Lucas y el trabajo : 96

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Lucas y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción a Lucas

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El Evangelio de Lucas proclama a Jesús como el rey que viene al mundo. Él es designado por Dios y Su reino restaurará todo lo que se estropeó después de la rebelión y la caída de la humanidad que comenzaron con Adán y Eva. En el presente, gran parte del mundo está gobernado por personas que son rebeldes en contra de la autoridad de Dios. Pero a pesar de eso, este mundo es el reino de Dios y los aspectos cotidianos —incluyendo el trabajo— son aspectos del reino de Dios. A Dios le interesa profundamente la gobernanza, la productividad, la justicia y la cultura de este mundo.

Jesús es tanto el rey como el modelo a seguir para todos los que tienen una autoridad menor. Aunque los cristianos acostumbramos llamar “rey” a Jesús, de alguna forma este título se ha convertido para muchos de nosotros en algo principalmente religioso, en vez de referirse a un reino real. Decimos que Jesús es el rey, pero con frecuencia lo que queremos decir es que es el rey de los sacerdotes. Pensamos que es el fundador de una religión, pero Lucas demuestra que es el refundador de un reino: el reino de Dios en la tierra. Cuando Jesús está presente personalmente, hasta Satanás y sus secuaces reconocen Su autoridad (por ejemplo, Lc 8:32) y Su poder es incuestionable. Después de que regresa temporalmente al cielo, Su modelo les muestra a los ciudadanos de Su reino cómo ejercer la autoridad y el poder en Su lugar.

El liderazgo de Jesús se extiende a todos los aspectos de la vida, incluyendo el trabajo y por esto, no es sorprendente que el Evangelio de Lucas tenga una amplia aplicación en el trabajo. Lucas les presta bastante atención a los temas relacionados con el trabajo, tales como la riqueza y el poder, la economía, el gobierno, el conflicto, el liderazgo, la productividad, la provisión y las inversiones, como lo veremos más adelante. Avanzaremos a grandes rasgos en el orden del texto de Lucas, aunque ocasionalmente tomaremos pasajes fuera del orden para poder considerarlos en una misma sección con otros que comparten el mismo tema. No intentaremos discutir los pasajes que contribuyen poco al entendimiento del trabajo, los trabajadores y los lugares de trabajo. Puede que sea sorprendente lo mucho  que el Evangelio de Lucas se relaciona con el trabajo.

El trabajo de Dios (Lucas 1-2; 4)

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El sorprendente día de Zacarías en el trabajo (Lucas 1:8–25)

El Evangelio de Lucas comienza en un lugar de trabajo, lo que le da continuidad a la larga historia de apariciones de Yahweh en distintos lugares de trabajo (por ejemplo, Gn 2:19–20; Éx 3:1–5). Zacarías recibe la visita del ángel Gabriel en el día de trabajo más importante de su vida —el día en que fue escogido para servir en el lugar santo del templo de Jerusalén (Lc 1:8). Aunque puede que no acostumbremos considerar el templo como un lugar de trabajo, los sacerdotes y levitas allí trabajaban degollando los animales para el sacrificio (ya que estos no se suicidaban), cocinando, trabajando en conserjería, contabilidad y una gran variedad de otras actividades. El templo no era simplemente un centro religioso, era el centro de la vida económica y social de los judíos. A Zacarías le impacta profundamente su encuentro con el Señor y es incapaz de hablar hasta que ha dado testimonio de la verdad de la palabra de Dios.

El buen pastor se les aparece a los pastores (Lucas 2:8–20)

El próximo encuentro en un lugar de trabajo ocurre algunos kilómetros más adelante del templo. En la noche, un grupo de pastores que cuidan sus rebaños reciben la visita de un ángel que les anuncia el nacimiento de Jesús (Lc 2:9). Por lo general, a los pastores se les consideraba personas despreciables y las demás personas los miraban por encima del hombro. Sin embargo, Dios los mira con bondad. Como con Zacarías el sacerdote, Dios interrumpe la jornada de los pastores de una forma sorprendente. Lucas describe una realidad en la que un encuentro con el Señor no se reserva para los domingos, los retiros o los viajes misioneros. En vez de eso, cada momento aparece como un momento potencial en el que Dios se puede revelar. El trabajo pesado del día puede llegar a embotar nuestros sentidos espirituales, como en la generación de Lot, quienes “comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían”, una rutina que los cegaba al juicio venidero sobre su ciudad (Lc 17:28–30).[1] Pero Dios es capaz de irrumpir en medio de la vida cotidiana con Su bondad y Su gloria.

La descripción del cargo de Jesús: rey (Lucas 1:26–56; 4:14–22)

Si parece extraño que Dios anuncie Su plan para salvar al mundo en medio de dos lugares de trabajo, puede parecer incluso más extraño que presente a Jesús con una descripción de Su cargo. Pero lo hace, cuando el ángel Gabriel le dice a María que va a dar a luz a un hijo: “Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de Su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y Su reino no tendrá fin” (Lc 1:32–33).

Aunque tal vez no estemos acostumbrados a pensar que el cargo de Jesús es “rey de Israel”, este es en definitiva Su trabajo de acuerdo con el Evangelio de Lucas. Aquí se presentan los detalles de Su función como rey: realizar actos poderosos, dispersar a los orgullosos, quitar a los poderosos de sus tronos, exaltar a los humildes, darle cosas buenas al que no tiene, despedir a los ricos con las manos vacías, ayudar a Israel y mostrarle misericordia a los descendientes de Abraham (Lc 1:51–55). Estos famosos versículos, conocidos como Magníficat, presentan a Jesús como un rey que ejerce el poder económico, político e incluso tal vez el militar. A diferencia de los reyes corruptos del mundo caído, Él usa Su poder para el beneficio de Sus súbditos más vulnerables. Él no se congracia con los poderosos y con los que tienen buenas relaciones con personas importantes con el fin de fortalecer Su dinastía. Él no oprime a Su pueblo ni les cobra impuestos para pagar hábitos lujosos, sino que establece un reino gobernado apropiadamente en donde la tierra produce cosas buenas para todos, seguridad para el pueblo de Dios y misericordia para aquellos que se arrepienten del mal que han hecho. Él es el rey que Israel nunca ha tenido.

Más adelante, Jesús confirma esta descripción de Su cargo cuando aplica para Sí mismo Isaías 61:1–2: “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del Señor” (Lc 4:18–19). Estas son tareas políticas y gubernamentales. Por tanto, al menos en Lucas, la ocupación de Jesús está relacionada más de cerca con el trabajo político del presente que con las profesiones actuales de pastoreo o religiosas.[2] Jesús es bastante respetuoso con los sacerdotes y con su rol especial en la disposición de Dios, pero no se identifica primordialmente como uno de ellos (Lc 5:14; 17:14).

Las tareas que Jesús se atribuye a Sí mismo benefician a las personas que tienen necesidades. A diferencia de los gobernantes del mundo caído, Él gobierna a favor de los pobres, prisioneros, ciegos, oprimidos y los que han quedado en deuda (cuyas tierras se les regresan durante el año del jubileo; ver Lv 25:8–13). Pero no solo se interesa por los que tienen necesidades desesperadas, sino también las personas en todos los rangos y condiciones, como veremos más adelante. Sin embargo, Su interés por los pobres, los que sufren y los vulnerables lo distingue claramente de los gobernadores a los que ha venido a reemplazar.

Fíjese también en los hombres de la parábola que rechazan la invitación al banquete de bodas porque necesitan ver un terreno (Lc 14:18) y unos bueyes (Lc 14:19) que compraron recientemente. En vez de estar disponibles para encontrar a Dios en su trabajo, usan el trabajo como un medio para rehuir a Dios.

Incluso los libros que llaman a Jesús la “cabeza de la iglesia” —es decir, Efesios (4:15, 5:23) y Colosenses (1:18)— también se refieren a Él como la “cabeza sobre todas las cosas” (Ef 1:22) y la “cabeza sobre todo poder y autoridad” (Col 2:10). Cristo es el jefe de Estado, la cabeza de todas las cosas —o lo será, cuando se complete la redención del mundo— de las cuales la iglesia es una parte especial.

Jesús llama a las personas al trabajo (Lucas 5:1-11; 27-32)

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En dos ocasiones, Jesús va a los lugares de trabajo de ciertas personas a pedirles que lo sigan. El primero es cuando logra que algunos pescadores interrumpan su trabajo y le permitan usar su bote como tarima. Luego de esto, les da algunos consejos excelentes de pesca y de repente los llama a convertirse en Sus primeros discípulos (Lc 5:1–11). El segundo es cuando llama a Leví, quien está trabajando en la recaudación de impuestos (Lc 5:27–32). Estas personas son llamadas a seguir a Jesús y dejar sus profesiones. Tendemos a considerarlos como trabajadores eclesiales de tiempo completo, pero una descripción más precisa sería “embajadores” de tiempo completo (2Co 5:20). Aunque estos individuos son llamados a una clase particular de trabajo en el reino de Jesús, Lucas no está diciendo que algunos llamados (por ejemplo, a ser predicador) sean más honrosos que otros (por ejemplo, ser pescador). Algunos de los seguidores de Jesús —como Pedro, Juan y Leví— lo siguen dejando su empleo (Lc 5:11), pero pronto conoceremos a otros —tales como María y Marta (Lc 10:38–41), otro recaudador de impuestos llamado Zaqueo (Lc 19:1–10) y un oficial militar romano (Lc 1–10)— que siguen a Jesús en su trabajo, demostrando que sus vidas han sido transformadas. En un caso particular (Lc 8:26–39), Jesús le ordena a una persona que no abandone su hogar para viajar con Él.

Los que viajan con Jesús, según parece, dejan el trabajo que les provee un salario y dependen de las donaciones para su provisión (Lc 9:1–6; 10:1–24). Esta no es una señal de que la mejor forma de ser discípulo es abandonar nuestro trabajo. Es cambio, es un llamado específico para esos individuos y un recordatorio de que toda nuestra provisión viene de Dios, incluso si Él nos provee comúnmente por medio de un empleo convencional. Existen muchas formas de seguir a Cristo en nuestras distintas ocupaciones. (Para más información acerca del llamado de Jesús a los discípulos, ver “Marcos 1:16–20” en “Marcos y el trabajo” y “Mateo 3–4” en “Mateo y el trabajo”).

