Levítico y el trabajo : 488

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Levítico y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción: ¿Levítico tiene algo que decirnos sobre el trabajo?

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Levítico es un recurso grandioso para las personas que buscan una guía acerca de su trabajo; está lleno de instrucciones directas y prácticas, incluso si el trabajo se realiza en un lugar diferente al de nosotros hoy en día. Además, Levítico es uno de los lugares principales en donde Dios se revela a Sí mismo y Sus propósitos para nuestra vida y nuestro trabajo. El libro está en el centro físico del Pentateuco, el tercero de los cinco libros de Moisés que forman la narrativa y la base teológica del Antiguo Testamento. El segundo libro, Éxodo, relata de lo que Dios sacó a Su pueblo. Levítico cuenta a lo que Dios lleva a Su pueblo[1], una vida llena de la presencia de Él mismo. En Levítico, el trabajo es uno de los escenarios más importantes en donde Dios está presente con Israel, y Él sigue presente con Su pueblo en nuestro trabajo en la actualidad.

Levítico también es crucial para las enseñanzas de Jesús y el resto del Nuevo Testamento. La gran comisión que enseñó Jesús (Mr 12:28-31) viene directamente de Levítico 19:18: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El “año de jubileo” en Levítico 25 se encuentra en el centro de la misión de Jesús: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para… proclamar el año favorable del Señor [de jubileo]” (Lc 4:18-19). Jesús dijo que “ni la letra más pequeña ni una tilde” de la ley se perdería (Mt 5:18) y muchas de esas letras y tildes se encuentran en Levítico. Jesús ofreció una nueva visión de la ley —que la forma de cumplir la ley no es acatar las normas, sino cooperar con los propósitos para los cuales Dios creó la ley. Debemos cumplir la ley por un “camino más excelente” (1Co 12:31) que sobrepasa, no ignora la letra de la ley. Si deseamos cumplir el Espíritu de la ley, como lo hizo Jesús, entonces debemos comenzar por aprender lo que la ley dice en realidad. Gran parte de esta se encuentra en Levítico y una cantidad considerable se aplica al trabajo.

Ya que Levítico es fundamental en las enseñanzas de Jesús sobre el trabajo, como seguidores de Jesús estamos en lo correcto cuando vamos a este libro para encontrar guía sobre la voluntad de Dios en nuestro trabajo. Por supuesto, debemos tener en cuenta que los códigos en Levítico se deben entender y aplicar a las diferentes situaciones económicas y sociales en la actualidad. La sociedad actual no es similar a la del antiguo pueblo de Israel, ni en términos de estructura social ni en nuestra relación de pacto. Por ejemplo, muchos trabajadores hoy día tienen poca necesidad de saber qué hacer con un buey o una oveja que ha sido descuartizada por animales salvajes (Lv 7:24). El sacerdocio levítico, a quienes se dirige gran parte del libro —sacerdotes que realizaban los sacrificios de animales al Dios de Israel— ya no existe. Además, en Cristo entendemos que la ley es un instrumento de la gracia de Dios de una forma diferente a como lo era en el antiguo pueblo de Israel. Así que no podemos simplemente citar Levítico como si nada hubiera cambiado en el mundo. No podemos leer un versículo y declarar “así dice el Señor”, como un juicio en contra de las personas que no están de acuerdo con nosotros. En vez de eso, tenemos que entender el significado, los propósitos y la intención de Dios revelados en Levítico, y después pedirle sabiduría para aplicar este libro en la actualidad. Solo de esta manera nuestras vidas reflejarán Su santidad, honrarán Sus intenciones y establecerán la normatividad de Su reino celestial en la tierra.

El libro de Levítico habla nueve veces de que el Señor sacó a Israel de Egipto, y con frecuencia usa esta idea como una motivación para la obediencia futura de Israel (11:45; 19:36; 22:33, 23:43; 25:38, 42, 55; 26:13, 45).

El concepto fundamental de la santidad en Levítico

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El libro de Levítico está cimentado en la verdad de que Dios es santo. La palabra qodesh se presenta en más de cien oportunidades en el texto hebreo de este libro. Decir que Dios es santo significa que está completamente separado de todo mal o imperfección. Para expresarlo de otra manera, Dios es completa y perfectamente bueno. El Señor es digno de fidelidad total, adoración exclusiva y obediencia amorosa.

La identidad de Israel surge del hecho de que, por los actos de Dios ellos son santos, y también de que el Señor espera que Israel actúe de forma santa en la práctica. Israel es llamado a ser santo porque el Señor mismo es santo (Lv 11:44-45; 19:2; 20:7; 21:8). Todas las distintas leyes de Levítico que tratan aspectos rituales, éticos, comerciales y penales de la vida, se basan en esta noción fundamental de la santidad.

Alexander Hill sigue el principio esencial de Levítico al basar su análisis de la ética  cristiana de negocios en la santidad, justicia y amor de Dios. “Un acto de negocios es ético si refleja el carácter amoroso, justo y santo de Dios”.[1] Hill afirma que los cristianos en el mundo de los negocios reflejan la santidad divina cuando tienen celo por Dios, quien es su principal prioridad, y por esto se comportan con pureza, responsabilidad y humildad. De esto se trata el poner en práctica Levítico en la actualidad, en vez de tratar de reproducir un código comercial diseñado para una sociedad rural. No significa ignorar los detalles de la ley, sino discernir la forma en la que nos guía Dios para cumplirla en el contexto actual.

La santidad en Levítico no representa separación porque sí, sino para que la comunidad del pueblo de Dios prospere y que cada persona se reconcilie con Dios. La santidad no se trata solo del comportamiento de individuos que siguen las normas, sino de cómo lo que cada persona hace afecta a todo el pueblo de Dios en su vida en comunidad y su trabajo como representantes del reino de Dios. A la luz de esto, es totalmente razonable el llamado de Jesús a Su pueblo a ser “sal” y “luz” para los demás (Mt 5:13-16). Ser santo es ir más allá de la ley para amar al prójimo, amar incluso a los enemigos y ser “perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5:48, haciendo eco de Lv 19:2).

En pocas palabras, el antiguo pueblo de Israel no obedecía Levítico como si fuera un conjunto especial de normas, sino como una expresión de la presencia de Dios en medio de ellos. Esto es tan relevante para el pueblo de Dios en la actualidad como lo era en esa época. En Levítico, Dios toma un conjunto de tribus nómadas y le da forma a su cultura como un pueblo. De la misma forma hoy en día, cuando los cristianos entramos a nuestros lugares de trabajo, Dios le da forma a la cultura de las unidades de trabajo, organizaciones y comunidades por medio de nosotros. El llamado de Dios a ser santos, incluso como Él es santo, es un llamado a moldear nuestras culturas para bien.

 Alexander Hill, Just Business: Christian Ethics for the Marketplace [Solo negocios: la ética cristiana en el mercado], 2ª ed. (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2008), 15.

Los sacrificios de Israel (Levítico 1-10)

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El libro de Levítico comienza con las normas para los sacrificios de Israel, expresadas desde dos perspectivas. La primera es la de los laicos, que traen el sacrificio y participan en su ofrenda (capítulos 1 al 5). La segunda es la de los sacerdotes, quienes oficiaban los sacrificios (capítulos 6 al 7). A continuación vemos cómo se ordenaban los sacerdotes y comenzaban su ministerio en el tabernáculo (capítulos 8 al 9), seguido de más reglas para los sacerdotes que se presentan cuando Dios les quita la vida a los sacerdotes Nadab y Abiú por infringir el mandato de Dios sobre sus responsabilidades rituales (capítulo 10). No se debe suponer que este material solo muestra ritos vacíos e irrelevantes para el mundo del trabajo moderno. En cambio, debemos ver la forma en la que el pueblo de Israel enfrentaba sus problemas con el fin de descubrir cómo nosotros, el pueblo en Cristo, podemos enfrentar los nuestros, incluyendo los retos que encaramos en los negocios y el trabajo.

