Isaías y el trabajo : 485

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Isaías y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción a Isaías

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El profeta Isaías recibió una visión de Dios —de Su gran poder, Su gloriosa majestad y Su santidad purificadora. Dar un vistazo a la majestad de Dios lo llevó a tener una perspectiva humilde de sí mismo y su sociedad. “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito” (Is 6:5). Ver quién es Dios en la Escritura puede limpiar nuestra prepotencia y lo insuficiente de nuestro servicio de labios en la adoración, además de darnos una imagen clara de lo que es verdaderamente valioso en la vida. Esto cambia la forma en la que vivimos, la forma en la que hacemos negocios y la forma en la que adoramos. Cuando entendemos quién es Dios y dónde nos encontramos respecto a Él, nuestros valores y nuestra ética de trabajo se transforman.

En particular, el libro de Isaías da una imagen clara, y a veces atemorizante, de las expectativas de Dios para los líderes. En cierto modo, es una evaluación extendida —y principalmente negativa— del desempeño de los reyes y otros líderes de Israel y Judá. (En Isaías, Judá se refiere al reino del sur de la nación dividida de Israel, mientras que “Israel” se refiere o al reino del norte o —más frecuentemente— al pueblo judío como un todo).[1] Los lugares de trabajo modernos difieren significativamente de los del antiguo pueblo de Israel. Por ejemplo, los líderes que vemos en el libro trabajan en puestos gubernamentales, militares o religiosos, pero los líderes en la actualidad también trabajan en corporaciones, emprendimientos, ciencia, academia y otros campos. Aun así, el texto de Isaías puede aplicarse al mundo actual si entendemos lo que este libro quiere decir en su contexto original y tomamos principios que apliquen para el trabajo en la actualidad. Además, en la perspectiva de Isaías, la forma en la que trabajamos hoy día tiene valor y significado en la nueva creación que Dios promete para Su pueblo.

La evaluación de Dios de Israel y Judá

La mayor parte del libro muestra a Isaías expresando la evaluación de Dios del fracaso de Israel, al no ser capaces de vivir de acuerdo con el pacto con Dios. Isaías es el primero de los “profetas literarios” mayores del Antiguo Testamento —aquellos cuyas profecías están escritas en libros titulados con el nombre de cada profeta. Se requiere cierto conocimiento del libro de Deuteronomio al leer los libros de los profetas, ya que la mala calificación que Dios les da a los líderes de Israel y Judá se debe entender a la luz del pacto expresado en la Ley de Moisés. A través de Moisés, Dios hizo un pacto con Su pueblo. Él les prometió seguridad, paz y prosperidad garantizadas por Su presencia entre ellos. A cambio, los israelitas le prometieron adoración y el cumplimiento de la ley que les dio. Isaías, igual que los demás profetas literarios, proclama el fracaso del pueblo —y especialmente de los líderes— al no obedecer la ley de Dios. No es casualidad que por lo general los judíos de la época de Jesús resumieran el Antiguo Testamento de forma sucinta llamándole “la Ley y los Profetas”. Para entender mejor a los profetas, no solamente se deben leer sus relatos dentro de su contexto histórico, sino también con el trasfondo del pacto y la ley de Dios.

En Isaías, Judá se refiere al reino del sur de la nación dividida de Israel, mientras que “Israel” se refiere o al reino del norte o —más frecuentemente— al pueblo judío como un todo

Perspectiva general de libro de Isaías

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De acuerdo con Isaías 1:1, la carrera del profeta Isaías se extendió durante el gobierno de cuatro reyes en el reino del sur de Judá: Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías. Él fue un emisario de Dios para Judá por más de cincuenta años (desde aproximadamente el 740 hasta el 686 a. C.), casi cien años antes de los otros tres profetas literarios mayores —Jeremías, Ezequiel y Daniel. Aunque la escena política en Judá era diferente de la del reino del norte de Israel, los pecados del pueblo eran lamentablemente similares: la adoración a los dioses, la opresión y marginación de los pobres para ganancia personal y la práctica de negocios que amenazaban la ley de Dios de forma drástica. Igual que su contemporáneo Amós (quien entregó mensajes de Dios en el lugar sagrado en Betel al pueblo de Israel que no se había arrepentido), Isaías vio claramente que la adoración con palabras vacías lleva a una ética social egoísta.