Jesús no solamente se manifiesta en lugares de trabajo, sino que también los usa para contextualizar muchas de sus parábolas, incluyendo la de los retazos y los odres (Lc 5:36–39), los constructores sabios y necios (Lc 6:46–49), el sembrador (Lc 8:4–15), los siervos vigilantes (Lc 12:35–41), el siervo infiel (Lc 12:42–47), la semilla de mostaza (Lc 13:18–19), la levadura (Lc 13:20–21), la oveja perdida (Lc 15:1–7), la moneda perdida (Lc 15:8–10), el hijo pródigo (Lc 15:11–32) y los labradores malvados (Lc 20:9–19). Jesús recurre a los lugares de trabajo cuando quiere decir, “El reino de Dios es semejante a…” Por lo general, estos pasajes no tienen el propósito de enseñar sobre los lugares de trabajo en donde ocurren, aunque algunas veces sí proporcionan algunas pautas respecto al trabajo. En vez de eso, Jesús usa aspectos conocidos de lugares de trabajo principalmente para hacer observaciones acerca del reino de Dios que trascienden los contextos particulares de las parábolas. Esto indica que el trabajo común tiene una gran importancia y valor para Jesús, ya que de otra manera, no tendría sentido ilustrar el reino de Dios en términos laborales.

Juan el bautista enseña acerca de la ética laboral (Lucas 3:8-14)

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Gran parte del libro de Lucas presenta la enseñanza de Jesús. Casualmente, la primera enseñanza en Lucas se trata directamente del trabajo, aunque viene de Juan el bautista y no de Jesús. Juan exhorta a su audiencia a dar “frutos dignos de arrepentimiento” (Lc 3:8) para que no tengan que enfrentar juicio. Cuando le preguntan específicamente, “¿qué, pues, haremos?” (Lc 3:10, 12, 14), Juan responde en términos económicos, no religiosos. Primero, les dice a aquellos que tienen abundancia de posesiones (dos túnicas o abundante alimento) que compartan con los que no tienen nada (Lc 3:10). Luego les da instrucciones relacionadas directamente con su trabajo a los recaudadores de impuestos y a los soldados. Los recaudadores de impuestos debían cobrar solamente lo que se les exige, en vez de agrandar la factura fiscal y guardarse la diferencia. Los soldados no debían usar su poder para extorsionar y acusar falsamente a otros y debían estar contentos con su sueldo (Lc 3:13–14).

Cuando Juan les dice a los recaudadores de impuestos, “No exijáis más de lo que se os ha ordenado” (Lc 3:13), le estaba hablando de forma drástica a una profesión marcada por la injusticia arraigada y sistémica. Los impuestos en toda Palestina se recogían por medio de un sistema de “agricultura tributaria” en el que los gobernadores y otros oficiales de alto rango delegaban el derecho de cobrar impuestos en sus jurisdicciones.[1] Con el fin de ganar un contrato, un recaudador potencial de impuestos debía acceder a darle al oficial cierta cantidad más allá del impuesto romano real. De igual manera, la ganancia de los recaudadores de impuestos era lo que cobraban por encima de lo que les entregaban a los oficiales gubernamentales. Ya que el pueblo no tenía forma de saber cuál era el impuesto romano real, tenían que pagar la cantidad que el recaudador de impuestos les cobrara. Habría sido difícil resistir la tentación de enriquecerse y casi imposible ganar concursos sin ofrecer grandes ganancias a los oficiales del gobierno.

Note que Juan no les ofrece la opción de dejar de ser recaudadores de impuestos. Esta situación es similar a la de aquellos que Lucas llama “soldados”. Es probable que estos no sean soldados romanos disciplinados sino empleados de Herodes, quien en esa época reinaba sobre Galilea como un rey cliente de Roma. Los soldados de Herodes podían usar su autoridad para intimidar, extorsionar y asegurar su propio beneficio, y fue lo que hicieron. La instrucción de Juan a estos trabajadores es que traigan justicia a un sistema que ha sido profundamente marcado por la injusticia. No debemos subestimar la dificultad que esto representaba. Tener la ciudadanía del reino de Dios mientras se vive bajo el reino de los reyes del mundo caído puede ser peligroso y difícil.

John Nolland, Luke 1–9:20 [Lucas 1–9:20], vol. 35a, Word Biblical Commentary [Comentario bíblico de la Palabra] (Nashville: Thomas Nelson, 1989), 150: “Los recaudadores de impuestos tenían que trabajar en un contexto social con estructuras definidas por sobornos y corrupción. El recaudador de impuestos honesto enfrentaba problemas semejantes a los que enfrenta hoy un hombre de negocios que busca actuar sin corrupción en relación con las burocracias de ciertos países”. Robert H. Stein, Luke [Lucas] (Nashville: Broadman, 1992), 134: “Es probable que estos no fueran soldados romanos sino judíos contratados por Herodes Antipas (comparar con Josefo, Antigüedades judías 18.5.1 [18.113]), tal vez para ayudar a los recaudadores de impuestos en sus tareas. A los soldados… [Jesús] no les exigía que renunciaran, sino que evitaran los pecados inherentes a su profesión, es decir, la intimidación violenta (‘la extorsión’), el robo por medio de la acusación falsa y la insatisfacción con los salarios (o tal vez ‘raciones’).”

Jesús es tentado a dejar de servir a Dios (Lucas 4:1-13)

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Justo antes de que Jesús comenzara Su trabajo como rey, Satanás lo tienta para que deje de serle fiel a Dios. Jesús va al desierto, en donde ayuna por cuarenta días (Lc 4:2), y enfrenta las mismas tentaciones que enfrentó el pueblo de Israel en el desierto del Sinaí. (Todas las respuestas que Jesús le da a Satanás son tomadas de Deuteronomio 6–8, que cuenta la historia de Israel en el desierto). Primero, es tentado a confiar en Su propio poder para suplir Sus necesidades, en vez de confiar en la provisión de Dios (Lc 4:1–3; Dt 8:3; 17–20): “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan” (Lc 4:3). Segundo, es tentado a desviar Su lealtad hacia alguien (Satanás) que le puede proporcionar atajos hacia el poder y la gloria (Lc 4:5–8; Dt 6:13; 7:1–26): “Si te postras delante de mí, todo será Tuyo”. Tercero, es tentado a cuestionar si Dios realmente está con Él y por tanto, a tratar de forzar la mano de Dios en desesperación (Lc 4:9–12; Dt 6:16–25): “Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo desde aquí” (el templo). A diferencia de Israel, Jesús resiste estas tentaciones con la ayuda de la palabra de Dios. Él es lo que el pueblo de Israel debió ser —así como Adán y Eva antes de ellos—, pero nunca fue.

Como paralelos de las tentaciones de Israel en Deuteronomio 6–8, estas tentaciones no solo las tuvo Jesús. Él las experimenta así como nosotros las experimentamos. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado” (Heb 4:15). Como Israel y como Jesús, también podemos esperar ser tentados, en el trabajo y en todos los aspectos de la vida.

La tentación de trabajar solamente para suplir nuestras propias necesidades es muy grande en el trabajo. El trabajo está diseñado para satisfacer nuestras necesidades (2Ts 3:10), pero no solo para satisfacer nuestras necesidades. Nuestro trabajo también tiene el propósito de servir a otros. A diferencia de Jesús, no tenemos la opción de autoservicio por medio de los milagros, pero podemos ser tentados a trabajar solo lo suficiente para recibir el sueldo, renunciar cuando las cosas se pongan difíciles, evadir nuestra parte de la carga o ignorar la carga que otras personas deben llevar por culpa de nuestros hábitos deficientes de trabajo. La tentación de tomar atajos también es grande en el campo laboral.

La tentación de dudar de la presencia y el poder de Dios en nuestro trabajo puede ser la más grande de todas estas tentaciones. Jesús fue tentado a probar a Dios forzándolo a actuar. Nosotros hacemos lo mismo cuando nos volvemos perezosos o necios y esperamos que Dios nos cuide. Ocasionalmente, esto ocurre cuando alguien resuelve que Dios lo ha llamado a alguna profesión o posición y después se sienta a esperar que Dios lo haga realidad. Pero es probable que estemos más tentados a dejar de creer en la presencia y el poder de Dios en nuestro trabajo. Puede que pensemos que nuestro trabajo no significa nada para Dios o que a Dios solo le interesa nuestra vida en la iglesia o que no podemos orar por la ayuda de Dios para las actividades laborales del día a día. Jesús estaba convencido de la participación de Dios en Su trabajo todos los días, pero no exigió que Dios hiciera el trabajo por Él.

Todo el episodio comienza cuando el Espíritu de Dios guía a Jesús a que ayune cuarenta días en el desierto. En ese entonces, igual que ahora, ayunar e ir a un retiro era una forma de acercarse a Dios antes de hacer un cambio importante en la vida. Jesús estaba a punto de comenzar Su trabajo como rey y antes deseaba recibir el poder, la sabiduría y la presencia de Dios. Y lo logró. Cuando Satanás tentó a Jesús, Él había pasado cuarenta días en el Espíritu de Dios. Estaba totalmente preparado para resistir. Sin embargo, Su ayuno también hizo que la tentación fuera más intensa: “tuvo hambre” (Lc 4:2). A menudo, la tentación viene sobre nosotros más pronto de lo que esperamos, incluso al comienzo de nuestras vidas laborales. Puede que estemos tentados a participar en un complot para volvernos ricos rápidamente, en vez de comenzar en el peldaño más bajo en una profesión genuinamente productiva. Puede que enfrentemos nuestra propia debilidad por primera vez y que seamos tentados a compensar por medio del engaño, el matoneo o la trampa. Tal vez pensamos que no podemos obtener el trabajo que deseamos con nuestras habilidades, así que somos tentados a mostrarnos de una forma poco precisa o a mentir respecto a nuestras competencias. Podemos tomar una posición lucrativa pero insatisfactoria “solo por algunos años, hasta que tenga una situación estable”, con la idea de que más adelante haremos algo que esté más acorde con nuestro llamado.

La preparación es la clave para vencer la tentación. Por lo general, la tentación viene sin advertencia. Puede que le hayan ordenado presentar un reporte falso. Le ofrecen información confidencial hoy que será de conocimiento público mañana. Puede tener una oportunidad repentina de tomar algo que no es suyo gracias a una puerta sin seguro. La presión para unirse al chisme sobre un compañero de trabajo puede surgir de repente durante el almuerzo. La mejor preparación es imaginar con anterioridad escenarios posibles y, en oración, planear cómo responder, tal vez incluso escribirlo junto con las respuestas como un compromiso hacia Dios. Otra forma de protegerse es contando con un grupo de personas con las que tenga una relación estrecha, a quienes pueda llamar pronto para discutir su tentación. Si logra hablar con ellos antes de actuar, le pueden ayudar a atravesar la tentación. Jesús, estando en comunión con Su Padre en el poder del Espíritu Santo, enfrentó las tentaciones con el apoyo de Su comunidad —lo que denominamos la Trinidad.