La morada de Dios en la comunidad (Levítico 1-10)

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El propósito del sacrificio no era simplemente solucionar los errores ocasionales de pureza. La palabra hebrea para la “ofrenda” de un sacrificio significa literalmente “traer(lo) cerca”. Traer un sacrificio cerca al santuario traía al adorador cerca de Dios. El nivel individual del mal comportamiento de la persona no era el problema principal. La impureza trae  contaminación, lo que es causado por toda la comunidad, conformada por algunos que han cometido pecados descarados o involuntarios junto con la mayoría silenciosa que ha permitido que los malvados florezcan allí. El pueblo asume la responsabilidad colectiva por la sociedad corrupta y por tanto, le da razones legítimas a Dios para que salga de Su santuario, lo que equivale a la destrucción de la nación.[1] El objetivo de aquellos que llaman a Jesús “Emanuel” (“Dios con nosotros”) sigue siendo acercarse a Dios. El tema de la morada de Dios en medio de Su pueblo es realmente importante.

En su trabajo, los cristianos deben ir más allá de solo buscar consejos piadosos para encontrar lo que el mundo define como “éxito”. Estar conscientes de que Dios es santo y que desea morar en el centro de nuestras vidas cambia nuestra inclinación del éxito a la santidad, en el trabajo que Dios nos ha llamado a hacer. Esto no significa realizar actividades religiosas en el trabajo, sino hacer todo nuestro trabajo como si Dios fuera quien nos lo encargara. El trabajo no es principalmente el medio para disfrutar el fruto de nuestra labor, sino una forma de experimentar la presencia de Dios. Así como los sacrificios de Israel eran un “aroma agradable” para el Señor (en Lv 1:9 y dieciséis veces más), Pablo llamó a los cristianos a “que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo” (Col 1:10), “Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios” (2Co 2:15).

En nuestros trabajos, ¿cuál sería el resultado de preguntarnos algo fundamental como “en qué formas podría ser este un lugar para la santa presencia de Dios”? ¿En nuestro lugar de trabajo se anima a las personas a expresar lo mejor que Dios les ha dado? ¿Es un lugar que se caracteriza por el trato justo para todos? ¿Protege a los trabajadores contra cualquier daño? ¿Produce bienes y servicios que ayudan a la comunidad a prosperar más abundantemente?.

Jacob Milgrom, Leviticus: A Book of Ritual and Ethics, A Continental Commentary [Levítico: un libro de ritual y ética, un comentario continental] (Minneapolis: Fortress Press, 2004), 15.

Todo el pueblo de Dios participa del trabajo (Levítico 1-10)

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Levítico une las perspectivas de dos grupos que con frecuencia estaban en contra: los sacerdotes y el pueblo. Su propósito es unir a todo el pueblo de Dios, sin importar las diferencias de estatus. En los lugares de trabajo actuales, ¿cómo debemos manejar los cristianos las ofensas entre otras personas sin importar sus riquezas o su posición en la compañía? ¿Toleramos abusos de poder cuando los resultados parecen favorables para nuestra carrera profesional? ¿Participamos juzgando compañeros de trabajo, chismeando o murmurando, o insistimos en llevar los reclamos a los sistemas imparciales? ¿Le ponemos atención al daño que hacen el matoneo y el favoritismo en el trabajo? ¿Fomentamos una cultura positiva, promovemos la diversidad y construimos una organización saludable? ¿Facilitamos la comunicación abierta y confiable, minimizamos la politiquería clandestina y procuramos un mejor desempeño? ¿Creamos una atmósfera en donde las ideas surgen y se exploran, y se ponen las mejores en acción? ¿Nos concentramos en el crecimiento sostenible?

Los sacrificios de Israel no trataban únicamente las necesidades religiosas del pueblo, sino también las psicológicas y emocionales, abarcando así el todo de la persona y de la comunidad. Los cristianos entendemos que los negocios tienen propósitos que por lo general no son de naturaleza religiosa, y también sabemos que las personas no equivalen a lo que hacen o producen. Esto no reduce nuestro compromiso de trabajar y ser productivos, sino que nos recuerda que como Dios nos adoptó con Su perdón, tenemos más razones que otros para ser considerados, justos y bondadosos con todos (Lc 7:47; Ef 4:32; Col 3:13).

La importancia de la ofrenda por la culpa (Levítico 6:1-7)

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Cada ofrenda de un sacrificio de Israel es importante, pero la ofrenda por la culpa (también conocida como el sacrificio de restitución) tiene una característica especial que la hace particularmente relevante para el mundo del trabajo. La ofrenda por la culpa de Levítico es la semilla de la doctrina bíblica del arrepentimiento[1] (Nm 5:5-10 es un pasaje paralelo). De acuerdo con Levítico, Dios exigía ofrendas cada vez que una persona engañara a otra respecto a un depósito o algo que se le hubiera confiado, cuando cometiera un robo o fraude, mintiera acerca de una propiedad perdida que fue encontrada o jurara falsamente acerca de algo (Lv 6:2-3). No era una sanción impuesta por un tribunal judicial, sino una restitución que ofrecía un infractor que eludió las consecuencias de su delito, pero que después se sintió culpable y decidió presentar una ofrenda al reconocer su culpa (Lv 6:4-5). El fundamento de la ofrenda por la culpa es el arrepentimiento del pecador, no el enjuiciamiento por parte de las autoridades.
Con frecuencia, tales pecados se habrían cometido en el contexto del comercio o de otros trabajos. La ofrenda por la culpa llama al pecador arrepentido a que regrese lo que tomó de manera ilícita junto con un veinte por ciento más (Lv 6:4-5). Solo después de resolver el tema en el plano terrenal, el pecador podía recibir el perdón de Dios al entregarle un animal al sacerdote para el sacrificio (Lv 6:6-7).

La ofrenda por la culpa enfatiza de manera excepcional varios principios acerca de la sanación de relaciones personales que han sido afectadas por el abuso financiero.

  1. Para reparar el agravio no es suficiente una simple disculpa ni la completa restitución por lo que fue tomado. Así mismo, se agregó algo similar al concepto actual de las sanciones punitivas, pero a diferencia de estas, en las ofrendas por la culpa los infractores asumían voluntariamente parte del daño, compartiendo así el sufrimiento que le causaron a la víctima.
  2. Hacer todo lo necesario para corregir un agravio contra otra persona es bueno no solamente para la víctima, sino también para el transgresor. La ofrenda por la culpa reconoce el tormento que embarga la conciencia de quienes reconocen su crimen y sus efectos perjudiciales, y proporciona una forma en la que el culpable puede lidiar con el tema de mejor manera, lo que trae cierta conclusión y paz. Esta ofrenda expresa la misericordia de Dios en que el dolor y el daño se neutralizan para que no se agraven y estallen en violencia o en ofensas más graves. También anula la necesidad de la víctima (o de la familia de la víctima) de tomar el tema en sus propias manos para exigir restitución.
  3. Ninguna parte del trabajo expiatorio de Jesús en la cruz libera al pueblo de Dios hoy día de la necesidad de la restitución. Jesús les enseñó a Sus discípulos, “Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt 5:23-24). Amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos es una parte fundamental de los requerimientos de la ley (Lv 19:18 citado en Ro 13:9), y la restitución es una expresión esencial de cualquier clase genuina de amor. Jesús le otorgó la salvación a Zaqueo, el recaudador de impuestos rico, quien ofreció más restitución de la que exigía la ley, poniéndolo como ejemplo de aquellos que realmente entendieron el perdón (Lc 19:1-10).
  4. Las palabras de Jesús en Mateo 5:23-24 también nos enseñan que un aspecto esencial de hacer las cosas correctamente con Dios y vivir en paz en cuanto sea posible, es hacer lo que esté a nuestro alcance para reconciliarnos con los demás. Recibir el perdón de Dios va más allá, pero no reemplaza, la restitución de quienes hemos perjudicado (cuando sea posible). En respuesta al perdón de Dios, nuestros corazones se mueven a hacer todo lo que podamos para revertir el daño que le hayamos causado a otros. Pocas veces tendremos la capacidad de deshacer completamente el daño que causa nuestro pecado, pero el amor de Cristo nos impulsa a hacer todo lo que podamos.

