Colosenses y el trabajo : 724

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Colosenses y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Dios trabajó en la creación, haciendo trabajadores humanos a Su imagen (Colosenses 1:1-14)

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Por alusión, en Colosenses 1:6 Pablo nos lleva de regreso a Génesis 1:26–28.

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.

Aquí vemos al Dios creador trabajando y la cúspide de su actividad es la creación de la raza humana a imagen y semejanza divina. Él les da dos tareas a los recién creados (las tareas se las da a los dos, tanto al hombre como a la mujer): deben ser fecundos y multiplicarse, llenando la tierra que después deben sojuzgar o gobernar. Pablo retoma el lenguaje de Génesis 1 en Colosenses 1:6, dando gracias a Dios porque el evangelio está progresando en medio de ellos, “dando fruto constantemente y creciendo” mientras llega a otros lugares del mundo. Luego, lo repite en el 1:10 —los colosenses deben dar fruto y crecer en su entendimiento de Dios y en el trabajo en Su nombre. En el trabajo, tanto ellos como nosotros portamos la imagen del Dios que trabaja, ya sea en tareas como el trabajo de ser padres, el trabajo polifacético de sojuzgar la tierra y gobernarla o el trabajo del ministerio. Fuimos creados como trabajadores desde el comienzo y Cristo nos redime como trabajadores.

El trabajo de Dios, el trabajo de Jesús (Colosenses 1:15-20)

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La primera mitad de la carta de Pablo a los colosenses se puede resumir en nueve palabras:

Jesús lo creó todo.

Después, Jesús pagó por todo.

Jesús lo creó todo

La carta a los colosenses da por sentado que el lector está familiarizado con las palabras de apertura del primer libro de la Biblia, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1). Después, el segundo capítulo de Génesis declara que “en el séptimo día completó Dios la obra que había hecho, y reposó en el día séptimo de toda la obra que había hecho” (Gn 2:2). La creación de todo lo que existe fue un trabajo, incluso para Dios. Pablo nos dice que Cristo estaba presente en la creación y que el trabajo de Dios en la creación es el trabajo de Cristo:

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen. (Col 1:15–17)

En otras palabras, Pablo le atribuye toda la creación a Jesús, un tema que también se desarrolla en el Evangelio de Juan (Jn 1:1–4).

Jesús pagó por todo

Luego, Pablo les aclara a sus lectores que Jesús no solo fue el agente que creó todo lo que existe, sino que también es el agente de nuestra salvación:

Porque agradó al Padre que en Él habitara toda la plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su cruz, por medio de Él, repito, ya sean las que están en la tierra o las que están en los cielos. (Col 1:19–20)

Pablo pone uno junto a otro el trabajo de Cristo en la creación y Su trabajo en la redención, con cuestiones relacionadas con la creación que dominan la primera parte del pasaje (Col 1:15–17) y temas sobre la redención que predominan en la segunda mitad (Col 1:18–20). El paralelismo es especialmente sorprendente entre el 1:16, “en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra”, y el 1:20, “por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo”. El patrón es fácil de identificar: Dios creó todas las cosas por medio de Cristo y Él está reconciliando esas mismas cosas consigo mismo por medio de Cristo. James Dunn escribe,

Lo que se está afirmando es simple y profundamente que el propósito divino en el acto de la reconciliación y el establecimiento de paz era restaurar la armonía de la creación original… resolviendo la desarmonía de la naturaleza y las inhumanidades de la raza humana, que el carácter de la creación de Dios y el interés de Dios por el universo en su máxima expresión podrían capturarse y encapsularse de tal manera para ellos en la cruz de Cristo.[2]

En resumen, Jesús lo creó todo y después, Jesús pagó por todo para que podamos tener una relación con el Dios viviente.

James D. G. Dunn, The Epistles to the Colossians and to Philemon: A Commentary on the Greek Text [Las epístolas a los colosenses y a Filemón: un comentario sobre el texto griego], The New International Greek Testament Commentary [El comentario del Nuevo Testamento griego internacional] (Grand Rapids: Eerdmans, 1996), 104.