Nuestras tentaciones no son idénticas a las de Jesús, a pesar de que sean bastante similares. Todos tenemos nuestras propias tentaciones, grandes y pequeñas, dependiendo de quiénes somos, nuestras circunstancias y la naturaleza de nuestro trabajo. Ninguno de nosotros es el Hijo de Dios, pero la forma en la que respondemos a la tentación tiene consecuencias trascendentales en la vida. Imagine las consecuencias si Jesús se hubiera desviado de Su llamado como el rey de Dios y se hubiera pasado la vida acumulando lujos para Sí mismo, haciendo lo que deseaba el maligno o que se hubiera sentado a esperar que el Padre hiciera Su trabajo por Él.

La sanación en Lucas

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En la época de Jesús, así como ahora, el trabajo de sanar y de la salud era esencial. En el Evangelio de Lucas, Jesús sana en trece ocasiones diferentes: 4:31–37; 4:38–44; 5:12–16; 5:17–26; 7:1–10; 7:11–17; 7:21; 8:26–39; 8:40–56; 9:37–45; 13:10–17; 17:11–19 y 18:35–43. Al hacerlo, les trae bienestar a los que están sufriendo, lo que prometió cuando asumió la posición de rey. Además, la sanación es una realización del reino venidero de Dios, en donde no habrá enfermedad (Ap 21:4). Dios no solo les ordena a las personas que trabajen para el beneficio de otros, sino que les da poder para que lo hagan. Jesús no es el único que tiene el poder de Dios, ya que en dos pasajes les da poder a Sus seguidores para que sanen a las personas (Lc 9:1–6, 10:9). Sin embargo, toda sanación depende del poder de Dios. El teólogo Jürgen Moltmann resume esa idea de una forma espléndida: “las sanaciones de Jesús no son milagros sobrenaturales en un mundo natural. Son lo único verdaderamente ‘natural’ en un mundo que es innatural, satanizado y herido”.[1] Son una señal tangible de que Dios está haciendo que todo vuelva a ser como debía ser. 

Por lo general, las sanaciones que se registran en los Evangelios son milagrosas, pero los esfuerzos no milagrosos de los cristianos para restaurar el cuerpo humano también se pueden ver como extensiones del ministerio de Jesús de dar vida. Sería un error no notar lo importante que es la sanación para la obra redentora del reino de Dios. Este trabajo lo realizan a diario los médicos, las enfermeras, los técnicos, los que procesan las peticiones, los encargados del estacionamiento del hospital y muchos otros que trabajan para hacer posible el restablecimiento de la salud. Lucas mismo era médico (Col 4:14) y es sencillo imaginar su interés particular por la sanación. Sin embargo, estaríamos equivocados si inferimos que las profesiones de la salud son un llamado inherentemente mejor que otras profesiones.

Jürgen Moltmann, The Way of Jesus Christ [El camino de Jesucristo] (Minneapolis: Fortress Press, 1995), 69.

El Sabbath y el trabajo (Lucas 6:1-11; 13:10-17)

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El Sabbath es una parte fundamental de la perspectiva bíblica del trabajo y Jesús enseña acerca de este día en el Evangelio de Lucas. El trabajo y el descanso no son fuerzas opuestas, sino elementos de un ritmo que hacen posible el buen trabajo y la verdadera recreación. Idealmente, este ritmo suple las necesidades de provisión y salud de las personas, pero en un mundo caído hay momentos en los que esto no sucede.

El Señor del Sabbath (Lucas 6:1–11)

En Lucas 6:1–5, es el Sabbath y Jesús y sus discípulos tienen hambre. Ellos arrancan espigas en un campo, las restriegan con las manos y se comen los granos. Algunos fariseos se quejan de que esto equivale a trillar y por tanto, es trabajar en el Sabbath. Jesús les responde que David y Sus compañeros también quebrantaron las reglas sagradas cuando tuvieron hambre, al entrar a la casa de Dios y comer el pan consagrado que solo podían comer los sacerdotes. Podemos pensar que la conexión entre estos dos episodios es el hambre. Cuando usted tiene hambre, es aceptable trabajar para alimentarse, incluso si eso significa trabajar durante el Sabbath. Pero Jesús concluye algo un poco diferente: “El Hijo del Hombre es Señor del día de reposo” (Lc 6:5). Eso indica que guardar el Sabbath se basa en entender el corazón de Dios, no en desarrollar reglas y excepciones cada vez más detalladas.

La liberación en el Sabbath (Lc 13:10–17)

En Lucas 6:9 y 14:5 se relatan otros episodios en los que Jesús sana en el Sabbath. Sin embargo, aunque sería difícil estructurar una teología del Sabbath solamente a partir de los eventos en Lucas, podemos observar que Jesús ciñe Su perspectiva del Sabbath a las necesidades de las personas. Las necesidades humanas priman sobre guardar el Sabbath, incluso aunque guardar el Sabbath sea uno de los diez mandamientos. Sin embargo, al suplir las necesidades humanas durante el día de reposo, el mandamiento se cumple, no se elimina. La sanación de la mujer encorvada en el Sabbath representa un ejemplo particularmente importante. El indignado oficial de la sinagoga reprende a la multitud diciendo, “Hay seis días en los cuales se debe trabajar; venid, pues, en esos días y sed sanados, y no en día de reposo” (Lc 13:14). La respuesta de Jesús comienza con la ley. Si las personas les dan agua a sus animales en el Sabbath, como era correcto, “ésta, que es hija de Abraham, a la que Satanás ha tenido atada durante dieciocho largos años, ¿no debía ser libertada de esta ligadura en día de reposo?” (Lc 13:16).

(Para consultar más discusiones acerca del Sabbath, que en algunos casos tienen perspectivas diferentes, ver “Marcos 1:21–45” y “Marcos 2:23–3:6” en “Marcos y el trabajo”)

La ética del conflicto (Lucas 6:27-36; 17:3-4)

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Haga el bien a quienes lo odian (Lucas 6:27–36)

En todos los lugares de trabajo se experimenta el conflicto y Jesús trata este tipo de situaciones en Lucas 6:27–36. “Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os vituperan” (Lc 6:27–28). Lucas deja muy claro que esta es una enseñanza para el ámbito económico, ya que lo relaciona de forma específica con los préstamos de dinero: “prestad [a sus enemigos] no esperando nada a cambio” (Lc 6:35). Esta no parece una estrategia comercial viable de préstamos, pero tal vez podemos entenderla de una forma más abstracta. Los cristianos no deben usar su poder para perjudicar a las personas con las que tienen conflictos, sino que deben trabajar de forma activa por su bien. Esto puede aplicar en el lugar de trabajo en dos niveles: a nivel individual, significa que debemos trabajar por el bien de las personas con las que tenemos conflictos. Esto no significa evadir el conflicto o retirarse de la competencia, sino que, por ejemplo, si está compitiendo con un compañero de trabajo por un ascenso, debe ayudarle a hacer su trabajo lo mejor posible mientras trata de hacer el suyo aún mejor.

A nivel corporativo, significa no aplastar a la competencia, los proveedores o clientes, especialmente con acciones injustas o improductivas tales como demandas frívolas, monopolización, rumores falsos, manipulación de existencias y otros similares. Todos los oficios tienen su propio contexto y sería necio dar una aplicación universal de este pasaje en Lucas. Competir con fuerza en los negocios por medio del fraude intencional puede ser diferente a competir con fuerza en baloncesto por medio de una falta intencional. Por tanto, un elemento esencial de la participación de los creyentes en cualquier ocupación es tratar de descubrir cuáles son las formas apropiadas en las que se expresan el conflicto y la competencia a la luz de la enseñanza de Jesús.

Reprensión, arrepentimiento, perdón (Lucas 17:3–4)

Después, Jesús vuelve a tratar el tema del conflicto interpersonal: “Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo” (Lc 17:3, NVI). No deberíamos considerar esta afirmación solo como una terapia familiar, ya que Jesús usa el término “hermano” para todos los que lo siguen (Mr 3:35). Confrontar directamente a las personas y restaurar las buenas relaciones cuando se resuelve el conflicto son buenas prácticas organizacionales. Sin embargo, el siguiente versículo sobrepasa los límites del sentido común. “Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo” (Lc 17:4). De hecho, Jesús no solo demanda perdón, sino la ausencia de juicio en primer lugar. “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados” (Lc 6:37). “¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo?” (Lc 6:41).

¿Sería sabio no juzgar tanto en el trabajo? Pero, ¿el juicio sensato no es un requerimiento para la buena gobernanza y desempeño organizacional? A lo mejor, Jesús no está hablando acerca de dejar la forma sensata de juzgar, sino acerca del ser críticos y condenar a otros —la actitud hipócrita que asume que los problemas alrededor de nosotros son culpa de alguien más en su totalidad. Tal vez Jesús no quiere decir, “ignoren los lapsos morales repetidos o la incompetencia”, sino más bien, “pregúntense a ustedes mismos cómo sus acciones pueden haber contribuido al problema”. Quizás no quiere decir “no evalúe el rendimiento de otros”, sino más bien, “encuentre la manera de ayudar a los que están a su alrededor a tener éxito”. Tal vez lo que Jesús quería transmitir no era indulgencia sino misericordia: “Y así como queréis que los hombres os hagan, haced con ellos de la misma manera” (Lc 6:31).

La provisión de Dios (Lucas 9:10-17; 12:4-7, 22-31)

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A lo largo del libro de Lucas, Jesús enseña que vivir en el reino de Dios significa ver a Dios, y no al esfuerzo humano, como la fuente esencial de todo lo que necesitamos para la vida. Nuestra labor no es opcional, pero tampoco es absoluta. Nuestra labor siempre es una participación en la gracia de la provisión de Dios.