La ofrenda por la culpa es un gran recordatorio de que Dios no ejerce su derecho del perdón a expensas de las personas perjudicadas por nuestros malos actos. Él no nos ofrece la liberación psicológica de nuestra culpa para sustituir de forma barata la reparación del daño y el dolor que hemos causado.

Jacob Milgrom, Leviticus 1-16 [Levítico 1-16] (New Haven: Yale University Press, 1998), 345.

Lo inmundo y lo limpio (Levítico 11-16)

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La lógica temática de toda esta sección, que se encuentra en el centro del libro, se explica en Levítico 11:45. “Porque Yo soy el Señor, que os he hecho subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios; seréis, pues, santos porque Yo soy santo” (Lv 11:45). Dios llama a Israel a reflejar Su santidad en todos los aspectos de la vida. Los capítulos 11 al 16 de Levítico abordan los alimentos “limpios” e “inmundos” (capítulo 11) y los rituales de purificación (capítulos 12 al 15). Por último, encontramos la forma en la que se debía celebrar el día de la expiación para purificar a las personas y el santuario de Dios (capítulo 16).

Los cristianos también reconocemos que todos los aspectos de nuestra vida deben ser una respuesta a la santa presencia de Dios entre nosotros, aunque los temas y el alcance de las leyes en Levítico tienden a desconcertarnos en la actualidad. ¿Existen principios éticos que permanezcan en estas reglas concretas? Por ejemplo, es difícil entender la razón por la que Dios permitía que Israel se alimentara de algunos animales y de otros no. ¿Por qué hay tanta preocupación por enfermedades específicas de la piel (las que ni siquiera podemos identificar con certeza hoy día) y no otras enfermedades que son más graves? De todos los males que enfrenta la sociedad, ¿el problema del moho es tan importante en realidad? Al reducir nuestro enfoque a temas de trabajo, ¿debemos esperar que estos textos digan algo que podamos aplicar a la industria alimentaria, la medicina o la contaminación ambiental de hogares y espacios de trabajo? Como lo señalamos antes, encontraremos respuestas no al preguntar si debemos obedecer reglas hechas para una situación diferente, sino al buscar cómo nos guían los pasajes para que contribuyamos al bienestar de la comunidad.

Solo se permite comer ciertos animales (Levítico 11)

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Hay varias teorías viables acerca de las normas que determinan qué animales son para el consumo humano en Levítico 11. Todas tienen respaldo externo, pero ninguna ha sido objeto de un consenso general. Determinarlo está por fuera de nuestro alcance, pero Jacob Milgrom ofrece una perspectiva directamente relacionada con el trabajo.[1] Él señala tres elementos dominantes: Dios limitó severamente la selección de Israel de alimentos de origen animal, les dio reglas específicas para matar animales y les prohibió comer la sangre, que representa la vida y por lo tanto solo le pertenece a Dios. A la luz de estos elementos, Milgrom concluye que el sistema alimenticio de Israel era un método para controlar el instinto asesino humano. En pocas palabras, “aunque pueden satisfacer su apetito por la comida, deben contener su hambre de poder. Ya que la vida es inviolable, no la pueden manipular indiscriminadamente”.[2] Si Dios decide involucrarse en los detalles de cuáles animales pueden matar y cómo se debe hacer, ¿cómo podríamos olvidarnos de que el tema de asesinato de seres humanos es mucho más restringido y está sujeto al escrutinio de Dios? Este punto de vista es más aplicable en la actualidad. Por ejemplo, si todos los centros de servicios agrícolas, animales y alimenticios fueran responsables a diario delante de Dios en cuanto al tratamiento y la condición de sus animales, ¿no estarían más atentos a la seguridad y las condiciones de trabajo de sus empleados?

A pesar de los detalles exhaustivos de Levítico, de donde surge la discusión persistente sobre los alimentos en la Biblia, sería incorrecto que algún cristiano tratara de imponer lo que todos los creyentes deben o no hacer respecto a la provisión, preparación y consumo de alimentos. No obstante, lo que sea que comamos o no comamos, Derek Tidball nos recuerda debidamente a los cristianos que la santidad es lo fundamental. Cualquiera que sea la postura respecto a estas cuestiones complejas, no se puede separar del compromiso cristiano por la santidad. La santidad nos llama incluso a comer y beber “para la gloria de Dios”.[3] Lo mismo aplica para el trabajo de producir, preparar y consumir alimentos y bebidas.

Jacob Milgrom, Leviticus 1-16 (New Haven: Yale University Press, 1998), 704-42.

Jacob Milgrom, Leviticus 1-16 (New Haven: Yale University Press, 1998), 105.

Derek Tidball, The Message of Leviticus [El mensaje de Levítico] (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1996), 15.

Trato de las enfermedades de la piel e infecciones de moho (Levítico 13-14)

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En contraste con las leyes sobre los alimentos, las leyes que hablan de las enfermedades y la contaminación ambiental tratan principalmente con la salud. La salud también es un asunto crucial en la actualidad y seguiría siendo un interés noble y piadoso incluso si el libro de Levítico no estuviera en la Biblia. Sin embargo, no sería sabio creer que Levítico ofrece instrucciones que podemos aplicar hoy directamente para afrontar enfermedades contagiosas y la contaminación ambiental. Ya que estamos a una distancia de miles de años de la época, ni siquiera podemos estar seguros exactamente de a cuáles enfermedades se refiere el pasaje. Si las normas concretas de Levítico no guían la forma en la que se realiza el trabajo de la salud y la protección ambiental, ciertamente lo hace la idea del mensaje perdurable del libro: que el Señor es el Dios de la vida y que Él guía, honra y enaltece a todos aquellos que sanan a las personas y al medioambiente.

La santidad (Levítico 17-27)

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Algunas de las instrucciones en el código de la santidad solo parecen relevantes para la época antigua de Israel, mientras que otras parecen imperecederas. Con una de ellas, Levítico le ordena a los hombres no estropear los bordes de su barba (Lv 19:27), pero con otra, se les ordena a los jueces no juzgar injustamente en la corte, sino ser justos con todos (Lv 19:15). ¿Cómo sabemos cuáles aplican directamente en la actualidad? Mary Douglas explica de forma útil que entender claramente la santidad como un orden moral fundamenta estas instrucciones en Dios y le da sentido a su variedad.