Jesús, la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15-29)

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¿Qué cambia por el hecho de ser portadores de la imagen divina en nuestro trabajo? Una implicación es que en nuestro trabajo reflejaremos los patrones y valores del trabajo de Dios. Pero, ¿cómo conocemos a Dios para saber cuáles son esos patrones y valores? En Colosenses 1:15, Pablo nos recuerda que Jesucristo es “la imagen del Dios invisible”. Y dice de nuevo, “Porque toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en Él” (Col 2:9). Es “en la faz de Cristo” que podemos conocer a Dios (2Co 4:6). Durante el ministerio terrenal de Jesús, Felipe le pidió, “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta”. Jesús le respondió: “¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?” (Jn 14:8–9).

Jesús nos revela a Dios. Él nos muestra la manera en que nosotros, como portadores de la imagen de Dios, debemos realizar nuestro trabajo. Si necesitamos ayuda para comprender esto, Pablo lo explica con detalle: primero, describe el poder infinito de Jesús en la creación (Col 1:15–17) e inmediatamente después lo une con la disposición de Jesús de dejar el poder a un lado, para ser Dios encarnado en la tierra en palabra y hecho y después morir por nuestros pecados. (Pablo dice esto directamente en Filipenses 2:5–9). Miramos a Jesús y lo escuchamos para entender cómo somos llamados a representar la imagen de Dios en nuestro trabajo.

Entonces, ¿cómo se pueden aplicar los patrones y valores de Dios en nuestro trabajo? Comencemos observando específicamente al trabajo de Jesús como nuestro ejemplo.

El perdón

Primero, vemos que Dios “nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su Hijo amado” (Col 1:13). Debido a que Jesús lo hizo, Pablo puede pedirnos que vivamos “soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col 3:13). Fue con base en este aspecto que Pablo pudo pedirle a Filemón, el propietario de esclavos, que perdonara y recibiera a Onésimo como hermano, ya no como un esclavo. Hacemos nuestro trabajo en el nombre del Señor Jesús cuando traemos esa actitud a nuestras relaciones en el lugar de trabajo: entendemos y aceptamos que los demás cometen errores y perdonamos a los que nos ofenden.

El sacrificio propio para el beneficio de otros

Segundo, vemos a Jesús con poder infinito creando todo lo que existe, “todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades” (Col 1:16). Pero también lo vemos dejando a un lado ese poder por nuestro bien, “habiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su cruz” (Col 1:20), para que pudiéramos tener una relación con Dios. Hay momentos en que podemos estar llamados a dejar a un lado la autoridad o el poder que tenemos en el lugar de trabajo para beneficiar a alguien que puede que no lo merezca. Si Filemón está dispuesto a dejar a un lado su autoridad como dueño de Onésimo (quien no merece su misericordia) y volver a recibirlo en una nueva relación, entonces Filemón representa de esta manera al Dios invisible en su lugar de trabajo.

La libertad de la adaptación cultural

Tercero, vemos a Jesús viviendo y ofreciéndonos una nueva realidad: “Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3:1–3). Ya no estamos obligados a vivir conforme a las costumbres culturales que contrastan con la vida de Dios en nosotros. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Podemos marchar a un ritmo diferente. La cultura del lugar de trabajo puede ir en contra de nuestra vida en Cristo, pero Jesús nos llama a poner nuestro corazón y nuestra mente en lo que Dios desea para nosotros y en nosotros. Esto demanda una reorientación trascendental de nuestras actitudes y valores.

Pablo llamó a Filemón a reorientarse de esta manera. La cultura romana del primer siglo les daba a los dueños de esclavos el poder completo sobre el cuerpo y la vida de sus esclavos. La cultura le daba a Filemón el permiso total para tratar duramente a Onésimo, e incluso asesinarlo. Pero Pablo fue claro al respecto: como seguidor de Cristo, Filemón había muerto y ahora su nueva vida se encontraba en Cristo (Col 3:3). Eso significaba redefinir su responsabilidad no solo con Onésimo sino también con Pablo, la iglesia en Colosas y Dios, su juez.

