of Earthly Work [El bien celestial del trabajo terrenal] (Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 2006).

¿El fin del mundo y el fin del trabajo? (2 Pedro 3:1-18)

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¿Nuestro trabajo terrenal es importante para Dios? Darrell Cosden respondió esta pregunta con un fuerte “sí”. Un punto fundamental de su argumento es la resurrección corporal de Cristo que (1) afirma la bondad del mundo material, (2) demuestra que existe una continuidad entre el mundo presente y la nueva creación[1] y (3) es una señal de que la nueva creación fue comenzada, aunque no se ha completado totalmente. A fin de cuentas, nuestro trabajo es valioso por los frutos de nuestra labor, habiendo sido redimidos y transformados, tendremos un hogar en el cielo. Pero pareciera que el capítulo 3 cuestiona dos aspectos integrales de la teología del trabajo de Cosden: (1) la bondad inherente de la materia creada y (2) la continuidad entre este mundo presente y el mundo venidero, la nueva creación.

Aquí, Pedro les está respondiendo a escarnecedores sin ley que afirmaban que Dios no intervendría en la historia para juzgar el mal (2P 3:3–4). Parece describir un futuro que no tiene nada de continuidad con el mundo presente y que más bien parece la aniquilación del cosmos:

  1. “Pero los cielos y la tierra actuales están reservados por Su palabra para el fuego, guardados para el día del juicio y de la destrucción de los impíos”. (2P 3:7).
  2. “Pero el día del Señor vendrá como ladrón, en el cual los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos serán destruidos con fuego intenso, y la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas”. (2P 3:10)
  3. “Todas estas cosas han de ser destruidas”. (2P 3:11)
  4. “Los cielos serán destruidos por fuego y los elementos se fundirán con intenso calor”. (2P 3:12)

Sin embargo, no debemos asumir rápidamente que aquí se habla en realidad de una destrucción.[2] Pedro está usando las imágenes de los últimos tiempos que se encontraban comúnmente en las predicciones proféticas del Antiguo Testamento para asegurarle a sus lectores que el juicio de Dios es inminente. Con frecuencia, los profetas del Antiguo Testamento y la literatura judía del segundo templo usaban imágenes relacionadas con el fuego para referirse de forma metafórica tanto a la purificación de lo recto como la destrucción de todo lo malo.[3]

Una lectura de 2 Pedro 3:7, 10 y 2 Pedro 3:12 según las convenciones de la literatura apocalíptica, entendería las imágenes del fuego y la fundición como una metáfora de los procesos con los que Dios separa lo bueno de lo malo.[4] Así es como Pedro usa las imágenes del fuego en su primera carta, recordándoles a sus lectores que, igual que el oro, también serán probados con fuego y que Dios alabará y honrará a los que logren pasar dicha prueba (1P 1:5–7). Estos pasajes no hacen énfasis en que los cielos y la tierra serán destruidos literalmente, sino que todo el mal será consumido completamente. De igual forma, Pedro describe el mundo en términos de transformación y prueba: “destruidos”, “fundirán con intenso calor”, “juicio”, “reservados… para el fuego”. Douglas Moo señala que la palabra que Pedro usa para “destruidos” en 2 Pedro 3:10–12, luō, no tiene la connotación de aniquilación, sino que habla de una transformación radical. Sugiere que una traducción alterna podría ser “enmendados”.[5]

La referencia de Pedro al diluvio de la época de Noé (2P 3:5–6) debería evitar que entendamos el concepto de “destruido” como una aniquilación total. El mundo no dejó de existir, sino que fue purificado de toda la maldad de la humanidad. La bondad de la humanidad —que se limitaba a Noé, su familia, sus posesiones y su trabajo de cuidar a los animales a bordo— fue preservada, y la vida continuó en el mundo físico.

Finalmente, la visión positiva de Pedro del futuro final describe una renovación del orden material: “Pero, según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia” (2P 3:13). Este no es un inframundo estrecho e incorpóreo, sino un nuevo cosmos que contiene tanto un “cielo” como una “tierra”. En 2 Pedro 3:10 leemos que “la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas”. Quemadas, no destruidas. De ahí que incluso después de la quema, las “obras” permanezcan.