Desarrollar la idea de santidad como equivalente al orden, y no al caos, mantiene la rectitud y el trato justo como algo santo, y la contradicción y las dobles negociaciones como algo en contra de la santidad. El robo, la mentira, el falso testimonio, las trampas en las medidas de peso y capacidad, toda clase de encubrimiento tal como hablar mal de otros (y tal vez sonreírles cuando estén presentes) y odiar al hermano en el corazón (mientras se le habla con amabilidad) son aspectos que demuestran claramente contradicciones entre lo que parece y lo que es.[1]

Algunos aspectos de lo que lleva al buen orden (e.g. el arreglo de la barba) pueden tener importancia en un contexto pero no en otro, y algunos aspectos son esenciales en todas las situaciones. Podemos resolverlo preguntándonos qué contribuye al orden en nuestros contextos específicos. Aquí examinaremos algunos pasajes que se relacionan directamente con temas de trabajo y economía.

Mary Douglas, Purity and Danger: An Analysis of the Concepts of Pollution and Taboo [Pureza y peligro: un análisis de los conceptos de contaminación y tabú] (Londres: Routledge, 1966), 53-54.

Espigar (Levítico 19:9-10)

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Aunque los métodos antiguos para cosechar no eran tan eficientes como los actuales, Levítico 19:9-10 instruye a los israelitas a que hagan el proceso aún menos eficiente. Primero, no debían cosechar el grano que creciera en los últimos rincones de sus campos. Parece que el dueño del terreno podía determinar la amplitud de este espacio. Segundo, no debían recoger el producto que caía al suelo. Esto aplicaba cuando el recolector tomaba un manojo de tallos y los cortaba con la hoz, igual que cuando las uvas caían de un racimo que era cortado de la vid. Tercero, ellos debían recolectar sus viñedos solo una vez y posiblemente tomar solo las uvas maduras, dejando las de maduración tardía para los pobres y los inmigrantes que vivían entre ellos.[1] Estas dos categorías de personas —los pobres y los extranjeros residentes— no poseían tierras, por lo que eran dependientes de su trabajo manual para conseguir el alimento. Las leyes que beneficiaban a los pobres eran comunes en el Cercano Oriente antiguo, pero solo las regulaciones de Israel extendían este trato a los residentes extranjeros. Esta era una forma más en la que el pueblo de Dios debía distinguirse de las naciones a su alrededor. Otros textos especifican a la viuda y el huérfano como miembros de esta categoría (otras referencias bíblicas de la práctica de espigar se encuentran en Éx 22:21-27; Dt 24:19-21; Jue 8:2; Rut 2:17-23; Job 24:6; Is 17:5-6; 24:13; Jer 6:9, 49:9; Abd 1:5; Miq 7:1).

Podríamos clasificar la práctica de espigar como una expresión de compasión o justicia, pero de acuerdo con Levítico, permitirle a otros espigar en sus propiedades es un fruto de santidad. Lo hacen porque Dios dice, “Yo soy el Señor vuestro Dios” (Lv 19:10). Esto resalta la distinción entre esta práctica y los actos de caridad. Al hacer un acto de caridad, las personas proveen algo voluntariamente para quienes lo necesitan. Esto es algo bueno y noble, pero no es de lo que habla Levítico. Espigar es un proceso en el que los dueños de los terrenos tienen la obligación de darle acceso a las personas pobres y marginadas a los medios de producción (en Levítico, la tierra) para que ellos mismos la trabajaran. A diferencia de la caridad, esto no depende de la generosidad de los dueños de las tierras. En este sentido, era más similar a un impuesto que a una contribución de caridad. Otra diferencia con la caridad es que no se entregaba algo directamente, sino que por medio de la práctica de espigar, los pobres conseguían su sustento de la misma forma en la que lo hacía el dueño de las tierras, trabajando el campo por sí mismos. Era simplemente un mandato de que todos tuvieran el derecho de acceder al medio de provisión creado por Dios.

Puede que no sea fácil discernir en las sociedades contemporáneas cómo aplicar los principios de la práctica de espigar. No cabe duda de que en muchos países se necesita una reforma agraria para que la tierra esté disponible de forma segura para los campesinos, en vez de estar controlada por funcionarios caprichosos del gobierno o propietarios que las obtuvieron de forma deshonesta. En economías más industrializadas y basadas en el conocimiento, la tierra no es el principal factor de producción. Puede que lo que necesiten los pobres para ser productivos sea acceso a la educación, al capital, al producto y a los mercados de trabajo, sistemas de transporte y leyes y normas no discriminatorias. Es necesario que las soluciones surjan de diferentes partes de la sociedad, ya que tanto los cristianos como no cristianos tienen la misma capacidad de determinar las medidas más efectivas. Indudablemente, Levítico no contiene un sistema diseñado para las economías actuales, pero el sistema del proceso de espigar en el libro sí expone la obligación de los dueños de activos productivos de asegurar que las personas marginadas tengan la oportunidad de trabajar para sustentarse. No es posible que un solo dueño pueda proveer oportunidades para todos los desempleados o subempleados, por supuesto, igual que era imposible para un agricultor en el antiguo pueblo de Israel darle la oportunidad de espigar a toda la región. No obstante, los dueños deben ser quienes proporcionan oportunidades de trabajo. Tal vez los cristianos en general también estamos llamados a apreciar el servicio que hacen los dueños de los negocios en su rol como creadores de empleos en sus comunidades.

(para más información sobre el proceso de espigar en la Biblia, ver "Éxodo 22:21-27" en Éxodo y el Trabajo que se encuentra anteriormente, y "Rut 2:17-23" en Rut y el Trabajo).

Jacob Milgrom, Leviticus 1-16, (New Haven: Yale University Press, 1998), 225.

Comportamiento honesto (Levítico 19:11-12)

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Los mandatos de Levítico contra el robo, el engaño en los acuerdos, la mentira y la profanación del nombre de Dios al hacer falsos juramentos están relacionados con los diez mandamientos de Éxodo 20 . (para más información sobre la honestidad, ver mientos de Éxodo 20 (para más información sobre la honestidad, ver “Truth-telling in the Bible” [Referencias en la Biblia sobre decir la verdad] y “There May Be Exceptions to Truth-telling in the Workplace” [Puede que haya excepciones al decir la verdad en el trabajo], en el artículo Truth & Deception [Verdad y engaño] en www.theologyofwork.org.)  Sin embargo, algo único en Levítico es la frase en hebreo que sigue, “ni os mentiréis unos a otros” (Lv 19:11; énfasis agregado). Literalmente, dice que “una persona no le mentirá a su amit”, que significa “compañero”, “amigo” o “prójimo”. Esto seguramente incluye a los demás miembros de la comunidad de Israel; pero con base en Levítico 24:19 en el contexto de Levítico 24:17-22, también parece que incluye al extranjero residente. La ética y moralidad de Israel debían ser mejores que las de las naciones a su alrededor, incluso al punto de tratar a los inmigrantes de la misma manera en la que trataban a los nacionales.

De cualquier forma, el punto aquí es el aspecto relacional de decir la verdad contra mentir. Una mentira no es solo la inexactitud de un dato, sino también una traición a un compañero, amigo o al prójimo. Lo que nos decimos unos a otros realmente debe brotar de la santidad de Dios en nosotros, no solamente de un análisis técnico para evadir las mentiras descaradas. Cuando el presidente de los Estados Unidos Bill Clinton dijo, “yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer”, tal vez tenía una lógica tortuosa en su mente bajo la cual la afirmación no era técnicamente una mentira, pero los ciudadanos sintieron con razón que había roto la confianza, y él lo reconoció luego y aceptó esta apreciación. Él incumplió el deber de no mentirle a otros.