“Solo, las cosas me van bien” (Colosenses 2:1-23)

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Pablo les advierte a los colosenses que no deben regresar a su antigua orientación de ayudarse a sí mismos. “Mirad que nadie os haga cautivos por medio de su filosofía y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres, conforme a los principios elementales del mundo y no según Cristo” (Col 2:8). En “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, Flannery O’Connor pone estas palabras de forma irónica —”solo, las cosas me van bien”— en la boca de un asesino en serie que proclama que no necesita a Jesús.[1] Este es un resumen acertado de la filosofía de los falsos maestros que abundaban entre los santos en Colosas. En su “religión humana” (Col 2:23), el progreso espiritual se podía alcanzar por medio del trato severo del cuerpo, de visiones místicas (Col 2:18) y de guardar días especiales y leyes relacionadas con los alimentos (Col 2:16, probablemente derivado del Antiguo Testamento). Estos maestros creían que al poner en orden los recursos que tenían a su disposición, podrían vencer el pecado en sus propias fuerzas.

Esta importante idea sienta las bases para las exhortaciones de Pablo a los trabajadores más adelante en la carta. El progreso genuino en la fe —incluyendo el progreso de la forma en que glorificamos a Dios en nuestro trabajo— solamente puede emanar de nuestra confianza en la obra de Dios en nosotros por medio de Cristo.

Flannery O’Connor, “A Good Man Is Hard to Find” [Un hombre bueno es difícil de encontrar], en Collected Works [Obras completas] (Nueva York: Library of America, 1988).

Vivir para el bien en la Tierra: la forma de nuestra nueva orientación (Colosenses 3:1-16)

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Este llamado a la reorientación significa que debemos darle una nueva forma a nuestras vidas para pensar y actuar de acuerdo con la ética de Jesús en situaciones que Él nunca vivió. No podemos vivir la vida de Jesús. Debemos vivir nuestra propia vida para Jesús. Tenemos que responder preguntas en la vida a las cuales Jesús no les dio respuestas específicas. Por ejemplo, cuando Pablo escribe, “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col 3:2), ¿significa que es mejor orar que pintar una casa? ¿El progreso cristiano consiste en pensar menos y menos en nuestro trabajo y más y más en arpas, ángeles y nubes?

Pablo no nos abandona para que especulemos sobre estas cosas. En Colosenses 3:1–7 deja claro que poner “la mira en las cosas de arriba” (Col 3:2) significa manifestar las prioridades del reino de Dios precisamente en medio de las actividades terrenales cotidianas. Por el contrario, poner la mente en las cosas de la tierra es vivir según los valores del sistema del mundo que se establecen en oposición a Dios y Sus caminos.

¿Qué significa este hacer “morir en ustedes todo lo que sea terrenal” en la vida diaria práctica? No significa vestirse de silicio o bañarse con agua helada para ser disciplinados espiritualmente. Pablo acaba de decir que “el trato severo del cuerpo” no funciona para dejar de pecar (Col 2:23).

Primero, significa hacer morir “la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría” (Col 3:5). Somos llamados a apartarnos de la inmoralidad sexual (ya que el sexo degenerado no nos puede traer una vida mejorada) y la codicia (ya que más cosas no nos pueden traer más vida). Por supuesto, hay un lugar apropiado para la gratificación y el deseo sexual (el matrimonio entre un hombre y una mujer) y un grado apropiado de gratificación del deseo material (que resulta de la confianza en Dios, el trabajo diligente, la generosidad hacia el prójimo y la gratitud por la provisión de Dios).

Segundo, Pablo dice, “desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, puesto que habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de Aquel que lo creó” (Col 3:8–10). Las palabras “los unos a los otros” indican que Pablo le está hablando a la iglesia, es decir, a los que creen en Cristo. ¿Esto significa que es permitido seguirles mintiendo a los que no hacen parte de la iglesia? No, porque Pablo no está hablando de un cambio de comportamiento solamente sino un cambio de corazón y de mente. Es difícil imaginar que habiéndonos vestido de un “nuevo hombre”, podamos de alguna forma volver a ponernos el viejo hombre cuando estamos tratando con no creyentes. Una vez que hemos desechado “todas estas cosas”, ya no debemos volver a usarlas.