Esto no quiere decir que 2 Pedro es la fuente principal de la teología del valor eterno del trabajo actual, sino que 2 Pedro es consistente con esa teología.[6] Aunque no tengamos tantos detalles como quisiéramos, es claro que para Pedro existe cierta clase de continuidad entre lo que hacemos en la tierra ahora y lo que experimentaremos en el futuro. Todo lo malo será consumido completamente, pero todo lo bueno tendrá un hogar permanente en la nueva creación. El fuego no solo consume, purifica. La destrucción no señala el fin del trabajo, sino que el trabajo hecho para Dios encuentra su final verdadero en el nuevo cielo y la nueva tierra.

“Las manos y los pies de Jesús con sus cicatrices de los clavos son el prototipo de la nueva creación. Lo que es verdadero en Su cuerpo, también es verdadero en esta visión. Lo que hemos hecho —aunque es ambivalente en sí mismo— luego de ser redimidos y transformados, encuentra un hogar en la nueva creación”. Cosden, 76.

Para consultar análisis detallados de este pasaje complejo, ver Richard J. Bauckham, Jude, 2 Peter [Judas, 2 Pedro], ed. Bruce M. Metzger, David A. Hubbard, y Glenn W, Barker, vol. 50, Word Biblical Commentary [Comentario bíblico de la Palabra] (Dallas: Word, 1983); y John Dennis, “Cosmology in the Petrine Literature and Jude” [La cosmología en la literatura petrina y Judas], en Cosmology and New Testament Theology [Cosmología y la teología del Nuevo Testamento], ed. Jonathan Pennington y Sean McDonough (Londres: Continuum, 2008), 157–77.

Ver, por ejemplo, Isaías 30:30; 66:15–16; Nahúm 1:6; Sofonías 1:18; 3:8; Zacarías 13:7–9; Malaquías 3:2–3; 4:1–2; Eclesiástico 2; Sabiduría de Salomón 3. El Nuevo Testamento también usa imágenes del fuego de esta manera: 1 Corintios 3:10–15; 1 Pedro 1:5–7; 4:12–13, etc.

Douglas Moo, “Nature in the New Creation: New Testament Eschatology and the Environment” [La naturaleza en la nueva creación: la escatología del Nuevo Testamento y el medioambiente], Journal of the Evangelical Theological Society [Revista de la sociedad teológica evangélica] 49, nº 3 (2006), 468. Ver también Al Wolters, que argumenta que las imágenes del fuego se refieren al proceso con el que Dios purifica el mundo. Al Wolters, “Worldview and Textual Criticism in 2 Peter 3:10” [La cosmovisión y el criticismo textual en 2 Pedro 3:10], Westminster Theological Journal [Revista teológica de Westminster] 49 (1987), 405–13.

Moo, “Nature in the New Creation” [La naturaleza en la nueva creación] 468–69.

1 Juan: Andando en la luz

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Aunque fue escrito en circunstancias bastante diferentes a las de Santiago,[1] 1 Juan también cuestiona la idea de que la fe puede existir sin “obras”, es decir, actos de obediencia a Dios. En el capítulo 2, Juan declara que el conocimiento genuino de Dios se manifiesta en un carácter y comportamiento transformados, lo que se materializa en la obediencia a Dios:

Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle: si guardamos Sus mandamientos. El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él; pero el que guarda Su palabra, en él verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado. En esto sabemos que estamos en Él. El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo. (1Jn 2:3–6)

De nuevo, igual que Santiago, 1 Juan habla del cuidado de los necesitados como una expresión del conocimiento genuino de Dios. “Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él?” (1Jn 3:17). Primera de Juan nos lleva un paso más allá para entender la relación entre la fe y las obras o, en términos de Juan, entre el conocimiento de Dios y la obediencia.

Con diversas imágenes, Juan explica que nuestra obediencia a Dios señala —y es el resultado de— una realidad previa que se ha descrito varias veces como el paso de la oscuridad a la luz (1Jn 2:8–11), ser nacido de Dios o ser hechos hijos de Dios (1Jn 2:29; 3:1–2, 8–9) o pasar de muerte a vida (1Jn 3:14). De acuerdo con Juan, la vida recta es antes que nada un resultado y una respuesta al amor de Dios por nosotros:

Todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a Su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados. (1Jn 4:7–10)

Juan describe el resultado de este proceso como la habilidad de andar “en la luz, como Él está en la luz” (1Jn 1:7). El amor de Dios por medio del sacrificio propiciatorio de Jesús nos lleva a una nueva clase de existencia, a través de la cual tenemos la capacidad de ver y andar de acuerdo con la voluntad de Dios para nuestras vidas. No solamente encendemos la luz de vez en cuando, sino que andamos en la luz continuamente, como una nueva forma de vida.