En muchos trabajos, existe la necesidad de promover ya sean los aspectos negativos o positivos de un producto, servicio, persona, organización o situación. Los cristianos no deben abstenerse de expresar con firmeza sus ideas, pero no deben comunicarse expresándole a otros algo falso. Si las palabras técnicamente ciertas crean una falsa impresión en la mente de otro, entonces no se cumple el deber de decir la verdad. En la práctica, cada vez que una discusión sobre honestidad se convierta en un debate técnico sobre cómo se dijo algo, es sabio preguntarnos si la discusión en realidad es acerca de mentirle a otro.

Trato justo de los trabajadores (Levítico 19:13)

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“No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. El salario de un jornalero no ha de quedar contigo toda la noche hasta la mañana” (Lv 19:13). Las personas que trabajaban por días eran por lo general las más pobres, las que no tenían tierras propias para cultivar. Ellos dependían del pago inmediato por su trabajo y por esto necesitaban recibir su salario al final de cada día (cf. Dt 24:14-15). En la actualidad vemos una situación similar cuando los empleadores tienen la capacidad de imponer los términos y condiciones del trabajo, aprovechándose de las vulnerabilidades de los trabajadores. Esto ocurre, por ejemplo, cuando los empleados son presionados para que apoyen a los candidatos políticos favoritos de sus jefes o los trabajadores que deben continuar su labor después del final de la jornada. Estas prácticas son ilegales en casi todo lugar, pero desafortunadamente siguen siendo comunes.

Una situación más controversial es la de los trabajadores por días que no tienen los documentos para ser empleados legales. Esto ocurre en todo el mundo y aplica para los refugiados, personas desplazadas internas de un país, ciudadanos rurales que no tienen permisos urbanos de residencia, inmigrantes ilegales, niños de menor edad a la requerida para tener un empleo legal, y otros. Tales personas trabajan con frecuencia en agricultura, en los jardines, en trabajos a destajo, servicio alimenticio y proyectos pequeños, además de ocupaciones ilegales. Ya que tanto empleadores como empleados están actuando al margen de la ley, no hay protección para los trabajadores por medio de contratos laborales y regulaciones gubernamentales. Los empleadores pueden aprovecharse de su situación y pagarles a los trabajadores menos de lo legal por hora, negarles beneficios y ofrecer condiciones de trabajo peligrosas o deficientes. Los empleados pueden ser objeto de abuso o acoso sexual. En muchos casos, están completamente a merced del empleador. ¿Es legítimo que los empleadores los traten de esta manera? Seguramente no.

Pero, ¿qué si las personas en estas situaciones toman trabajos precarios aparentemente de forma voluntaria? En muchos lugares, las personas indocumentadas trabajan en jardines, tiendas de suministros, mercados agrícolas y otros lugares concurridos. ¿Es correcto darles empleo? Si lo es, ¿es responsabilidad del empleador proveer lo mismo que los trabajadores legales tienen por derecho, tal como el salario mínimo, beneficios de salud, pagos de planes de jubilación, subsidio por enfermedad e indemnización por despido? ¿Los cristianos debemos ser estrictos acerca de la legalidad del empleo, o debemos ser flexibles porque la legislación no se ha puesto al corriente con la realidad? Es inevitable que los cristianos serios difieran en sus conclusiones al respecto y es difícil justificar una solución única. Cualquiera que sea la forma en la que un cristiano procese estas cuestiones, Levítico nos recuerda que la santidad (y no la conveniencia práctica) debe estar en el centro de nuestro pensamiento. La santidad en temas laborales surge de un interés por las necesidades de los trabajadores más vulnerables.

 

Los derechos de las personas con discapacidad (Levítico 19:14)

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“No maldecirás al sordo, ni pondrás tropiezo delante del ciego, sino que tendrás temor de tu Dios; Yo soy el Señor” (Lv 19:14). Estos mandatos ofrecen una imagen realista del trato cruel que recibían las personas con discapacidades. El sordo no podía escuchar una maldición, ni el ciego podía ver lo que lo haría tropezar. Por estas razones, Levítico 19:14 les recuerda a los israelitas que “teman a su Dios”, quien escucha y ve el trato que reciben todos en el trabajo. Por ejemplo, si bien los trabajadores con discapacidades no necesitan los mismos muebles de oficina y equipamiento que los que no tienen discapacidades, necesitan la oportunidad de tener un empleo que saque el provecho máximo de su productividad, igual que los demás trabajadores. En muchos casos, lo que las personas con discapacidades necesitan no es que los priven de tener trabajos que son capaces de hacer. De nuevo, el mandato de Levítico no es que el pueblo de Dios haga obras de caridad para otros, sino que la santidad de Dios les da a todas las personas creadas a Su imagen el derecho de tener oportunidades adecuadas de trabajo.

Hacer justicia (Levítico 19:15-16)

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“No harás injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni complacerás al rico, sino que con justicia juzgarás a tu prójimo. No andarás de calumniador entre tu pueblo; no harás nada contra la vida de tu prójimo; Yo soy el Señor” (Lv 19:15-16).

Esta corta sección respalda el reconocido valor bíblico de la justicia y luego lo amplía considerablemente. El primer versículo comienza con una aplicación para los jueces, pero termina con una aplicación para todos. Se debe ser imparcial al juzgar los casos judiciales y no se debe juzgar al prójimo de manera injusta. La redacción en el hebreo resalta la tentación de juzgar la apariencia externa de una persona o de una situación. Levítico 19:15 expresa de forma específica, “No harás injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni complacerás al rico, sino que con justicia juzgarás a tu prójimo”. Los jueces deben ver más allá de sus preconcepciones (del “rostro” que perciben) para entender el problema de la imparcialidad. Esto también se aplica en nuestras relaciones sociales en el trabajo, la escuela y la vida civil. En todos los contextos, hay personas que son privilegiadas y otras oprimidas debido a prejuicios sociales de diferentes tipos. Imagine la diferencia que haríamos los cristianos si no nos apresuráramos a juzgar hasta conocer a las personas y las situaciones a profundidad. ¿Y si nos tomáramos el tiempo de conocer a la persona irritante que hace parte de nuestro equipo antes de quejarnos de ella a sus espaldas? ¿Y si nos atreviéramos a compartir con personas fuera de nuestra zona de confort en la escuela, universidad o vida civil? ¿Y si buscáramos periódicos, programas de televisión y medios de comunicación que ofrezcan una perspectiva diferente de la que estamos acostumbrados? ¿Ir más allá de lo superficial nos puede dar más sabiduría para hacer nuestro trabajo bien y con justicia?

La segunda parte de Levítico 19:16 nos recuerda que los sesgos sociales no son una cuestión menor. En el hebreo dice literalmente, “no te quedes junto a la sangre de tu prójimo”. En el lenguaje judicial del versículo, una declaración sesgada (“calumnia”) pone en peligro la vida (“sangre”) del acusado. En ese caso, no solo está mal hablar palabras sesgadas, sino también incluso la pasividad al no ofrecerse como voluntario para testificar a favor del que ha sido acusado falsamente.

Con frecuencia, los líderes en el trabajo deben asumir el rol de mediador. Cuando los trabajadores sean testigos de una injusticia en el trabajo se pueden cuestionar legítimamente si es apropiado involucrarse. Levítico afirma que defender activamente a los que son maltratados es un aspecto esencial de quienes pertenecen al pueblo santo de Dios.