Isaías se diferencia de Jeremías y Ezequiel en que el carácter de su ministerio profético mezcla pronósticos (la visión del futuro) en gran medida con la predicación[1] (pregonar la verdad a un pueblo pecador). Aunque el libro de Isaías proporciona varios puntos históricos que presentan al profeta en un periodo particular de la historia de Judá, el texto extiende su visión desde el tiempo de Isaías hasta el final de los tiempos, cuando Dios cree “cielos nuevos y una tierra nueva” (Is 65:17). Algunos eruditos han descrito el libro de Isaías como una visión de cadena montañosa, en la cual son visibles varios picos, pero los valles que se extienden entre los picos (los períodos que separan varias ideas proféticas) no se pueden ver. Por ejemplo, la profecía al rey Acaz de que Dios daría como señal un bebé llamado Emmanuel (Is 7:14) la vuelve a tomar Mateo setecientos años después (Mt 1:23), como una visión del Mesías que está a punto de nacer[2].

Las notas históricas en el libro que presentan al profeta Isaías en el siglo sexto antes de Cristo comienzan con su recepción de una visión de Dios y un llamado al ministerio de profeta “en el año de la muerte del rey Uzías”, es decir, el 740 a. C. (Is 6:1). El texto pasa por alto el reinado de dieciséis años del rey Jotam (2R 15:32–38) y retoma el relato en Isaías 7:1 con el rey Acaz (2R 16:1 en adelante), quien enfrentó la destrucción aparentemente inminente de Jerusalén en manos de los sirios y sus aliados en la época, el reino de norte de Israel. Más tarde, en los capítulos 36 y 37, el profeta describe el dilema del rey Ezequías cuando el general asirio Senaquerib sitió Jerusalén, amenazando con su total destrucción (2R 18:13–19:37).

Isaías continúa con la historia de Ezequías en los capítulos 38 y 39, una historia de la enfermedad mortal del rey y la disposición de Dios de extender su vida por quince años más. En cada uno de estos puntos históricos, el profeta Isaías estaba involucrado directamente con los reyes comunicándoles las palabras de Dios.

La profecía de Isaías proyecta una visión para el pueblo de Dios que va desde el juicio nacional inminente a la restauración por gracia después de la catástrofe que resulta y hasta la esperanza escatológica de algo tan distinto a lo que solo se le puede llamar nuevos cielos y nueva tierra (Is 65:17). Su trabajo (de predicción y también exhortación) abarca desde la monarquía en Judá al exilio de la nación en Babilonia y a la restauración y el regreso a Judá. Él anuncia los eventos desde la venida del Mesías hasta la llegada de “nuevos cielos y nueva tierra”. Estructuralmente, los capítulos del 1 al 39 cubren el período del ministerio activo de Isaías, mientras que los capítulos que quedan del libro (40–66) examinan con profundidad el futuro del pueblo de Dios. Por tanto, la palabra profética del Señor por medio de Isaías se extiende por incontables generaciones.

El llamado de Isaías fue a servir como el emisario de Dios ante el pueblo de Judá y proclamarles su estado de pecadores ante los ojos de Dios. Más adelante, el profeta insistió que sus profecías fueran registradas para las generaciones futuras: “Ahora ve, escríbelo en una tablilla delante de ellos… para que sirva en el día postrero como testigo para siempre. Porque este es un pueblo rebelde, hijos falsos, hijos que no quieren escuchar la instrucción del Señor” (Is 30:8, 9). El pecado del pueblo se define por su negligencia respecto a la ley de Dios o las demandas del pacto de Dios para ellos como Su pueblo. Las profecías contra el pueblo pecador son tan fuertes que se podría describir la situación de la siguiente manera: el deseo de Dios por aquellos que ha llamado como Su pueblo es tal, que si ellos no son Su pueblo entonces ni siquiera podrán ser un pueblo.

La descripción del cargo de un profeta incluye tanto decir la verdad como comunicar lo que sucederá en el futuro. Continuamente, Isaías llamó al pueblo a que volviera a vivir de acuerdo con la ley justa de Dios (lo que es expresar la verdad), pero también vio el futuro y predijo eventos que ocurrirían después (lo que es predecir el futuro). La mayoría de los profetas eran principalmente predicadores de justicia, y su trabajo de predecir no se extendía tanto al futuro como el de Isaías, Daniel o Miqueas. Aunque les advertían a las personas pecadoras acerca del desastre inminente que Dios traería sobre ellos debido a su pecado, solo algunos profetas extendieron el rango de sus profecías más allá del siguiente castigo de Dios sobre el pueblo pecador.

Más precisamente, esta profecía tiene un cumplimiento a corto plazo en el nacimiento de un bebé en la época de Acaz, y un cumplimiento supremos en la cencepción virginal y el nacimiento de Jesús.