De estos pecados, tres son particularmente relevantes en el trabajo: la avaricia, la ira y la mentira. Estos tres males pueden aparecer dentro de lo que de otra forma serían actividades de negocios legítimas.

  • La avaricia es la búsqueda desenfrenada de riqueza. Es apropiado y necesario que un negocio adquiera ganancias o que una organización sin ánimo de lucro produzca un valor agregado. Sin embargo, si el deseo de rentabilidad se vuelve ilimitado, compulsivo, excesivo y se reduce a la búsqueda de ganancia personal, el pecado está gobernando.
  • La ira puede aparecer en un conflicto. Es necesario que el conflicto se hable, se estudie y se resuelva en cualquier lugar de trabajo. Sin embargo, si no se trata de forma abierta y justa, el conflicto se degenera y se convierte en ira no resuelta, furia e intenciones maliciosas, y ahí el pecado está gobernando.
  • La mentira puede darse como consecuencia de promover las probabilidades de éxito de la compañía o los beneficios del producto de forma imprecisa. Es correcto que cada empresa tenga una visión para sus productos, servicios y organización que vaya más allá de lo que existe en la actualidad. Un folleto de ventas debe describir el producto de la mejor manera posible, hablando del mejor uso que tenga, junto con advertencias sobre las limitaciones del mismo. Un folleto informativo para inversionistas debe describir lo que la compañía espera alcanzar si es exitosa y también los riesgos que se pueden encontrar en el camino. Si el deseo de representar un producto, servicio, compañía o persona de una forma visionaria cruza la línea hacia el engaño (una representación desequilibrada de los riesgos frente a las recompensas, el desvío de atención o simplemente decir mentiras), una vez más, el pecado está gobernando.

Pablo no intenta dar un criterio universal para diagnosticar cuándo las virtudes correctas se han convertido en pecados, pero deja claro que los cristianos deben aprender a hacerlo en sus situaciones particulares.

Cuando el cristiano “hace morir” (Col 3:5) la persona que solía ser, se debe poner la persona que Dios quiere que sea, la persona que Dios está volviendo a crear a la imagen de Cristo (Col 3:10). Esto no consiste en esconderse para estar orando y alabando constantemente (aunque somos llamados a orar y alabar, y algunos puede que seamos llamados a hacerlo como una vocación de tiempo completo). Más bien, significa considerar las virtudes de Dios de la “compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Col 3:12) en todo lo que hagamos.

En su exhortación, Pablo nos anima a “soportarnos unos a otros” (Col 3:13), como lo presentan la mayoría de las traducciones, u otras dicen “que se toleren unos a otros”, aunque esto no captura completamente la idea que Pablo está expresando. Parece que está diciendo que hay toda clase de personas en la iglesia (y fácilmente podemos aplicar esto al lugar de trabajo también) con las que no nos llevaremos bien de forma natural. Nuestros intereses y personalidades son tan diferentes que puede que no se forme un vínculo instintivo, pero los soportamos de todas formas. Buscamos su bien, perdonamos sus pecados y toleramos sus particularidades irritantes. Muchos de los rasgos de carácter que Pablo exalta en sus cartas se pueden resumir en la frase, “trabaja bien con otros”. Pablo mismo menciona a los compañeros de trabajo Tíquico, Onésimo, Aristarco, Marcos, Justo, Epafras, Lucas, Demas, Ninfas y Arquipo (Col 4:7–17). Trabajar en equipo no es solamente una destreza cliché que escribimos en nuestra hoja de vida para mejorarla. Es una virtud cristiana esencial. Para el trabajo diario es inmensamente importante tanto hacer morir lo viejo como vestirse de lo nuevo. Los cristianos deben mostrar la nueva vida de Cristo en medio de un mundo moribundo, y el lugar de trabajo es tal vez el lugar principal en el que lo pueden hacer.

