Daniel y el trabajo : 477

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Daniel y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción a Daniel

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¿Es posible seguir a Dios y progresar en el mundo secular al mismo tiempo? Casi todos los cristianos enfrentan esta pregunta a diario en sus lugares de trabajo y muchos consideran que la respuesta es tan difícil que sería más fácil rendirse. Daniel, el personaje principal del libro de Daniel, enfrenta esta pregunta bajo circunstancias extremas. Al ser desterrado de Jerusalén cuando el imperio babilonio conquista el pueblo de Dios, debe vivir su vida en un ambiente hostil para el Altísimo. Con todo, las circunstancias lo llevan a una posición en la que tiene una gran oportunidad al servicio del rey de Babilonia.

¿Él se debería retirar del gobierno babilonio profano y corrupto y vivir agradando a Dios en un enclave entre otros judíos? ¿Debería relegar su fe a una esfera privada y personal, tal vez orando a Dios dentro del ropero, mientras que experimenta la vida de poder e influencia babilonia de forma idéntica a aquellos a su alrededor? Daniel no escoge ninguna de esas opciones. En cambio, se embarca en una carrera prometedora al tiempo que permanecía fiel a Dios públicamente. La historia de la forma en la que navega estas aguas traicioneras es tanto un manual como un caso de estudio para los cristianos en el lugar de trabajo actual.

El panorama general del libro de Daniel

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El libro de Daniel puede ser desconcertante. Comienza de una forma directa presentando a Daniel y sus acompañantes mientras enfrentan la presión por adaptarse a los placeres y vicios de la corte real de Babilonia. Pero la narrativa se vuelve cada vez más extraña, cuando los sueños, las visiones y las profecías entran en el relato. Casi en la mitad (el capítulo 7), el libro se vuelve particularmente apocalíptico, anunciando el ascenso y la caída de reyes y reinos futuros, usando metáforas de eventos y criaturas extrañas.[1] El género apocalíptico es notoriamente difícil de interpretar, aunque Daniel, igual que Apocalipsis (el libro completo de eventos apocalípticos en la Biblia) proporciona bastante material valioso y relevante para el trabajo, y vale la pena tratar de encontrarle sentido para la teología del trabajo.

El panorama general de Daniel es que Dios viene a derrocar los reinos paganos, corruptos y arrogantes en donde se encuentra exiliado Su pueblo. Aunque Su pueblo está sufriendo ahora, este sufrimiento fiel es uno de los medios principales por los cuales se mueve el poder de Dios. Esto les da una habilidad sorprendente de progresar en el presente y una esperanza brillante para el futuro, y les permite desempeñar un rol significativo tanto en la supervivencia presente como en la promesa futura. Aquí estudiaremos las implicaciones y aplicaciones que este panorama general tiene para los cristianos en los lugares de trabajo en la actualidad.

Las visiones en los capítulos 7 al 12 —interpretadas acertadamente— coinciden estrechamente con el desenvolvimiento real de los eventos en la sucesión de los imperios babilonio, persa, egipcio y griego durante cientos de años. Esto se ve claramente en Antíoco IV Epífanes (11:31-39) y por lo tanto, muchos eruditos fechan la escritura del libro a su época, aproximadamente en el año 165 a. C. El lenguaje, las referencias históricas y el género son factores que lo complican. La forma de fechar el libro modifica la forma en la que se interpretan las profecías. Si se fecha aproximadamente en el 165 a. C., las profecías describen eventos históricos bajo la apariencia de profecía (es decir, después del hecho). El problema principal con esta perspectiva es que le resta valor a la teología del libro mismo. La habilidad del profeta de predecir los eventos futuros habla del tema teológico clave: Dios hará lo que el profeta ha predicho debido al gobierno soberano de Dios sobre las naciones. Para una discusión más profunda acerca de la teoría de la fecha tardía, ver John J. Collins, Daniel, Hermeneia (Minneapolis: Fortress, 1993) y John E. Goldingay, Daniel, vol. 30, Word Biblical Commentary [Comentario bíblico de la Palabra] (Nashville: Thomas Nelson, 1989). Para consultar acerca de la visión conservadora tradicional, ver Joyce G. Baldwin, Daniel, Tyndale Old Testament Commentaries [Comentarios Tyndale del Antiguo Testamento] (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1978), Stephen R. Miller, Daniel, The New American Commentary [El nuevo comentario americano] (Nashville: Broadman & Holman, 1994), y Tremper Longman III, Daniel, The NIV Application Commentary [El comentario de aplicación de la NVI] (Grand Rapids: Zondervan, 1999). De cualquier forma, resolver esta pregunta no es directamente necesario para entender lo que el libro dice acerca del trabajo. En nuestra discusión, aceptaremos la atribución del libro de las palabras y las visiones de Daniel a la época del siglo sexto a. C.

Introducción: el exilio en la universidad de Babilonia (Daniel 1)

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El libro de Daniel comienza con el desastre que finalmente acabó con el reino judío. Nabucodonosor (605-562 a. C.), el rey de Babilonia, conquistó Jerusalén, derrocó a su rey y tomó cautivas a algunas personas de la realeza y jóvenes nobles. Como era típico en el Cercano Oriente antiguo, Nabucodonosor se aseguró de vengarse de los dioses (o en este caso, Dios) de la nación derrotada saqueando el templo y usando sus antiguos tesoros para decorar la casa de su propio dios (Dn 1:1-3). Por esto sabemos que Nabucodonosor era un enemigo no solo de Israel, sino también del Dios de Israel.