La perspectiva de Dios de nuestro trabajo

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SHay siete temas principales referentes a nuestro trabajo diario que emergen de los escritos de Isaías: (1) existe una relación integral entre nuestra adoración y nuestra vida laboral; (2) el orgullo, la arrogancia y la autosuficiencia en nuestro trabajo nos harán fracasar; (3) Dios desprecia la riqueza que se gana explotando a las personas pobres y marginadas; (4) Dios desea que mientras confiamos en Él, vivamos en paz y prosperidad; (5) Dios, nuestro creador, es la fuente de todo; (6) en Isaías, vemos un ejemplo poderoso de un siervo de Dios en el trabajo; y finalmente, (7) el sentido supremo del trabajo actual se encuentra en la nueva creación. Estos temas se discuten en el orden en que aparecen en el libro de Isaías.

La adoración y el trabajo (Isaías 1)

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Isaías comienza haciendo énfasis en que los rituales religiosos son repugnantes para Dios cuando van acompañados de una vida de pecado:

¿Qué es para Mí la abundancia de vuestros sacrificios? —dice el Señor. Harto estoy de holocaustos de carneros, y de sebo de ganado cebado; y la sangre de novillos, corderos y machos cabríos no me complace… ¿quién demanda esto de vosotros, de que pisoteéis Mis atrios? No traigáis más vuestras vanas ofrendas, el incienso me es abominación… esconderé Mis ojos de vosotros; sí, aunque multipliquéis las oraciones, no escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, limpiaos, quitad la maldad de vuestras obras de delante de Mis ojos; cesad de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad la justicia, reprended al opresor, defended al huérfano, abogad por la viuda. (Is 1:11–17)

Más adelante, él repite el reclamo de Dios: “Este pueblo se me acerca con sus palabras y me honra con sus labios, pero aleja de Mí su corazón, y su veneración hacia Mí es sólo una tradición aprendida de memoria” (Is 29:13). La catástrofe que viene sobre la nación es un resultado directo de su decisión de oprimir a los trabajadores y no proveer para los que tienen necesidades económicas.

Declara a Mi pueblo su transgresión y a la casa de Jacob sus pecados. Con todo me buscan día tras día y se deleitan en conocer Mis caminos, como nación que hubiera hecho justicia, y no hubiera abandonado la ley de su Dios. Me piden juicios justos, se deleitan en la cercanía de Dios. Dicen: “¿Por qué hemos ayunado, y Tú no lo ves? ¿Por qué nos hemos humillado, y Tú no haces caso?” He aquí, en el día de vuestro ayuno buscáis vuestra conveniencia y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí, ayunáis para contiendas y riñas, y para herir con un puño malvado…
¿No es éste el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las coyundas del yugo, dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo? ¿No es para que partas tu pan con el hambriento, y recibas en casa a los pobres sin hogar; para que cuando veas al desnudo lo cubras, y no te escondas de tu semejante? Entonces tu luz despuntará como la aurora, y tu recuperación brotará con rapidez; delante de ti irá tu justicia; y la gloria del Señor será tu retaguardia. (Is 58:1b–4, 6–8)

En nuestro mundo actual, en el que por lo general nuestro trabajo diario parece desligado de nuestra adoración del fin de semana, Dios dice, “Si ustedes conocen Mi ley y me aman, no van a maltratar a sus trabajadores”. Isaías sabía por experiencia propia que una visión genuina de Dios cambia nuestra vida, incluyendo cómo vivimos como cristianos en el lugar de trabajo

¿Cómo sucede esto? Una y otra vez, Isaías nos da una visión de Dios, alto y enaltecido por encima de todos los dioses:

  • “Al Señor de los ejércitos es a quien debéis tener por santo. Sea Él vuestro temor, y sea Él vuestro terror. Él vendrá a ser santuario” (Is 8:13–14).
  • El poder incomparable de Dios es mitigado por la compasión por Su pueblo: “¿Por qué dices, Jacob, y afirmas, Israel: Escondido está mi camino del Señor, y mi derecho pasa inadvertido a mi Dios? ¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? El Dios eterno, el Señor, el creador de los confines de la tierra no se fatiga ni se cansa. Su entendimiento es inescrutable. Él da fuerzas al fatigado, y al que no tiene fuerzas aumenta el vigor” (Is 40:27–29).
  • “Aun desde la eternidad, Yo soy, y no hay quien libre de Mi mano; Yo actúo, ¿y quién lo revocará?” (Is 43:13).
  • “Yo soy el primero y Yo soy el último, y fuera de Mí no hay Dios. “¿Y quién como Yo? Que lo proclame y lo declare. Sí, que en orden lo relate ante Mí, desde que establecí la antigua nación. Que les anuncien las cosas venideras y lo que va a acontecer” (Is 44:6–7).
  • “Oyeme, Jacob... Yo soy, Yo soy el primero y también soy el último. Ciertamente Mi mano fundó la tierra, y Mi diestra extendió los cielos” (Is 48:12–13).