Esto es relevante directamente en la ética laboral. En años recientes se ha incrementado el interés por la “ética de las virtudes”, luego que el pensamiento y la práctica protestante la descuidara por mucho tiempo.[2] La ética de las virtudes se centra en la formación del carácter moral a largo plazo, no en formular reglas y estimar las consecuencias de las decisiones inmediatas. Esto no quiere decir que las reglas y los mandatos sean irrelevantes —“Porque este es el amor de Dios: que guardemos Sus mandamientos” (1Jn 5:3)—, sino que la formación moral a largo plazo es el cimiento de la obediencia a las reglas. Analizar más profundamente este tema va más allá del alcance de esta discusión,[3] pero la idea de Juan de andar en la luz como una forma de vida aplaude ciertamente el enfoque de la virtud. Lo que hacemos (nuestras “obras”) brota inevitablemente de lo que nos estamos convirtiendo (lo que se define por nuestras virtudes). “Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1Jn 4:19) y llegaremos a ser semejantes a Él (1Jn 3:2).

Una aplicación específica de la metáfora de la luz es que debemos ser abiertos y transparentes en cuanto a nuestras acciones en el trabajo. Debemos dejar que otros examinen nuestras acciones en vez de tratar de esconderlas de la luz. Mientras andamos en la luz, nunca podremos defraudar inversionistas, falsificar registros de calidad, chismear sobre nuestros compañeros de trabajo o sobornar a otros. En este sentido, 1 Juan 1:7 nos recuerda lo que dice el Evangelio de Juan 3:20–21, “Porque todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios”.[4] 

Por ejemplo, Rob Smith dirige una organización de negocios a través de la cual se hacen misiones en África, que se dedica a construir botes que se usan en el lago Victoria. Dice que con frecuencia se le acercan funcionarios locales que se ofrecen a pagarle sobornos y, cuando se lo dicen, siempre lo hacen en secreto. No es un pago documentado y abierto, como una propina o una contribución para recibir un servicio más ágil. No hay recibos y la transacción no se registra en ninguna parte. Rob ha usado 1 Juan 3:20–21 como una inspiración para sacar este tipo de peticiones a la luz. Cuando los funcionarios se acercan a ofrecerle dinero, les dice, “no sé mucho sobre esta clase de pagos. Me gustaría traer al embajador o al gerente para que este pago quede documentado”. Ha descubierto que esta es una estrategia útil para tratar con el soborno. Aunque generalmente se cree que pagar sobornos es un medio eficaz —aunque poco ético— de incrementar la participación en el mercado y el rendimiento, la investigación de George Serafeim en la Escuela de negocios de Harvard indica que, en realidad, pagar sobornos disminuye el rendimiento financiero de una compañía a largo plazo.[5]

Por otro lado, 1 Juan hace énfasis en que no necesitamos trabajar tiempo completo en el ministerio para que nuestro trabajo sea valioso en el reino de Dios. Aunque la mayoría de cristianos no reciben un pago en su trabajo por hacer las llamadas tareas “espirituales” de predicar y evangelizar, todos los cristianos podemos andar en la luz al obedecer a Dios con nuestras acciones (1Jn 3:18–19, 24). Todas estas acciones vienen del amor que Dios ya nos dio y por eso, son profundamente espirituales y significativas. Así, el trabajo fuera de la iglesia tiene valor, no solo porque se da en un lugar donde hay oportunidad de evangelizar o porque el salario puede contribuir a las misiones, sino porque es un lugar donde usted puede materializar su comunión con Cristo sirviéndoles a los que están a su alrededor. El trabajo es una forma realmente práctica de amar a su prójimo, ya que es allí donde crea productos y servicios que satisfacen las necesidades de personas cerca y lejos de usted. El trabajo es un llamado espiritual.

En este sentido, 1 Juan nos lleva de regreso a Santiago. Ambos hacen énfasis en que los actos de obediencia son esenciales en la vida cristiana e indican cómo esto influye en una teología del trabajo. Tenemos la capacidad de obedecer a Dios, en el trabajo y en todas partes, porque nos estamos convirtiendo en personas semejantes a Cristo, quien entregó Su vida en beneficio de los que lo necesitaban.

Colin G. Kruse, The Letters of John [Las cartas de Juan] (Grand Rapids: Eerdmans, 2000), 14–28.