Jesús alimenta a los cinco mil (Lucas 9:10–17)

Jesús demuestra esta idea con sus acciones antes de enseñarla con palabras. Al alimentar a los cinco mil (Lc 9:10–17), Dios, en la persona de Jesús, asume la responsabilidad de satisfacer la necesidad de alimento de las personas y lo hace porque ellas tienen hambre. No encontramos una explicación exacta de la forma en la que Jesús hace este milagro. Él usa comida común —cinco panes y dos peces— y, por el poder de Dios, un poco de alimento se convierte en lo suficiente para alimentar a muchos. Algunos de los discípulos (los pescadores) trabajaban en el oficio del servicio de alimentos y otros (como Leví, el recaudador de impuestos) eran funcionarios públicos. Jesús usa su trabajo usual mientras ellos organizan la multitud y sirven el pan y los peces. Él incorpora (no reemplaza) los medios humanos comunes para proveer alimento y los resultados son milagrosamente exitosos. El trabajo humano es capaz de hacer el bien o hacer el mal. Cuando hacemos lo que Jesús pide, nuestro trabajo es bueno. Como vemos frecuentemente en el Evangelio de Lucas, Dios trae resultados milagrosos a partir del trabajo común, en este caso, el trabajo de proveer para las necesidades de la vida.

Jesús enseña acerca de la provisión de Dios (Lucas 12:4–7, 22–31)

Después, Jesús enseña acerca de la provisión de Dios: “os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis… ¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? Si vosotros, pues, no podéis hacer algo tan pequeño, ¿por qué os preocupáis por lo demás?” (Lc 12:22, 25–26). Jesús lo plantea como simple sentido común. Si preocuparse no puede agregarle una hora a la vida, ¿para qué preocuparse? Jesús no dice que no se debe trabajar, solo dice que no nos debe preocupar si el trabajo proporcionará lo suficiente para satisfacer nuestras necesidades.

En una economía de abundancia, este es un consejo excelente. A muchos de nosotros, la preocupación nos lleva a trabajar en empleos que no nos gustan, en horas que desvirtúan nuestro disfrute de la vida, descuidando las necesidades de otras personas a nuestro alrededor. Para nosotros, la meta no parece ser “más” dinero sino “suficiente” dinero, suficiente como para sentirnos seguros. Aun así, en realidad es poco común que nos sintamos seguros, sin importar cuánto dinero más podamos ganar. De hecho, con frecuencia ocurre que entre más exitosos seamos en ganar más dinero, menos seguros nos sentimos porque ahora tenemos más que perder. Es casi como si fuera mejor si tuviéramos algo genuino de qué preocuparnos, como les ocurre a los pobres (“Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados”, Lc 6:21). Para salir de este bache, Jesús nos dice, “Mas buscad Su reino [el de Dios], y estas cosas os serán añadidas” (Lc 12:31). ¿Por qué? Porque si su finalidad principal es el reino de Dios, entonces tiene la garantía de que su meta suprema será cumplida. Y al sentir esa seguridad, puede reconocer que el dinero que gana en realidad es suficiente, que Dios está proveyendo para sus necesidades. Ganar un millón de dólares y tener miedo de perderlos es como tener una deuda de un millón de dólares. Ganar mil dólares y saber que al final usted estará bien, es como recibir un regalo de mil dólares.

Pero, ¿qué si usted no tiene mil dólares? Cerca de un tercio de la población mundial subsiste con menos de mil dólares al año.[1] Estas personas pueden tener lo suficiente para vivir hoy, pero enfrentan la amenaza del hambre o algo peor en cualquier momento, sean creyentes o no. Es difícil conciliar la dura realidad de la pobreza y el hambre con la promesa de provisión de Dios. Jesús no ignora esta situación y dice, “Vendan sus bienes y den a los pobres” (Lc 12:33, NVI), ya que sabe que algunas personas están en una situación desesperada de pobreza. Es por eso que debemos proveer para ellos. Tal vez si todos los seguidores de Jesús usáramos nuestro trabajo y riquezas para mitigar y prevenir la pobreza, nos convertiríamos en el medio de provisión de Dios para los que se encuentran en una situación desesperada. Sin embargo, como los cristianos no lo han hecho, no pretenderemos hablar en nombre de las personas que son tan pobres que su provisión está en duda. En cambio, preguntémonos si nuestra propia provisión está en duda en el presente. ¿Nuestra preocupación es proporcional al peligro genuino de que nos falte lo que en realidad necesitamos? ¿Las cosas por las que nos preocupamos son necesidades genuinas? ¿Lo que nos preocupa que nos pueda faltar es remotamente comparable con lo que necesitan quienes están en una situación desesperada de pobreza, a quienes no ayudamos de ninguna manera? Si no es así, lo único sensato es el consejo de Jesús de no preocuparnos por las necesidades de la vida.

Peter Greer y Phil Smith, The Poor Will Be Glad [Los pobres se alegrarán] (Grand Rapids: Zondervan, 2009), 29.

El trabajo del buen samaritano - Amar a su prójimo como a usted mismo (Lucas 10:25-37)

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El tema de la provisión de Dios por medio del trabajo humano continúa en la parábola del buen samaritano. En esta parábola, la provisión de Dios para la víctima de un crimen viene por medio de la compasión de un viajero extranjero, quien evidentemente tiene suficiente riqueza para pagar por la atención médica de un extraño. Esta es quizá la más conocida de todas las parábolas de Jesús, aunque solo se encuentra en el Evangelio de Lucas, inmediatamente después del relato del Gran Mandamiento. En los Evangelios de Mateo y Marcos, Jesús dice que el mandamiento mayor en toda la Escritura es “amar a Dios” y “amar al prójimo”. En Lucas 10:25–37, la discusión sobre el gran mandamiento continúa directamente en la parábola del buen samaritano. Para más información acerca de las implicaciones del Gran Mandamiento en el lugar de trabajo, ver “El gran mandamiento tiene un gran alcance (Mateo 22:34–40)” y “Nuestro trabajo cumple el gran mandamiento (Marcos 12:28–34)”.

En el relato de Lucas, el abogado comienza preguntándole a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús le pide que resuma lo que está escrito en la ley y el abogado responde con el Gran Mandamiento, “Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús responde que esta es en verdad la clave de la vida.

Entonces, el abogado le hace una pregunta de seguimiento a Jesús, “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le responde por medio de una historia que ha sido llamada “la parábola del buen samaritano”. Esta historia es tan cautivante que se ha extendido al conocimiento popular más allá de los círculos cristianos. Las personas que nunca han tenido una Biblia en las manos reconocen el significado del término “buen samaritano” como alguien que cuida a un extraño en necesidad.

Ya que culturalmente se cree que el “buen samaritano” es alguien con un talento extraordinario para la compasión, podemos estar tentados a pasar por alto al samaritano real de la historia de Jesús. Además, examinar por qué el samaritano que Jesús describe era un hombre de negocios, es importante para la perspectiva de nuestro propio trabajo.

El samaritano en la historia de Jesús se encuentra con el judío que fue herido por algunos ladrones en una ruta de negocios reconocida. Es probable que el samaritano transitara por esa ruta comercial con frecuencia, como lo evidencia el hecho de que lo conocían en una posada cercana y el administrador lo consideraba tan confiable como para concederle una extensión de servicios a crédito. Sea cual fuere la naturaleza de su negocio, el samaritano era lo suficientemente exitoso como para comprar aceite y vino con propósitos médicos y pagar el alojamiento en la posada para un completo desconocido. Está dispuesto a gastar su dinero y su tiempo en alguien que no conoce y además, hace esperar a sus otros negocios con el fin de velar por las necesidades de un desconocido herido.

Entonces, la parábola del buen samaritano se puede interpretar como una historia que nos anima a usar nuestro éxito material para el beneficio de otros. El héroe de la parábola gasta su dinero en un extranjero sin ninguna obligación directa de hacerlo ya que no tienen un parentesco y tampoco comparten la misma fe. De hecho, los samaritanos y los judíos eran hostiles unos con otros. Y aun así, en la mente de Jesús, amar a Dios es convertir en nuestro “prójimo” a todo aquel que necesite nuestra ayuda. Jesús enfatiza este punto invirtiendo el sentido de la pregunta original del abogado. Las palabras del abogado son, “¿quién es mi prójimo”, una pregunta que comienza concentrándose en él mismo y agrega la cuestión de a quién está obligado a ayudar. Jesús la invierte diciendo, “¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”, lo cual se centra en el hombre en necesidad y pregunta quién está obligado a ayudarle. ¿Comenzar pensando en la persona necesitada y no en nosotros mismos nos da una perspectiva diferente acerca del llamado de Dios a ayudar?

Esto no significa que el llamado sea a estar disponibles de manera absoluta e infinita. Nadie está llamado a suplir todas las necesidades del mundo, lo cual va más allá de nuestra capacidad. El samaritano no renuncia a su trabajo para ir a buscar a todos los viajeros heridos en el Imperio romano. Sin embargo, cuando se cruza en el camino —literalmente— con alguien que necesita una ayuda que él puede dar, decide actuar. “El prójimo”, dice el predicador Haddon Robinson, “es alguien que tiene necesidades que usted puede suplir”.

El samaritano no solo ayuda al hombre herido dándole algunas monedas. En cambio, se asegura de que se suplan todas las necesidades del hombre, tanto las necesidades médicas inmediatas como la de un espacio para recuperarse. Por tanto, el samaritano cuida al hombre como cuidaría de sí mismo. Esta acción cumple Levítico 19:18, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El samaritano asume un riesgo extraordinario para ayudar a este desconocido, ya que se arriesga a que los mismos bandidos lo ataquen cuando se detiene a ver qué le pasó al hombre, se arriesga a que el administrador de la posada lo engañe, se arriesga a llevar la carga del gasto y el peso emocional de cuidar a un enfermo crónico. Con todo, decide asumir estos riesgos porque actúa como si su propia vida fuera la que estuviera en peligro. Este es el mejor ejemplo de Jesús de lo que puede significar ser el prójimo que “ama a su prójimo como a sí mismo”.

Otra característica de la historia que pudo sorprender a la audiencia de Jesús es la etnicidad del héroe, un samaritano. El pueblo de Jesús, los judíos, consideraban que los samaritanos eran inferiores étnica y religiosamente. Aun así, el samaritano actúa más acorde con la ley de Moisés que los líderes religiosos judíos que pasaron al lado del hombre en el camino. Su presencia en el territorio judío no es un peligro que se deba temer sino una gracia salvadora bien recibida.

En el trabajo, tenemos muchas oportunidades de ser el prójimo de nuestros compañeros, clientes y otras personas de toda etnia o cultura. Ser un buen samaritano en el lugar de trabajo implica cultivar una conciencia específica de las necesidades de los demás. ¿Existen personas en su lugar de trabajo a quienes se les está robando de alguna manera? Con frecuencia, a ciertos grupos étnicos se les priva del reconocimiento o el ascenso. Un cristiano consciente debería ser quien dijera, “¿le estamos dando un trato justo a esta persona?”

