2 Corintios y el trabajo : 100

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2 Corintios y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción a 2 Corintios

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Mientras que 1 Corintios nos da un entendimiento sin igual sobre la vida diaria de una iglesia del Nuevo Testamento, 2 Corintios nos ofrece un vistazo único al corazón y el alma del apóstol que fundó y construyó esta iglesia. En esta carta vemos el trabajo de Pablo enseñando y siendo un ejemplo de transparencia, gozo, buenas relaciones, sinceridad, buena reputación, servicio, humildad, liderazgo, buen desempeño y rendición de cuentas, reconciliación, trabajo con no creyentes, ánimo, generosidad, cumplimiento oportuno de sus obligaciones y el uso correcto de la riqueza.

Estos temas relacionados con el trabajo surgieron debido a las luchas y oportunidades diarias que Pablo tuvo en su propio trabajo como apóstol. Durante el periodo anterior a la escritura de 2 Corintios, Pablo enfrentó muchos “conflictos por fuera, temores por dentro”, como él mismo los describe (2Co 7:5). Estos tuvieron un impacto claro en él y el resultado es una carta como ninguna otra en el Nuevo Testamento —intensamente personal, que muestra un gran rango de emociones desde la angustia hasta la inquietud, la euforia y la confianza. Como resultado de esta adversidad, Pablo se convirtió en un líder y trabajador más eficaz. Todos los que quieren aprender a ser más eficaces en su trabajo —y quienes están dispuestos a confiar en que Dios les dará la habilidad para hacerlo— encontrarán un modelo práctico en Pablo y sus enseñanzas en 2 Corintios.

Las interacciones de Pablo con la iglesia en Corinto (2 Corintios)

En la introducción a 1 Corintios vimos que Pablo estableció la iglesia de Corinto durante su primera estancia allí (en invierno del 49/50 hasta el verano del 51). Más tarde, le escribió a esta iglesia una carta que ya no existe (como se menciona en 1Co 5:9) y una carta que sí, que es la que conocemos como 1 Corintios. También visitó la iglesia tres veces (2Co 12:14; 13:1). Gracias a Romanos 16:1, sabemos que Pablo escribió su epístola a los romanos durante una de sus estadías en Corinto.

No obstante, la relación de Pablo con la iglesia en Corinto se volvió tensa. En un momento, les escribió lo que se llamó “la carta severa”,[1]—que aparentemente fue bastante dura (ver 2Co 2:4). Se las envió con Tito, con la esperanza de que produjera un cambio de corazón entre sus antagonistas en ese lugar. El conflicto no resuelto con la iglesia en Corinto hizo que Pablo estuviera inquieto mientras esperaba su respuesta (2Co 1:12–13). Cuando Tito llegó finalmente en otoño del 55, trajo buenas noticias de Corinto. De hecho, la carta severa de Pablo había sido bastante beneficiosa. Los creyentes en Corinto que habían sido la causa de tanto dolor, realmente estaban sufriendo por la ruptura de su relación con Pablo y su dolor los había llevado al arrepentimiento (2Co 7:8–16).

En respuesta a esas noticias, Pablo escribió 2 Corintios, más exactamente los primeros siete capítulos, para expresar su gozo y gratitud tanto a Dios como a los corintios por la relación que se restauró entre ellos. En estos capítulos demuestra la clase de transparencia, gozo, interés por las relaciones, integridad, reputación, servicio, dependencia de Dios, conducta ética, carácter y ánimo que Dios desea que tengan todos los cristianos. Luego de esto, en los capítulos 8 y 9, se ocupa de los temas de la generosidad y el cumplimiento oportuno de las obligaciones mientras exhorta a los corintios a contribuir para los cristianos en Jerusalén, lo cual habían prometido hacer. En esta sección, Pablo destaca la manera en la que la generosidad de Dios suple nuestras necesidades, no solamente para que no nos falte nada de lo que necesitamos, sino también para que tengamos suficiente para compartir con otros. En los capítulos 10 al 13 describe las características del liderazgo piadoso, tal vez como respuesta a las noticias perturbadoras que recibió acerca de unos tales “superapóstoles” que estaban engañando a algunas de las iglesias de Corinto. Aunque aquí no tratamos el tema del liderazgo de la iglesia como tal, las palabras de Pablo en esta sección se aplican directamente para todos los lugares de trabajo.

Ver Charles H. Talbert, Reading Corinthians: A Literary and Theological Commentary on 1 and 2 Corinthians [Leyendo Corintios: un comentario literario y teológico de 1 y 2 Corintios] (Nueva York: Crossroad, 1987), xviii–xxi.

Gracias a Dios por las relaciones (2 Corintios 1:1-11)

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En 2 Corintios, Pablo comienza dando acción de gracias de forma sincera por la estrecha relación que tiene con los corintios. Son tan unidos que cualquier cosa que le ocurre a uno, es como si les ocurriera a todos. Pablo escribe, “si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación” (2Co 1:6). “Como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación” (2Co 1:7). La forma en la que Pablo describe la relación suena casi como un matrimonio. Teniendo en cuenta la tensión entre Pablo y la iglesia, la cual es evidente a lo largo de la carta, puede que esta intimidad parezca sorprendente. ¿Cómo es posible que personas con grandes desacuerdos, decepciones e incluso ira los unos contra los otros digan cosas como, “nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida” (2Co 1:7)?

La respuesta es que las buenas relaciones no resultan del acuerdo mutuo, sino del respeto mutuo en la búsqueda de una meta común. Este es un punto crucial para nuestra vida laboral. Por lo general, no podemos escoger a nuestros compañeros de trabajo, así como los corintios no escogieron a Pablo para que fuera su apóstol y Pablo no escogió a los que Dios llevaría a la fe. Nuestras relaciones en el trabajo no están basadas en el interés mutuo sino en la necesidad de trabajar juntos para cumplir nuestras tareas comunes. Esta es una realidad si trabajamos plantando iglesias, fabricando partes de autos, procesando formularios de aseguradoras o del gobierno, enseñando en una universidad o en cualquier otra ocupación. Entre más difíciles sean las circunstancias, más importante es tener buenas relaciones.

¿Cómo construimos buenas relaciones en el trabajo? En cierta medida, el resto de 2 Corintios es un estudio de algunas maneras en las que se pueden establecer buenas relaciones laborales, como la transparencia, integridad, rendición de cuentas, generosidad y así sucesivamente. Hablaremos de dichos temas en este contexto. Sin embargo, Pablo deja claro que no podemos lograr buenas relaciones solamente a través de métodos y habilidades. Lo que necesitamos por encima de todo es la ayuda de Dios. Por esta razón, orar los unos por los otros es el fundamento de las buenas relaciones. Pablo les pide, “cooperando también vosotros con nosotros con la oración” y después habla del “don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos” (2Co 1:11).

¿Qué tan profundamente invertimos en nuestras relaciones con las personas con las que trabajamos? La respuesta puede medirse preguntando cuánto oramos por ellas. ¿Nos importan lo suficiente como para orar por ellas? ¿Oramos por sus necesidades y preocupaciones específicas? ¿Nos tomamos la molestia de conocer lo suficiente sobre sus vidas para poder orar por ellas en formas concretas? ¿Abrimos nuestra propia vida lo suficiente para que otros puedan orar por nosotros? ¿Alguna vez le preguntamos a las personas en el trabajo si podemos orar por ellas o ellas por nosotros? Tal vez no compartan nuestra fe, pero casi siempre las personas aprecian un ofrecimiento auténtico de orar por ellas o reciben una petición (o un deseo) para orar por nosotros. 

La transparencia (2 Corintios 1:12-23)

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Cuando Pablo comienza a escribir el cuerpo de su segunda carta a los Corintios, habla de la queja que otros tenían de él, de que no había sido abierto y honesto con ellos. Aunque les prometió visitar Corinto de nuevo, en dos ocasiones se había arrepentido de hacerlo. ¿Pablo estaba siendo poco sincero o se estaba contradiciendo? ¿Estaba actuando bajo cuerda para hacer lo que quería sin que otros lo supieran? Pablo aborda estas preguntas en 2 Corintios 1:12–14. Está orgulloso de que su comportamiento entre los corintios ha sido transparente en todo momento y sus acciones no eran maquinaciones de lo que llama “sabiduría carnal” (2Co 1:12). Él canceló sus visitas, no para ganar ventaja para sí mismo o guardar su reputación, sino porque no quería avergonzar o reprender a los corintios de nuevo. Por tanto, retrasó su visita a Corinto con la esperanza de que, cuando fuera, pudiera traer gozo en vez de recriminación y reprensión (2Co 1:23–24).