En una escala más amplia, Levítico trae su visión teológica de la santidad para toda la comunidad. La salud de nuestra comunidad y economía está en juego. Hans Küng señala la necesidad de la correlación entre los negocios, la política y la religión:

 

Es preciso recordar que las acciones y el pensamiento económico no son neutrales… Así como la responsabilidad social y ecológica de los negocios no se les puede atribuir a los políticos, la responsabilidad ética y moral tampoco se puede dejar solamente en manos de la religión… No, la acción ética no solo debería ser un agregado secreto de los planes de mercadeo, estrategias de venta, contabilidad ecológica y balances generales sociales, sino que debería formar el marco natural de la acción social humana.[1]

Todos los lugares de trabajo existentes —el hogar, la empresa, el gobierno, los ámbitos académicos, la medicina, la agricultura y los demás— desempeñan roles particulares, pero el llamado a la santidad aplica para todos. En Levítico 19:15-16, la santidad comienza con ver a otros de una forma profunda, más allá de lo superficial.

Hans Küng, Global Responsibility: In Search of a New World Ethic [Responsabilidad global: en busca de una nueva ética mundial] (Nueva York: Continuum, 1993), 32-33, citado en Roy Gane, The NIV Application Commentary: Leviticus, Numbers [El comentario de aplicación de la NVI: Levítico, Números] (Grand Rapids: Zondervan, 2004), 352.

Amar al prójimo como a uno mismo (Levítico 19:17-18)

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Tal vez el versículo más famoso en Levítico es el mandato de, “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19:18). Esta expresión imperativa es tan radical que Jesús y los rabinos la concebían como uno de los dos “grandes” mandamientos, siendo el otro “Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es” (Mr 12:29-31; cf. Dt 6:4). Al citar Levítico 19:18, el apóstol Pablo escribió que “el amor es el cumplimiento de la ley” (Ro 13:10).

Trabajar para otros tanto como trabajamos para nosotros mismos

El factor crucial del mandato se encuentra en las palabras “como a ti mismo”. Al menos hasta cierto punto, la mayoría de nosotros trabaja para proveer para sí mismo. El interés propio es un componente importante del trabajo; sabemos que si no trabajamos, no comeremos. La Escritura elogia esta motivación (2Ts 3:10), pero el aspecto de “como a ti mismo” de Levítico 19:18 sugiere que deberíamos estar motivados de igual manera para servir a otros por medio de nuestro trabajo. Este es un llamado de alto nivel: trabajar tanto para servir a otros como para satisfacer nuestras propias necesidades. Esto sería casi imposible si tuviéramos que trabajar el doble para lograrlo (por ejemplo, un turno por día para nosotros y otro turno para nuestro prójimo).

Afortunadamente, es posible amarnos a nosotros mismos y a nuestro prójimo por medio del mismo trabajo, al menos en la medida en que nuestro trabajo provee algo de valor para los clientes, ciudadanos, estudiantes, familias y otros consumidores. Un maestro recibe un salario con el que paga sus cuentas y al mismo tiempo imparte conocimientos a los estudiantes y les ayuda a desarrollar habilidades que serán igualmente valiosas para ellos. Un ama de llaves de un hotel recibe un salario mientras les proporciona a los clientes una habitación limpia y un ambiente saludable. En la mayoría de casos, no conservaremos nuestro empleo por mucho tiempo si no proporcionamos algo de valor a otros, al menos equivalente a lo que ganamos como pago. Pero, ¿qué si nos encontramos en una situación en la que podemos inclinar los beneficios a nuestro favor? Algunas personas tienen el poder de dar salarios y bonos que están por encima de lo justo. Las personas con conexiones políticas o los corruptos pueden obtener grandes recompensas para ellos mismos por medio de contratos, subsidios, bonos y trabajos poco provechosos, mientras le dan poco a los demás. Hay momentos en los que casi todos nosotros podemos trabajar menos y aun así recibir nuestro pago.

En general, si tenemos un rango amplio de opciones en nuestro trabajo, ¿qué rol tiene el servir a otros con nuestras decisiones laborales, comparado con hacer todo lo que podamos por nosotros mismos? Casi todos los trabajos pueden servir a otros y agradar a Dios, pero eso no significa que todos los trabajos y oportunidades laborales sean de servicio a los demás en el mismo nivel. Nos amamos a nosotros mismos cuando tomamos decisiones laborales que nos favorecen salarialmente, nos dan prestigio, seguridad, comodidad y trabajo fácil. Amamos a otros cuando escogemos un trabajo que proporciona bienes y servicios necesarios, oportunidades para personas marginadas, protección para la creación de Dios, justicia y democracia, verdad paz y belleza. Levítico 19:18 indica que la segunda opción debe ser tan importante para nosotros como la primera.

¿Ser amable? (Levítico 19:33-34)

En vez de luchar por cumplir este gran llamado, es fácil atenuar la forma en la que entendemos el “amar a tu prójimo como a ti mismo” y volverlo algo trivial como “ser amable”. Muchas veces, ser amable no es más que una fachada y una excusa para desconectarnos de las personas a nuestro alrededor. Levítico 19:17 nos ordena que hagamos lo opuesto. “Corrijan con franqueza a su semejante cuando sea necesario para que no resulten cómplices de su pecado” (Lv 19:17 PDT). No es evidente que estos dos mandatos —tanto amar como corregir al prójimo— vayan juntos, pero se unen en el proverbio, “Mejor es la reprensión franca que el amor encubierto” (Pro 27:5).

Desafortunadamente, la lección que aprendemos en la iglesia a menudo es ser amables siempre. Si esto se convierte en nuestro principio en el trabajo, los efectos personales y profesionales pueden ser desastrosos. La amabilidad tiene la capacidad de adormecer a los cristianos para que permitan que personas agresivas y predadores los manipulen y abusen y que les hagan lo mismo a otros. La amabilidad puede llevar a que los gerentes cristianos pasen por alto las deficiencias de los trabajadores en exámenes de rendimiento, privándolos de una razón para mejorar sus habilidades y a la larga, mantener sus trabajos. La amabilidad puede llevar a las personas a guardar resentimiento, rencor o a buscar venganza. Levítico nos dice que amar a las personas a veces significa dar una reprensión honesta, aunque este no es un permiso para la insensibilidad. Cuando reprendemos a alguien, debemos hacerlo con humildad y compasión, ya que tal vez nosotros también debamos ser corregidos.

¿Quién es mi prójimo? (Levítico 19:33-34)

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Levítico enseña que los israelitas no debían “oprimir” a los extranjeros residentes (Lv 19:33) (el mismo verbo hebreo aparece en Lv 25:17, “no os hagáis mal uno a otro”). El mandato continúa, “El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto; Yo soy el Señor vuestro Dios” (Lv 19:34). Este versículo es un ejemplo particularmente importante de la conexión inquebrantable en Levítico entre la fuerza moral de la ley (“amar al extranjero como a uno mismo”) y el propio ser de Dios, “Yo soy el Señor vuestro Dios”. Ustedes no oprimen a los extranjeros porque pertenecen a un Dios que es santo.

Los extranjeros residentes, junto con las viudas y los pobres (ver Lv 19:9-10 anteriormente), representan a los forasteros de escaso poder. En los trabajos actuales, las diferencias de poder no surgen únicamente de las diferencias de nacionalidad y género, sino de muchos otros factores. Sea cual sea su causa, en la mayoría de trabajos se desarrolla una jerarquía de poder conocida por todos, incluso si no se reconoce abiertamente. A partir de Levítico 19:33-34, podemos concluir que los cristianos debemos tratar a otras personas de forma justa en los negocios como una expresión de adoración genuina a Dios.