Tal vez el poder de Dios nos hace temblar, pero Su compasión por nosotros nos atrae hacia Él. En respuesta, le adoramos, viviendo en todo momento a la luz de Su deseo de que reflejemos Su interés por la justicia y la rectitud. Nuestro trabajo y nuestra adoración están ligados por nuestra perspectiva del Santo. Nuestro entendimiento de quién es Dios cambiará la forma en la que trabajamos, la forma en la que nos desempeñamos y la forma en la que vemos y tratamos a las personas que podrían beneficiarse de nuestro trabajo.

La conexión integral entre nuestro trabajo y la aplicación práctica de nuestra adoración también se ve en las historias de dos reyes a quienes el profeta llamó a confiar en Dios en el trabajo. Acaz y Ezequías tenían responsabilidades de liderazgo en Judá como monarcas. Ambos enfrentaron enemigos aterradores que estaban empeñados en la destrucción de su nación y la ciudad de Jerusalén. Los dos tuvieron la oportunidad de creer la palabra de Dios a través del profeta Isaías, que Dios no permitiría que la nación cayera ante el enemigo. De hecho, la palabra de Dios para Acaz fue que lo que el rey aterrado más temía no sucedería, pero “Si no creéis, de cierto no permaneceréis” (Is 7:9). Acaz se rehusó a confiar en que Dios los salvaría y en cambio, recurrió a una alianza imprudente con Asiria.

Una generación después, Ezequías enfrentó un enemigo aún más temible, e Isaías le aseguró que Dios no permitiría que la ciudad cayera ante los ejércitos de Senaquerib. Ezequías decidió creer en Dios y “salió el ángel del Señor e hirió a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; cuando los demás se levantaron por la mañana, he aquí, todos eran cadáveres. Entonces Senaquerib, rey de Asiria, partió y regresó a su tierra, y habitó en Nínive” (Is 37:36–37).

En estas dos historias, Isaías enfatiza para nosotros el contraste entre la fe en Dios (la base de nuestra adoración) y el temor causado por aquellos que nos amenazan. El trabajo es un lugar en donde enfrentamos la decisión entre la fe y el temor. ¿Dónde está nuestro Señor cuando estamos en el trabajo? Él es Emmanuel, “Dios con nosotros” (Is 7:14) incluso en el trabajo. Lo que creemos acerca del carácter de Dios determinará si vamos a “permanecer firmes en fe” o si nos vencerá el temor a los que tienen el poder para perjudicarnos.

El orgullo, la arrogancia y la autosuficiencia (Isaías 2)

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En los escritos de Isaías, el orgullo, la arrogancia y la autosuficiencia están particularmente relacionados con la negación de la autoridad y la majestad de Dios en todos los campos. Reemplazamos la excepcionalidad de Dios por la confianza en el ingenio humano o en dioses extranjeros. Isaías abordó este problema directamente en las primeras partes del libro: “La mirada altiva del hombre será abatida, y humillada la soberbia de los hombres; el Señor solo será exaltado en aquel día” (Is 2:11).

El orgullo de la nación se expone en tres aspectos: su riqueza, su poderío militar y su idolatría. La combinación de estos tres factores crea una triada destructiva perjudicial que aleja al pueblo de la dependencia humilde en Dios. En vez de eso, ellos dependen del trabajo de sus manos —ídolos así como la riqueza y el poderío militar.

Isaías describe su riqueza en plata y oro: “no tienen fin sus tesoros” (Is 2:7). Además, hace la misma afirmación acerca de su destreza militar y los ídolos: pareciera que no hay límites para el pueblo. El profeta se burla de los ídolos, que son creados por las personas y luego adorados como dioses (Is 44:10–20). Dios aborrece el orgullo humano y la autosuficiencia. La riqueza acumulada o la búsqueda de riqueza que hace que la majestad de Dios quede al margen de nuestra vida diaria es una ofensa para el Señor: “Dejad de considerar al hombre, cuyo soplo de vida está en su nariz; pues ¿en qué ha de ser él estimado?” (Is 2:22). En el capítulo 39, el rey Ezequías queda bajo el juicio de Dios porque decidió presumir el tesoro del templo ante los emisarios de la lejana Babilonia. En vez de tratar de impresionar a un adversario con la riqueza del reino, el rey debió haberse humillado delante de Dios.