  • Los cristianos pueden ser tentados, por ejemplo, a integrarse participando en los chismes y las quejas que permean muchos lugares de trabajo. Es probable que todo lugar de trabajo tenga personas que hacen cosas en sus horas laborales y libres que terminan en historias jugosas. ¿Repetir las historias es mentir o no?
  • Es probable que en todo lugar de trabajo haya políticas injustas, malos jefes, procesos que no funcionan y canales defectuosos de comunicación. ¿Quejarse de estos problemas es calumniar o no?

 Pablo nos exhorta a vivir de una forma diferente incluso en los lugares de trabajo seculares. Hacer morir la naturaleza mundana y vestirse de Cristo significa confrontar directamente a las personas que nos han perjudicado, en vez de chismear a sus espaldas (Mt 18:15–17). Significa trabajar para corregir las iniquidades en el lugar de trabajo y perdonar las que ocurren.

Algunos podrían preguntar, “¿los cristianos que no hablan de la forma en la que lo hacen los demás no corren el riesgo de ser rechazados por ser personas aburridas que se sienten ‘más santas que los impíos’?” Esto podría suceder si los cristianos se desvinculan de los demás en un esfuerzo por mostrar que son mejores que ellos. Los compañeros de trabajo se darán cuenta de eso en un segundo. Pero en cambio, si los cristianos en realidad se están vistiendo de Cristo, la gran mayoría de personas estarán felices de estar cerca de ellos. Algunos incluso podrían apreciar secreta o abiertamente el hecho de que alguien que conocen al menos trata de vivir una vida de “compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Col 3:12). De la misma forma, es posible que los trabajadores cristianos que se niegan a engañar (ya sea rechazando textos publicitarios engañosos u oponiéndose al grandioso fraude piramidal) descubran que están haciendo enemigos, que es el precio que deben pagar por su honestidad. Sin embargo, también es posible que algunos compañeros de trabajo desarrollen una nueva disposición a los caminos de Jesús cuando la Comisión de Valores y Bolsa golpee la puerta de la oficina.

Trabajando como para el Señor (Colosenses 3:17, 23)

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Entonces, ¿qué significa trabajar “en el nombre del Señor Jesús (Col 3:17)? ¿Cómo realizamos nuestras labores de todo corazón “como para el Señor y no para los hombres” (Col 3:23)? Trabajar en el nombre del Señor Jesús implica al menos dos aspectos:

  • Reconocemos que representamos a Jesús en el trabajo. Si somos seguidores de Cristo, la forma en la que tratamos a los demás y la diligencia y fidelidad con la que trabajamos refleja a nuestro Señor. ¿Qué tanto corresponden nuestras acciones con el carácter de Dios?
  • Trabajar “en el nombre del Señor Jesús” también implica que reconocemos cada día que Él es nuestro maestro, nuestro jefe, a quien le rendiremos cuentas finalmente. Esto conduce a que Pablo nos recuerde que trabajamos para el Señor y no para los seres humanos. Sí, lo más probable es que tengamos que rendir cuentas horizontalmente en el trabajo, pero la diligencia con la que realizamos nuestra labor viene de reconocer que, en última instancia, Dios es nuestro juez.

Pablo escribe, “Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre” (Col 3:17). Este versículo lo podemos entender de dos maneras: una superficial y una más profunda. La forma superficial es que podemos traer algunos símbolos y detalles cristianos al trabajo, como por ejemplo un versículo bíblico pegado al cubículo o una calcomanía con un mensaje cristiano en la parte trasera de nuestro camión. Gestos como estos pueden ser significativos, pero en sí mismos no constituyen una vida laboral centrada en Cristo. Una forma más profunda de entender el reto de Pablo es orar específicamente por el trabajo que estamos realizando: “Dios, por favor muéstrame cómo respetar tanto al demandante como al acusado en el lenguaje que use en este informe”.

Una forma aún más profunda es comenzar el día pensando en cuáles serían nuestras metas diarias si Dios fuera el jefe en nuestro trabajo. Al entender esta orden de Pablo, podríamos hacer todas las tareas del día con la mira puesta en metas que honran a Dios. Lo que el apóstol quiere dar a entender es que, en el reino de Dios, nuestro trabajo y nuestra oración son actividades integradas. Tendemos a verlas como actividades separadas que se deben equilibrar, pero en realidad son dos aspectos de la misma actividad, concretamente, de trabajar para lograr lo que Dios quiere se que logre en comunión con otras personas y con Dios.