Aunque se había cuestionado la integridad de Pablo, él supo que debido a su historia de transparencia, ellos seguirían confiando en él. Les recuerda que “en la santidad y en la sinceridad que viene de Dios, no en sabiduría carnal sino en la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo” (2Co 1:12). Como lo han visto en acción, saben que dice lo que dice sin vacilar (2Co 1:17–20). Esto hace que esté seguro de decirles “entenderéis hasta el fin” (2Co 1:1–13), una vez que ellos conocieron todos los factores que él tuvo que considerar. La prueba de que ellos confían en él es que, incluso sin saber nada, Pablo les dice “nos habéis entendido en parte” (2Co 1:13).

En nuestro trabajo actual, ¿somos lo suficientemente transparentes como para que las personas tengan una razón para confiar en nosotros? A diario, todas las personas, compañías y organizaciones enfrentan la tentación de esconder la verdad. ¿Estamos ocultando nuestras motivaciones con el fin de ganarnos la confianza de un cliente o un competidor de forma engañosa? ¿Estamos tomando decisiones en secreto para evitar la rendición de cuentas o estamos escondiendo factores que otros objetarían? ¿Pretendemos apoyar a nuestros compañeros de trabajo cuando están presentes, pero nos burlamos de ellos cuando no nos escuchan? El ejemplo de Pablo nos muestra que estas acciones están equivocadas. Además, cualquier ventaja breve que podamos ganar de ellos estará más que perdida a largo plazo, ya que nuestros compañeros de trabajo aprenderán a no confiar en nosotros. Y si nuestros compañeros de trabajo no pueden confiar en nosotros, ¿Dios puede hacerlo?

Claramente, esto no significa que siempre debemos revelar toda la información que conocemos. Existe información confidencial, personal y organizacional que no se puede revelar. No todos deben estar al tanto de toda la información. A veces la respuesta honesta puede ser, “no puedo responder esa pregunta porque tengo el deber de cuidar la privacidad de alguien más”. Sin embargo, no debemos usar la confidencialidad como una excusa para mentir, lograr una ventaja sobre otros, o para presentarnos a nosotros mismos de una forma positiva falsa. Cuando surgen preguntas acerca de nuestras motivaciones, el mejor antídoto en contra de las dudas injustificadas es un registro sólido de transparencia y confiabilidad.

La transparencia es tan importante para Pablo y su trabajo con los corintios que retoma el tema varias veces en la carta. “Sino que hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos” (2Co 4:2). “Nuestra boca, oh corintios, os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha abierto de par en par” (2Co 6:11).

Trabajando por el gozo de otros (2 Corintios 1:24)

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El gozo es el siguiente medio que Pablo menciona para construir relaciones. “No es que queramos tener control de vuestra fe, sino que somos colaboradores con vosotros para vuestro gozo; porque en la fe permanecéis firmes” (2Co 1:24). Aunque era un apóstol que tenía autoridad dada por Dios, Pablo les trajo gozo a otros con la forma en la que los lideró, no enseñoreándose sino trabajando junto con ellos. Esto explica por qué era un líder tan eficaz y por qué las personas que se asociaban con él se volvían compañeros de trabajo fuertes y confiables. Las palabras de Pablo hacen eco de lo que Jesús les dijo a Sus discípulos cuando estaban discutiendo sobre quién era el mayor entre ellos:

Los reyes de los gentiles se enseñorean de ellos; y los que tienen autoridad sobre ellos son llamados bienhechores. Pero no es así con vosotros; antes, el mayor entre vosotros hágase como el menor, y el que dirige como el que sirve. (Lc 22:25–26)

Pablo sostiene que la esencia del trabajo cristiano es nada menos que trabajar junto con otros para ayudarles a alcanzar un gozo mayor.

¿Cómo se verían nuestros lugares de trabajo si tratáramos de promover el gozo en otros a través de la forma en la que los tratamos?[1] Esto no significa tratar de hacer que todos estén felices todo el tiempo, sino tratar a los compañeros de trabajo como personas de valor y dignidad, como lo hizo Pablo. Cuando le prestamos atención a las necesidades de otros en el trabajo, incluyendo la necesidad de ser respetados y la de confiarles un trabajo significativo, estamos siguiendo el ejemplo de Pablo.

Dennis W. Bakke, Joy at Work: A Revolutionary Approach to Fun on the Job [El gozo en el trabajo: un enfoque revolucionario de la diversión en el trabajo] (Seattle: PVG, 2005), y Raymond Bakke, William Hendricks, y Brad Smith, Joy at Work Bible Study Companion [El gozo en el trabajo - Guía de estudio bíblico] (Lake Mary, FL: Charisma House, 2005) estudian detalladamente esta pregunta.

La prioridad de las relaciones (2 Corintios 2:12-16)

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Otro medio para lograr interacciones saludables en el trabajo es simplemente tomarse el tiempo y esforzarse por desarrollar e invertir en las relaciones. Habiendo dejado Éfeso, Pablo fue a Troas, una ciudad puerto en la esquina noroeste de Asia menor, en donde esperaba que Tito llegara de su visita a Corinto (ver la introducción anteriormente para más detalles). Mientras Pablo estuvo allí, se ocupó de su trabajo misionero con su energía usual y Dios bendijo sus esfuerzos. Pero, a pesar de un comienzo prometedor en una ciudad de gran importancia estratégica,[1] Pablo acortó su trabajo en Troas porque, como él lo dice, “no tuve reposo en mi espíritu al no encontrar a Tito, mi hermano” (2Co 2:13). Simplemente no pudo ocuparse de su trabajo, su pasión, debido a la angustia que sentía por su relación tensa con los creyentes corintios. Por esto salió hacia Macedonia con la esperanza de encontrar allí a Tito.

Hay dos cosas que son sorprendentes de este pasaje. Primero, Pablo le da un valor significativo a sus relaciones con otros creyentes. Él no puede permanecer distante y tranquilo cuando estas relaciones están en mal estado. No podemos decir con certeza absoluta que conocía la enseñanza de Jesús acerca de dejar la ofrenda en el altar y reconciliarse con el hermano (Mt 5:23–24), pero claramente entendía el principio. Pablo está ansioso por ver que las cosas se arreglen e invierte bastante energía y oración en la búsqueda de esa meta. Segundo, Pablo pone como una prioridad alta traer la reconciliación, incluso si causa un retraso significativo en su horario de trabajo. Él no trata de convencerse a sí mismo de que tiene una gran oportunidad para servir que no vendrá de nuevo, y que por tanto no debe tomarse la molestia de pensar en los corintios y en sus necesidades momentáneas. Reparar el daño en su relación con ellos es una prioridad.

La lección para nosotros es evidente. Las relaciones son importantes. Es claro que no siempre podemos dejar lo que estamos haciendo sin previo aviso para atender las relaciones afectadas. Pero sin importar cual sea nuestra tarea, las relaciones nos incumben. Las tareas son importantes. Las relaciones son importantes. Así que, en el espíritu de Mateo 5:23–24, cuando descubrimos —o incluso sospechamos— que una relación fue afectada o se rompió en el curso de nuestro trabajo, hacemos bien en preguntarnos a nosotros mismos qué es más apremiante en el momento, si completar la tarea o restaurar una relación. La respuesta puede variar, dependiendo de las circunstancias. Si la tarea es lo suficientemente grande, o el problema en la relación es lo suficientemente serio, hacemos bien no solo preguntando qué es más urgente sino también buscando el consejo de un hermano o hermana respetado.

Ver Jerome Murphy-O’Connor, Paul: A Critical Life [Pablo: su historia] (Oxford: Clarendon, 1996), 300. 