Justicia en el comercio (Levítico 19:35-36)

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Este pasaje prohibe que en los negocios se haga trampa con medidas falsas de longitud, peso o calidad, y es más específica refiriéndose a escalas y piedras, el equipamiento estándar del comercio. Las diferentes medidas mencionadas indican que esta regla se aplica en una variedad amplia, desde tramos de tierra hasta la medida más pequeña de productos secos y líquidos. La palabra hebrea tsedeq (“justo” en LBLA) que aparece cuatro veces en Levítico 19:36 denota un carácter que es correcto en términos de integridad y es irreprensible. Todas las pesas y medidas debían ser precisas. En pocas palabras, los compradores debían recibir lo justo por lo que pagaron.

Hay muchas formas en las que los vendedores pueden suministrar menos de lo que los compradores creen que están recibiendo. Esto no se limita a medidas falsificadas de peso, área y volumen. La exageración, estadísticas engañosas, comparaciones irrelevantes, promesas que no se pueden cumplir, “vaporware” (un producto que se promociona sin haber sido creado) y términos y condiciones ocultas son apenas la punta del iceberg  (para aplicaciones en varios lugares de trabajo, consulte "Decir la verdad en el trabajo").

Una mujer que trabaja para un gran emisor de tarjetas de crédito nos relata la desconcertante historia a continuación.

Nuestro negocio consiste en ofrecerles tarjetas de crédito a personas pobres que tienen malas historias crediticias. Aunque nuestras tasas de interés son altas, la tasa por defecto de los clientes es tan alta que no recibimos beneficios económicos solo cobrando intereses. Tenemos que encontrar una forma de generar otros cobros. Una dificultad es que la mayoría de nuestros clientes les temen a las deudas y por eso pagan su saldo mensual a tiempo. Cuando esto ocurre, no obtenemos pagos extra, así que tenemos un truco para tomarlos por sorpresa. Por los primeros seis meses, les enviamos la cuenta el día 15 del mes, que vence el día 15 del mes siguiente. De esta forma se familiarizan con el patrón y diligentemente nos envían su pago el 14 de cada mes. El séptimo mes, les enviamos la cuenta el día 12, que vence el 12 del siguiente mes. Ellos no se dan cuenta del cambio y nos envían el pago el día 14, como de costumbre y así les ganamos. Les hacemos un cobro de servicio de $30 por el pago atrasado. También, como son morosos, podemos aumentar su tasa de interés. El mes siguiente ya están en mora y entran en un ciclo que genera cobros para nosotros mes tras mes.[1]

Es difícil ver cómo aquellos que son llamados a seguir a un Dios santo puedan participar en un trabajo que dependa de engañar o confundir a las personas para beneficiarse económicamente.

El nombre se oculta por solicitud de la persona, como se le indicó al editor del proyecto de "Teología del Trabajo" William Messenger en una reunión del Consorcio Fordham en Seattle Pacific University, el 5 de agosto del 2011.

El año de reposo y el año de jubileo (Levítico 25)

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Para santificar la economía interna de Israel, Levítico 25 decreta un año de reposo, uno de cada siete (Lv 25:1-7), y un año de jubileo, uno de cada cincuenta (Lv 25:8-17). En el año de reposo, todos los campos debían quedarse sin cultivar, lo que es una buena práctica agrícola. El año de jubileo era mucho más radical. Cada cincuenta años, todas las tierras rentadas o hipotecadas debían ser regresadas a los dueños originales, y todos los esclavos y trabajadores adquiridos debían ser liberados (Lv 25:10). Naturalmente, esto generaba dificultades en las transacciones bancarias y de tierras, y se diseñaron medidas especiales para mitigarlas (Lv 25:15-16), las cuales examinaremos más adelante. La intención esencial es la misma que la de la ley de espigar (Lv 19:9-10), que es asegurar que todos tuvieran acceso a los medios de producción, ya fueran los terrenos de la familia o simplemente los frutos de su propio trabajo.

No existe una evidencia clara de que Israel guardara alguna vez el año de jubileo o los preceptos asociados en contra de la esclavitud (e.g., Lv 25:25-28, 39-41). De todas formas, el carácter detallado de Levítico 25 indica con firmeza que Israel tuvo la posibilidad de implementar estas leyes. En vez de ver el año de jubileo como una ficción literaria utópica, es más probable que Israel lo incumpliera no porque fuera imposible de hacer, sino porque los ricos no estaban dispuestos a aceptar las implicaciones sociales y económicas que habrían sido costosas y perjudiciales para ellos. [1]

Protección para las personas en condición de pobreza extrema

Luego de la conquista de Canaán, la tierra se le asignó a los clanes y familias de Israel como se describe en Números 26 y Josué 15-22. Esta tierra no se debía vender a perpetuidad ya que le pertenecía al Señor, no a las personas (Lv 25:23-24).[2] El jubileo evitaba que las familias se quedaran sin tierras por causa de las ventas, hipotecas o rentas permanentes de su tierra asignada. En esencia, la venta de algún terreno en realidad era un plazo de arrendamiento que no podía durar más que hasta el próximo año de jubileo (Lv 25:15). Este era el medio por el cual las personas en extrema pobreza conseguían dinero (rentando sus tierras) sin despojar a las futuras generaciones de la familia de los medios de producción. Las reglas de Levítico 25 no son fáciles de descifrar, pero la forma en la que Milgrom las percibe tiene sentido al definir tres etapas progresivas de la pobreza extrema.[3]

  1. La primera etapa se describe en Levítico 25:25-28. Simplemente, alguien podía caer en la pobreza. El presunto escenario es el de un agricultor que tomó dinero prestado para comprar semillas pero no cosechó lo suficiente para pagar el préstamo. Por tanto, debe venderle una parte de su tierra a un comprador con el fin de cubrir la deuda y comprar semillas para la próxima plantación. Si había un familiar del agricultor que deseara actuar como “redentor”, podía pagarle al comprador cuando se la regresara al agricultor de acuerdo con el número de cultivos anuales restantes hasta el año de jubileo. Hasta ese momento, la tierra le pertenecía al redentor, quien permitía que el agricultor la trabajara.
  2. La segunda era una etapa más crítica (Lv 25:35-38). Suponiendo que la tierra no se redimiera y que el agricultor cayera de nuevo en una deuda de la que no se pudiera recuperar, él debía entregarle su tierra al prestamista. En este caso, el prestamista debía prestarle al agricultor los fondos necesarios para que continuara trabajando como agricultor arrendatario en su propia tierra, pero no debía cobrarle intereses. El agricultor amortizaba este préstamo con la ganancia que obtuviera de los cultivos e incluso podía condonar la deuda. Si lo hacía, el agricultor recuperaba su tierra. Si el préstamo no se pagaba totalmente, el agricultor o sus herederos volvían a recibir la tierra en el año de jubileo.
  3. La tercera etapa era todavía más crítica (Lv 25:39-43). Suponiendo que en la etapa anterior el agricultor no pudiera pagar el préstamo ni tampoco sustentarse a sí mismo o a su familia, él se vendía a sí mismo al prestamista. Al trabajar, su salario debía usarse completamente para reducir la deuda. En el año del jubileo, él volvería a adquirir su tierra y su libertad (Lv 25:41). A lo largo de estos años, el prestamista no debía tratarlo como esclavo, venderlo como esclavo o enseñorearse de él con severidad (Lv 25:42-43). El prestamista debía “temer a Dios” aceptando el hecho de que todos en el pueblo de Dios son esclavos de Dios (“siervos” en LBLA) a quienes sacó de Egipto. Nadie más podía ser dueño de ellos porque Dios ya es su dueño.