Entre los jóvenes cautivos estaban Daniel y sus compañeros Ananías, Misael y Azarías. Ellos se registraron en un programa de adoctrinamiento diseñado para transformar a los exiliados en sirvientes fieles de su nuevo rey (Dn 1:4-5). Esto fue tanto una oportunidad como un reto. La oportunidad era tener una buena vida en una tierra hostil y tal vez traer el poder y la justicia de Dios a su nuevo país. El profeta Jeremías instó a los exiliados judíos a hacer eso precisamente:

Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: “Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto. Tomad mujeres y engendrad hijos e hijas, tomad mujeres para vuestros hijos y dad vuestras hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplicaos allí y no disminuyáis. Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar. (Jer 29:4-7)

El desafío que Daniel enfrentó fue la adaptación en este lugar a expensas de la lealtad a su Dios y su pueblo. Los temas que Daniel aprendió probablemente incluyen la astrología, el estudio de las vísceras de animales, los ritos de purificación, los conjuros de sacrificios, el exorcismo y otras formas de adivinación y magia.[1] Estos habrían sido temas insufribles para un judío devoto, y estaban en contra de la fe de Daniel mucho más que la mayoría de temáticas en las universidades seculares actuales para los cristianos modernos. Además, él y sus amigos tuvieron que aceptar cambios en sus propios nombres, los cuales previamente habían proclamado su lealtad a Dios (con los elementos “el” y “ias”). No obstante, Daniel aceptó el reto, confiado en que Dios protegería su fe y su lealtad. Adoptó la educación babilonia, pero estableció límites para guardarse en contra de la adaptación real en la cultura pagana de sus captores. Él resistió la dieta rica que era requerida para todos los entrenados al rehusarse a “contaminarse” (Dn 1:8). El texto no aclara exactamente qué era cuestionable respecto a la dieta.[2]Las tradiciones culturales que rodean la dieta son fuertes, especialmente para los judíos, cuyas leyes alimenticias los distinguían profundamente de las naciones circundantes (Lv 11; Dt 14). Tal vez mantener una dieta diferente era un recordatorio diario para Daniel de su lealtad al Señor. O tal vez demostraba que su habilidad física dependía del favor de Dios y no del régimen alimenticio del rey. Tal vez la severidad de su dieta evitó que desarrollara un gusto por el lujo que pondría en peligro su independencia más adelante.

De cualquier forma, la discusión sobre la dieta de Daniel resalta un punto mucho más profundo: Dios intervino en los eventos de la vida de Daniel así como en la vida de Nabucodonosor, en Babilonia y en todas las naciones. El capítulo 1 refleja esta idea al comienzo cuando dice, “Y el Señor entregó en sus manos a Joacim, rey de Judá” (Dn 1:2) y “Dios concedió a Daniel hallar favor y gracia” (Dn 1:9). El progreso de Daniel y sus amigos supera el de los demás jóvenes, no debido a su ingenio o su dieta, sino a que “Dios les dio conocimiento e inteligencia en toda clase de literatura y sabiduría” (Dn 1:17). La sabiduría de Daniel venía de una fuente que no era el entrenamiento selecto provisto por los maestros del rey, ya que “en todo asunto de sabiduría y conocimiento que el rey les consultó, los encontró diez veces superiores a todos los magos y encantadores que había en todo su reino” (Dn 1:20). Esto establece el patrón para el resto del libro, en donde el tiempo y los eventos siguen demostrando la superioridad de la sabiduría de Daniel —y más importante, el poder de su Dios— sobre la sabiduría y el poder de las naciones no creyentes y sus reyes (Dn 5:14; 11:33-35; 12:3, 10).

Los cristianos en los lugares de trabajo actuales experimentan muchas situaciones similares a las de Daniel y sus amigos en el exilio en esta universidad babilonia. No hay forma de escapar del lugar de trabajo, a menos que nos apartemos del mundo en comunidades insulares o decidamos trabajar en instituciones solamente cristianas, tales como iglesias o escuelas cristianas. El lugar de trabajo les ofrece a muchos cristianos (aunque ciertamente no a todos) una variedad de oportunidades para obtener ganancias personales, tales como un buen salario, seguridad laboral, logros profesionales y prestigio, condiciones laborales cómodas y un trabajo creativo e interesante. En ellas mismas, estas cosas son buenas, pero nos pueden llevar a caer en dos tipos de tentaciones: (1) el peligro de enamorarnos tanto de las cosas materiales que nos volvemos reacios a correr el riesgo de perderlas por ser firmes en lo que Dios requiere de nosotros; y (2) el peligro espiritual de llegar a creer que las cosas buenas vienen como resultado de nuestra propia labor o nuestro ingenio, o como resultado de nuestro servicio a algún poder diferente a Dios.

Además, es frecuente que el trabajo demande la realización de acuerdos que no son buenos en sí mismos, tales como el engaño, el prejuicio, el maltrato a los pobres y desprotegidos, el consentimiento de deseos malsanos, el aprovecharse de otros en sus momentos de necesidad y muchos más. En nuestra época, así como en la de Daniel, es difícil saber cuáles arreglos son buenos y cuales son malos. ¿Fue bueno o aceptable que Daniel y sus amigos estudiaran astrología? ¿Aprendieron a usar el conocimiento de los cielos sin verse atrapados por las supersticiones sobre las que se formula? ¿Es bueno que los cristianos estudien mercadeo? ¿Pueden aprender a usar el conocimiento sobre el comportamiento del consumidor sin verse atrapados en la práctica de publicidad engañosa o promociones que explotan a los clientes? El libro de Daniel no ofrece pautas específicas, pero indica algunas perspectivas determinantes:

  • Los cristianos deben recibir la educación, incluso si se realiza por fuera de los límites de la rendición de cuentas cristiana.

  • Los cristianos deben aceptar trabajos en ambientes laborales no cristianos e incluso hostiles.

  • Los cristianos que trabajan o estudian en ambientes no cristianos o anticristianos deben estar atentos para evitar la adaptación a ciegas a la cultura que los rodea. Las prácticas cristianas incluyen:

    • La oración constante y la comunión con Dios. Daniel oró tres veces al día durante su carrera (Dn 6:10) y lo hizo con un compromiso especial durante los tiempos difíciles en su trabajo (Dn 9:3-4, 16-21). ¿Cuántos cristianos en realidad oran por los detalles de sus vidas laborales? El libro de Daniel muestra constantemente que a Dios le importan los detalles específicos de la vida laboral.