Explotación y marginalización (Isaías 3)

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Una acusación recurrente a lo largo del libro de Isaías es que los líderes eran infieles al pacto de Dios porque buscaban la riqueza y el estatus a costa del bienestar de las personas pobres y marginadas. En Isaías 3:3–15 se registra el juicio de Dios para los ancianos y los líderes del pueblo por expandir su propia riqueza saqueando y oprimiendo a los pobres. Respecto a la situación descrita en Isaías 3:14, H. G. M. Williamson hace la siguiente observación:

Por lo general, esto se asocia con el desarrollo durante este periodo de una estructura de clases, en la cual la riqueza y por lo tanto el poder, llegaron a concentrarse progresivamente en las manos de una minoría privilegiada a costa de los pequeños productores y otros actores similares... La necesidad de préstamos, con los peligros consecuentes de la esclavitud… la ejecución hipotecaria y finalmente la esclavitud por deuda, eran los medios con los cuales se podía solucionar esta situación legalmente, aunque injustamente, según la opinión de los profetas[1]

De forma similar, en la Parábola de la viña en Isaías 5, el primero de varios ayes en contra del pueblo de Judá se relacionaba precisamente con su explotación de los pobres para acumular riquezas: “¡Ay de los que juntáis casa con casa, y añadís campo a campo hasta que no queda sitio alguno, para habitar vosotros solos en medio de la tierra!” (Is 5:8).[2]

Como pueblo de Dios, estaban llamados a ser diferentes a las culturas rivales que los rodeaban. La explotación de los pobres para el progreso de la élite social era un incumplimiento de las demandas del pacto de Dios para que Su pueblo en realidad fuera Su pueblo. Este patrón se puede ver anteriormente en la historia de Israel, en el reinado de Acab a través de su esposa extranjera, Jezabel, quien le robó su viña a un granjero llamado Nabot después de hacer que lo mataran. El profeta Elías estaba enfurecido y dijo, “Los perros comerán a Jezabel en la parcela de Jezreel” (1R 21:23). Isaías vio que el patrón de ambición egoísta basado en la injusticia contra los pobres y marginados seguía presente en Judá y declaró que llegaría el día en el que el Mesías de Dios le pondría fin a esa situación. “Sino que juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los afligidos de la tierra” (Is 11:4).

Aunque Isaías se concentraba en los pecados del pueblo de Dios en Judá, también incluyó el juicio de Dios sobre las naciones: “Este es el plan acordado contra toda la tierra, y esta es la mano que está extendida contra todas las naciones” (Is 14:26). Babilonia sería derrotada (Is 13:9–11); en tres días, se acabaría la gloria de Moab (Is 15), Siria caería (Is 17:7–8), igual que Etiopía (Is 18), Egipto (Is 19:11–13) y Tiro (Is 23:17). Dios destruiría al rey de Asiria por causa de su corazón arrogante y su mirada altiva (Is 10:12). “La tierra es profanada por sus habitantes, porque traspasaron las leyes… Por eso, una maldición devora la tierra, y son tenidos por culpables los que habitan en ella” (Is 24:5–6a).

El interés de Dios por la justicia y la rectitud lo lleva hoy a juzgar a las naciones, gobiernos, comunidades, corporaciones, instituciones, organizaciones e individuos que defraudan y engañan a otros para obtener alguna ganancia personal. En nuestros días, vemos la explotación de naciones enteras por parte de sus propios líderes, como en Myanmar; el desastre causado por la negligencia de corporaciones extranjeras, como en el desastre de Bhopal en India; y el fraude de inversionistas por parte de individuos tales como Bernie Madoff. De igual importancia son las injusticias aparentemente pequeñas que vemos —y en las que nos involucramos—, tales como la compensación injusta, la carga de trabajo excesiva, los términos y condiciones de contratos gravosos, las trampas en exámenes e ignorar cuando hay abusos en casa, el trabajo, la iglesia o en la calle. Al final, Dios juzgará a aquellos que obtienen su riqueza o preservan sus trabajos o privilegios por medio de la explotación de los pobres y marginados.

H. G. M. Williamson, Isaiah 1–5 [Isaías 1–5], vol. 1, A Critical and Exegetical Commentary on Isaiah 1–27 [Un comentario crítico y exegético sobre Isaías 1–27] (Londres: T&T Clark, 2006), 271.