La sinceridad (2 Corintios 2:17)

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Así como en 2 Corintios 1:12, Pablo aborda nuevamente las preguntas persistentes acerca del retraso de su visita a Corinto. Los corintios parecen ofendidos porque al comienzo él no aceptó el sustento financiero por parte de esta iglesia. Su respuesta es que sustentarse a sí mismo era un tema de sinceridad. ¿Las personas podrían confiar en que él realmente creía lo que predicaba, o estaba haciéndolo solo para ganar dinero como los “que comercian con la palabra de Dios” (2Co 2:17), que se podían encontrar en cualquier ciudad romana? Parece que él no quería estar en el mismo grupo que los filósofos y oradores de su época, que cobraban cantidades considerables de dinero por sus discursos.[1] En cambio, él y sus compañeros de trabajo eran personas “con sinceridad”. Era bastante claro que no iban de lugar en lugar predicando el evangelio para volverse ricos, sino que se veían a sí mismos como individuos enviados por Dios y eran responsables ante Dios mismo.

Esto nos recuerda que la motivación no es solo un tema privado, especialmente cuando se trata de dinero. La forma en la que manejamos el dinero brilla como un apuntador láser sobre nuestra sinceridad como cristianos. Las personas quieren ver si manejamos el dinero de acuerdo con nuestros altos principios o si dejamos nuestros principios cuando hay un dinero que podemos ganar. ¿Somos poco estrictos con nuestras cuentas de gastos? ¿Escondemos ganancias bajo la mesa? ¿Participamos en refugios fiscales cuestionables? ¿Presionamos por aumentos, comisiones y bonos a costa de otros? ¿Tomamos ventaja financiera de las personas que están en circunstancias difíciles? ¿Sesgamos contratos para obtener ganancias financieras desproporcionadas? La cuestión no solo es si podemos justificarnos a nosotros mismos, sino también si los que están a nuestro alrededor pueden reconocer que nuestras acciones son consistentes con las creencias cristianas. Si no, nos estamos deshonrando a nosotros mismos y al nombre de Cristo.

Ver Murray J. Harris, The Second Epistle to the Corinthians: A Commentary on the Greek Text [La segunda epístola a los corintios: un comentario del texto griego] (Grand Rapids: Eerdmans, 2005), 253–54.

Una reputación genuina (2 Corintios 3)

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Pablo comienza esta sección de 2 Corintios con dos preguntas retóricas, las cuales esperan una respuesta negativa.[1] “¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para vosotros o de parte de vosotros?” (2Co 3:1). Pablo, su viejo amigo, les pregunta irónicamente si necesita las cartas de presentación o recomendación que aparentemente poseían los que se habían presentado a sí mismos a la iglesia. Tales cartas eran comunes en el mundo antiguo y por lo general, debían tomarse con cautela. El hombre de Estado romano Cicerón escribió muchas de estas cartas, por ejemplo, haciendo un uso espléndido del lenguaje estereotípico de elogios que demandaba el género. Sin embargo, los receptores terminaban tan hastiados que a veces él sentía que era necesario escribir una segunda carta para que ellos supieran si debían tomar la primera carta seriamente.[2] En otras palabras, por lo general las cartas de recomendación no valían ni el papiro sobre el cual se escribían.

En todo caso, Pablo no necesitaba esas cartas. Los creyentes corintios lo conocían bastante. La única carta de recomendación que requería ya había sido escrita en sus corazones (2Co 3:3). Su misma existencia como iglesia, así como sus conversiones individuales luego de la predicación de Pablo, eran todas las recomendaciones que necesitaba o deseaba Pablo en lo referente a su apostolado. Podían ver el fruto del trabajo de Pablo, gracias al cual no cabía duda de que era un apóstol enviado por Dios. Además, Pablo insiste en que no está diciendo que es competente en sus propias fuerzas, y escribe, “nuestra suficiencia es de Dios” (2Co 3:5). La cuestión no es si Pablo ha acumulado títulos y recomendaciones sino si su trabajo contribuye al reino de Dios.

¿Cómo forjamos nuestra reputación hoy en día? En los Estados Unidos, muchos jóvenes no escogen sus actividades pensando en cómo pueden contribuir mejor en sus comunidades ni en qué es lo que realmente disfrutan, sino en cómo se verán esas actividades en una aplicación escolar para una universidad o una escuela superior. Esto puede que siga ocurriendo en nuestra vida laboral con cada asignación de trabajo, afiliación profesional, cena y evento social que está diseñado para asociarnos con personas e instituciones prestigiosas. Pablo escogió sus actividades pensando en cómo podría servir mejor a las personas que amaba. Siguiendo su guía, debemos trabajar para que quede una evidencia sólida de tareas bien hechas, resultados perdurables y personas que hayan sido influenciadas para bien.

Ver Murray J. Harris, The Second Epistle to the Corinthians: A Commentary on the Greek Text [La segunda epístola a los corintios: un comentario del texto griego] (Grand Rapids: Eerdmans, 2005), 258.

Ver Cicerón, Epistulae ad Familiares (The Letters to His Friends) [Cartas a sus amigos], 13.6a. Para consultar un estudio exhaustivo ver Peter Marshall, Enmity in Corinth: Social Conventions in Paul’s Relations with the Corinthians [La hostilidad en Corinto: convenciones sociales en las relaciones de Pablo con los corintios], Wissenschaftliche Untersuchungen zum Neuen Testament 2.23 (Tübingen: Mohr Siebeck, 1987), 91–129, esp. 93–95.

Liderando y sirviendo (2 Corintios 4)

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Segunda a los Corintios 4 une temas que están estrechamente relacionados en el trabajo de Pablo, que son la transparencia, la humildad, la debilidad, el liderazgo y el servicio. Ya que Pablo está trabajando en una situación de la vida real, los temas se entrelazan mientras Pablo cuenta la historia. Sin embargo, trataremos de abordar un tema a la vez, para estudiarlo tan claramente como sea posible.

Transparencia y humildad (2 Corintios 4)

En el capítulo 4, Pablo retoma el tema de la transparencia como indicamos en nuestro estudio sobre 2 Corintios 1:12–23. Esta vez, enfatiza la importancia de la humildad para mantener la transparencia. Si vamos a dejar que todos vean la realidad de nuestra vida y nuestro trabajo, es mejor que nos preparemos para ser humildes.

Naturalmente, sería mucho más fácil ser transparente con los demás si no tuviéramos nada que esconder. Pablo mismo dice, “hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso” (2Co 4:2). Pero la transparencia requiere que no dejemos de ser francos, incluso si hemos tenido una conducta que no es digna de alabanza. La verdad es que todos somos susceptibles a cometer errores de intención y ejecución. Pablo nos recuerda, “tenemos este tesoro en vasos de barro” (2Co 4:7), refiriéndose a los vasos comunes de las casas en su época, que estaban hechos de barro común que se rompía fácilmente. Cualquiera que visite los restos del Cercano Oriente antiguo puede testificar de los fragmentos de estos vasos regados por todas partes. Pablo refuerza esta idea más adelante narrando que Dios le dio una “espina en la carne” para refrenar su orgullo (2Co 12:7).

Mantener la transparencia cuando conocemos nuestras propias debilidades requiere humildad, y especialmente la disposición a ofrecer una disculpa genuina. Muchas disculpas de figuras públicas suenan más como justificaciones semiocultas que como disculpas verdaderas. Puede que esto se deba a que, si dependemos de nosotros mismos como la fuente de nuestra confianza, disculparnos sería arriesgar nuestra habilidad para continuar. Sin embargo, la confianza de Pablo no está en su propia rectitud o habilidad, sino en su dependencia del poder de Dios. “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros” (2Co 4:7). Si nosotros también reconociéramos que las cosas buenas que logramos no son un reflejo nuestro sino de nuestro Señor, tal vez podríamos tener la valentía de admitir nuestros errores y buscar a Dios para que nos vuelva a poner en el camino correcto. O como mínimo, podríamos dejar de creer que debemos mantener nuestra imagen a toda costa, incluyendo engañar a otros.