    • El cumplimiento firme a las marcas externas de la fe, incluso si son arbitrarias de alguna manera. Daniel no aceptó la abundante comida y el vino del rey porque eso habría comprometido su lealtad a Dios. Se podría discutir acerca de si Dios demanda o no esta práctica en particular de manera universal, pero no hay duda de que una fe viviente requiere marcadores de vida de los límites del comportamiento fiel. Un restaurante en EEUU llamado Chick-fil-A demarca el límite en la apertura los domingos. Muchos médicos católicos no prescriben métodos anticonceptivos artificiales. Otros cristianos encuentran formas respetuosas de pedirles permiso a sus colegas para orar por ellos. Ninguno de estos se puede tomar como requisitos generalizados, y de hecho todos pueden ser discutidos por otros cristianos, pero cada uno ayuda a sus practicantes a evadir el movimiento lento hacia la adaptación al proveer marcadores constantes y públicos de su fe.

    • La asociación activa y rendición de cuentas a otros cristianos que están en el mismo campo laboral. “Por solicitud de Daniel, el rey puso sobre la administración de la provincia de Babilonia a Sadrac, Mesac y Abed-nego” (Dn 2:49). No obstante, pocos cristianos se reúnen a compartir preocupaciones, preguntas, éxitos y fracasos con otros trabajadores de su mismo campo. ¿Cómo van a aprender los abogados a aplicar la fe en la ley si no es por medio de discusiones intencionales y regulares con otros abogados cristianos? Lo mismo ocurre con los ingenieros, artesanos, campesinos, maestros, padres, gerentes de mercadeo y cualquier otra vocación. Crear y fomentar esta clase de grupos es una de las grandes necesidades insatisfechas de los cristianos en el trabajo.

    • La creación de buenas relaciones con personas no creyentes en su lugar de trabajo. Dios hizo que el oficial que supervisaba la dieta de Daniel le mostrara bondad y simpatía (Dn 1:9), y Daniel cooperó con Dios respetando al oficial y buscando su bienestar (Dn 1:10-14). Algunas veces parece que los cristianos se esfuerzan por antagonizar y juzgar a sus compañeros de trabajo, pero Dios demanda, “Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres” (Ro 12:18). Una práctica excelente es orar de forma específica que Dios bendiga a las personas que trabajan con nosotros.

    • La adopción de un estilo de vida modesto, para que los apegos al dinero, el prestigio o el poder no obstaculicen la posibilidad de arriesgar su trabajo o su carrera si se siente presionado a hacer algo que esté en contra de los mandatos, valores o virtudes de Dios. A pesar de alcanzar la cúspide de la educación, posición y riqueza de Babilonia, Daniel y sus amigos estaban listos para perder todo con el fin de hablar y actuar conforme a lo que dice la palabra de Dios (Dn 2:24; 3:12; 4:20; 5:17; 6:10, 21).

Aunque Daniel encontró la forma de caminar por la cuerda floja de la adaptación parcial cultural sin comprometer sus valores morales y religiosos, el riesgo fue muy grande. La carrera de Daniel e incluso su vida estuvieron en juego, así como la vida del jefe de los oficiales babilonios, Aspenaz (Dn 1:10). Sin embargo, por la gracia de Dios, Daniel permaneció sereno y mantuvo su integridad. Hasta los enemigos de Daniel preferían admitir que “no pudieron encontrar ningún motivo de acusación ni evidencia alguna de corrupción, por cuanto él era fiel, y ninguna negligencia ni corrupción podía hallarse en él” (Dn 6:4).

John E. Goldingay, Daniel, (Dallas: Word, 1989), 16-17.

Puede que técnicamente las leyes sobre los alimentos no hayan sido el problema, ya que el vino era permitido por la ley judía y después vemos que Daniel encontró carne adecuada para comer en Babilonia (Dn 10:3). Sin embargo, parece que había un indicio de objeción a la dieta del rey que evoca los reparos de los Corintios acerca de comer carne sacrificada a los ídolos (1Co 8:1-13). La mejor explicación es la resistencia de Daniel a adaptarse a la cultura. Para más información sobre la idea de la adaptación, ver Goldingay, 19; Collins, 143; para conocer más acerca de la idea de la dieta del rey como algo inapropiado, ver Longman, 53.

Dios derribará los reinos paganos y los reemplazará con Su propio reino (Daniel 2)

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El capítulo 2 de Daniel presenta la visión de que Dios derrocará los reinos paganos y los reemplazará con Su propio reino.

Aunque Daniel estaba prosperando y sirviendo a Dios en medio de un territorio hostil, Nabucodonosor se estaba inquietando en el gobierno de su propia tierra, a pesar de que su poder era irrefutable. Sus sueños lo atormentaban por causa de su preocupación acerca de la seguridad de su imperio. En un sueño, Nabucodonosor vio una estatua que tenía varios elementos hechos de diferentes metales. La estatua era enorme, pero una roca la golpeó y “quedaron como el tamo de las eras en verano” que “el viento se… llevó sin que quedara rastro alguno de ellos”, pero la roca “que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte que llenó toda la tierra” (Dn 2:35). Los magos, encantadores y astrólogos de Nabucodonosor no le fueron de utilidad para interpretar su sueño (Dn 2:10–11), pero por la gracia de Dios Daniel supo cuál era el sueño —sin que el rey se lo dijera— y su interpretación (Dn 2:27–28).

El episodio contrasta la arrogancia de Nabucodonosor con la humildad y dependencia a Dios de Daniel. Nabucodonosor y su Babilonia eran un modelo del orgullo. De acuerdo con la interpretación de Daniel, los componentes enormes de metal de la estatua representaban los reinos de Babilonia y sus sucesores (Dn 2:31–45).[1] El saludo de los astrólogos al rey —“¡Oh rey, vive para siempre!” (Dn 2:4)— enfatiza la ostentación del rey de que él mismo es la fuente de su poder y majestad. Sin embargo, Daniel le da dos mensajes impactantes:

  1. Tu reino no es el resultado de tus propias obras, sino que “eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha dado el reino, el poder, la fuerza y la gloria” (Dn 2:37). Así que todo tu orgullo es tonto y vano. 
  2. Tu reino está sentenciado. “Tal como viste que una piedra fue cortada del monte sin ayuda de manos y que desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El gran Dios ha hecho saber al rey lo que sucederá en el futuro. Así, pues, el sueño es verdadero y la interpretación fiel” (Dn 2:45). Aunque esto no va a ocurrir durante tu reinado, anulará tus supuestos logros poderosos.