Compare con Is 1:23; 3:9; 5:23; 10:1–2; 29:21. Ver también John Barton, “Ethics in the Book of Isaiah” [La ética en el libro de Isaías], en Writing and Reading the Scroll of Isaiah: Studies of an Interpretive Tradition [Escribiendo y leyendo el pergamino de Isaías: estudios de una tradición interpretativa], ed. Craig C. Broyles y Craig A. Evans, vol. 1 (Leiden: Brill, 1997), 89–70.

Paz y prosperidad (Isaías 9)

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En contraste con el orgullo, la arrogancia y la autosuficiencia que nos destruirán a nosotros o a aquellos que explotan a los pobres para ganar su riqueza, el cuarto tema en Isaías dice que mientras ponemos nuestra confianza en el único Dios verdadero, viviremos en paz y prosperidad. El pueblo de Dios se regocijará ante su Señor “como con la alegría de la cosecha” (Is 9:3). Por el poder del espíritu de Dios, el pueblo habitará en paz y seguridad y disfrutará de su trabajo (Is 32:15): “¡Cuán bienaventurados seréis vosotros los que sembráis junto a todas las aguas, y dejáis sueltos al buey y al asno!” (Is 32:20).

Del mismo modo, una de las promesas que vino luego de que Ezequías confiara en la liberación de Dios del rey asirio Senaquerib, fue que el pueblo disfrutaría el fruto de su propio trabajo:

“Esto te será por señal: Este año comeréis lo que crezca espontáneamente; el segundo año lo que nazca de por sí, y en el tercer año sembrad, segad, plantad viñas y comed su fruto” (Is 37:30). Debido a la angustia por la invasión inminente de Senaquerib, la tierra se había quedado inactiva. Dios prometió que el alimento vendría de ella aunque no había sido cultivada. Sin embargo, para que un pueblo disfrutara el fruto de una viña, se requieren años de paz para realizar el cultivo apropiado. Las condiciones de paz son una bendición de Dios. El trabajo exitoso de Judá en el campo y la viña sirvieron como una señal continua del amor del pacto de Dios.[1]

En el panorama de la nueva Sion en Isaías 62 se encuentra una de las promesas de Dios relacionadas con el disfrute del pueblo de su propio alimento y su propio vino por el cual han trabajado (Is 62:8–9). Igualmente, en la descripción de los nuevos cielos y la nueva tierra donde las cosas pasadas serán olvidadas en la nueva creación, el pueblo de Dios ya no será oprimido, sino que construirán sus propias casas, beberán su propio vino y comerán su propio alimento (Is 65:21–22). 

En el Antiguo Testamento, debido a que el trabajo en el campo era la principal ocupación de la mayoría de personas, muchos ejemplos de la Biblia se toman a partir de la vida y las expectativas agrarias. Sin embargo, el principio mayor es que Dios nos llama, sin importar cuál sea nuestra vocación, a confiar en Él en nuestro trabajo, así como en los aspectos aparentemente más religiosos de nuestras vidas.

Dios aprecia los roles creativos que Su pueblo desempeña al esforzarse por ser excelente en lo que hace bajo el pacto de Dios. “Plantarán también viñas y comerán su fruto” (Is 65:21). Los problemas surgen cuando tratamos de darle vuelta a la distinción Creador/criatura al reemplazar los valores y la provisión de Dios por nuestros propios valores y ambición descontrolada. Esto ocurre cuando situamos nuestro trabajo en un lugar aparte, como un asunto secular que parece desligado del reino de Dios. En un mundo caído, por supuesto, vivir fielmente no siempre resulta en prosperidad. Sin embargo, el trabajo que se realiza al margen de la fe puede llevar a resultados aún peores que la pobreza material, lo que precisamente descubrió Judá según lo relatan los primeros capítulos de la profecía de Isaías.

En el Antiguo Testamento, debido a que el trabajo en el campo era la principal ocupación de la mayoría de personas, muchos ejemplos de la Biblia se toman a partir de la vida y las expectativas agrarias.

Dios: La fuente de la vida, el conocimiento y la sabiduría (Isaías 28)

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Más que cualquier otro profeta literario, Isaías nos muestra repetidamente una visión de Dios que una vez captada, hace que nos inclinemos en humilde adoración. Dios es la fuente de todo lo que somos, todo lo que tenemos y todo lo que conocemos. Trescientos años antes, Salomón había encapsulado esta verdad: “El temor del Señor es el principio de la sabiduría” (Pro 1:7) y “El principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Pro 9:10). Ahora, Isaías nos muestra el Dios que es la fuente de ese conocimiento y sabiduría, y por qué nuestra percepción de quién es el Señor cobra relevancia en nuestra vida y nuestro trabajo.