La debilidad como fuente de fortaleza (2 Corintios 4)

Sin embargo, nuestra debilidad no es solo un desafío a nuestra transparencia. En realidad, es la fuente de nuestras verdaderas habilidades. Soportar el sufrimiento no es un efecto secundario desafortunado que se experimenta en algunas circunstancias, sino que es el medio real por el cual obtenemos logros genuinos. Así como el poder de la resurrección de Jesús vino por causa de Su crucifixión,[1] la fortaleza de los apóstoles en medio de la adversidad testifica que el mismo poder está en acción en ellos.

En nuestra cultura, así como en Corinto, proyectamos fuerza e invencibilidad porque sentimos que son necesarias para trepar la escalera del éxito. Tratamos de convencer a los demás de que somos más fuertes, más inteligentes y más competentes de lo que en realidad somos. Por tanto, es posible que el mensaje de vulnerabilidad de Pablo suene difícil para nosotros. ¿Es evidente en la forma en que realiza su trabajo que la fuerza y la vitalidad que proyecta no es la suya, sino que es la fuerza de Dios que se muestra en su debilidad? ¿Cuando recibe un cumplido lo agrega a su aura de luz propia? ¿O habla de las formas en las que Dios —tal vez trabajando por medio de otras personas— hizo posible que usted excediera su potencial innato? Por lo general queremos que las personas piensen que somos ultracompetentes pero, ¿las personas que más admiramos no son las que ayudan a otros a usar sus dones?

Si nos sostenemos en circunstancias difíciles sin tratar de ocultarlas será evidente que nuestra fuente de poder está fuera de nosotros mismos, el mismo poder que logró la resurrección de Jesús de la muerte.

Servir a otros por medio del liderazgo (2 Corintios 4)

La humildad y la debilidad serían insoportables si nuestro propósito en la vida fuera llegar a ser grandes. Sin embargo, el propósito cristiano es el servicio, no la grandeza. “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús” (2Co 4:5). Este versículo es una de las afirmaciones bíblicas clásicas del concepto que se ha llegado a conocer como el “liderazgo de servicio”. Pablo, el líder más destacado del movimiento cristiano más allá de los confines de Palestina, se llama a sí mismo “siervo vuestro por amor de Jesús” (2Co 4:5).

De nuevo, aquí parece que Pablo está reflexionando en la enseñanza del mismo Jesús (ver 2Co 1:24 anteriormente). Como líderes, Jesús y Sus seguidores servían a otros. Esta visión fundamentalmente cristiana debería ser la esencia de nuestra actitud en cualquier posición de liderazgo. Esto no significa que no dejemos de ejercer una autoridad legítima o que lideremos tímidamente. En cambio, implica que usamos nuestra posición y nuestro poder para promover el bienestar de otros y no solo el nuestro. De hecho, las palabras de Pablo, “siervos vuestros por amor de Jesús”, son más estrictas de lo que parecen a primera vista. Los líderes están llamados a buscar el bienestar de otras personas por encima del suyo propio, así como los siervos. Como dijo Jesús, un siervo trabaja todo el día en los campos, después entra y sirve la cena para los de la casa y solo entonces puede comer y beber (Lc 17:7–10).

Liderar a otros por medio del servicio traerá sufrimiento inevitablemente. El mundo está demasiado estropeado como para que nos imaginemos que existe la posibilidad de escapar del sufrimiento mientras servimos. Pablo sufrió aflicción, perplejidad y persecución casi al punto de la muerte (2Co 4:8–12). Como cristianos, no debemos aceptar posiciones de liderazgo a menos que tengamos la intención de sacrificar el privilegio de cuidar de nosotros mismos antes de cuidar a otros.

Ver Murray J. Harris, The Second Epistle to the Corinthians: A Commentary on the Greek Text [La segunda epístola a los corintios: un comentario del texto griego] (Grand Rapids: Eerdmans, 2005), 349.

Desempeño y rendición de cuentas (2 Corintios 5:1-15)

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 En 2 Corintios 5, Pablo, que constantemente enfrentó situaciones que podían resultar en su muerte, les recuerda a los corintios que en el juicio final cada uno será “recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo” (2Co 5:10). Estas son palabras poco comunes para Pablo (aunque no tan inusuales como uno podría esperar; ver Ro 2:6–10), a quien asociamos normalmente con la doctrina de la gracia, en la cual entendemos que  nuestra salvación es enteramente inmerecida y no es el resultado de nuestras propias obras (Ef 2:8–9). Sin embargo, es importante que la imagen que tenemos de Pablo se forme por lo que él realmente dice, y no por alguno que imaginamos. Cuando analizamos la enseñanza de Pablo en su totalidad, encontramos que está en consonancia con la de Jesús, Santiago e incluso el Antiguo Testamento. Para todos ellos, la fe que no se expresa en buenas obras, no es fe en realidad. De hecho, la fe y la obediencia están interrelacionadas de una forma tan estrecha que incluso Pablo puede, como lo hace aquí, referirse a la obediencia en vez de la fe, cuando en realidad tiene ambas en mente. Es inevitable que lo que hacemos en el cuerpo deje de reflejar lo que la gracia de Dios ha hecho por nosotros. Lo que le agrada al Señor puede ser descrito como fe o, como aquí, obras de justicia que son posibles por la gracia de Dios.

En cualquier caso, el mensaje de Pablo es lo suficientemente claro: la forma en la que vivimos es importante para Dios. Para ponerlo en términos laborales, nuestro desempeño es importante. Es más, tendremos que dar cuenta al Señor Jesús por todo lo que hemos hecho y hemos dejado de hacer. En términos laborales, esta es la rendición de cuentas. El desempeño y la rendición de cuentas son realmente importantes para la vida cristiana y no podemos desecharlos como si fueran algo secular que no es importante para Dios. A Dios le interesa si aflojamos el ritmo de trabajo, descuidamos nuestras obligaciones, no llegamos a trabajar, o si hacemos las cosas de forma superficial sin prestarle una atención genuina a nuestro trabajo.

Esto no significa que Dios siempre está de acuerdo con lo que se espera de nosotros en nuestro trabajo. Lo que Dios considera un buen desempeño puede ser diferente de lo que cree nuestro gerente o supervisor. Concretamente, si es necesario realizar actividades poco éticas o perjudicar a otros para satisfacer las expectativas de desempeño de nuestro empleador, entonces su evaluación de nuestro desempeño será diferente a la de Dios. Si su jefe espera que usted engañe a los clientes o denigre de sus compañeros, por amor a Dios esfuércese por recibir una mala evaluación del desempeño de su jefe y una buena evaluación de Dios.

Dios establece un estándar alto de conducta para nosotros. Un día le responderemos por la forma en la que tratamos a nuestros compañeros, jefes, empleados y clientes, sin mencionar a nuestra familia y amigos. Esto no niega la doctrina de la gracia, sino que nos muestra la forma en la que Dios desea que Su gracia transforme nuestra vida.

Reconciliando a todo el mundo (2 Corintios 5:16-21)

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Si nos parece que Pablo nos está llamando a apretar los dientes y esforzarnos más por ser buenos, no estamos comprendiendo la idea principal de 2 Corintios. La intención de Pablo es que veamos el mundo de una forma totalmente nueva, para que nuestras acciones provengan de este nuevo entendimiento, no de intentar con más fuerza.

De modo que si alguno está en Cristo, ya es una nueva creación; atrás ha quedado lo viejo: ¡ahora ya todo es nuevo! Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo a través de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación. Esto quiere decir que, en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, sin tomarles en cuenta sus pecados, y que a nosotros nos encargó el mensaje de la reconciliación. (2Co 5:17–19 RVC)

Pablo quiere que seamos transformados de una forma tan completa, que seamos parte de una “nueva creación”. La mención de “creación” nos lleva de inmediato a Génesis 1–2, cuando Dios creó el mundo. Desde el comienzo, la intención de Dios era que los hombres y las mujeres trabajaran juntos (Gn 1:27; 2:18), en coordinación con Dios (Gn 2:19), para “cultivar” (Gn 2:15), “darle nombres” a las criaturas de la tierra y ejercer “dominio” (Gn 1:26) sobre la tierra como mayordomos de Dios. En otras palabras, el propósito de Dios para la creación incluye el trabajo como una realidad central de la existencia. Cuando los seres humanos desobedecieron y dañaron la creación, cayó una maldición sobre el trabajo (Gn 3:17–18) y los humanos dejaron de trabajar en coordinación con Dios. Por tanto, cuando Pablo dice, “ahora ya todo es nuevo”, todo incluye el mundo del trabajo como un elemento fundamental.