De esclavos y amos, antiguos y contemporáneos (Colosenses 3:18 - 4:1)

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En este punto, Colosenses le da paso a lo que se conoce como un “código de hogar”, un conjunto de instrucciones específicas para esposas y esposos, hijos y padres, esclavos y maestros. Estos códigos eran comunes en el mundo antiguo. En el Nuevo Testamento aparecen de una forma u otra en seis ocasiones —en Gálatas 3:28; Efesios 5:15–6:9; Colosenses 3:15–4:1; 1 Timoteo 5:1–22; 6:1–2; Tito 2:1–15; y 1 Pedro 2:11–3:9. Para nuestros fines, solo estudiaremos la sección en Colosenses que tiene que ver con el trabajo (sobre esclavos y maestros en 3:18–4:1).

Si queremos apreciar completamente el valor de las palabras de Pablo para los trabajadores contemporáneos, necesitamos entender un poco acerca de la esclavitud en el mundo antiguo. Comúnmente, los lectores en Occidente creen que la esclavitud en el mundo antiguo era igual al sistema de esclavitud de la época anterior a la guerra civil en el sur de los Estados Unidos, un sistema infame por su brutalidad y degradación. Aunque corremos el riesgo de simplificar demasiado, podríamos decir que el sistema de esclavitud del mundo antiguo era similar y diferente al que existía en los Estados Unidos. Por un lado, es probable que en tiempos antiguos, los prisioneros de guerra extranjeros que trabajaban en las minas estuvieran en una condición mucho peor que los esclavos en el sur de los Estados Unidos. Sin embargo, por otra parte, algunos esclavos eran educados, miembros valorados en el hogar, servían como médicos, maestros y administradores de propiedades. Aun así, todos eran considerados como propiedad de sus amos, así que incluso los esclavos en casas podían recibir un trato horrible y no tenían los recursos legales necesarios.[1]

¿Qué relevancia tiene Colosenses 3:18–4:1 para los trabajadores en la actualidad? Hoy en día, en los países desarrollados, la forma principal de trabajo se da con una remuneración o un sueldo, pero en el Imperio romano la forma principal de trabajo era la esclavitud. Muchos esclavos tenían trabajos que hoy reconoceríamos como ocupaciones y a cambio recibían alimento, refugio y por lo general algunas comodidades. El poder de los amos sobre los esclavos era similar en cierta forma al poder que tienen los empleadores o gerentes sobre los trabajadores hoy día, aunque mucho más extremo. Los principios generales que Pablo presenta en esta carta sobre los esclavos y sus señores se pueden aplicar a los gerentes y empleadores modernos, siempre y cuando ajustemos las diferencias significativas entre nuestra situación actual y la de ellos en su época.

¿Cuáles son estos principios generales? Primero (y quizá principalmente), Pablo les recuerda a los esclavos que deben hacer su trabajo en integridad en la presencia de Dios, quien es su verdadero amo. Más que cualquier cosa, Pablo quiere recalibrar la balanza de esclavos y amos para que puedan pesar las cosas reconociendo la presencia de Dios en sus vidas. Los esclavos deben trabajar “temiendo al Señor” (Col 3:22) porque “es a Cristo el Señor” a quien sirven (Col 3:24). En resumen, “todo lo que hagáis, hacedlo de corazón [literalmente, “trabaja con el alma”], como para el Señor y no para los hombres” (Col 3:23). De la misma forma, los amos [literalmente, “señores”] deben reconocer que su autoridad no es absoluta, ya que ellos también tienen “un Señor en el cielo” (Col 4:1). La autoridad de Cristo no está limitada por las paredes de la iglesia. Él es el Señor de los trabajadores y los jefes en el lugar de trabajo.