De forma similar, así como la enemistad había crecido entre los judíos y los samaritanos, la administración y los empleados se consideran unos a otros como dos tribus distintas, aunque no debería ser así necesariamente. Cierta compañía no lo vio de esa manera en lo absoluto. Arthur Demoulas, Director ejecutivo de la cadena de supermercados Market Basket decidió tratar a sus empleados de una forma excepcional, pagándoles mucho más que el salario mínimo y negándose a eliminar el plan de distribución de utilidades incluso cuando la empresa perdió dinero durante una crisis económica. Él se relacionó de forma directa con sus trabajadores memorizando los nombres de todos los que pudo, lo cual no era algo insignificante en una compañía de 25.000 empleados. Cuando la junta directiva de Market Basket despidió a Arthur Demoulas en el 2014, en gran parte por causa de sus prácticas generosas, los empleados de la cadena de supermercados hicieron una huelga. Ellos se negaron a surtir los estantes hasta que Arthur Demoulas volviera a tener el control de la compañía. Esta fue quizá la primera instancia conocida en la que los trabajadores de una compañía grande se organizaron a nivel de las bases para escoger a su propio Director ejecutivo, lo cual fue alimentado por la generosidad abnegada de Arthur Demoulas.

En este caso, ser un buen samaritano potenció el éxito de Arthur Demoulas. Tal vez cuando Jesús dice, “ve y haz tú lo mismo”, no solo está dando un buen consejo espiritual, sino también un buen consejo de negocios.

El mayordomo infiel y el hijo pródigo (Lucas 16:1-13; 15:11-32)

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La parábola del mayordomo infiel (Lucas 16:1–13)

La clave para estar seguros en cuanto a lo que necesitamos no es ganar y ahorrar ansiosamente, sino servir y gastar de una manera fiable. Si Dios puede confiar en que gastaremos nuestro dinero para suplir las necesidades de otros, el dinero que nosotros mismos necesitamos también será provisto. Esta es la cuestión de la parábola del mayordomo infiel, en la cual un mayordomo derrocha los bienes de su señor y, como resultado, se le notifica que será despedido. Él usa sus últimos días en el trabajo para defraudar más a su señor, pero hay un giro extraño en la forma en que lo hace. No trata de robarle a su señor, ya que tal vez sabe que será imposible llevarse algo cuando salga de la propiedad. En cambio, reduce de forma fraudulenta las deudas de las personas que le deben a su señor, esperando que le devuelvan el favor y provean para él cuando esté desempleado.

Igual que el mayordomo deshonesto, no podemos llevarnos nada cuando dejemos esta tierra. Incluso durante esta vida, nuestros ahorros pueden verse afectados por la hiperinflación, el desplome del mercado, el hurto, la confiscación, las demandas, la guerra y los desastres naturales. Por tanto, guardar grandes cantidades de dinero no ofrece una seguridad real. En cambio, debemos gastar nuestra riqueza para proveer para otras personas y dependemos de que ellos hagan lo mismo con nosotros cuando surja la necesidad. “Haceos amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando falten, os reciban en las moradas eternas” (Lc 16:9). Al proveer para los deudores de su señor, el mayordomo deshonesto está creando amistades. Probablemente, el fraude mutuo no es la mejor forma de cultivar relaciones, pero parece que es mejor que no construir ninguna relación. Para ganar seguridad, es mucho más efectivo cultivar relaciones que aumentar el capital. La palabra eternas implica que las buenas relaciones nos ayudan en los momentos difíciles en esta vida y que también perdurarán en la vida eterna.

Vemos un ejemplo extremo de este principio cuando la guerra, el terror o el desastre destruyen el tejido económico de la sociedad. En un campo de refugiados, una prisión o una economía afectada por la hiperinflación, es probable que con la riqueza que tuvo antes no pueda comprar ni siquiera una corteza de pan. Pero si usted ha provisto para otros, es posible que ellos provean para usted en su momento de mayor dificultad. Note que el mayordomo deshonesto no ayuda a ricos, sino a deudores, por tanto, no depende de sus riquezas sino de la relación de dependencia mutua que ha construido con ellos.

Pero Jesús no está diciendo que debemos depender de los sentimientos volubles de las personas que hemos ayudado durante los años. La historia cambia rápidamente de los deudores al señor (Lc 16:8) y Jesús apoya lo que dice el señor, “El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho” (Lc 16:10). Esto apunta a Dios como el garante de que usar el dinero para cultivar relaciones, llevará a una seguridad duradera. Cuando usted construye buenas relaciones con otras personas, llega a tener una buena relación con Dios. Jesús no dice qué le interesa más a Dios, si la generosidad hacia el pobre o las buenas relaciones con las personas. Tal vez son las dos: “Por tanto, si no habéis sido fieles en el uso de las riquezas injustas, ¿quién os confiará las riquezas verdaderas?” (Lc 16:11). Las verdaderas riquezas son las buenas relaciones fundamentadas en nuestra mutua adopción como hijos de Dios. Una buena relación con Dios se hace realidad en la generosidad con los pobres. Las buenas relaciones producen buen fruto, lo que nos da una mayor habilidad para construir buenas relaciones y ser generosos con otros. Si Dios puede confiar en que usted va a ser generoso con poco dinero y lo va a usar para construir buenas relaciones, será capaz de confiarle mayores recursos.

Esto indica que si usted no tiene ahorros suficientes para sentirse seguro, la respuesta no es tratar de ahorrar más. En cambio, gaste lo poco que tiene en ser generoso y hospitalario y las respuestas de otras personas a su generosidad y hospitalidad pueden traerle más seguridad que ahorrar más dinero. No hace falta decir que esto se debe hacer con sabiduría, en formas que realmente beneficien a otros y no solamente para saciar su conciencia o favorecer a personas que vea como futuros benefactores. En cualquier caso, su seguridad final está en la generosidad y la hospitalidad de Dios.

Los ecos al hijo pródigo (Lucas 15:11–32)

Este puede ser un consejo financiero sorprendente: no ahorre, mejor gaste lo que tiene para acercarse más a otras personas. Sin embargo, note que viene inmediatamente después de la historia del hijo pródigo (Lc 15:11–32). En esa historia, el hijo menor desperdicia toda su fortuna, mientras que el hijo mayor ahorra su dinero con tanta templanza que ni siquiera puede entretener a sus amigos más cercanos (Lc 15:29). El derroche del hijo menor lo lleva a la ruina, pero ese despilfarro es lo que lo lleva a recurrir a su padre en total dependencia. La alegría del padre por tenerlo de regreso quita todos los sentimientos negativos que tiene por el hijo que le costó la mitad de su fortuna. En contraste, el aferrarse fuertemente a lo que queda de la riqueza de la familia aleja al hijo mayor de una relación cercana con su padre.

En las dos historias, la del mayordomo deshonesto y la del hijo pródigo, Jesús no dice que la riqueza es inherentemente mala. En cambio, dice que la forma correcta de usar la riqueza es gastarla, preferiblemente en los propósitos de Dios —y si no en eso, entonces en cosas que aumentarán nuestra dependencia de Dios.

La riqueza en Lucas

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Los últimos dos pasajes van del tema de la provisión al tema de la riqueza. Aunque Jesús no tiene nada en contra de la riqueza, la ve con suspicacia. Las economías de mercado están basadas en la generación, el intercambio y la acumulación de abundancia de propiedad privada. Esta realidad está arraigada tan profundamente en muchas sociedades, que la búsqueda y acumulación de riqueza personal se ha convertido, para muchos, en un fin en sí mismo. Pero, como hemos visto, Jesús no ve la acumulación de riqueza como un fin apropiado. Así como nuestro trabajo (que tiene como ejemplo a seguir la vida de Jesús) debe demostrar un interés profundo por otros y una renuencia a usar el poder o la autoridad solo para el beneficio personal, la riqueza también se debe usar con un interés profundo por el prójimo. Aunque el segundo volumen de Lucas, Hechos (ver “Hechos y el trabajo”), tiene más material relacionado con la riqueza, su Evangelio también presenta retos significativos para las premisas dominantes acerca de la riqueza.

La inquietud por los ricos (Lucas 6:25; 12:13-21; 18:18-30)

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El primer problema de Jesús con la riqueza es que tiende a desplazar a Dios en la vida de las personas ricas. “Porque donde esté vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón” (Lc 12:34). Jesús quiere que las personas reconozcan que su vida está definida no por lo que tienen, sino por el amor de Dios por ellos y Su llamado en sus vidas. Lucas espera que nosotros —y nuestro trabajo— sean transformados de forma fundamental por nuestros encuentros con Jesús.

Sin embargo, parece que tener riquezas nos vuelve resistentes de forma obstinada a cualquier transformación de vida, nos da los medios para mantener el statu quo y para volvernos independientes y hacer las cosas a nuestra manera. La vida verdadera, o eterna, es una vida de relación con Dios (y otras personas) y la riqueza que desplaza a Dios en última instancia lleva a la muerte eterna. Como dijo Jesús, “¿de qué le sirve a un hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se destruye o se pierde?” (Lc 9:25). La riqueza puede alejar a los ricos de una vida con Dios, un destino que los pobres no tienen. Jesús dice, “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lc 6:20). Esta no es una promesa de recompensa futura, sino una declaración de una realidad presente. Los pobres no tienen una riqueza que obstaculice el camino para amar a Dios. Pero, “¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre” (Lc 6:25). La expresión “Tendréis hambre” parece que se queda corta para decir “perderse la vida eterna por dejar a Dios por fuera de su campo de interés”, pero claramente esa es la implicación. Con todo, tal vez hay esperanza incluso para los más ricos.

La parábola del rico necio (Lucas 12:13–21)

La parábola del rico necio (Lc 12:13–21) reanuda este tema de forma dramática. “La tierra de cierto hombre rico había producido mucho”, demasiado como para caber en los graneros. Él se preocupa y dice, “¿Qué haré?”, y decide derribar sus graneros y construir otros más grandes. Él hace parte de los que creen que tener más riqueza disminuirá su preocupación acerca del dinero, pero antes de descubrir lo vacía que es su preocupación, se encuentra con un destino incluso más crudo: la muerte. Mientras se prepara para morir, la pregunta burlona de Dios es una espada de doble filo, “y lo que has provisto, ¿de quién será?” (Lc 12:20, RVR1960). Uno de los filos es la respuesta, “no será tuyo”, porque la riqueza con la que contó para satisfacerse por muchos años más pasará a ser instantáneamente de alguien más. El otro filo corta aún más profundo y es la respuesta “tuyo”. Tú —el rico necio— recibirás lo que has provisto para ti mismo, una vida después de la muerte sin Dios, una verdadera muerte. Su riqueza le ha evitado la necesidad de desarrollar una relación con Dios, que se evidencia en que ni siquiera piensa en usar su extraordinaria cosecha para proveer para los que lo necesitan. “Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico para con Dios” (Lc 12:21).