Dios hace una nueva creación al enviar a Su Hijo a la creación antigua para transformarla o “reconciliarla”. “En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo”. No solo un aspecto del mundo, sino todo el mundo. Y a los que seguimos a Cristo, que estamos reconciliados con Dios por medio de Cristo, se nos manda que realicemos el trabajo de Cristo de la reconciliación (2Co 5:18). Somos agentes que traen reconciliación a todas las esferas del mundo. Todos los días cuando salimos al trabajo debemos ser ministros de esta reconciliación, lo que incluye la reconciliación entre las personas y Dios (el evangelismo y el discipulado), entre las personas (resolución de conflictos) y entre las personas y su trabajo (bienes y servicios que suplen necesidades genuinas y mejoran la calidad de vida y el cuidado de la creación de Dios).

El trabajo de la reconciliación tiene tres elementos esenciales. Primero, debemos entender correctamente qué se ha dañado entre las personas, Dios y la creación. Si no entendemos verdaderamente los males de mundo, no podremos traer una reconciliación genuina, así como un embajador no puede representar con eficacia un país frente a otro sin saber qué está ocurriendo en los dos. Segundo, debemos amar a las demás personas y trabajar para su beneficio en vez de juzgarlas. Pablo nos dice, “ya no conocemos a nadie desde el punto de vista humano” (2Co 5:16 RVC) —es decir, como un objeto para ser explotado, eliminado o adulado, sino como una persona por la que Cristo “murió y resucitó” (2Co 5:15). Si condenamos a las personas en nuestro trabajo o nos retiramos de los lugares en donde se desarrollan a diario la vida y el trabajo, estamos viendo a las personas y el trabajo desde el punto de vista humano. Si amamos a las personas con las que trabajamos y tratamos de mejorar nuestros lugares de trabajo, productos y servicios, nos convertimos en agentes de la reconciliación de Cristo. Finalmente, por supuesto, ser semillas de la creación de Dios requiere que permanezcamos en comunión constante con Cristo. Si hacemos estas cosas, estaremos en una posición en la que podremos traer el poder de Cristo para reconciliar a las personas, las organizaciones, los lugares y las cosas del mundo, para que todos ellos también se puedan convertir en una nueva creación de Dios.

Otra consideración de la transparencia (2 Corintios 6:11)

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Como mencionamos anteriormente (en 2Co 1:12–23), la transparencia es un tema recurrente en esta carta. Aquí surge de nuevo cuando Pablo escribe, “Nuestra boca, oh corintios, os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha abierto de par en par” (2Co 6:11). Podríamos decir que su vida era un libro abierto delante de ellos. Aunque no agrega nada nuevo a lo que ha dicho previamente, se vuelve más y más evidente lo importante que es el tema de la transparencia para él. Cuando surgen preguntas acerca de su ministerio, puede recurrir a su trato anterior con los corintios con una certeza absoluta de que siempre ha sido honesto sobre sí mismo. ¿Podemos decir lo mismo sobre nosotros?

El trabajo con no creyentes (2 Corintios 6:14-18)

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En 2 Corintios 6:14–18, Pablo habla de la cuestión de estar disparejos (literalmente “en yugo desigual”) con los incrédulos. Esto tiene implicaciones tanto para el matrimonio (que está por fuera de nuestro alcance) como para las relaciones laborales. Hasta este punto, Pablo ha presentado vívidamente la importancia de las buenas relaciones con las personas con las que vivimos y trabajamos. Pablo dice en 1 Corintios 5:9–10 que debemos trabajar con no cristianos, y habla de cómo hacerlo en 1 Corintios 10:25–33. (Ver “La gloria de Dios es la meta suprema (1 Corintios 10)” para más información).

Aquí, Pablo nos alerta sobre establecer convenios laborales con no creyentes, haciendo referencia a Deuteronomio 22:10, que advierte en contra de arar con un buey y un asno juntos. Tal vez esto se debe a que el asno lucharía por tirar de la carga del buey y el buey no podría ir tan rápido como el asno. En 2 Corintios, Pablo está hablando de una realidad espiritual más profunda, aconsejándole al pueblo de Dios que tenga cuidado de no unirse en yugo con personas que trabajan para la ilegalidad, la oscuridad, la adoración de ídolos y el mismo Satanás (2Co 6:14–15).

Aunque es claro que somos llamados a amar, servir y trabajar con personas no creyentes, Pablo dice que no debemos unirnos “en yugo desigual” con ellos. ¿Qué significa estar unidos en yugo desigual? La respuesta se encuentra en el contraste de estar en yugo con Jesús, que dice, “tomad Mi yugo sobre vosotros” (Mt 11:29). Una parte del yugo está alrededor de nosotros y la otra está en los hombros de Jesús. Jesús, como el buey que dirige en un equipo, determina nuestra carga, ritmo y camino, y nosotros nos sometemos a Su liderazgo. Por medio de Su yugo, podemos sentir Su jalón, Su guía, Su dirección. Por medio de Su yugo nos entrena para trabajar eficazmente en Su equipo. Su yugo es el que nos guía, nos sensibiliza y nos ata a Él. Estar en yugo con Jesús nos convierte en Sus socios en la restauración de la creación de Dios en todas las áreas de la vida, como vimos en 2 Corintios 5:16–21. ¡Ningún yugo que nos aleje del yugo de Jesús podría ser igual al Suyo! Jesús nos dice, “Mi yugo es fácil y Mi carga ligera” (Mt 11:29). El trabajo que estamos haciendo con Él no es nada menos que la transformación de todo el cosmos.

Cuando Pablo nos dice que no nos unamos en yugo desigual en las relaciones laborales, nos advierte que no nos enredemos en compromisos laborales que evitan que hagamos el trabajo que Jesús tiene para nosotros, o que evitan que trabajemos en yugo con Jesús. Aquí hay un elemento ético fuerte. Pablo pregunta, “¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad?” (2Co 6:14). Si lo que nos demanda un compromiso laboral nos lleva a perjudicar a los clientes, engañar a los electores, engañar a los empleados, abusar de los compañeros de trabajo, contaminar el medioambiente, u otros similares, nos hemos unido en yugo en una violación de nuestros deberes como mayordomos del reino de Dios. Además, estar en yugo con Jesús nos lleva a trabajar para reconciliar y renovar el mundo a la luz de las promesas de Dios del “reino venidero”.

Entonces, estar en yugo desigual con los incrédulos es estar en una situación o relación que nos ata a decisiones y acciones de personas cuyos valores y propósitos son incompatibles con los valores y propósitos de Jesús. Probablemente —y es lo más recomendable— haremos todo lo posible para evitar trabajar con personas que nos obligarían a actuar en contra de nuestras creencias. Pero aunque eso no suceda, muchas de las motivaciones, valores y métodos laborales de nuestros supervisores y colegas en la mayoría de trabajos puede que no sean compatibles con nuestras creencias como cristianos. El ambiente y las creencias de los que trabajan con usted pueden tener una influencia negativa en su fe y su vida cristiana. Sin embargo, la mayoría de nosotros trabaja entre no creyentes, lo que Pablo asume que es la situación normal de los cristianos. Entonces, ¿cómo vamos a aplicar su prohibición en contra del yugo desigual?

Comencemos mirando la contratación. La contratación es un convenio en el que usted hace el trabajo acordado a cambio de la remuneración acordada. En la medida en que sea posible terminar su contrato voluntaria y justamente en caso de que se vuelva dañino para usted u otros, tiene la libertad de salir de ese yugo. ¿Cómo se sabe si es necesario salir del yugo o terminar un contrato de trabajo? Veremos dos situaciones bastante diferentes.