Consulte la introducción de Stanley Hauerwas, Character and the Christian Life [El carácter y la vida cristiana] (Notre Dame: University of Notre Dame Press, 2001).

Ver Alistair Mackenzie y Wayne Kirkland, “Ethics” [La ética]  www.theologyofwork.org/key-topics/ethics/.

Para un estudio más completo, ver “Juan y el trabajo” en El Comentario bíblico de la Teología del trabajo, vol. 4 o  www.theologyofwork.org.

George Serafeim, “The Real Cost of Bribery” [El costo real del soborno] Harvard Business School Working Knowledge [Escuela de negocios de Harvard - Conocimiento en acción], Noviembre 4 de 2013,  hbswk.hbs.edu/item/the-real-cost-of-bribery.

 

2 Juan y el trabajo

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La segunda carta de Juan encaja en el marco general de las Epístolas generales, al tiempo que ofrece sus propias ideas acerca de la vida y el trabajo en Cristo. Aunque es corta, está llena de instrucciones prácticas.

La veracidad (2 Juan 1-11)

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La verdad y el amor en el trabajo (2 Juan 1–6)

Cada una de las cartas de Juan se destaca porque une los conceptos “verdad” y “amor” en una sola idea (1Jn 3:18; 2Jn 1, 3; 3Jn 3), la cual se desarrolla de una forma más extensa aquí en 2 Juan.

Gracia, misericordia y paz serán con nosotros, de Dios Padre y de Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y amor. Mucho me alegré al encontrar algunos de tus hijos andando en la verdad, tal como hemos recibido mandamiento del Padre. Y ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros. (2Jn 3–5)

Según Juan, amor más verdad da como resultado un ambiente en el que la “gracia, misericordia y paz serán con nosotros”.

Desafortunadamente, con frecuencia actuamos como si la gracia, la misericordia y la paz dependieran del amor menos la verdad. Podemos esconder o tapar las verdades incómodas al comunicarnos con otros en el trabajo creyendo equivocadamente que decir la verdad no sería amar. O podemos temer que decir la verdad llevará a conflictos o a mala voluntad, no a gracia y paz. Pensando que estamos siendo misericordiosos, dejamos de decir la verdad.

Sin embargo, el amor siempre debe comenzar con la verdad. El amor viene a nosotros por medio de Cristo y Cristo es la personificación perfecta de la verdad de Dios. Es decir, Dios sabe cómo son las cosas en realidad, y este conocimiento lo envuelve con Su amor y lo trae a nosotros a través de Su hijo. Así que si vamos a amar como Dios ama, debemos comenzar con la verdad, no con falsedad, evasión o cuentos de hadas. Es cierto que decir la verdad puede desembocar en conflictos o puede molestar a algunas personas (otros o nosotros mismos). Pero la gracia, misericordia y paz verdaderas vienen de enfrentar la realidad y superar las dificultades para encontrar soluciones genuinas.

Jack Welch, un antiguo Director de General Electric (EEUU), fue un personaje controversial en parte porque daba evaluaciones del desempeño veraces y francas. Cada mes les decía a los empleados qué tanto estaban alcanzando las expectativas. Una vez al año les decía si su desempeño había sido excelente, medio y que necesitaban mejorar en áreas específicas, o si habían tenido un desempeño malo y estaban en peligro de perder su trabajo.[1] Algunos pueden creer que esta práctica es algo dura, pero Welch la consideraba amorosa:

He llegado a entender que el peor gerente es el que practica una amabilidad falsa. A los gerentes les digo, “¿crees que eres un gerente amable, que eres un administrador bondadoso?” Bueno, ¿adivina qué? Algún día no vas a estar en esa posición. Te darán un ascenso o te jubilarás. Y llegará un nuevo gerente que verá al empleado y le dirá, “oye, no eres tan bueno”. Así, de repente, este empleado ahora tiene cincuenta y tres o cincuenta y cinco años y tiene menos opciones en la vida. ¿Y ahora le vas a decir, “vete a casa”? ¿Eso es amable? Eres el gerente más cruel.[2]

El precio de la veracidad (2 Juan 7–11)

Juan nos recuerda que “muchos engañadores han salido al mundo” (2Jn 7). Por esto, decir la verdad puede hacer que entremos en conflicto con los que se benefician del engaño. ¿Decidimos decir la verdad a pesar de que se nos opongan, o participamos en el engaño? Si escogemos el engaño, al menos deberíamos admitir que ya no somos personas honestas. (Ver “No darás falso testimonio contra tu prójimo” en Deuteronomio 5:20; Éxodo 20:16 en www.teologiadeltrabajo.org para más información sobre este tema).