Aquí, la amistad con Dios se evidencia en términos económicos. Los amigos de Dios que tienen recursos proveen para los amigos de Dios que son pobres. El problema del rico necio es que acumula cosas para sí mismo, no crea empleos ni prosperidad para otros. Esto significa que ama la riqueza en vez de a Dios y que no es generoso con los pobres. Es posible imaginar una persona rica que ama verdaderamente a Dios y sujeta la riqueza con suavidad, alguien que da con liberalidad a quienes lo necesitan, o mejor aún, invierte dinero para producir bienes y servicios genuinos, le da empleo a una fuerza de trabajo creciente y trata a las personas con justicia y equidad en su trabajo. De hecho, podemos encontrar muchas personas así en la Biblia (por ejemplo, José de Arimatea, Lc 23:50) y en el mundo a nuestro alrededor. Tales personas son bendecidas tanto en la vida terrenal como después. Pero no queremos eliminar el aguijón de la parábola: si es posible crecer (económicamente y de otras maneras) con gracia, también es posible crecer solo con codicia. A fin de cuentas, la contabilidad la realizaremos con Dios.

El dirigente rico (Lucas 18:18–30)

El encuentro de Jesús con el dirigente rico (Lc 18:18–30) apunta a que es posible redimir el control de la riqueza. Este hombre no ha permitido que sus riquezas desplacen enteramente su deseo por Dios. Comienza preguntándole a Jesús, “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” En respuesta, Jesús resume los diez mandamientos y el dirigente le contesta, “Todo esto lo he guardado desde mi juventud” (Lc 18:21). Aunque Jesús acepta su respuesta, puede ver la influencia corruptora que la riqueza tiene sobre el hombre. Por eso, le propone una forma de terminar con la influencia perniciosa de la riqueza. “Vende todo lo que tienes y reparte entre los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme” (Lc 18:22). Cualquier persona que tuviera como su más profundo deseo a Dios, seguramente saltaría ante la invitación a una intimidad personal y diaria con el Hijo de Dios. Sin embargo, es demasiado tarde para el dirigente rico, ya que su amor por la riqueza ya excede su amor por Dios. “Se puso muy triste, pues era sumamente rico” (Lc 18:23). Jesús reconoce los síntomas y dice, “¡Qué difícil es que entren en el reino de Dios los que tienen riquezas!

Porque es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios” (Lc 18:24–25). 

En cambio, es común que los pobres muestren una generosidad asombrosa. La viuda pobre es capaz de dar todo lo que tiene por amor a Dios (Lc 21:1–4). Este no es un procedimiento sumario de Dios en contra de las personas ricas, sino una observación acerca del fuerte control que ejerce el poder seductor de las riquezas. Las personas que están cerca de Jesús y del dirigente también reconocen el problema y se desesperan pensando si alguien podrá resistir el encanto de la riqueza, aunque ellos mismos han dado todo para seguir a Jesús (Lc 18:28). Sin embargo, Jesús no se desespera, porque “Lo imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc 18:27). Dios mismo es la fuente que fortalece nuestros deseos de amar a Dios más que a la riqueza.

Tal vez la consecuencia más engañosa de la riqueza es que puede evitar que deseemos un mejor futuro. Si usted tiene dinero, las cosas están bien como están y el cambio se convierte en una amenaza en vez de una oportunidad. En el caso del dirigente rico, esto es lo que lo ciega a la posibilidad de que la vida con Jesús podría ser incomparablemente maravillosa. Jesús le ofrece un nuevo sentido de identidad y seguridad al dirigente rico. Si tan solo pudiera haber imaginado cómo esa sería más que una compensación para la pérdida de su riqueza, tal vez podría haber aceptado la invitación de Jesús. La frase clave llega cuando los discípulos hablan de todo lo que han dejado y Jesús les promete riquezas abundantes en el reino de Dios. Incluso en esta época, Jesús dice que recibirán “muchas más veces”, tanto en recursos como en relaciones y en la era venidera, la vida eterna (Lc 18:29–30). Trágicamente, esto es lo que el dirigente rico se está perdiendo. Solo puede ver lo que perderá, no lo que ganará. (La historia del dirigente rico se discute más en “Marcos 10:17–31” en “Marcos y el trabajo”).

La inquietud por los pobres (Lucas 6:17-26; 16:19-31)

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El bienestar de los ricos no es la única preocupación de Jesús respecto a la riqueza. A Él también le interesa el bienestar de los pobres. “Vended vuestras posesiones”, dice, “y dad limosnas [al pobre]; haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro en los cielos que no se agota, donde no se acerca ningún ladrón ni la polilla destruye” (Lc 12:33). Si la acumulación de riquezas está perjudicando al rico, ¿cuánto más estará perjudicando al pobre?

El interés persistente de Dios por los pobres y los vulnerables está inherente en el Magníficat (Lc 1:46–56), el sermón del llano (Lc 6:17–26) y de hecho a lo largo del Evangelio de Lucas, pero Jesús establece la idea en la parábola de Lázaro y el hombre rico (Lc 16:19–31). Este hombre rico se viste con ropa elegante y vive con lujos, pero no hace nada para ayudar a aliviar la situación de Lázaro, quien está enfermo y muriendo de hambre. Lázaro muere, pero también, por supuesto, el hombre rico, lo que nos recuerda que la riqueza no tiene un gran poder después de todo. Los ángeles llevan a Lázaro al cielo, aparentemente por ninguna otra razón que su pobreza (Lc 16:22), a menos que fuera quizá por un amor a Dios que nunca fue desplazado por la riqueza. El hombre rico va al Hades, aparentemente por ninguna otra razón que su riqueza (Lc 16:23), a menos que fuera quizá por un amor a la riqueza que no dejó espacio para Dios u otras personas. La implicación fuerte es que la tarea del hombre rico era atender las necesidades de Lázaro cuando tuvo la oportunidad (Lc 16:25). Tal vez al hacerlo, pudo haber encontrado espacio de nuevo en sí mismo para una relación correcta con Dios y habría evitado su miserable final. Además, como muchos ricos, él se interesaba por su familia y quería advertirles sobre el juicio venidero, pero tristemente, le faltaba un interés por la familia más extendida de Dios como se revela en la ley y los profetas y ni siquiera alguien que regresara de los muertos podía solucionarlo.

La generosidad: el secreto para acabar con el control de la riqueza (Lc 10:38–42; 14:12–14; 24:13–35)

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Lo anterior indica que el arma secreta de Dios es la generosidad. Si por el poder de Dios usted puede ser generoso, la riqueza comienza a perder su control sobre usted. Ya hemos visto el trabajo profundo de la generosidad en el corazón de la viuda pobre. Es mucho más difícil para el rico ser generoso, pero Jesús enseña cómo es posible la generosidad para ellos también. Un camino crucial hacia la generosidad es dar a quienes son demasiado pobres como para devolver.

Y [Jesús] dijo también al que le había convidado: Cuando ofrezcas una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos, no sea que ellos a su vez también te conviden y tengas ya tu recompensa. Antes bien, cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte; pues tú serás recompensado en la resurrección de los justos. (Lc 14:12–14)

La generosidad que gana favores no es generosidad sino compra de favores. La generosidad real es dar cuando no es posible que le devuelvan el dinero y esto es lo que es recompensado en la eternidad. Por supuesto, la recompensa en el cielo podría tomarse como una clase de gratificación tardía en vez de verdadera generosidad: usted da porque espera que le paguen en la resurrección y no en la vida terrenal. Esta parece una clase de compra de favores más sabia, pero sigue siendo compra de favores. Las palabras de Jesús no excluyen la interpretación de la generosidad como una compra de favores eterna, pero hay una interpretación más profunda y satisfactoria. La verdadera generosidad —la que no espera recibir un pago en esta vida o en la eternidad— destruye el control de la riqueza que desplaza a Dios. Cuando usted da dinero, el dinero pierde control sobre usted, pero solo si pone el dinero fuera de su alcance de forma permanente. Esta es una realidad psicológica, así como una realidad material y espiritual. La generosidad permite que haya espacio para que Dios sea su Dios de nuevo, lo que lleva a la verdadera recompensa de la resurrección: la vida eterna con Dios.

María y Marta (Lucas 10:38-42)

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La historia de Marta y María (Lc 10:38–42) también pone la generosidad en el contexto del amor por Dios. Marta trabaja para preparar la cena, mientras María se sienta y escucha a Jesús. Marta le pide a Jesús que reprenda a su hermana porque no le ayuda pero en cambio, Jesús elogia a María. Desafortunadamente, esta historia ha sido interpretada de maneras cuestionables, convirtiendo a Marta en el modelo de todo lo que está mal en la vida de las ocupaciones y distracciones, o lo que la iglesia medieval llamaba la vida activa o laboral, que era permitida pero inferior a la vida perfecta de contemplación o monacato. Esta historia se debe leer con el telón de fondo del Evangelio de Lucas como un todo, en donde el trabajo de la hospitalidad (una forma vital de generosidad en el Cercano Oriente antiguo) es una de las señales más importantes de la llegada del reino de Dios.[1] 

María y Marta no eran enemigas, eran hermanas. No se puede interpretar razonablemente a dos hermanas que discuten por las tareas del hogar como una batalla entre modos incompatibles de vida. Jesús no le resta importancia al servicio generoso de Marta. La cuestión es que sus preocupaciones muestran que su servicio debe cimentarse en la clase de amor de María por Él. Juntas, las hermanas personifican la verdad de que la generosidad y el amor de Dios son realidades que se entrelazan. Marta tiene la clase de generosidad que Jesús elogia en Lucas 14:12–14, porque Él no puede pagarle en especie. Al sentarse a los pies de Jesús, María muestra que todo nuestro servicio debe estar cimentado en una relación personal y viva con Él. Seguir a Cristo significa imitar a Marta y María: ser generosos y amar a Dios. Estos aspectos se reafirman mutuamente, igual que la relación entre las dos hermanas.

Ver Brendan Byrne, The Hospitality of God: A Reading of Luke’s Gospel [La hospitalidad de Dios: una lectura del Evangelio de Lucas] (Collegeville, MN: Liturgical Press, 2000).