El punto de estas reglas es que los israelitas nunca debían convertirse en esclavos de otros israelitas. Sin embargo, era posible que los israelitas pobres se vendieran a sí mismos como esclavos a los extranjeros ricos que vivían en la tierra (Lv 25:47-55). Incluso cuando esto ocurría, la venta no debía ser permanente. Las personas que se vendían a sí mismas debían conservar el derecho de comprarse a sí mismas para salir de la esclavitud en caso de que prosperaran. Si no, un pariente cercano podía intervenir como “redentor” y pagarle al extranjero de acuerdo con el número de años restantes hasta el jubileo, cuando los israelitas pobres debían ser liberados. Durante ese tiempo no debían ser tratados con severidad sino que debían ser vistos como trabajadores contratados.

¿Qué significa el año de jubileo en la actualidad?

El año de jubileo funcionaba dentro del contexto del sistema de parentesco de Israel, para la protección del derecho inalienable de la familia de trabajar su tierra ancestral, lo que entendían como una propiedad de Dios que ellos podían disfrutar como beneficio por su relación con Él. Estas condiciones sociales y económicas ya no existen, y desde un punto de vista bíblico, Dios ya no aplica la redención por medio de una condición política. Por tanto, debemos ver el jubileo desde nuestro punto de vista actual.

Existe una gran variedad de perspectivas acerca de la aplicación correcta del jubileo (y si existe), en las sociedades actuales. Para tomar un ejemplo que se relaciona con las realidades contemporáneas, Christopher Wright ha escrito bastante acerca de la apropiación cristiana de las leyes del Antiguo Testamento.[4] Él identifica principios implícitos en estas leyes antiguas con el fin de encontrar sus repercusiones éticas en la actualidad, y ve el año del jubileo desde tres ángulos básicos: el teológico, el social y el económico.[5]

Teológicamente, el jubileo afirma que el Señor no solo es el Dios dueño de la tierra de Israel, sino que es soberano sobre el tiempo y la naturaleza. El acto de redimir a Su pueblo de Egipto lo llevó a proveer para ellos en todo sentido, porque ellos eran Su propiedad. Por tanto, que Israel guardara el día y el año de reposo y el año del jubileo era un acto de obediencia y confianza. En términos prácticos, el año de jubileo encarna la confianza que podían tener todos los israelitas en que Dios proveería para sus necesidades inmediatas y las futuras de sus familias. Al mismo tiempo, exhorta al rico a que confíe en que tratar a los prestamistas con consideración le traerá un beneficio satisfactorio.

En el ángulo social, la unidad más pequeña de la estructura de parentesco israelita era la familia que incluyera de tres a cuatro generaciones. El jubileo proporcionaba una solución socioeconómica para mantener la unidad familiar incluso al enfrentar la calamidad económica. La deuda familiar era una realidad en tiempos antiguos, así como lo es ahora, y sus efectos incluyen una lista aterradora de males sociales. El jubileo buscaba controlar estas consecuencias sociales negativas limitando su duración, para que las futuras generaciones no tuvieran que cargar con los problemas de sus ancestros lejanos.[6]

El ángulo económico revela los dos principios que podemos aplicar hoy día. Primero, Dios desea la distribución justa de los recursos de la tierra; de acuerdo con Su plan, la tierra de Canaán se asignaba equitativamente entre las personas. El jubileo no se trataba de la redistribución sino de la restauración. De acuerdo con Wright, “El jubileo constituye una crítica no solo a la acumulación privada masiva de la tierra y la riqueza relacionada con esta, sino también a las formas de comunismo o nacionalización de las tierras a gran escala que destruyen cualquier sentido significativo de la propiedad personal o familiar”.[7]  Segundo, las unidades familiares debían tener acceso a los recursos para sustentarse a sí mismas.

En la mayoría de sociedades modernas, las personas no se pueden vender como esclavas para pagar deudas. Las leyes de bancarrota les proporcionan alivio a quienes están agobiados por deudas imposibles de pagar, y los descendientes no están obligados a pagar las deudas de sus ancestros. La propiedad básica necesaria para sobrevivir se puede proteger del embargo. No obstante, Levítico 25 ofrece una base más amplia que las leyes contemporáneas de la bancarrota. Se fundamenta no en la mera protección de la libertad personal y en las propiedades para personas en condición de pobreza extrema, sino en asegurar que todas las personas tengan acceso a los medios para sustentarse y escapar de la pobreza multigeneracional. Como lo muestran las leyes de espigar en Levítico, la solución no son las limosnas ni la apropiación en masa de la propiedad, sino los valores y estructuras sociales que le dan a cada persona la oportunidad de trabajar productivamente. ¿Las sociedades modernas han sobrepasado al antiguo pueblo de Israel en este sentido? ¿Qué hay de las millones de personas esclavizadas o en trabajos forzados hoy en día, en situaciones en las que las leyes contra la esclavitud no se hacen cumplir adecuadamente? ¿Qué haría falta para que los cristianos puedan ofrecer soluciones reales?.

Christopher J. H. Wright, The Mission of God: Unlocking the Bible’s Grand Narrative [La misión de Dios: descubriendo la gran narrativa de la Biblia] (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2006), 296.

Bruce K. Waltke y Charles Yu, An Old Testament Theology: An Exegetical, Canonical, and Thematic Approach [Teología del Antiguo Testamento: un enfoque temático, canónico y exegético] (Grand Rapids: Zondervan, 2007), 528.

Jacob Milgrom, Leviticus,: A Book of Ritual and Ethics, A Continental Commentary (Minneapolis: Fortress, 2004), 299-303.

Christopher J. H. Wright, Old Testament Ethics for the People of God [Ética del Antiguo Testamento para el pueblo de Dios] (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2004), capítulo 9.

El siguiente análisis de estos tres ángulos es gracias a la exposición de Wright en Mission of God [La misión de Dios], 296-300. El capítulo 5, “Economics and the poor” [La economía y los pobres], en Old Testament Ethics [Ética del Antiguo Testamento] también es útil y relevante, pero va mucho más allá de lo referente al jubileo en Levítico 25.

Christopher J. H. Wright, Mission of God [La misión de Dios], (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2006), 296-97.

Conclusiones de Levítico

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La conclusión más importante de Levítico es que nuestro llamado como pueblo de Dios es a reflejar la santidad de Dios en nuestro trabajo. Esto nos anima a no hacer parte de las acciones de quienes están cerca y se oponen a los métodos de Dios. Cuando reflejamos la santidad de Dios, nos encontramos a nosotros mismos en Su presencia, ya sea que estemos en el trabajo, la casa, la iglesia o en sociedad. No reflejamos la santidad de Dios cuando decoramos con versículos bíblicos, recitamos oraciones, portamos cruces o incluso cuando somos amables. Lo hacemos cuando amamos a nuestros compañeros de trabajo, a los clientes, estudiantes, inversionistas, competidores, rivales y todos a los que nos encontremos, tanto como nos amamos a nosotros mismos. En términos prácticos, esto significa hacer el bien en todo lo que podamos para  beneficiar a otros por medio de nuestro trabajo, así como lo hacemos para nosotros mismos. Esto aviva nuestra motivación, nuestra diligencia, nuestro ejercicio del poder, nuestro desarrollo de habilidades y tal vez incluso nuestra elección de trabajo. Esto también significa trabajar por el bien de toda la comunidad y trabajar en armonía con el resto de la sociedad, hasta el punto en que dependa de nosotros. Además, significa trabajar para cambiar las estructuras y sistemas de la sociedad para reflejar la santidad de nuestro Dios, el que liberó a Israel de la esclavitud y la opresión. Cuando lo hacemos, encontramos que por la gracia de Dios, Sus palabras se cumplen: “Además, haré Mi morada en medio de vosotros, y Mi alma no os aborrecerá. Andaré entre vosotros y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Lv 26:11-12).