Esto tiene varias consecuencias prácticas. Como Dios está observando a los trabajadores, no tiene sentido que sean simplemente personas complacientes, que solo “sirven a los ojos” (traducción literal de los términos griegos en Col 3:22). En el mundo actual, muchas personas tratan de congraciarse con sus jefes cuando están cerca, pero en el momento en que cruzan la puerta, se vuelven unos holgazanes. Tal parece que la situación no era diferente en el mundo antiguo. Pablo nos recuerda que el Jefe Supremo siempre está observando, y esa realidad nos lleva a trabajar con “sinceridad de corazón”, no haciendo un show para la gerencia, sino trabajando genuinamente en las tareas que nos corresponden. (Algunos jefes terrenales tienden a descubrir con el tiempo a las personas que solo aparentan trabajar, aunque en un mundo caído, puede que los flojos se salgan con la suya a veces).

El peligro de ser atrapados en actos deshonestos o en un trabajo deficiente se refuerza en Colosenses 3:25. “Porque el que procede con injusticia sufrirá las consecuencias del mal que ha cometido, y eso, sin acepción de personas”. Ya que el versículo anterior se refiere a una recompensa de Dios por el servicio fiel, podemos asumir que Dios también está presente para castigar a los malvados. Sin embargo, vale la pena notar aquí que la motivación más importante no es el temor al castigo. No trabajamos bien simplemente para evitar una mala evaluación del desempeño. Pablo quiere que el buen trabajo brote de un buen corazón. Quiere que las personas trabajen bien porque es lo correcto. Lo que está implícito aquí es una afirmación del valor del trabajo a los ojos de Dios. Ya que Dios nos creó para ejercer dominio sobre Su creación, le agrada cuando cumplimos esta tarea al buscar la excelencia en el trabajo. En este sentido, las palabras, “y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón” (Col 3:23) son tanto una promesa como un mandato. Podemos trabajar con entusiasmo gracias a la renovación que se nos ofreció en Cristo por la gracia de Dios.

Colosenses 3:22–4:1 deja claro que Dios se toma en serio todo el trabajo, incluso si se hace bajo condiciones imperfectas o degradantes. El trabajo de un cirujano ocular bien pago que retira unas cataratas es importante para Dios, así como el algodón que recoge un aparcero o incluso un esclavo de los plantíos. Esto no significa que la explotación de los trabajadores sea aceptable de alguna forma ante los ojos de Dios. Significa que ni siquiera un sistema abusivo puede robarles a los trabajadores la dignidad de su trabajo, ya que esa dignidad se las da Dios mismo.

Uno de los aspectos dignos de tener en cuenta en el código del hogar del Nuevo Testamento es la persistencia del tema de la reciprocidad. En vez de simplemente decirle a los subordinados que obedezcan a sus autoridades, Pablo enseña que vivimos en una red de relaciones interdependientes. Los esposos y las esposas, los padres e hijos, los esclavos y maestros, todos tenemos obligaciones unos con otros en el cuerpo de Cristo. Así, inmediatamente después de los mandatos a los esclavos, viene una orden para los amos: “Amos, tratad con justicia y equidad a vuestros siervos, sabiendo que vosotros también tenéis un Señor en el cielo” (Col 4:1). Sea cual sea la libertad de acción que el sistema legal romano le hubiera dado a los amos, debían responder en última instancia en la corte de Dios, en donde se mantiene la justicia para todos. Por supuesto, la justicia y equidad se deben interpretar nuevamente en cada situación que surja. Por ejemplo, fíjese en el concepto de “salario justo”. Un salario justo en una granja en China puede representar una cantidad diferente del salario justo en un banco en Chicago. Sin embargo, existe la obligación mutua ante Dios de que los empleadores y los empleados se traten los unos a los otros de forma justa y equitativa.

Para una descripción más completa de la esclavitud del primer siglo, ver S. Scott Bartchy, MALLON CHRESAI: First Century Slavery and the Interpretation of 1 Corinthians 7:21 [MALLON CHRESAI: la esclavitud del primer siglo y la interpretación de 1 Corintios 7:21], Society of Biblical Literature Dissertation Series [Serie de disertaciones de la sociedad de literatura bíblica] Nº 11 (Missoula: Scholars Press, University of Montana, 1973; reprinted by Wipf & Stock, 2003).