En cambio, la humildad personal —y su gemelo, la dependencia en el poder de Dios— fue el arma secreta de Daniel para progresar. La humildad le permitió progresar, incluso en  una situación excepcionalmente nefasta, en la que debía informarle al rey que su propio reino sería destruido. Daniel negó cualquier habilidad personal propia, aclarando que solamente Dios tiene el poder y la sabiduría: “En cuanto al misterio que el rey quiere saber, no hay sabios, encantadores, magos ni adivinos que puedan declararlo al rey. Pero hay un Dios en el cielo que revela los misterios” (Dn 2:27–28a).

Asombrosamente, esta actitud humilde llevó al rey a perdonar —e incluso aceptar— el mensaje insolente de Daniel. Él estaba listo para ejecutar a todos sus astrólogos, pero “cayó sobre su rostro, se postró ante Daniel” (Dn 2:46), y luego “el rey engrandeció a Daniel y le dio muchos y espléndidos regalos, y le hizo gobernador sobre toda la provincia de Babilonia y jefe supremo sobre todos los sabios de Babilonia” (Dn 2:48). Nabucodonosor incluso llegó a creer en cierto nivel en Yahweh. “El rey habló a Daniel, y dijo: En verdad que vuestro Dios es Dios de dioses, Señor de reyes y revelador de misterios, ya que tú has podido revelar este misterio” (Dn 2:47).

Hoy día, esto ofrece dos puntos importantes para los cristianos en su trabajo:

  1. Dios terminará con la arrogancia, la corrupción, la injusticia y la violencia en todos los lugares de trabajo, aunque no necesariamente durante el tiempo que trabajemos allí. Esto constituye tanto un consuelo como un reto. Es un consuelo porque no somos responsables de corregir todos los males en nuestro lugar de trabajo, sino solo por actuar fielmente en nuestras esferas de influencia, y también porque la injusticia que podamos sufrir en el trabajo no es la realidad final de nuestro trabajo. Es un reto porque estamos llamados a oponernos al mal dentro de nuestros ámbitos de influencia, así nos cueste en nuestra carrera. Daniel estaba aterrorizado por la severidad del mensaje que tuvo que entregarle a Nabucodonosor: “Por tanto, oh rey, que mi consejo te sea grato: pon fin a tus pecados haciendo justicia, y a tus iniquidades mostrando misericordia a los pobres” (Dn 4:27).
  2. Debemos adoptar nuestra posición con humildad y no con arrogancia. Hemos visto cómo Daniel afirmó que la sabiduría no era suya. De igual forma, en el primer capítulo cuando se le ordena a Daniel que coma de la mesa del rey, él no respondió con arrogancia, sino que “pidió al jefe de los oficiales que le permitiera no contaminarse” (Dn 1:8). Entonces se tomó el tiempo de entender la situación desde el punto de vista del oficial. Aunque  permaneció fiel a sus principios, encontró un acuerdo mutuo que no puso a su jefe entre la espada y la pared: “Te ruego que pongas a prueba a tus siervos por diez días” (Dn 1:12). Como creyentes en el trabajo, podemos confundir el adoptar una posición firme por Cristo con la terquedad o la beligerancia.

Juntos, estos dos puntos ilustran las posibilidades y los peligros de aplicar el libro de Daniel a nuestras vidas laborales. Algunas veces reconocemos que para ser fieles a Dios, debemos cuestionar a las personas que tienen el poder. Pero a diferencia de Daniel, nos hace falta la recepción perfecta de la palabra de Dios. Solo porque creamos algo firmemente, no significa que en realidad viene de Dios. Por tanto, si hasta Daniel fue humilde en servicio a Dios, imagine cuán más humildes deberíamos ser. Una afirmación como, “Dios me dijo en un sueño que tendré un ascenso que me pondrá por encima de todos ustedes” es algo que probablemente no debamos compartir, sin importar qué tan firmemente lo creamos. Tal vez es mejor creer que Dios les dirá a las personas a nuestro alrededor lo que quiere que sepan, en vez de hacer que nosotros se los digamos.

Los metales de la imagen del capítulo 2 y los reinos bestiales del capítulo 7 son referencias paralelas a la sucesión de estos cuatro reinos terrenales: Babilonia, Medo Persia, Grecia y Roma; la interpretación alternativa que presupone el trabajo son afirmaciones del segundo siglo para Babilonia, Medo, Persia y Grecia.

Los sufrimientos que son recompensas por un testimonio fiel a Dios (Daniel 3)

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Por la gracia de Dios, la humildad de Daniel le permitió prosperar en la corte de Nabucodonosor, incluso mientras Dios estaba preparando la destrucción del imperio del rey. Aun así, Daniel y sus amigos estaban a punto de sufrir bajo un nuevo ataque de arrogancia de Nabucodonosor. A diferencia del primero y segundo capítulo, su fidelidad a Dios en el capítulo 3 es lo que los lleva al sufrimiento. Con todo, en medio de su sufrimiento, Dios los recompensó por su fidelidad.

Por un tiempo, parece como si Nabucodonosor renunciara a su arrogancia, se sometiera a Dios y evitara que su imperio fuera derribado por el poder de Dios. Sin embargo, desafortunadamente, el mismo sueño que llevó a Nabucodonosor a reconocer la mano de Dios sobre Daniel, también pudo ser lo que incitó al rey a construir una imagen de oro y obligar a todos sus súbditos a que la adoraran (Dn 3:1, 5–6). La construcción representaba el resurgimiento del orgullo del rey de Babilonia. Esta estructura gigante (de más de 27 metros) fue construida al nivel del “llano de Dura”, lo que exageraría la presencia imponente de la imagen (Dn 3:1).