Primero, imagine que usted es contratado por una organización que es ética por lo general, pero está rodeado de personas que no creen lo mismo que usted y la influencia de ellos perjudica su vida de fe. Este discernimiento puede ser diferente para cada creyente. Algunos pueden mantener su fe en medio de las tentaciones y la incredulidad a su alrededor y otros no. Las tentaciones como el dinero, el poder, la inmoralidad sexual y el reconocimiento pueden ser abrumadoras en muchos ambientes laborales, y la prohibición de Pablo indica que es mejor salir de ese “yugo” del empleo que ser contaminado en cuerpo y espíritu o poner en peligro su relación con el Señor. Por otra parte, algunas personas pueden trabajar en medio de las mismas tentaciones y ser testimonio de la verdad, el amor y la esperanza del evangelio. Usualmente, ellos necesitan a alguien que esté por fuera de las tentaciones de su trabajo para que los ayude a mantener su fe.

Ester es un ejemplo interesante de este tipo de situación. Dios la llamó al harén del rey Asuero para que pudiera servir como protectora de su pueblo judío (Est 4:12–16). Las tentaciones de ese “trabajo” eran proteger su estatus y su privilegio siendo la reina escogida del rey (Est 4:11–12). Tal vez habría podido sucumbir ante las tentaciones de esa vida lujosa si su tío, Mardoqueo, no hubiera estado pendiente de ella todos los días (Est 2:11) para guiarla y eventualmente pedirle que arriesgara su vida para salvar al pueblo (Est 4:8). (Ver “El trabajo dentro de un sistema caído (Ester)” para más información).

Ester podía influir de una forma considerable en el rey, pero también era extremadamente vulnerable a desagradarlo. Este parece ser un caso claro de estar en “yugo desigual”. Pero al final, su yugo con Dios fue más fuerte que su yugo con el rey, porque estuvo dispuesta a arriesgar su vida por hacer la voluntad de Dios. Esto indica que entre más dispuesto esté a sufrir las consecuencias de decir “no” cuando lo inviten a ir en contra de sus creencias, más fuerte será la relación que puede establecer con personas no creyentes permaneciendo en yugo con Jesús. Una implicación importante de esto es que se debe evitar depender tanto de un trabajo que no pueda considerar si es necesario renunciar. Si sus gastos y sus deudas están al nivel de sus ingresos, o incluso más, cualquier trabajo se puede convertir rápidamente en una clase de yugo desigual. Tener un estándar de vida más modesto y ahorrar generosamente —si es posible— puede facilitar la permanencia en yugo con Cristo si las cosas salen mal en el trabajo.

El segundo ejemplo de “yugo desigual” puede ser una sociedad de negocios con un no creyente. Sería una sociedad mucho más igualitaria en términos de poder, pero igualmente arriesgada en términos éticos. Cuando un socio firma un contrato, gasta dinero, compra o vende propiedades —o infringe la ley—, el otro socio está atado a esa acción o decisión. Esta clase de sociedad podría ser más como la del buey y el asno: dos socios halando hacia direcciones opuestas. Además, sabemos por experiencia que incluso las sociedades entre creyentes también tienen algo de riesgo, ya que los cristianos también siguen siendo pecadores. Entonces, todas las sociedades de negocios requieren sabiduría y discernimiento, y la habilidad y disposición para terminar la sociedad cuando sea necesario, incluso aunque cueste mucho hacerlo. La prohibición de Pablo en 2 Corintios 6 debería, como mínimo, ser una razón para orar y discernir antes de asociarse con alguien, y tal vez, para incluir algunas limitaciones contractuales en el contrato.

Por supuesto, existen muchas otras clases de relaciones laborales como la compra y venta, las inversiones, la contratación y subcontratación y las asociaciones comerciales. La advertencia de Pablo en contra del yugo desigual nos puede ayudar a discernir cómo y cuándo comenzar tales relaciones, y tal vez más importante, cómo y cuándo salir de ellas. En todas estas relaciones, los peligros se incrementan cuando nos volvemos más dependientes de ellas que de Cristo.

Finalmente, debemos ser cuidadosos de no convertir las palabras de Pablo en una mentalidad de “nosotros contra ellos” en contra de los no creyentes. No podemos juzgar o condenar a los incrédulos asumiendo que inherentemente no tienen ética, ya que Pablo mismo se rehusó a hacerlo. “¿Por qué he de juzgar yo a los de afuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro de la iglesia? Pero Dios juzga a los que están fuera” (1Co 5:12–13). La verdad es que, todos los días, nosotros mismos necesitamos que la gracia de Cristo impida que engañemos a los demás con nuestro propio pecado. Somos llamados no a juzgar y a discernir si nuestro trabajo está cumpliendo con los propósitos y caminos de Cristo.

An incident reported confidentially to a member of the Theology of Work Project Steering Committee. Recorded August 24, 2011 at the Theology of Work Project 2011 summer conference in Los Angeles.

El estímulo de los elogios (2 Corintios 7)

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Inmediatamente después de amonestar a los corintios, Pablo los elogia. “Mucha es mi confianza en vosotros, tengo mucho orgullo de vosotros” (2Co 7:4). Puede que sea una sorpresa para algunos descubrir que Pablo se jacta sin reservas de la iglesia en Corinto. A muchos se nos ha dicho que el orgullo es un pecado (lo que realmente es cierto), e incluso que el orgullo por los logros de alguien más es algo cuestionable. Además, puede que nos preguntemos si el orgullo que tiene Pablo por los corintios está mal ubicado. Esta era una congregación que tenía muchas dificultades y en sus cartas los amonesta de una forma muy fuerte. Él no usa lentes color de rosa cuando se trata de los corintios. Sin embargo, tales cuestiones no lo cohíben. No es tímido para elogiarlos cuando es debido y parece que está legítimamente orgulloso del progreso de los creyentes allí a pesar de su tensa relación con ellos. Dice que su orgullo por ellos es bien merecido, no un truco barato de adulación (2Co 7:11–13). Él repite en 2 Corintios 7:14 que la alabanza debe ser genuina cuando dice, “os hemos dicho todo con verdad, así también nuestra jactancia ante Tito resultó ser la verdad”.

Esto nos recuerda la importancia de dar elogios de forma específica, acertada y oportuna a nuestros compañeros de trabajo, empleados y otras personas con las que interactuamos en el trabajo. La alabanza inflada o generalizada es vacía y puede que parezca poco sincera y manipulativa. Por su parte, el criticismo constante se encarga de destruir en vez de edificar. Las palabras genuinas de apreciación y gratitud por un trabajo bien hecho siempre son apropiadas. Son evidencia de respeto mutuo, la base de la comunidad verdadera, y motivan a las personas a que sigan haciendo un buen trabajo. Todos esperamos ansiosamente escuchar que el Señor nos diga, “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel!” (Mt 25:21, NVI), y es correcto dar palabras similares cuando es preciso.

La generosidad no es opcional (2 Corintios 8:1-9)

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Como señalamos en la introducción, 2 Corintios 8 y 9 conforman una sección separada de la carta de Pablo en la que se trata el tema de la ofrenda para las iglesias en Judea. Este proyecto era una pasión del apóstol y lo promovió con fuerza en sus iglesias (1Co 16:1–3). Pablo comienza esta sección mencionando la generosidad ejemplar de las iglesias en Macedonia e implica que no espera menos de los corintios. Así como los creyentes en Corinto han demostrado fe abundante, habilidad para proclamar la verdad,[1] conocimiento, entusiasmo y amor, así también debían esforzarse por abundar en la obra de gracia (“don”, del griego charis) de la generosidad. El término “don” tiene un significado doble aquí. Tiene el sentido del “don espiritual”, refiriéndose al don que Dios da de la virtud de la generosidad, y tiene el sentido de “donación”, refiriéndose a sus donaciones de dinero para la ofrenda. Esto aclara dos veces que la generosidad no es una opción para los cristianos, sino que es parte del trabajo del Espíritu en nuestra vida.

En el trabajo, un espíritu generoso es el aceite que hace que las cosas avancen fácilmente en diferentes niveles. Los empleados que sienten que sus empleadores son generosos estarán más dispuestos a hacer sacrificios por sus organizaciones cuando sea necesario. Los trabajadores que son generosos con sus compañeros crearán una fuente de ayuda para ellos mismos y una experiencia de mayor gozo y satisfacción para todos.