Ed Moy, quien se convertiría en la cabeza de la Casa de la moneda de los Estados Unidos, cuenta la historia de su primer trabajo luego de salir de la universidad. Cuando empezó a trabajar, tenía que llenar un reporte de gastos del uso del auto de la compañía, especificando su uso personal del auto aparte del uso laboral. La práctica común en la oficina había sido clasificar como uso personal el viaje de la casa al trabajo solamente, diciendo que el resto era uso laboral, incluso si el propósito del viaje era personal. Cuando Ed clasificó honestamente su uso personal, su jefe casi lo despide diciéndole, “no nos pagan lo justo y esta es la forma en la que podemos ganar más dinero. Tu reporte hará que el resto de nosotros nos veamos mal”. Ed le respondió respetuosamente, “puede despedirme si es lo que necesita, pero, ¿realmente quiere que alguien que miente en algo tan pequeño trabaje para usted? ¿Cómo podría confiar en esa persona cuando el riesgo sea mayor?” Ed conservó su trabajo, ¡aunque la transición fue algo difícil![3]

¿Qué debemos hacer con las relaciones con personas engañadoras y falsos maestros? El ejemplo de Ed indica que romper relaciones no es necesariamente la mejor solución. Podemos hacer más por la causa de la verdad y el amor permaneciendo allí y diciendo la verdad en medio del engaño, que dejando ese lugar. Además, si cortamos relaciones con todos los que alguna vez han engañado a otros, ¿quedará alguien? O incluso, ¿quedaremos nosotros?

“Should I Rank My Employees?” [¿Debo clasificar a mis empleados?] Wall Street Journal, Abril 7 de 2009,  http://guides.wsj.com/management/recruiting-hiring-and-firing/should-i-rank-my-employees.

Jack Welch, en “What I’ve Learned: Jack Welch” [Jack Welch: lo que he aprendido] Esquire, Diciembre 31 de 2006 www.esquire.com/news-politics/interviews/a2380/wil0104jackwelch/#ixzz2nkRA41TP.

Ed Moy, “Faith and Work: Spiritual Insights from a Career in Business & Public Service” [La fe y el trabajo: reflexiones espirituales en una carrera en negocios y servicio público], en Kiros, Seattle, Octubre 11 de 2013. Grabación en audio disponible en https://kiros.org/category/ed-moy/.

La importancia de comunicarse personalmente (2 Juan 12-13)

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Juan termina la carta diciendo que quiere continuar la conversación personalmente. “Aunque tengo muchas cosas que escribiros, no quiero hacerlo con papel y tinta, sino que espero ir a vosotros y hablar cara a cara” (2Jn 12). Tal vez reconoce que los otros temas que debe comunicar se podrían malinterpretar si se presentan a través del medio impersonal de las cartas. Esto nos da una idea importante en cuanto a las comunicaciones delicadas —algunas cosas es mejor decirlas en persona, incluso aunque un encuentro cara a cara sea difícil por culpa de la distancia.

En los trabajos del siglo veintiuno encontramos retos aún más complejos para la comunicación personal. Las opciones de comunicación a distancia hoy día incluyen las videoconferencias, el teléfono, los mensajes de texto, las cartas, los correos electrónicos, las redes sociales y muchos más. Sin embargo, la comunicación eficaz requiere que el medio coincida con el carácter del mensaje. El correo electrónico puede ser el medio más eficaz para hacer un pedido, por ejemplo, pero probablemente no sea el mejor para comunicar una evaluación del rendimiento. Entre más complicado o retador sea el mensaje en términos emocionales, más inmediato y personal debe ser el medio. Pat Gelsinger, un antiguo vicepresidente de Intel Corporation, dice,

Yo tengo una regla personal. Si intercambio correos electrónicos con alguien sobre el mismo tema más de cuatro o cinco veces, no sigo. Ya no más. Lo llamo por teléfono o nos encontramos en persona. He descubierto que, si no se resuelve algo rápidamente, cuando se encuentren uno de los dos estará enojado con el otro. Uno cree que el otro es un incompetente porque no pudo entender lo que describió tan claramente. Pero esto se debe al medio de comunicación y es importante tenerlo en cuenta.[1]

Escoger el medio incorrecto para una comunicación en particular puede llevar fácilmente a un malentendido, es decir, a que no se transmita la verdad. Y el medio incorrecto también puede ser un obstáculo para que se muestre amor. Entonces, escoger el medio correcto de comunicación es un aspecto esencial de comunicar la verdad y mostrarle amor a las personas con las que trabajamos. Necesitamos comunicarnos con respeto y compasión, incluso en conversaciones difíciles, y especialmente cuando nos comunicamos con personas con las que no nos la llevamos muy bien. Algunas veces esto implica encontrarse en persona, incluso aunque no sea práctico ni cómodo.