Los astrólogos desprestigiados del rey vieron una oportunidad para vengarse de Daniel. Aprovechando el resurgimiento del orgullo de rey, acusaron a los amigos de Daniel de no adorar la imagen (Dn 3:8–12). Los amigos admitieron su culpa con prontitud y se rehusaron a postrarse ante la estatua, a pesar de la amenaza del rey de lanzarlos al horno de fuego (Dn 3:13–18). Después de años de acoplamiento exitoso a la tensión entre el ambiente pagano de la corte babilonia y su fidelidad a Dios, enfrentaron una situación en donde no se podía hacer una concesión sin violar su integridad. Anteriormente habían sido un ejemplo de cómo progresar al seguir a Dios en un ambiente hostil, pero ahora tenían que convertirse en ejemplos de cómo sufrir en el mismo ambiente.

Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron y dijeron al rey Nabucodonosor: No necesitamos darte una respuesta acerca de este asunto. Ciertamente nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente; y de tu mano, oh rey, nos librará. Pero si no lo hace, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has levantado. (Dn 3:16–18)

Es poco común que los cristianos que trabajan en la actualidad enfrenten una hostilidad tan extrema, al menos en el mundo occidental. Sin embargo, se nos podría pedir que hiciéramos algo que perturbe nuestra conciencia tranquila. O, más probablemente, podemos despertar un día y darnos cuenta de que ya hemos hecho adaptaciones respecto a los deseos de Dios para nuestro trabajo por medio de las metas que perseguimos, los poderes que ejercemos, las relaciones que no manejamos correctamente o las concesiones que hacemos. En cualquier caso, puede que llegue un día en el que reconozcamos que debemos hacer un cambio radical, tal como decir no, ser despedidos, renunciar, denunciar o defender a alguien más. Sería correcto esperar que al hacerlo, haya sufrimiento. El hecho de que estemos haciendo la voluntad de Dios no quiere decir que Dios vaya a evitar que enfrentemos las consecuencias impuestas por las autoridades. Trabajar como cristianos no es otro atajo al éxito, sino que trae el peligro constante del sufrimiento.

Este incidente es especialmente conmovedor, ya que demuestra que Daniel y sus amigos vivían en el mismo mundo en el que vivimos nosotros. En nuestro mundo, si usted se enfrenta a un jefe por una cuestión de, por ejemplo, acoso sexual o falsificación de datos, lo más probable es que sea castigado, marginado, culpado, malinterpretado y hasta despedido. Incluso si logra acabar con el abuso y sacar del poder al ofensor, su reputación puede sufrir un daño irreparable. Es tan difícil probar que tenía la razón, y las personas están tan reacias a involucrarse, que la institución puede decidir protegerse a sí misma deshaciéndose de usted junto con el verdadero ofensor. Aparentemente, Sadrac, Mesac y Abed-nego no esperaban menos, ya que de inmediato reconocieron la posibilidad de que Dios no interviniera en su caso. “Ciertamente nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente; y de tu mano, oh rey, nos librará. Pero si no lo hace, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses” (Dn 3:17–18). A pesar de todo, lo correcto para ellos era ser fieles a Dios, sea que este fuera o no el camino al éxito.

En esta situación son un verdadero ejemplo para nosotros. Es necesario aprender a decir de forma clara lo que es correcto, con humildad, en nuestros lugares de trabajo. El general Peter Pace, un expresidente del Comité de Jefes del Estado Mayor Conjunto del ejército de los Estados Unidos dice, “he llegado a admirar realmente algo que llamo valentía intelectual. Es la habilidad de sentarse en una sala llena de personas muy poderosas, ver que la conversación va en cierta dirección, darse cuenta de que algo no está bien y tener la osadía de decir, ‘mi perspectiva es diferente por las siguientes razones’”.[1] En la práctica y por lo general, la valentía es el resultado de estar preparados. Los amigos de Daniel conocían los peligros inherentes de su posición y estaban preparados para enfrentar las consecuencias de mantenerse firmes en sus convicciones. Debemos estar conscientes de dónde están los límites éticos en nuestro lugar de trabajo y pensar detenidamente con antelación cuál sería nuestra respuesta si nos pidieran que hiciéramos algo contrario a la palabra de Dios. El consejo de un maestro de toda la vida de la Escuela de Negocios de Harvard es, “en cada empleo que tome, debe tener claro con anticipación qué situaciones lo pueden llevar a renunciar y debe practicar su discurso de renuncia. De lo contrario, puede que se deje llevar paso a paso y resulte haciendo casi cualquier cosa”.[2]

Peter Pace, “General Peter Pace: The Truth as I Know It” [General Peter Pace: mi perspectiva de la realidad], entrevista realizada por Al Erisman y David Gautschi, Ethix 61, Septiembre/Octubre del 2008, http://ethix.org/2008/10/01/the-truth-as-i-know-it.

Relato de un corresponsal anónimo para el proyecto de la Teología de Trabajo, Abril del 2010.

La humillación del rey pagano (Daniel 4)

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Los capítulos 4 y 5 del libro de Daniel deben leerse de manera conjunta. El tema de ambos es la humillación o el derrocamiento del reino pagano. La magnificencia de Babilonia es el entorno común en donde vemos la humillación de Nabucodonosor en el capítulo 4 y la caída del rey Belsasar en el capítulo 5.