La generosidad no es siempre un tema de dinero. Para dar solo algunos ejemplos, los empleadores pueden ser generosos al tomarse el tiempo de orientar a los trabajadores, proporcionar un ambiente agradable de trabajo, ofrecer oportunidades para capacitación y desarrollo, escuchar genuinamente a la persona que tiene un problema o una queja, o visitar al familiar de un empleado que está en el hospital. Los compañeros de trabajo pueden ser generosos cuando ayudan a otros a hacer mejor su trabajo, se aseguran de que nadie sea excluido socialmente, defienden a los que sufren de abuso, ofrecen una amistad verdadera, comparten los elogios, se disculpan por las ofensas y simplemente se aprenden los nombres de los trabajadores que de otra manera serían invisibles para ellos. Steve Harrison habla de dos residentes de cirugía en la Universidad de Washington que compitieron para ver quién podría aprenderse los nombres de más enfermeros auxiliares, conserjes, personal de transporte y de alimentos, y después saludarlos por su nombre cada vez que los vieran.[2]

Ver Literally, “in speech.” [Literalmente, “en palabra”], Murray J. Harris, The Second Epistle to the Corinthians: A Commentary on the Greek Text (Grand Rapids: Eerdmans, 2005), 574.

Steve Harrison, The Manager’s Book of Decencies [El libro de buena conducta del gerente] (Nueva York: McGraw-Hill, 2007), 67.

El cumplimiento oportuno de las obligaciones (2 Corintios 8:10-12)

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Pablo les recuerda a los creyentes de Corinto que ellos ya habían expresado su intención de participar en la ofrenda para las iglesias en Judea el año anterior. Sin embargo, parece que se habían desviado. Tal vez las dudas persistentes acerca del ministerio de Pablo y las tensiones que surgieron durante su visita previa tuvieron algo que ver con esto. En cualquier caso, su esfuerzo estaba flaqueando y en el momento en que Pablo les escribió, no habían reunido las contribuciones de miembros individuales, como les había dicho que hicieran anteriormente (1Co 16:1–3).

El consejo de Pablo es directo. “Acabad también de hacerlo; para que como hubo la buena voluntad para desearlo, así también la haya para llevarlo a cabo según lo que tengáis” (2Co 8:11). El consejo de Pablo es tan relevante ahora como lo fue en ese entonces, especialmente en nuestro trabajo. Debemos terminar lo que comenzamos. Obviamente, hay muchas situaciones en las que las circunstancias cambian o en las que otras prioridades son más importantes y por eso debemos ajustar nuestros compromisos. Es por eso que Pablo agrega, “según lo que tengáis”. Pero comúnmente, como en la situación de los corintios, el problema es simplemente de darle largas al asunto. Pablo nos recuerda la necesidad de cumplir con nuestros compromisos. Otras personas cuentan con nosotros.

Este consejo puede parecer demasiado simple como para que se mencione en la Palabra de Dios. Sin embargo, los cristianos subestimamos la importancia de esta cuestión como un tema de testimonio además de productividad. Si no cumplimos los compromisos habituales en el trabajo, ¿cómo podrían nuestras palabras o acciones convencer a las personas de que nuestro Señor cumplirá Su promesa de vida eterna? Es mejor entregar el reporte, su parte o un aumento a tiempo que tener una discusión durante el almuerzo sobre la divinidad de Cristo.

Compartir las riquezas (2 Corintios 8:13-15)

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Pablo les recuerda a los corintios el principio básico detrás de la ofrenda. “Es más bien cuestión de igualdad. En las circunstancias actuales la abundancia de ustedes suplirá lo que ellos necesitan” (2Co 8:13-14, NVI). No se trata de que las iglesias en Judea sintieran un alivio perjudicando a las iglesias gentiles, sino que debería haber un equilibrio apropiado entre ellas. Los creyentes en Judea tenían necesidad y la iglesia en Corinto estaba experimentando cierta medida de prosperidad. Podía llegar el momento en el que la situación fuera opuesta y entonces, la ayuda sería en la dirección contraria, “para que a su vez la abundancia de ellos supla lo que ustedes necesitan” (2Co 8:14, NVI).

Pablo presenta dos imágenes para explicar lo que quiere decir. La primera, el equilibrio, es abstracta, pero tanto en el mundo antiguo como ahora, apela a la lógica de que el equilibrio conduce a la estabilidad y la salud en el mundo natural y en la sociedad.[1] El receptor se beneficia porque la ofrenda satisface una carencia inusual. El dador se beneficia porque la ofrenda evita que se acostumbre a una abundancia insostenible. La segunda imagen es concreta e histórica. Pablo les recuerda a los corintios los días en los que Dios le dio al pueblo de Israel el maná para que se sustentaran a sí mismos (Éx 16:11–18). Aunque algunos reunían mucho y otros poco en comparación, nadie tenía ni muy poco ni demasiado cuando se distribuía la ración diaria.

El principio de que el más rico debe dar de su riqueza al más pobre al grado de que los recursos de todos estén en “igualdad” es complicado en la noción moderna de autosuficiencia individual. Aparentemente, cuando Pablo les llama a los cristianos “siervos por amor de Jesús” (2Co 4:5), quiere decir que cien por ciento de nuestros salarios y riquezas le pertenecen directamente a Dios, y que es posible que Dios quiera que las distribuyamos a otros al punto de que los ingresos que conservamos para nuestro uso personal son iguales a los de ellos.

Sin embargo, debemos ser cuidadosos de no hacer aplicaciones simplistas en las estructuras del mundo actual. La discusión completa de este principio entre los cristianos se ha vuelto difícil porque se pierde en los debates políticos sobre el socialismo y el capitalismo. La pregunta en aquellos debates es si el Estado tiene derecho —o el deber— a imponer una igualdad en las riquezas quitándoles a los más ricos y dándoles a los más pobres. Esto es muy diferente de la situación de Pablo, en la que un grupo de iglesias les pedía a sus miembros dar dinero voluntariamente para que otra iglesia lo distribuyera con el fin de beneficiar a sus miembros pobres. De hecho, Pablo no dice nada en absoluto acerca del Estado en este sentido. En cuanto a él mismo, dice que no tiene planes de obligar a nadie cuando escribe, “no digo esto como un mandamiento”, y la colecta de la ofrenda no se hace “de mala gana ni por obligación” (2Co 9:7).

El propósito de Pablo no es crear un sistema social en particular, sino preguntarles a los que tienen dinero si están verdaderamente listos para ponerlo al servicio de Dios a favor de los pobres. Él les implora, “mostradles abiertamente ante las iglesias la prueba de vuestro amor, y de nuestra razón para jactarnos respecto a vosotros” (2Co 8:24). Los cristianos deberían tener más conversaciones acerca de cuáles son las mejores formas de disminuir la pobreza. ¿Sería por medio de dar únicamente, o invirtiendo, o algo diferente, o la mezcla de varios? ¿Qué papel tienen las estructuras de la iglesia, los negocios, el gobierno y las organizaciones sin ánimo de lucro? ¿Qué aspectos de los sistemas legales, infraestructuras, educación, cultura, responsabilidad personal, mayordomía, trabajo duro y otros factores se deben reformar o desarrollar? Los cristianos deben estar al frente del desarrollo de métodos que sean tanto generosos como eficaces para desaparecer la pobreza.[2]

Sin embargo, no puede existir ninguna inquietud acerca de la urgencia apremiante de la pobreza y no podemos rehusarnos a balancear nuestro uso del dinero con las necesidades de los demás. Las palabras contundentes de Pablo muestran que los que disfrutan la superabundancia no pueden ser complacientes cuando hay tantas personas en el mundo que sufren de pobreza extrema.

Murray J. Harris, The Second Epistle to the Corinthians: A Commentary on the Greek Text (Grand Rapids: Eerdmans, 2005), 590.

John Stott, The Grace of Giving: 10 Principles of Christian Giving [La gracia de dar: 10 principios de la ofrenda cristiana], Lausanne Archivos Didasko (Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 2012), estudia detalladamente la práctica de dar basado en su lectura de 2 Corintios 8–9.