Pat Gelsinger, “Faster Chips, More Opportunity?” [¿Hay más oportunidades si los chips son más rápidos?] Entrevista en Ethix 57 (Enero/febrero 2008),  ethix.org/2008/02/01/faster-chips-more-opportunity.

3 Juan y el trabajo

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Así como 2 Juan, 3 Juan es una carta tan corta que no está dividida en capítulos. Sin embargo, contiene dos pasajes que se aplican al trabajo.

El chisme (3 Juan 1-12)

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Juan le escribe esta carta a un “colaborador” (2Jn 8) llamado Gayo. En esta, demuestra un toque personal cuando dice, “ruego que seas prosperado en todo así como prospera tu alma, y que tengas buena salud” (3Jn 2). Le presta atención al cuerpo (salud) y alma de su colaborador. En sí misma, esta es una lección importante para el lugar de trabajo: no debemos ver a los colegas como trabajadores simplemente, sino como personas integrales.

Luego, Juan se presenta a sí mismo como un ejemplo de alguien que no recibe un buen trato en su trabajo. Un miembro de la congregación llamado Diótrefes ha estado tratando de desvirtuar “nuestra autoridad”, dice Juan, al estar “contando chismes y mentiras contra nosotros” (3Jn 9–10, DHH). En sus tres cartas, la preocupación principal de Juan ha sido unir la verdad y el amor (3Jn 1). Diótrefes está haciendo todo lo contrario, ya que está hablando falsamente con odio. Casi se puede sentir el dolor de Pablo mientras dice, —usando la traducción más dramática de la Nueva Versión Internacional— “no dejaré de reprocharle su comportamiento, ya que, con palabras malintencionadas, habla contra nosotros solo por hablar” (3Jn 10, NVI).

Lo doblemente doloroso es que Diótrefes es un creyente. Esto nos recuerda que de por sí, ser cristianos no nos hace perfectos. Sin duda, Diótrefes piensa que él mismo tiene la razón. Lo que reconocemos como chismes falsos, él lo puede considerar como simplemente una advertencia para que otros puedan protegerse a sí mismos.

Cuando damos nuestra opinión de otros en el trabajo, ¿alguna vez damos una mala impresión de nosotros mismos o de los demás? Hay una pregunta simple que nos puede ayudar a vernos como nos ven los demás. ¿Hablaríamos de las personas de la misma forma si estuvieran presentes? Si no, es muy probable que estemos dando una falsa impresión de aquellos de los que hablamos y, además, que estemos dando una mala impresión de nosotros mismos. El mismo Juan, aunque tiene una queja contra Diótrefes, no está chismeando. Sabe que su carta será leída en voz alta en la iglesia, así que su queja no quedará oculta y Diótrefes la escuchará y podrá responder a ella.

Darle a su oponente una oportunidad de responder a su queja es un elemento esencial de la combinación de Juan de la verdad y el amor. Él cree que su queja contra Diótrefes es legítima, pero reconoce que su oponente merece la oportunidad de explicar o defenderse a sí mismo. Existe una gran diferencia con las campañas que realizan muchas figuras públicas hoy día, las cuales parecen juicios por televisión, en las que las insinuaciones se extienden a través de los medios de comunicación y donde no hay oportunidad de responder al mismo nivel.

Este principio no aplica solamente para la forma en la que hablamos de personas sino también de grupos. Denigrar colectivamente a otros es tan malo, o incluso peor, que chismear o calumniar a un individuo. Casi toda clase de trato injusto en el trabajo comienza al clasificar a las personas como miembros de un grupo inferior o peligroso. Cuando escuchemos que algo así suceda, tenemos la oportunidad de hablar en contra de los prejuicios y la culpa por asociación, y en favor de encontrar la verdad de la situación específica.