En el capítulo 4, tanto la magnificencia de Babilonia como la arrogancia del rey alcanzaron su apogeo, pero una vez más, los sueños del rey lo inquietaron. Él vio un árbol enorme cuya “copa llegaba hasta el cielo” (Dn 4:11), que proveía fruto y abrigo para todos los animales. Sin embargo, “un vigilante, un santo, [que] descendió del cielo” (Dn 4:13) ordenó que se cortara el árbol y se dispersaran los animales. En el sueño, la cepa se convierte en un hombre cuya mente fue cambiada por la de un animal y quien fue obligado a vivir entre los animales y las plantas por un largo periodo (Dn 4:13–16). El rey le ordenó a Daniel que interpretara el sueño, haciendo que Daniel tuviera que volver a darle noticias desagradables a un monarca emocionalmente inestable (Dn 4:18–19). La interpretación fue que el árbol representaba a Nabucodonosor mismo quien, como castigo por su arrogancia, se volvería loco y sería obligado a vivir como un animal salvaje hasta que reconociera que “el Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que lo da a quien le place” (Dn 4:25). A pesar de la cruda advertencia, Nabucodonosor persistió en su orgullo, incluso jactándose, “¿No es ésta la gran Babilonia que yo he edificado como residencia real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?” (Dn 4:30). Como resultado, fue castigado como su sueño lo predijo (Dn 4:33).

Sin embargo, es posible que la interpretación confrontante de Daniel marcara una diferencia ya que, luego de un largo periodo en lugares silvestres, el rey se arrepintió y glorificó a Dios y recuperó tanto su cordura como su reino (Dn 4:34–37). La firmeza de las palabras de Daniel no persuadió al rey para que dejara su arrogancia antes de que llegara el desastre, pero sí abrió una puerta para el arrepentimiento y la restauración del rey después del hecho.

Algunas veces, asumir una posición firme que sea respetuosa y basada en principios también puede dar lugar a una transformación de nuestros lugares de trabajo. Un asesor en una empresa de consultoría de gestión internacional —a quien llamaremos Vince— relata una historia sobre el trato con una persona prepotente.[1] A Vince lo pusieron a cargo de un grupo de empleados jóvenes y prometedores en una compañía industrial grande que era cliente de la empresa. Al comienzo del proyecto, un socio principal de la empresa le estaba dando unas palabras de ánimo al equipo y uno de los miembros del equipo del cliente —a quien llamaremos Gary— lo interrumpió. Gary comenzó a cuestionar la validez del proyecto. “Antes de que nos embarquemos en este proyecto”, dijo Gary, “creo que deberíamos evaluar si empresas de consultoría como la suya en realidad aportan algo valioso a sus clientes. He estado leyendo algunos artículos que dicen que es posible que esta clase de estudio no sea tan útil como se cree”. El socio principal encontró una forma de continuar con su discurso, pero después le dijo a Vince, “saca a Gary del equipo”. Vince —consciente del mandato de Jesús de perdonar a un hermano setenta veces siete (Mt 18:22)— pidió permiso para ver si podía hacer que Gary cambiara su actitud. Él dijo, “no parece justo perjudicar su carrera por un error, por grande que fuera”. A lo que el socio le respondió, “tienes dos semanas y también te estás poniendo en riesgo”. Por la gracia de Dios —según Vince— Gary se dio cuenta de la validez del proyecto y se volcó al trabajo con entusiasmo. El socio reconoció el cambio y, al final del proyecto, le dio un reconocimiento especial a Gary en el banquete de clausura. La posición firme de Vince hizo la diferencia tanto para Gary como para su compañía.

El nombre se oculta por solicitud de la fuente. Entrevista por teléfono realizada por William Messenger, Enero 17 del 2010.

El derrocamiento del reino pagano (Daniel 5)

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El capítulo 5 va de la humillación del rey pagano a la destrucción absoluta del imperio babilonio. Pocos imperios fueron tan extravagantes como Babilonia en el mundo antiguo.[1] Era una fortaleza inexpugnable que tenía dos murallas, una interna y otra externa, la cual tenía casi dieciocho kilómetros de largo y poco más de doce metros de alto. Un bulevar procesional conducía a la gran Puerta de Ishtar, una de las ocho puertas de la ciudad, la cual tenía ladrillos de color azul brillante. La ciudad contaba con cincuenta templos y numerosos palacios. Los afamados “jardines colgantes”, que conocemos esencialmente gracias a los historiadores antiguos, era una de las siete maravillas del mundo. Sin embargo, luego de la muerte del intimidatorio Nabucodonosor en el año 562 a. C., la ciudad tardó apenas veinte años en caer. El rey persa Ciro (559–530 a. C.) tomó la ciudad en el año 539 a. C. sin que hubiera una resistencia significativa.

Este cambio trascendental en el paisaje político se relata desde la perspectiva de lo que ocurrió en el palacio del nuevo gobernador, Belsasar, la noche de la caída de la ciudad.[2] Belsasar, en un banquete suntuoso, contaminó los vasos judíos sagrados del templo de Jerusalén y blasfemó al Señor mientras la cena se convirtió en una orgía de ebrios (Dn 5:1–4). Entonces, “de pronto aparecieron los dedos de una mano humana y comenzaron a escribir frente al candelabro sobre lo encalado de la pared” (Dn 5:5). Belsasar, el gobernante orgulloso del magnífico imperio de Babilonia, estaba tan asustado por la escritura en la pared que su rostro palideció y sus rodillas chocaban una contra la otra (Dn 5:6). Ni él ni sus encantadores, astrólogos ni adivinos pudieron entender lo que significaba (Dn 5:7–9), solamente Daniel pudo entender el mensaje de condenación: “al Dios que tiene en Su mano tu propio aliento y es dueño de todos tus caminos, no has glorificado… has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso... tu reino ha sido dividido y entregado a los medos y persas” (Dn 5:23, 27–28). Y de hecho, “aquella misma noche fue asesinado Belsasar, rey de los caldeos. Y Darío el medo recibió el reino” (Dn 5:30–31).

Al final, Dios sí acaba con el reino malvado. La gran esperanza del pueblo de Dios es la victoria definitiva del Señor, no nuestra propia efectividad. En cualquier caso, debemos florecer donde estamos plantados y si surge la oportunidad, podemos y debemos hacer la diferencia. El modelo que vemos en todas las páginas del libro de Daniel es de participación, no de aislamiento. Sin embargo, nuestra participación en el mundo no está basada en la esperanza de lograr un cierto grado de éxito o que Dios nos haga inmunes a los sufrimientos que vemos a nuestro alrededor. Está basado en el conocimiento de que todo lo bueno que ocurre en medio del mundo caído es solo una muestra de la incomparable bondad que veremos cuando Dios traiga Su propio reino a la tierra. Al final, es más importante preguntar, “¿del lado de quién está usted?” que “¿qué ha hecho por mí últimamente?”