Nadie puede dar más que Dios (2 Corintios 9)

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Cuando Pablo exhorta a los creyentes de Corinto a dar generosamente, es consciente de que primero debe tratar una preocupación muy humana en un mundo de recursos limitados. Algunos de sus oyentes deben haber pensado, “si doy de forma tan altruista como Pablo me dice, puede que no haya suficiente para satisfacer mis propias necesidades”. Por medio de una metáfora agrícola extensa, Pablo les asegura que las cosas funcionan muy diferente en la economía de Dios. Él ya se había referido a un principio del libro de Proverbios, señalando que “el que siembra escasamente, escasamente también segará; y el que siembra abundantemente, abundantemente también segará” (comparar 2Co 9:6 con Pro 11:24–25). Continúa citando un aforismo de la versión griega de Proverbios 22:8, que “Dios ama al dador alegre” (2Co 9:7). A partir de esto él infiere la promesa de que, para el que da generosamente, Dios traerá toda clase de bendiciones[1] en abundancia.

Por tanto, Pablo les asegura a los corintios que su generosidad no los pondrá en riesgo de una pobreza futura. Por el contrario, la generosidad es la ruta para prevenir las carencias futuras. “Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra” (2Co 9:8). En los siguientes dos versículos les asegura a los que siembran (o “esparcen”) generosamente para el pobre, que Dios les proveerá la semilla suficiente para esa siembra y para el pan para sus propias necesidades. Él lo recalca cuando dice, “seréis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios” (2Co 9:11), una promesa que abarca y va más allá de las bendiciones materiales.

Aunque claramente Pablo está hablando de generosidad y bendición material, debemos ser cuidadosos de no convertir la seguridad de la provisión de Dios en la expectativa de que seremos ricos. ¡Dios no es un sistema de pirámide! La “abundancia” de la que habla Pablo se refiere a “tener suficiente de todo”, no de hacerse rico. El llamado “evangelio de la prosperidad” malinterpreta profundamente pasajes como este. Seguir a Cristo no es un método para ganar dinero, y Pablo se esfuerza por dejarlo claro a lo largo de la carta.

Esto se aplica de formas evidentes en dar de los frutos de nuestro trabajo, es decir, en donar dinero y otros recursos. Pero aplica igualmente en cuanto a dar de nosotros mismos durante nuestro trabajo. No debemos temer que si ayudamos a otros a que tengan éxito en el trabajo, comprometeremos nuestro propio bienestar. Dios prometió que nos dará todo lo que necesitamos. Podemos ayudar a otros a verse bien en el trabajo sin temer que eso evite que destaquemos en comparación con ellos. Podemos competir justamente en el mercado sin preocuparnos porque algunos trucos sucios sean necesarios para ganarse la vida en un negocio competitivo. Podemos orar, animar, apoyar e incluso ayudar a nuestros rivales porque sabemos que la fuente de nuestra provisión es Dios, no nuestra ventaja competitiva. Debemos ser cuidadosos de no deformar esta promesa con el falso evangelio de salud y riqueza, como lo han hecho muchos. Dios no les promete a los verdaderos creyentes una casa grande y un auto costoso, pero sí nos asegura que si cuidamos de las necesidades de otros, Él se encargará de que nuestras necesidades sean satisfechas en el proceso.

El término para “toda” (pan) aquí tiene la connotación de “toda clase de” en vez de “toda posible” bendición. Consultar Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich y Geoffrey William Bromiley, eds., Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario teológico del Nuevo Testamento] (Grand Rapids: Eerdmans, 1985), 631c.

Evaluación del desempeño (2 Corintios 10 - 13)

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Como mencionamos en la introducción, 2 Corintios 10 al 13 constituye la tercera sección de la carta. Las partes más relevantes para el trabajo están en los capítulos 10 y 11, que expanden el estudio que comenzó en el capítulo 5 sobre el desempeño en el trabajo. Aquí, Pablo está defendiéndose de los ataques de algunas personas a las que llama “superapóstoles” (2Co 11:5, NVI). Al hacerlo, presenta conceptos específicos que se aplican directamente a la evaluación del desempeño.

Los falsos superapóstoles habían estado criticando a Pablo por no estar a la altura de ellos en términos de elocuencia, carisma personal y evidencias de señales y maravillas. Naturalmente, sus “estándares” no eran más que descripciones de ellos mismos y sus ministerios. Pablo señala el juego absurdo que están jugando. Las personas que juzgan comparando a otros consigo mismos siempre estarán satisfechas. Pablo se rehúsa a cooperar con un sistema tan egoísta. En lo que le concierne, como ya había explicado en 1 Corintios 4:1–5, el único juicio —y por tanto la única recomendación— que es válido es el juicio del Señor Jesús.

La perspectiva de Pablo es relevante de forma directa en nuestro trabajo. Es probable que nuestro desempeño en el trabajo se revise en evaluaciones trimestrales o anuales, y ciertamente eso no tiene nada de malo. Los problemas surgen cuando los estándares por los que nos medimos a nosotros mismos o a otros están sesgados o son egoístas. En algunas organizaciones, (generalmente las que les rinden cuentas a sus dueños y clientes de una forma poco estricta) solo un círculo pequeño de personas cercanas pueden juzgar el desempeño de otros, y se basan principalmente en si los demás están en sintonía con sus propios intereses. Entonces, algunos de los que no pertenecen al círculo son evaluados principalmente de acuerdo a si están “con nosotros” o “contra nosotros”. Este es un lugar difícil en el que nos podemos encontrar porque, aunque los cristianos medimos el éxito más por la evaluación de Dios que por los ascensos, salarios o incluso la continuidad del empleo, podemos ser los que traigan redención a organizaciones tan corruptas. Si en un punto nos encontramos beneficiando sistemas corruptos que buscan su propio beneficio, ¿qué mejor testimonio de Cristo podríamos encontrar que luchar por el beneficio de otros que han sido perjudicados o marginados, incluso a costa de nuestra propia comodidad y seguridad?

Conclusión de 2 Corintios

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Las circunstancias particulares que llevaron a que Pablo escribiera 2 Corintios dieron como resultado una carta con muchas lecciones importantes para el trabajo, los trabajadores y los lugares de trabajo. Pablo enfatiza repetidamente la importancia de la transparencia y la integridad y además, exhorta a sus lectores a que inviertan en relaciones buenas y de gozo en el trabajo y que busquen la reconciliación cuando las relaciones están rotas. Él mide el trabajo piadoso en términos de servicio, liderazgo, humildad, generosidad y la reputación que ganamos por medio de nuestras acciones. También argumenta que el desempeño, la rendición de cuentas y el cumplimiento oportuno de las obligaciones son deberes esenciales de los cristianos en el trabajo. Además, establece los estándares de la evaluación del desempeño imparcial, explora las oportunidades y los retos de trabajar con no creyentes y nos exhorta a que usemos las riquezas que ganamos en nuestro trabajo para el bien de la comunidad, incluso al punto de hacer un uso igualitario de estas para el beneficio de otros así como lo hacemos para nuestro beneficio. Nos asegura que al hacerlo incrementamos, no disminuimos, nuestra propia seguridad financiera, porque llegamos a depender del poder de Dios y no de nuestra propia debilidad.

Las palabras de Pablo son extremadamente retadoras porque dice que servir a otros, incluso al punto del sufrimiento, es la forma en que podemos ser eficaces en la economía de Dios, así como Jesús mismo logró nuestra salvación por medio de Su sufrimiento en la cruz. Aunque se queda corto ante la perfección divina de Jesús, Pablo está dispuesto a vivir su vida como un libro abierto, un ejemplo de cómo la fuerza de Dios vence la debilidad humana. Debido a su transparencia, Pablo es creíble cuando afirma que trabajar de acuerdo con los caminos, propósitos y valores de Dios es realmente el camino para tener una vida más plena. Él nos comunica lo que el mismo Señor Jesús dice, “Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2Co 12:9). Esta advertencia es tan importante para nuestro trabajo en la actualidad como lo era para los corintios cuando Pablo escribió esta fascinante carta.