Jonás y la bendición de Dios para todas las naciones : 811

|

Jonás y la bendición de Dios para todas las naciones

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Como mencionamos en la introducción, el libro de Jonás es atípico entre los Doce Profetas porque su historia no ocurre en Israel, el texto no indica su fecha ni contiene predicciones proféticas y el enfoque no está en el pueblo a donde es enviado el profeta sino en su experiencia personal.[1]  Sin embargo, Jonás está de acuerdo con los demás profetas en que Dios está activo en el mundo (Jon 1:2, 17; 2:10) y que la fidelidad a Dios (o la infidelidad) sustenta una unión de tres partes entre la adoración, la solidez socioeconómica y el medioambiente. Cuando los marineros oran al Señor y obedecen Su palabra, el mar se calma y Dios provee lo necesario para que los marineros y Jonás estén bien (Jon 1:14–17). Cuando Jonás vuelve a adorar correctamente, el Señor hace que el entorno regrese a su orden correcto: el pez en el mar y las personas en tierra seca (Jon 2:7–10). Cuando Nínive decide escuchar al Señor, los animales y los seres humanos se unen en armonía y cesan las vulneraciones socioeconómicas (Jonás 3:4–10). Aunque el contexto de Jonás es diferente al del resto de los Doce Profetas, su teología no lo es. Las contribuciones particulares del libro de Jonás son (1) el enfoque en el llamado y la respuesta del profeta y (2) el reconocimiento de que el trabajo de Dios para bendecir a Israel no es en contra de otras naciones, sino que Él desea bendecir a las demás naciones por medio de Israel.[2]

Douglas Stuart, vol. 31, Word Biblical Commentary: Hosea-Jonah (Dallas: Word, Inc., 2002), 431.

Stuart, Hosea-Jonah, 434.

El llamado y la respuesta de Jonás (Jonás 1:1-17)

Regresar al Índice Regresar al Índice

Como es común con los Doce Profetas, el libro de Jonás comienza con un llamado de Dios (Jon 1:1–2). Sin embargo, a diferencia de los demás, Jonás rechaza este llamado y, de forma necia, intenta huir de la presencia del Señor abordando un barco que se dirige a tierra extranjera (Jon 1:3). Esto no solo lo pone a él en peligro sino también a los que viajaban en el barco, ya que —como hemos visto a lo largo del libro de los Doce — romper el pacto con Dios tiene consecuencias tangibles y las acciones de los individuos siempre afectan a la comunidad. Dios envía una tormenta que, primero, arruina el panorama comercial de los marineros ya que se ven obligados a lanzar toda la mercancía al mar para aligerar el peso (Jon 1:5). Y eventualmente, también amenaza sus propias vidas (Jon 1:11). La tormenta disminuye y el peligro para la comunidad desaparece solamente cuando Jonás propone que lo lancen al mar (Jon 1:12–15), lo cual los marineros aceptaron a regañadientes.

El propósito de un llamado de Dios es servir a otras personas y el llamado de Jonás tiene el propósito de beneficiar a Nínive. Cuando rechaza la guía de Dios, no solo se debilitan las personas a las que fue llamado a servir, sino que también sufren las personas a su alrededor. Si aceptamos que todos somos llamados a servir a Dios en nuestro trabajo —el cual es probablemente diferente al de Jonás, pero no menos importante para Dios (ver el artículo del Proyecto de la Teología del Trabajo con el título “Vocation Overview” [Perspectiva general de la vocación] en www.theologyofwork.org)— reconocemos que cuando no lo hacemos estamos perjudicando a nuestras comunidades. Entre más poderosos sean nuestros dones y talentos, mayor será el daño que podremos hacer si rechazamos la guía de Dios en el trabajo. Sin duda sabemos de personas cuyas habilidades prodigiosas les permiten hacer un gran daño en los campos de los negocios, el gobierno, la sociedad, la ciencia, la religión y todos los demás. Imagine el bien que podrían haber hecho, el mal que podrían haber evitado, si primero hubieran sometido sus habilidades a la adoración y al servicio del Señor. En comparación, puede que nuestros dones parezcan insignificantes, pero imagine el bien que podríamos hacer y el mal que podríamos evitar si hiciéramos nuestro trabajo como un servicio a Dios a lo largo de toda la vida.