Evelyn Klengel-Brandt, “Babylon” [Babilonia] en The Oxford Encyclopedia of Archaeology in the Near East [Enciclopedia de Oxford de arqueología en el Cercano Oriente], ed. Eric M. Meyers (Oxford: Oxford University Press, 1997), 251–56; Bill T. Arnold, Who Were the Babylonians? [¿Quiénes eran los babilonios?] (Atlanta: Society of Biblical Literature, 2004), 96–99.

Belsasar no era descendiente de Nabucodonosor; era hijo y corregente del rey Nabonido (556–539 a. C.), quien tuvo que llegar al trono por medio de un golpe militar.

Los sufrimientos y las recompensas por un testimonio fiel a Dios en el proceso (Daniel 6)

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El capítulo 6 retoma una cuestión que se presenta primero en el capítulo 3 —que quienes tienen un testimonio fiel a Dios experimentan sufrimientos y recompensas, incluso durante la existencia del reino pagano. El capítulo 6 narra una conspiración contra la vida de Daniel que ocurrió en el reino del monarca persa Darío el Grande (522–486 a. C.). La idoneidad de Daniel le permitió obtener un ascenso y llegó a gobernar todo el nuevo imperio, siendo subordinado solamente del rey mismo (Dn 6:3). Pero sus rivales tramaron un plan que sacó partido de la única vulnerabilidad que tenía —su hábito diario de orar a su Dios. Los conspiradores engañaron a Darío para que decretara una prohibición de todas las expresiones religiosas durante treinta días, excepto por la oración dirigida al rey. El castigo era la muerte en el foso de los leones. Para su gran aflicción, Darío no pudo anular la orden, ya que de acuerdo con la tradición, “la ley de los medos y persas… no puede ser revocada” (Dn 6:8). Aunque Darío era el hombre más poderoso de la época, ató sus propias manos e hizo imposible el rescate de su administrador favorito. El rey le dijo a Daniel, “Tu Dios, a quien sirves con perseverancia, Él te librará” (Dn 6:16). Y en efecto, el ángel del Señor logró lo que el rey quiso pero no pudo hacer. Daniel fue lanzado al foso de los leones en la noche, pero salió en la mañana sin ninguna herida (Dn 6:17–23). Esto hizo que el rey proclamara un decreto de reverencia al Dios de Daniel y que anulara la amenaza de aniquilar a los judíos por adorar a Dios (Dn 6:26–27). Ni siquiera las leyes implacables de los medos y persas pudieron asegurar el fin del pueblo de Dios. El poder de Dios superó el engaño del ser humano y las imposiciones de la realeza.

Sin embargo, Daniel sí experimentó lo que muchos llamaríamos el sufrimiento en el proceso. Aunque eventualmente fue librado, ser el blanco de un intento de asesinato patrocinado por el gobierno (Dn 6:4–6) debió ser una experiencia difícil. Asimismo, desafiar abiertamente el edicto del rey por cuestiones de conciencia (Dn 6:10–12) fue un acto peligroso y valiente. Daniel fue arrestado inmediatamente y lanzado en un foso de leones (Dn 6:16–17). No debemos dejar que la liberación eventual de Daniel (Dn 6:21–23) nos lleve a pensar que la experiencia no fue dolorosa y perturbadora, por no decir más. Hay tres lecciones que podemos aprender del testimonio fiel a Dios de Daniel:

  1. Daniel no se limitó a hacer las tareas que estaba seguro que lograría en sus propias fuerzas. ¡No hay forma de practicar el ser lanzado en un foso de leones! Sino que hizo su trabajo diario en dependencia de Dios. Daniel oraba tres veces al día (Dn 6:10) y reconocía a Dios en todos los aspectos difíciles que enfrentaba. Nosotros también tenemos que reconocer que no podemos cumplir nuestro llamado por cuenta propia.
  2. Daniel fue la personificación del llamado que Jesús dio tiempo después de ser sal y luz (Mt 5:13–16) en nuestro trabajo. Hasta sus enemigos tuvieron que admitir, “No encontraremos ningún motivo de acusación contra este Daniel a menos que encontremos algo contra él en relación con la ley de su Dios” (Dn 6:5). Lo anterior significa que en las situaciones difíciles pudo responder con la verdad y propició un cambio real. Esto ocurre varias veces en las que Daniel y sus amigos defienden con cuidado y firmeza la verdad y desencadenan un nuevo decreto del rey (Dn 2:46–49; 3:28–30; 4:36–37; 5:29; 6:25–28).
  3. El éxito de Daniel en propiciar el cambio demuestra que a Dios le interesan las cuestiones cotidianas del gobierno en una sociedad quebrantada. Que Dios tenga la intención de reemplazar eventualmente el régimen actual no significa que no le interese convertirlo en uno más justo, más fructífero y más habitable ahora. A veces no interactuamos con Dios en nuestro trabajo porque creemos que a Dios no le parece importante nuestro trabajo. Sin embargo, todos los trabajadores deben saber que todas las decisiones son importantes para nuestro Dios. La pregunta que la teología de Daniel le plantea al trabajador es “¿cuál reino edifica usted?” Daniel fue excelente en su oficio trabajando en nombre de los reinos del mundo y además mantuvo su integridad como ciudadano del reino de Dios. Su servicio a los reyes paganos fue su servicio para los propósitos de Dios. Los trabajadores cristianos debemos trabajar bien en el presente, sabiendo que la importancia de nuestro trabajo se encuentra en y trasciende el aquí y ahora.