También es interesante que Juan elogia a Demetrio, el hermano que lleva la carta. Juan usa su influencia como líder en la iglesia para exaltar a Demetrio ante Gayo y su iglesia. Él lo alaba tanto por su vida llena de verdad como por el respeto que le tienen los demás creyentes. Los líderes en el trabajo pueden usar su poder e influencia de forma eficaz con el objetivo de la verdad, la justicia, el amor y la misericordia, incluso cuando el evangelio no sea reconocido abiertamente.

Saludar a las personas por su nombre (3 Juan 13-15)

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La carta termina con la misma idea que concluye 2 Juan. Juan debe comunicar ciertas cosas que sería mejor decirlas personalmente y no con papel y tinta (3Jn 13–14). Pero hay un cambio en 3 Juan que nos da otra idea para nuestro trabajo diario. Al final, Juan agrega, “Saluda a los amigos, a cada uno por nombre”. Decir el nombre de una persona le agrega valor al contacto personal que Juan reconoce como necesario en la comunicación.

Muchos de nosotros nos encontramos con cientos de personas en el curso de nuestro trabajo. Hasta cierto punto, necesitamos comunicarnos con otros, aunque sea solamente para no estrellarnos en los pasillos. ¿A cuántos de ellos los conocemos lo suficientemente bien como para saludarlos por su nombre? ¿Conoce el nombre del jefe del jefe de su jefe? Es probable que sí. ¿Conoce el nombre de la persona que saca la basura de su oficina? ¿Saluda a las personas por su nombre cuando tiene conflictos con ellos? ¿Se aprende los nombres de las personas nuevas que pueden necesitar su ayuda en cierto punto? Los nombres que memoriza y los que no pueden revelar mucho acerca de su nivel de respeto y compasión por las personas. A Juan le importa lo suficiente saludar a “cada” persona por su nombre.

Judas

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La breve carta de Judas pinta una imagen impactante de un lugar de trabajo bastante disfuncional: una iglesia deteriorada gracias a los líderes impíos. Algunos de los problemas son únicos de las iglesias, como negar a Jesucristo (Jud 4) y la herejía (“la rebelión de Coré”, Jud 11). Otros problemas podrían darse en un trabajo secular, como el rechazo de la autoridad, las burlas (Jud 8, NTV), la violencia (“el camino de Caín”) y la codicia (“el error de Balaam”, Jud 8).[1]

Los peores abusos son perpetrados por líderes que se llenan de comida a costa de sus rebaños. “Banquetean con vosotros sin temor, apacentándose a sí mismos” (Jud 12). Las palabras de Judas aplican igualmente para los líderes que malversan los fondos de la iglesia para sus propios placeres, para los ejecutivos que saquean un fondo de pensiones corporativo para respaldar las ganancias reportadas (y así sus bonos), o los empleados que navegan en internet durante sus horas laborales.

Al enfrentar estas actividades ilícitas, Judas da un mandato que es tan sorprendente en el trabajo como en la iglesia: tener misericordia. “Y tened misericordia de algunos que dudan; a otros, salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por la carne” (Jud 22–23). A Judas no le da temor tomar acciones fuertes contra el mal. Su misericordia no es suave o débil, como lo indican sus imágenes del fuego, el temor y los cuerpos contaminados. La misericordia de Judas es dura. Pero, aun así, es misericordia, porque su esperanza no es solamente castigar a los ofensores sino salvarlos.

Esta misericordia fuerte puede ser lo que requieren algunas situaciones laborales. Alguien que comete fraude, abusa de otros trabajadores o les miente a los clientes, no puede ser absuelto ligeramente. Eso solamente lleva a un mal mayor. Sin embargo, la disciplina no puede convertirse en simple venganza. A los ojos de Cristo, hay esperanza para todas las personas. El líder piadoso trata a cada persona con respeto y trata de discernir qué clase de disciplina puede llevarlos de regreso al redil.

Richard J. Bauckham, Jude, 2 Peter, ed. Bruce M. Metzger, David A. Hubbard, and Glenn W, Barker, vol. 50, Word Biblical Commentary (Dallas: Word, 1983).

Conclusión a las Epístolas generales

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Las Epístolas generales comienzan con la combinación de dos principios: primero, seguir a Cristo nos da la capacidad de confiar en que Dios provee para nosotros y segundo, confiar en que Dios nos provee nos lleva a trabajar en beneficio de los necesitados. Estos principios son la base de varias instrucciones prácticas para la vida y el trabajo (especialmente en Santiago) y de conceptos teológicos que nos ayudan a entender el lugar que tiene el trabajo en la vida de fe. Esto plantea dos preguntas para nosotros:

(1) ¿creemos estos principios? Y (2) ¿en realidad los estamos aplicando en nuestra vida laboral?