Dios es quien nos ha dado nuestro propio ser: “Los que habéis sido llevados por Mí desde el vientre, cargados desde la matriz. Aun hasta vuestra vejez, Yo seré el mismo, y hasta vuestros años avanzados, Yo os sostendré. Yo lo he hecho, y Yo os cargaré; Yo os sostendré, y Yo os libraré” (Is 46:3–4). Dios nos ha dado conocimiento y entendimiento: “Yo soy el Señor tu Dios, que te enseña para tu beneficio, que te conduce por el camino en que debes andar” (Is 48:17). El Dios que nos creó y nos dio entendimiento es la única fuente de tal conocimiento:

¿Quién midió las aguas en el hueco de Su mano, con Su palmo tomó la medida de los cielos, con un tercio de medida calculó el polvo de la tierra, pesó los montes con la báscula, y las colinas con la balanza? … He aquí, Él levanta las islas como al polvo fino. El Líbano no basta para el fuego, ni bastan sus bestias para el holocausto. Todas las naciones ante Él son como nada, menos que nada e insignificantes son consideradas por Él. ¿A quién, pues, asemejaréis a Dios, o con qué semejanza le compararéis? (Is 40:12–18)

Una vez que reconocemos a Dios como la fuente de nuestra vida, nuestro conocimiento y sabiduría, tenemos una nueva perspectiva de nuestro trabajo. El hecho mismo de tener el conocimiento o la habilidad para el trabajo que hacemos nos lleva de regreso a nuestra fuente, Dios, quien nos creó con el conjunto de habilidades e intereses que tenemos. Vivir en el “temor” (la conciencia llena de sobrecogimiento) del Señor es el punto inicial para el conocimiento y la sabiduría. Reconocer esto también nos permite aprender de otros a quienes Dios les ha dado conocimientos o habilidades complementarias. El trabajo creativo en equipo es posible cuando respetamos el trabajo de Dios en otros así como en nosotros mismos.

Cuando experimentamos a Dios trabajando en nosotros, nuestro trabajo da fruto. “El agricultor sabe exactamente qué hacer porque Dios le ha dado entendimiento” (Is 28:26 NTV). También podríamos decir que “el artesano sabe exactamente qué hacer porque Dios le ha dado entendimiento” o “el emprendedor sabe exactamente qué hacer porque Dios le ha dado a él entendimiento”. En formas misteriosas, nos convertimos en co-creadores con Dios en nuestro trabajo como instrumentos en la mano de Dios para propósitos más profundos de los que creemos.

El siervo en el trabajo (Isaías 40)

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Aunque “justicia” o “derecho” en Isaías 1–39 (con frecuencia asociado con la justicia, el término mishpat) es una palabra que se usa para revelar las deficiencias e infidelidad de Judá, “justicia” o “derecho” en Isaías 40–55 se entiende principalmente como un regalo que Dios alcanza a favor de Su pueblo.[1] Isaías mismo sirve como el primer ejemplo de un siervo que trae este regalo de Dios. 

El “Siervo” enigmático que se incorpora dentro de Isaías 40–55 establece la justicia o el juicio. Isaías 42:1–4, el primero de los denominados cantos del Siervo, habla del Siervo como alguien que establece la justicia en la tierra. Aquí, en la figura del Siervo, Dios responde el clamor de Judá por justicia en Isaías 40:27: “Escondido está mi camino del Señor, y mi derecho [mishpat] pasa inadvertido a mi Dios”. La iniciativa divina de Dios ahora se decreta con el fin de conseguir para Su pueblo lo que ellos no pudieron conseguir por sí mismos. Los medios por los cuales Dios alcanza la salvación tanto para Israel como para las naciones se encuentra en esta figura en desarrollo del Siervo de Dios. El Siervo es quien alcanza la justicia y la rectitud.

La identidad narrativa del Siervo se desarrolla a partir del mismo Israel en los capítulos 40–48, como una figura individual que lleva en sus propios hombros la identidad misional de Israel tanto para el mismo pueblo como para las naciones en los capítulos 49–53. La razón de pasar de la nación de Israel a una figura que es Israel encarnado (o un Israel idealizado) es el fracaso del pueblo al incumplir su misión debido a su pecado.[2] Lo que vemos en la figura de este Siervo es que es el único medio por el cual Dios transmite Su presencia de gracia y Sus intenciones de restauración a Su pueblo rebelde. Es por la figura del Siervo que la justicia (ahora entendida como la fidelidad del pacto a Su pueblo) se les ofrece a ellos como un regalo, partiendo de la libertad y el compromiso soberano de Dios a Sus promesas. La justicia es algo que se recibe, no se consigue.[3]

Los dos retratos de la justicia presentados en Isaías 1–39 y 40–55 se estudian para darnos un entendimiento matizado de la justicia en Isaías 56–66. Es esta parte de Isaías que se presentan algunos de los retratos más claros de una teología del trabajo. La justicia ofrecida como un regalo en Isaías 40–55 ahora es una obligación que se debe llevar a cabo en los capítulos 56–66: “Así dice el Señor: Preservad el derecho y haced justicia, porque Mi salvación está para llegar y Mi justicia para ser revelada” (Is 56:1).