El camino a Emaús (Lucas 24:13-35)

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El episodio en el camino a Emaús es un ejemplo de generosidad muy apropiado para todos los seguidores de Jesús. Al comienzo, parece que toma la muerte de Jesús de una forma demasiado ligera o, ¿estamos equivocados por ver algo gracioso en que los dos discípulos le informen a Jesús las últimas noticias? Le preguntan, “¿Eres tú el único visitante en Jerusalén que no sabe las cosas que en ella han acontecido en estos días?” (Lc 24:18). Casi podemos imaginar a Cleofas diciendo, “¿dónde has estado?” Jesús lo toma con calma y les permite hablar, pero después los hace escuchar. Gradualmente, ellos comienzan a ver con claridad que tal vez la historia de las mujeres acerca de la resurrección milagrosa del Mesías no es tan desquiciada como pensaban inicialmente.

Si esta fuera toda la historia, podríamos aprender solamente que con frecuencia somos “insensatos y tardos de corazón para creer” (Lc 24:25) todo lo que Dios ha escrito. Pero los discípulos hacen algo bien en esta historia, algo aparentemente insignificante que sería fácil de pasar por alto. Ellos le ofrecen su hospitalidad a Jesús: “Quédate con nosotros, porque está atardeciendo, y el día ya ha declinado” (Lc 24:29). Jesús bendice este pequeño acto de generosidad con la revelación de Su presencia y finalmente lo reconocen al partir el pan (Lc 24:32). Dios no usa nuestra hospitalidad solo como un medio para servir a quienes necesitan descanso, sino también como una invitación a que nosotros mismos experimentemos la presencia de Dios.

Invertir en el trabajo de Jesús (Lucas 8:3; 10:7)

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La parábola del mayordomo infiel (Lc 16:1–13) enseña la importancia de usar el dinero sabiamente. Lucas ofrece ejemplos de personas que invierten su dinero en el trabajo de Jesús, como María Magdalena, Juana y Susana, que se nombran junto a los doce discípulos debido a que apoyaron financieramente el trabajo de Jesús. Es sorprendente que las mujeres figuren en esta lista de una forma tan prominente, ya que pocas mujeres en el mundo antiguo poseían riquezas. Sin embargo, fueron parte de los que “de sus bienes personales contribuían al sostenimiento de ellos” (Lc 8:3). Después, cuando Jesús envía evangelistas, les dice que dependan de la generosidad de las personas entre las que sirven, “porque el obrero es digno de su salario” (Lc 10:7).

Lo que puede ser sorprendente es que estos dos comentarios, que parecen imprevistos de alguna manera, son todo lo que Lucas dice acerca de dar a lo que ahora reconoceríamos como la iglesia. Comparado con el interés incesante que Jesús demuestra por darle al pobre, no hace mucho énfasis en darle a la iglesia. Por ejemplo, en ningún lugar interpreta el diezmo del Antiguo Testamento como una pertenencia de la iglesia. Esto no quiere decir que Jesús establece la generosidad para el pobre como un aspecto en contra de la generosidad para la iglesia. En cambio, es un tema de énfasis. Deberíamos notar que dar dinero no es la única forma de ser generosos. Las personas también participan en el trabajo redentor de Dios al emplear de forma creativa sus habilidades, pasiones, relaciones y oraciones.

El poder y el liderazgo en Lucas

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Como rey, Jesús es el líder del reino de Dios, quien ejerce Su poder en muchas formas que se registran en el Evangelio de Lucas. Sin embargo, es común que los cristianos estén reacios a ejercer el liderazgo o el poder, como si los dos fueran inherentemente malos. Jesús enseña lo contrario. Los cristianos están llamados a liderar y a ejercer el poder, pero a diferencia de los poderes del mundo caído, los deben usar para los propósitos de Dios y no para su propio beneficio.

Persistencia: la parábola de la viuda persistente (Lucas 18:1-8)

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En la parábola de la viuda persistente (Lc 18:1–8), una persona pobre que no tiene poder (la viuda) persiste en fastidiar a una persona corrupta y poderosa (el juez) para que le haga justicia. La parábola da por sentado la enseñanza de Juan el bautista de que tener una posición de poder y liderazgo obliga a trabajar justamente, en especial a favor del pobre y el débil. Pero Jesús enfoca la parábola en un aspecto diferente: que debemos “orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc 18:1). Él identifica a la mujer con Su audiencia —nosotros—, y a la persona a la que se dirigen las oraciones —Dios— con el juez corrupto, una combinación extraña. Sabiendo que Jesús no quiere decir que Dios es corrupto, el punto debe ser que si la persistencia tiene su compensación con un humano corrupto que tiene poder limitado, cuánto más valdrá la pena con un Dios justo de poder infinito.

El propósito de la parábola es animar a los cristianos a perseverar en su fe en contra de todos los pronósticos. Sin embargo, también tiene dos aplicaciones para aquellos que trabajan en posiciones de liderazgo. Primero, la yuxtaposición de un juez corrupto con un Dios justo implica que la voluntad de Dios está actuando incluso en un mundo corrupto. El trabajo del juez es hacer justicia, y por Dios, él hará justicia cuando la viuda haya terminado de insistirle. En todas partes, la Biblia enseña que las autoridades civiles sirven con la autorización de Dios, sea que lo reconozcan o no (Jn 19:11; Ro 13:1; 1P 2:13). Así que hay esperanza de que incluso en medio de una injusticia sistémica, puede haber justicia. La tarea de un líder cristiano es trabajar por esa esperanza en todo momento. No podemos corregir todo lo malo del mundo durante nuestra vida, pero nunca debemos perder la esperanza ni dejar de trabajar por el bien común[1] en medio de los sistemas imperfectos en donde se da el trabajo. Por ejemplo, es poco común que los legisladores tengan la opción de votar por un buen proyecto de ley en contra de un mal proyecto de ley. Por lo general, lo mejor que pueden hacer es votar por proyectos que produzcan más bien que mal, pero deben buscar constantemente oportunidades para traer propuestas a voto que causen incluso menos daño y traigan todavía más bien.

El segundo punto es que solo Dios puede producir la justicia en un mundo caído y es por eso que debemos orar y no rendirnos en nuestro trabajo. Dios puede traer justicia milagrosa en un mundo corrupto, así como Dios puede traer una sanación milagrosa en un mundo enfermo. De repente, el muro de Berlín se abre, el régimen del apartheid se desmorona, la paz aparece. Dios no interviene en la parábola de la viuda persistente; es solo la persistencia de la viuda lo que lleva a que el juez actúe de manera justa. Sin embargo, Jesús indica que Dios es el actor invisible: “¿Y no hará Dios justicia a Sus escogidos, que claman a Él día y noche?” (Lc 18:7).

El uso del término “bien común” implica que las consecuencias de nuestros actos son importantes en la ética cristiana. Esta forma de pensamiento ético, llamado “consecuencialismo”, puede ser desconocido para los que acostumbran pensar en la Biblia solo en términos de normas éticas. Sin embargo, la Biblia usa los tres modos de razonamiento ético que se han identificado a lo largo de los siglos: las normas, las consecuencias y las virtudes. Esto de ninguna manera hace que la Biblia sea “relativista” o “utilitaria”, para nombrar dos sistemas éticos que realmente son ajenos al pensamiento bíblico.

El riesgo: la parábola de las diez minas (Lucas 19:11-27)

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La parábola de las diez minas (“cinco kilos de plata” en la versión NTV) se da en el lugar de trabajo de las altas finanzas. Un noble rico —que pronto sería poderoso— hace un viaje largo para ser coronado como rey. La mayoría de sus ciudadanos lo odiaban y enviaron el mensaje de que se oponían a esa coronación (Lc 19:14). En su ausencia, este hombre les encarga a tres de sus siervos que inviertan su dinero, de los cuales dos toman el riesgo de invertirlo y obtienen ganancias generosas, pero el tercero tiene miedo de arriesgarse y por eso pone el dinero en un lugar seguro y no obtiene ganancias. Cuando el señor regresa, se ha convertido en rey de todo el territorio y decide recompensar a los dos siervos que ganaron dinero para él dándoles un ascenso a posiciones altas. Sin embargo, castiga al tercer siervo por haber guardado el dinero que no produjo ganancias. Entonces, ordena que todos los que se opusieron a él sean asesinados en su presencia.

Jesús cuenta esta parábola justo antes de ir a Jerusalén, en donde fue coronado como rey (“¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!” Lc 19:38) pero poco después fue rechazado por su pueblo. Esto identifica a Jesús con el noble de la parábola y a la multitud que grita “¡Crucifícale!” (Lc 23:21) con las personas que se oponen a la coronación del noble.  Por esto sabemos que las personas han juzgado muy mal al que pronto será su rey, a excepción de los dos siervos que trabajan diligentemente en su ausencia. En este contexto, la parábola nos advierte que debemos decidir si creemos en realidad que Jesús es el rey designado por Dios y estar preparados para soportar las consecuencias de nuestra decisión ya sea de servirle o de oponernos a Él.[1]

Esta parábola deja claro que los ciudadanos del reino de Dios tienen la responsabilidad de trabajar por las metas y propósitos de Dios. En esta parábola, el rey les dice directamente a sus siervos lo que espera que hagan, que es invertir su dinero. Este llamado o mandato específico aclara que predicar, sanar y evangelizar (los llamados de los apóstoles) no son las únicas actividades a las que Dios llama a las personas. Por supuesto, no todos en el reino de Dios son llamados a ser inversionistas y en esta parábola, solo son tres personas las que deben ejercer esta labor. El punto es que reconocer a Dios como rey exige que trabajemos por Sus propósitos en nuestro entorno laboral, cualquiera que sea.