¿Creemos estos dos principios?

En nuestros lugares de trabajo ocurren innumerables situaciones. Algunas ponen en duda la posibilidad de confiar en que Dios provee para nosotros. Otras la afirman. Todos conocemos personas que parecía que confiaban en Dios pero no recibieron lo que necesitaban. Las personas pierden trabajos, casas, ahorros para su jubilación e incluso la vida misma. Por otra parte, recibimos cosas buenas que nunca podríamos haber esperado y que no habríamos podido lograr nosotros mismos. Surge una nueva oportunidad, algo pequeño que hicimos lleva a un gran éxito, una inversión resulta bien, una persona extraña provee para lo que necesitamos. ¿Es verdad que podemos confiar en que Dios provee lo que realmente necesitamos? Las Epístolas generales nos llaman a luchar con esta pregunta profunda hasta que tengamos una respuesta segura. Esto puede significar luchar con ella durante toda la vida. Pero aún eso sería mejor que ignorarla.

El principio de que debemos trabajar principalmente en beneficio de los que lo necesitan es igualmente cuestionable. Está en contra de la suposición básica de la economía —que todos los trabajadores actúan principalmente para incrementar su propia riqueza. Choca contra la actitud predominante de la sociedad frente al trabajo: que cada quien cuide sus propios intereses. Demandamos pruebas (si tenemos el poder de hacerlo) de que estamos recibiendo el salario adecuado. ¿De esa misma forma demandamos pruebas de que nuestro trabajo beneficia a otros adecuadamente?

¿Estamos aplicando los dos principios en nuestro trabajo?

Podemos evaluar nuestro nivel de confianza en la provisión de Dios examinando las cosas que hacemos para proveer para nosotros mismos. ¿Nos llenamos de conocimiento para volvernos indispensables? ¿Solicitamos contratos laborales o paracaídas de oro para sentirnos seguros en el futuro? ¿Venimos al trabajo con temor de que nos despidan? ¿Nos obsesionamos con el trabajo y descuidamos a nuestras familias y comunidades? ¿Nos aferramos a un trabajo que no es digno, a pesar de la humillación, la ira, el bajo rendimiento e incluso los problemas de salud porque tememos que no existan más trabajos para nosotros? No hay reglas rigurosas y algunas o todas estas acciones pueden ser sabias y apropiadas en ciertas situaciones (excepto la obsesión). Pero, ¿qué dice lo que hacemos en el trabajo sobre nuestro nivel de confianza en que Dios es quien nos provee?

Sin embargo, la medida más poderosa de nuestra confianza en Dios no es lo que hacemos por nosotros mismos, sino lo que hacemos por otros. ¿Le ayudamos a las personas a nuestro alrededor a que les vaya bien en el trabajo, incluso aunque es posible que nos tomen la delantera? ¿Ponemos en riesgo nuestra posición para defender a nuestros compañeros, clientes, proveedores y otros que no tienen el poder de hacerlo o que lo necesitan? ¿Preferimos —dentro de cualquier alcance de decisión que podamos tener— trabajar en formas que beneficien los que tienen necesidad, tanto como trabajamos para nuestro propio beneficio?

Necesitamos responsabilizarnos y responsabilizar a otros de aplicar estos principios en el trabajo todos los días, así como nos lo recuerda la carta de Judas. Obedecer la palabra de Dios no es un tema de sensibilidades religiosas, sino de consecuencias totalmente físicas para nosotros y para los que son afectados por nuestro trabajo. La responsabilidad no nos lleva a juzgar, sino a tener un corazón misericordioso.

Las Epístolas generales nos retan a reconceptualizar nuestra noción no solo del trabajo, sino de para quién estamos trabajando. Si confiamos en que Dios provee para nuestras necesidades, entonces podremos trabajar para Él y no para nosotros mismos. Cuando trabajamos para Dios, servimos a otros. Cuando servimos a otros, traemos la bendición de Dios a un mundo en el que somos miembros de la sociedad, pero ciudadanos de otro reino. Las bendiciones de Dios que llegan al mundo a través de nuestro trabajo se convierten en los siguientes pasos del Señor para la transformación del mundo, para convertirlo en nuestro verdadero hogar. Por tanto, mientras trabajamos “según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia” (2P 3:13).