Dios derribará los reinos paganos y los reemplazará con Su propio reino (Daniel 7)

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El capítulo 7 nos lleva de regreso al primer tema del libro de Daniel —que algún día Dios reemplazará los reinos corruptos de este mundo con Su propio reino. Igual que Daniel y sus amigos, por la gracia de Dios podemos encontrar una forma de salir adelante —e incluso de progresar— como exiliados temporales aquí. Aun así, la esperanza suprema que tenemos no se encuentra en sacar el mayor provecho de la situación actual, sino en esperar con seguridad el gozo del reino venidero de Dios.

Por lo tanto, la perseverancia se convierte en una virtud crucial. Tenemos que perseverar hasta que Cristo regrese a poner todo en orden. La perseverancia es una virtud que recibe alabanza en la filosofía clásica y en la tradición judeo-cristiana. Algunas veces la encontramos en frases que se citan, como la declaración de Einstein, “No es que yo sea muy inteligente, sino que le dedico más tiempo a resolver los problemas”. El Nuevo Testamento confirma el valor de la perseverancia: “Bienaventurado el hombre que persevera bajo la prueba, porque una vez que ha sido aprobado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman” (Stg 1:12). La perseverancia en la vida del creyente tiene como origen y fundamento al Señor Dios. No es una cuestión de integridad humana u honor. La entereza cristiana reposa sobre la veracidad de las promesas eternas del pacto de Dios.

Desde el capítulo 7, el libro de Daniel pasa a ser de género francamente apocalíptico. La literatura apocalíptica, una clase especial de predicción profética, describe los eventos catastróficos de los últimos días y se encontraba en muchas partes de la literatura temprana judía y la cristiana. Entre sus rasgos se encuentran un simbolismo abundante (capítulo 7), la descripción de la batalla final universal entre el bien y el mal (Dn 11:40–12:4) y un intérprete celestial que explica el significado de la visión de profeta (Dn 7:16, 23; 8:15; 9:21–23; 10:14). Al profeta se le exhorta a perseverar fielmente hasta que la visión sea cumplida (Dn 7:25–27; 9:24; 10:18–19; 12:1–4, 13). Esta forma literaria acentúa el mensaje del autor acerca de la perseverancia.

Los capítulos 7 al 12 relatan la forma en la que Daniel tuvo unas visiones inquietantes, las cuales comunica en primera persona. El resultado es una serie de profecías que pronostican las tribulaciones del pueblo de Dios en manos de líderes despóticos, pero que termina en un triunfo que asegura el libertador designado por Dios. El libro concluye exhortando a Daniel a ser perseverante: “Bienaventurado el que espere y llegue a mil trescientos treinta y cinco días. Mas tú, sigue hasta el fin; descansarás y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días” (Dn 12:12–13).

La opresión en contra del pueblo de Dios es un tema constante en estos capítulos (Dn 7:21, 25; 9:26; 10:1). El opresor —Antíoco IV Epífanes,[1] como lo reveló la historia —es descrito en imágenes surrealistas perturbadoras. Él es el “cuerno pequeño” (la abominación de la desolación” en Dn 11:31 y el “hombre despreciable” en Dn 11:21), que rechaza a los dioses tradicionales de sus ancestros para hacerse a sí mismo la deidad suprema.

El mensaje de confianza en los capítulos 7 al 12 para los trabajadores es la garantía de una cuenta final que recompensará justamente el trabajo fiel que hacemos en la vida. En el aquí y ahora, el trabajo bueno no siempre recibe una recompensa acorde con sus honorables contribuciones a la sociedad. En muchos casos, sus resultados ni siquiera son visibles para nosotros. Aunque Daniel y sus amigos hicieron que muchas veces los reyes cambiaran de opinión, no pasó mucho tiempo antes de que esos reyes volvieran a pensar como antes. De igual forma en el trabajo, nuestro rol como sal y luz puede frenar el mal, pero con frecuencia no llevará a un cambio permanente. Esto no disminuye nuestra responsabilidad en ser sal y luz, pero los frutos de nuestra labor no serán totalmente visibles hasta que el reino de Dios se haya cumplido.

John Whitehorse, “Antiochus” [Antíoco], en The Anchor Bible Dictionary [Diccionario bíblico Anchor], ed. David Noel Freedman, vol. 1 (Nueva York: Doubleday, 1992), 269–70.

Conclusiones de Daniel

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El libro de Daniel presenta una imagen esperanzadora de la forma en la que el pueblo de Dios puede sobrevivir e incluso progresar en un ambiente hostil por medio de una permanencia fiel en Dios. De acuerdo con el libro de Daniel, Dios tiene un interés profundo en la vida diaria de los individuos y las sociedades en un mundo quebrantado. Dios interviene directamente en la vida cotidiana y también le da a Daniel regalos milagrosos que hacen posible que progrese bajo un régimen opresor. Sin embargo, el libro de Daniel no promete de ninguna manera el éxito en el mundo como una recompensa por la fidelidad. En cambio, promete tanto sufrimiento como recompensas en la vida mortal y por lo tanto demuestra que la fidelidad y la integridad son la clave para vivir bien en esta vida así como en el reino venidero de Dios.

Daniel y sus amigos ejemplifican muchas aplicaciones prácticas para los cristianos en el trabajo: participar en la cultura, adoptar hábitos para toda la vida que construyen fidelidad y virtud, compartir en comunión con compañeros de trabajo cristianos, adoptar un estilo de vida modesto, formar amistades con personas no creyentes, mostrar una humildad genuina, asumir una posición firme basada en principios en las situaciones del trabajo, aceptar los retos que sabemos que no podemos alcanzar sin la ayuda de Dios, traer sal y luz a nuestros lugares de trabajo, trabajar con excelencia y diligencia en cualquiera que sea nuestro trabajo, esperar el sufrimiento como un resultado de la fidelidad cristiana en el lugar de trabajo y perseverar hasta que Dios lleve Su reino —y nuestra labor fiel— a buen término. No es posible saber con anticipación si nuestra fidelidad a los caminos de Dios resultará en el éxito o el fracaso en el mundo, así como los amigos de Daniel tampoco sabían si se salvarían en el horno de fuego o si serían consumidos por las llamas. Sin embargo, así como ellos, podemos reconocer que lo que realmente importa es servir a Dios en nuestro trabajo.