Desde este punto de vista, la parábola sugiere que si decidimos aceptar a Jesús como rey, debemos esperar que haya riesgo en nuestro camino. Los siervos que invirtieron el dinero de su señor enfrentaron el riesgo de ser atacados por los que rechazaban la autoridad del señor. Además, enfrentaron el riesgo de decepcionar a su señor haciendo inversiones que causaran pérdidas. Incluso su éxito los expone al riesgo, ya que ahora que lo han probado y han sido ascendidos, se arriesgan a volverse codiciosos o que el poder se les suba a la cabeza. También enfrentan el riesgo de que sus próximas inversiones —que tendrán sumas mucho más altas— fracasen y los expongan a consecuencias mucho más severas. Habitualmente, en la práctica de negocios (y deportes) anglo-estadounidenses, los Directores ejecutivos (y los entrenadores principales) son despedidos cuando hay resultados mediocres, mientras que los que tienen posiciones de más bajo nivel solo son despedidos por causa de un desempeño excepcionalmente deficiente. Ni el fracaso ni el éxito son seguros en esta parábola y tampoco en el lugar de trabajo actual. Es tentador querer protegerse, cubrirse y buscar una forma segura de acomodarse al sistema mientras que se espera que las cosas mejoren. Pero esconderse es una acción que Jesús condena en esta parábola. El siervo que trata de evitar el riesgo es señalado como infiel. No se nos dice qué habría ocurrido si los otros dos siervos hubieran perdido el dinero en sus inversiones, pero la implicación es que todas las inversiones hechas en servicio fiel a Dios son agradables para Él, sea que alcancen o no su resultado deseado.

(Para consultar una discusión acerca de la parábola similar de los talentos, ver “Mateo 25:14–30” en “Mateo y el trabajo”).

Darrell L. Bock, Luke 9:51–24:53 [Lucas 9:51–24:53], Baker Exegetical Commentary on the New Testament [Comentario exegético Baker del Nuevo Testamento] (Grand Rapids: Baker Books, 1996), 1525–45.

El servicio humilde (Lucas 9:46-50; 14:7-11; 22:24-30)

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Jesús declara que el liderazgo requiere servir humildemente a otros, como vemos en los siguientes tres pasajes adicionales. En el primero (Lc 9:46–50), los discípulos de Jesús comienzan a discutir acerca de quién sería el mayor entre ellos. Jesús responde que el mayor es el que se convierte en un niño en Su nombre. “El que es más pequeño entre todos vosotros, ése es grande”. Note que el modelo no es el niño, sino la persona que se hace como un niño. Servir a los que todos consideran como indignos de su tiempo es lo que hace que un líder sea grande.

El segundo pasaje (Lc 14:7–11) es la respuesta de Jesús al orden social que se ve en un banquete, lo cual no solo es una pérdida de tiempo, dice Jesús, sino que de hecho es contraproducente. “Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado”. Aplicado al liderazgo, esto significa que si usted trata de llevarse crédito por todo, las personas querrán dejar de seguirlo o se distraerán de su trabajo por tratar de hacer que usted se vea mal. Pero si les da el crédito a los demás, las personas querrán seguirlo y eso llevará al verdadero reconocimiento.

El tercer pasaje (Lc 22:24–30) regresa a la cuestión de quién es el mayor de los discípulos. Esta vez Jesús se toma a Sí mismo como el modelo de liderazgo por medio del servicio. “Entre vosotros Yo soy como el que sirve”. En las tres historias, los conceptos de servicio y humildad están unidos. El liderazgo eficaz exige —o es— servicio. El servicio requiere actuar como si usted fuera menos importante de lo que cree que es.

Cuestiones fiscales (Lucas 19:1-10; 20:20-26)

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Todo el tiempo, Lucas ha identificado a Jesús como la persona que trae el gobierno de Dios a la tierra. En el capítulo 19, las personas de Jerusalén finalmente lo reconocen como un rey. Mientras entra al pueblo en un pollino, la multitud bordea el camino y alaba diciendo: “¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” (Lc 19:38). Como sabemos, el reino de Dios abarca todo en la vida, y los temas que Jesús escoge para discutir inmediatamente antes y después de Su entrada a Jerusalén tienen que ver con los impuestos y las inversiones.

Zaqueo, el recaudador de impuestos (Lucas 19:1–10)

En su camino hacia Jerusalén, al pasar por Jericó, Jesús se encuentra con un recaudador de impuestos llamado Zaqueo, que está sentado en un árbol para poder ver mejor a Jesús. Jesús le dice, “Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa” (Lc 19:5). El encuentro con Jesús cambia profundamente la forma en la que Zaqueo trabaja. Como todos los recaudadores de impuestos en los estados clientes de Roma, Zaqueo ganaba su dinero gracias a que les cobraba más de lo debido a los ciudadanos por sus impuestos. Aunque esto era lo que ahora podríamos llamar “la práctica estándar de la industria”, se basaba en el engaño, la intimidación y la corrupción. Una vez que Zaqueo entra al reino de Dios, ya no puede seguir trabajando de esa manera. “Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado” (Lc 19:8). El pasaje no nos dice exactamente cómo —o si— seguiría ganándose la vida, porque eso es irrelevante. Como ciudadano del reino de Dios, no puede participar en prácticas de negocios que van en contra de los caminos de Dios.

Darle a Dios lo que es de Dios (Lucas 20:20–26)

Después del pasaje de la bienvenida de Jesús como rey en Jerusalén, encontramos un incidente en Lucas que se ha usado con frecuencia de forma equivocada para separar el mundo del trabajo del reino de Dios: la declaración de Jesús acerca de los impuestos. Los maestros de la ley y los principales sacerdotes tratan de “sorprenderle en alguna declaración a fin de entregarle al poder y autoridad del gobernador” (Lc 20:20). Le preguntan si es correcto pagarle impuestos al César. En respuesta, Jesús les pide que le muestren una moneda e inmediatamente le muestran un denario. Él les pregunta de quién es el rostro que aparece en la moneda y ellos responden, “del César”. Jesús les dice, “Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Lc 20:25).

Algunas veces, esta respuesta ha sido interpretada como una separación entre lo material y lo espiritual, lo político y lo religioso y lo terrenal y el ámbito celestial. En la iglesia (el ámbito de Dios) debemos ser honestos y generosos y velar por el bien de nuestros hermanos. En el trabajo (el ámbito del César) debemos esconder la verdad, estar motivados por la preocupación por el dinero y cuidarnos a nosotros mismos por encima de todo. Sin embargo, esta es una mala interpretación de lo irónico de la respuesta de Jesús. Cuando dice, “dad al César lo que es del César” no está aprobando una separación entre lo material y lo espiritual. La premisa de que el mundo del César y el mundo de Dios no coinciden de ninguna manera no tiene sentido a la luz de lo que Jesús ha estado diciendo a lo largo del Evangelio de Lucas. ¿Qué es de Dios? ¡Todo! La venida de Jesús como rey a este mundo es la declaración de Dios de que todo el mundo es Suyo. Lo que sea que le pertenezca al César también le pertenece a Dios. El mundo de los impuestos, el gobierno, la producción, la distribución y de toda clase de trabajo es el mundo en el que está entrando el reino de Dios. Los cristianos estamos llamados a involucrarnos en ese mundo, no a salir de él. Este pasaje representa lo opuesto a una justificación de separar el mundo laboral del mundo cristiano. Démosle al César lo que es del César (los impuestos) y a Dios lo que es de Dios (todo, incluyendo los impuestos). (Para consultar una discusión más profunda sobre este incidente, ver la sección de “Mateo 17:24–27 y 22:15–22” en “Mateo y el trabajo”).

La pasión (Lucas 22:47-24:53)

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El punto culminante del trabajo de Jesús es Su sacrificio personal y voluntario en la cruz, cuando exhala confianza en Dios con Su último respiro: “Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu” (Lc 23:46). A través de Su sacrificio y por la obra poderosa del Padre de la resurrección, Jesús toma la posición de rey eterno que se había profetizado en Su nacimiento. “El Señor Dios le dará el trono de Su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lc 1:32–33). Este es en verdad el Hijo amado de Dios, fiel hasta la muerte mientras trabaja a favor de todos los que hemos caído en la pobreza del pecado y la muerte, quienes necesitamos una redención que no podemos obtener por nosotros mismos. A la luz de esto, vemos que el interés de Jesús por el pobre y el que no tiene poder es tanto un fin en sí mismo como una señal de Su amor por todos los que lo siguen. Todos somos pobres y no tenemos poder frente a nuestro pecado y al quebrantamiento del mundo. En Su resurrección, somos transformados en todos los aspectos de la vida mientras nos atrapa el amor extravagante de Dios.

Conclusión de Lucas

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El Evangelio de Lucas es la historia de la llegada del reino de Dios a la tierra en la persona de Jesucristo. Como el verdadero rey del mundo, Cristo es tanto el gobernante a quien le debemos nuestra lealtad, como el modelo para la manera en la que debemos ejercer cualquier clase de autoridad que tengamos en la vida.

Como gobernante, Él nos da un gran mandamiento que se divide en dos partes: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo… Haz esto y vivirás” (Lc 10:27–28). En un sentido, este mandamiento no es nada nuevo, sino que es simplemente un resumen de la ley de Moisés. Lo que es nuevo es que la encarnación de Dios en la persona de Jesús ha inaugurado el reino que se basa en esta ley. Desde el comienzo, el propósito de Dios era que la humanidad viviera en este reino, pero desde el momento en el que Adán y Eva pecaron, las personas han vivido en el reino del mal y la oscuridad. Jesús ha venido a recuperar la tierra para que vuelva a ser el reino de Dios y a crear una comunidad del pueblo de Dios que viva según Su gobierno, incluso mientras el reino de la oscuridad conserva gran parte de su dominio. La respuesta básica de aquellos que se convierten en ciudadanos del reino de Dios es vivir toda su vida —incluyendo el aspecto laboral— en la búsqueda de los propósitos del reino y de acuerdo con sus caminos.

Como nuestro ejemplo a seguir, Jesús nos enseña estos propósitos y caminos. Nos llama a trabajar en tareas tales como la sanación, la proclamación, la justicia, el poder, el liderazgo, la productividad y la provisión, la inversión, el gobierno, la generosidad y la hospitalidad. Envía el Espíritu de Dios para darnos todo lo que necesitamos para cumplir con nuestros llamados específicos. Promete proveer para nosotros. Demanda que proveamos para los demás y por tanto, sugiere que usualmente Su provisión para nosotros vendrá por medio de personas que trabajan a nuestro favor. Nos advierte sobre la trampa de buscar la autosuficiencia por medio de la riqueza y nos enseña que la mejor manera de evitar esa trampa es usar nuestra riqueza para fomentar la relación con Dios y con otras personas. Cuando los conflictos surgen en nuestras relaciones, nos enseña cómo resolverlos para que conduzcan a la justicia y la reconciliación. Ante todo, enseña que la ciudadanía del reino de Dios implica trabajar como siervo de Dios y de las personas. Su sacrificio en la cruz sirve como el modelo supremo del liderazgo de un siervo y Su resurrección al trono del reino de Dios confirma y establece para siempre el amor activo a nuestro prójimo como el camino de la vida eterna.