La bendición de Dios para todas las naciones (Jonás 1:16; 3:1-4:2)

Regresar al Índice Regresar al Índice

Jonás desobedece el llamado de Dios porque se opone al deseo del Señor de bendecir a los adversarios de Israel, la nación de Asiria y Nínive, su ciudad capital. Cuando al final cede y su misión es exitosa, se molesta por la misericordia de Dios con ellos (Jon 4:1–2). Esto es entendible, ya que en su momento Asiria conquistó el reino del norte de Israel (2R 17:6) y Jonás es enviado a bendecir el pueblo que aborrece. Sin embargo, esta es la voluntad de Dios. Por lo visto, el deseo de Dios es usar al pueblo de Israel para bendecir a todas las naciones, no solo a ellos mismos. (Ver “Bendición para todos los pueblos”, Jeremías 29, enJeremías y Lamentaciones y el trabajoanteriormente).

¿Es posible que cada uno trate de ponerle sus propias limitaciones al alcance de las bendiciones de Dios por medio de su trabajo? Con frecuencia creemos que debemos acaparar los beneficios de nuestro trabajo para nosotros mismos, no sea que otros obtengan una ventaja sobre nosotros. Puede que acudamos a la clandestinidad y al engaño, la trampa y los atajos, la explotación e intimidación, en un esfuerzo por aventajar a nuestros rivales en el trabajo. Parece que aceptamos como un hecho la suposición no comprobada de que nuestro éxito en el trabajo tiene que venir a costa de los demás. ¿Nos hemos convencido de que el éxito es un juego de suma cero?

La bendición de Dios no es una cubeta de capacidad limitada, sino una fuente que rebosa. “Ponedme ahora a prueba en esto —dice el Señor de los ejércitos— si no os abriré las ventanas del cielo, y derramaré para vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Mal 3:10). A pesar de la competencia, las limitaciones de recursos y la malicia que comúnmente enfrentamos en el trabajo, la misión de Dios para nosotros no es algo tan insignificante como la supervivencia contra todo pronóstico, sino la transformación maravillosa de nuestros lugares de trabajo para alcanzar la creatividad y productividad, las relaciones y la armonía social y el balance medioambiental que Dios planeó desde el comienzo.

Aunque al comienzo Jonás se niega a participar en la bendición de Dios para sus adversarios, al final su fidelidad a Dios supera su desobediencia. Eventualmente decide advertir a Nínive y para su pesar, los ciudadanos allí responden apasionadamente a su mensaje. Toda la ciudad, “desde el mayor hasta el menor de ellos” (Jon 3:5b), desde el rey y sus nobles al pueblo en las calles y los animales de sus rebaños, decidieron obedecer y se volvió “cada uno de su mal camino y de la violencia que hay en sus manos” (Jon 3:8). “Y los habitantes de Nínive creyeron en Dios” (Jon 3:5a) y cuando “vio Dios sus acciones, que se habían apartado de su mal camino; entonces se arrepintió Dios del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo” (Jon 3:10).

Esto desalienta a Jonás porque él desea determinar los resultados del trabajo al que Dios lo llamó. Quiere que Nínive no sea perdonado sino castigado, juzga duramente los resultados de su propio trabajo (Jon 4:5) y se pierde del gozo de otros. ¿Será que nosotros hacemos lo mismo? Cuando nos lamentamos por la aparente falta de significado y éxito en nuestro trabajo, ¿estamos olvidando que solo Dios puede ver el verdadero valor de nuestra labor?

Es posible que la dureza del corazón de Jonás sea motivada por un interés por su reputación. Él proclamó la palabra de Dios de que “Nínive será arrasada” (Jon 3:4), pero al final esto no sucedió. Aunque fuera su propio mensaje lo que llevó al pueblo de Nínive a arrepentirse y a evitar la destrucción, ¿es posible que Jonás sintiera que su credibilidad había sido perjudicada? Esta idea parece ser el centro de su queja en Jonás 4:2. Él anunció lo que Dios le dijo que anunciara, pero Dios cambió de opinión e hizo que Jonás se viera como un tonto. Dios está dispuesto a “arrepentirse del mal con que amenaza”, pero Jonás no está dispuesto a verse como un tonto, ni siquiera si eso es lo que se requiere para perdonar la vida de 128.000 personas. Como Jonás, es bueno preguntarnos si nuestras actitudes y acciones en el trabajo tienen que ver más con hacernos ver bien que con traer la gracia y el amor de Dios a las personas a nuestro alrededor.

Con todo, hasta los momentos pequeños y vacilantes de obediencia a Dios de Jonás trajeron bendiciones para aquellos a su alrededor. En el barco, él reconoce, “temo al Señor Dios del cielo” (Jon 1:9) y se sacrifica por el bien de las personas que viajaban con él. Como resultado, ellos se salvan de la tormenta y además se vuelven seguidores del Señor. “Y aquellos hombres temieron en gran manera al Señor; ofrecieron un sacrificio al Señor y le hicieron votos” (Jon 1:16).

Si encontramos que nuestro trabajo al servicio de Dios está truncado por la desobediencia, el resentimiento, la laxitud, el temor, el egoísmo u otras dolencias, la experiencia de Jonás puede ser de ánimo para nosotros. Aquí tenemos a un profeta que pudo ser incluso peor que nosotros en el servicio fiel, pero Dios logra la plenitud de Su misión por medio del servicio titubeante, defectuoso e intermitente de Jonás. Por el poder de Dios, nuestro servicio defectuoso puede lograr todo lo que Él planea.

Dios cuida a los que responden a Su llamado (Jonás 1:3, 12-14, 17; 2:10; 4:3-8)

Regresar al Índice Regresar al Índice

Teniendo en cuenta la experiencia de Jonás, es posible que temamos que el llamado de Dios nos lleve a la calamidad y dificultad. ¿No sería más fácil esperar que Dios no nos llame? Es verdad que responder al llamado de Dios puede requerir gran sacrificio y dificultad.[1] Sin embargo, en el caso de Jonás, la dificultad no surge del llamado de Dios sino de la desobediencia de Jonás. El naufragio y los tres días en el mar dentro del gran pez son el resultado directo de su intento de huir de la presencia de Dios. Más adelante, su exposición al sol y el viento y su desespero casi al punto del suicidio (Jon 4:3–8) no son dificultades impuestas por Dios, sino que son causadas porque Jonás se rehúsa a aceptar las bendiciones de un “Dios clemente y compasivo lento para la ira y rico en misericordia” que está listo a arrepentirse del mal con el que amenaza (Jon 4:2).

La verdad es que Dios siempre está trabajando para cuidar y confortar a Jonás. Él hace que las personas tengan compasión de Jonás, como cuando los marineros tratan de remar para llegar a tierra firme antes de aceptar la oferta de Jonás de ser lanzado por la borda (Jon 1:12–14). Dios envía a un pez para que salve a Jonás de ahogarse (Jon 1:17) y después le ordena que expulse a Jonás en tierra seca (Jon 2:10). Además, permite que Jonás halle gracia entre la población enemiga de Nínive, en donde lo tratan con aprecio y le prestan atención a su mensaje. En la época de mayor necesidad de Jonás, Dios le provee sombra y refugio en Nínive (Jon 4:5–6).

El caso de Jonás es un ejemplo de que el llamado de Dios a servir a otros en el trabajo no se da necesariamente a costa de nuestro propio bienestar. Si creemos que esto es así, seguimos atrapados en una mentalidad del juego de suma cero. Si Dios realizó actos extraordinarios para proveer para Jonás aunque rechazara el llamado del Señor, imagine las  bendiciones que habría experimentado si hubiera aceptado el llamado desde el comienzo. Los medios para viajar, amigos dispuestos a arriesgar su vida por él, la armonía con el mundo de la naturaleza, la sombra y el refugio, el aprecio de las personas con las que trabaja y un éxito asombroso en su trabajo —imagine lo grandes que habrían sido estas bendiciones si Jonás las hubiera aceptado como Dios lo deseaba. Incluso en la forma reducida en la que Jonás las recibe, estas muestran que el llamado de Dios al servicio también es una invitación a la bendición.

A classic exploration of this topic is Dietrich Bonhoeffer’s The Cost of Discipleship (New York: Macmillan, 1966), originally published in 1937.