La petición en Isaías 56–66 de preservar el derecho y hacer justicia es una posibilidad dada ahora al pueblo de Dios, gracias a la declaración anterior de la gracia del Señor sobre ellos en la figura del Siervo. El lenguaje de Isaías 56:1 está relacionado con Isaías 51:4–8, en donde Judá está llamado de nuevo a perseguir el derecho y la justicia. En este pasaje, la posibilidad creada para el pueblo de Dios de hacer justicia se encuentra en las últimas frases de Isaías 51:6, 8: la justicia y la salvación de Dios no fallarán, sino que perdurarán para siempre. Mientras los capítulos 40–55 avanzan en su forma literaria, vemos la justicia y salvación de Dios promulgados en la persona del Siervo (Is 53), quien sufre a favor y en lugar de otros. El llamamiento a “hacer justicia” en los capítulos 56–66 se hace posible debido al trato previo de Dios con la infidelidad de Israel en la acción de gracia y sustitución del Siervo. En el lenguaje teológico, la gracia de Dios precede la ley, como lo demuestra la iniciativa de gracia de Dios para redimir a Su pueblo a toda costa. Este es el único medio por el cual puede existir una conversación acerca de la responsabilidad humana o las acciones justas. Es en la seguridad del perdón de Dios que encontramos en Jesucristo que se materializa el ímpetu para las buenas obras.[4]

El profeta cambia el argumento de lo negativo a lo positivo presentando “el ayuno que Yo [Dios] escogí” (Is 58:6). Este ayuno incluye desatar las cadenas de la injusticia, liberar al oprimido, compartir el alimento con los hambrientos, proveer refugio para el peregrino pobre, vestir al desnudo y cuidar a la familia (Is 58:6–7).[5] Isaías presenta una imagen de los valores que deben caracterizar al pueblo de Dios en un marcado contraste respecto a los de la mayoría de culturas que los rodeaban. Nuestra lealtad a Dios se quebranta por causa de la religión externa o el comportamiento religioso, que puede mezclarse con una ética laboral caracterizada por la falta de interés por los trabajadores (en la cual los trabajadores, empleados o subordinados son simplemente instrumentos para el desarrollo personal o corporativo), o por un estilo de liderazgo que es dado a conflictos, disputas, difamación, un carácter irascible e ira descontrolada. Se le hace una reclamación al pueblo de Dios por causa del perdón previo de nuestros pecados en la persona y la obra de Jesucristo. La promesa tras el ataque en el capítulo 58 desata todas las promesas de Dios en medio de Su pueblo: “Entonces tu luz despuntará… delante de ti irá tu justicia; y la gloria del Señor será tu retaguardia” (Is 58:8; compare con Is. 52:12).

Mientras seguimos las huellas del desarrollo del “Siervo” desde la nación de Israel a una Israel idealizada, luego al Siervo del Señor en los capítulos 52–53 y luego a los siervos de ese Siervo, pausamos para reflexionar en las implicaciones en el trabajo del modelo de servicio que vemos en Jesucristo. Isaías construye cuidadosamente su descripción del Siervo para aclarar que es un reflejo de Dios mismo.[6] Por tanto, tradicionalmente los cristianos han dicho que el Siervo es Jesús mismo. La descripción de Isaías del sufrimiento del Siervo en los capítulos 52–53 nos recuerda que como siervos de Dios, puede que estemos llamados al sacrificio personal en el trabajo, igual que Jesús.

Fue desfigurada Su apariencia más que la de cualquier hombre, y Su aspecto más que el de los hijos de los hombres… Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como Uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos… Mas Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados… Pero no abrió Su boca; como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda, no abrió Él Su boca. (Is 52:14; 53:3, 5, 7)

Una visión adecuada de Dios nos motivará a hacer que Su estándar sea el nuestro, para que no permitamos que la conveniencia propia y el engrandecimiento personal perviertan nuestro trabajo. En Su muerte y resurrección, Jesús satisfizo una necesidad que era imposible de satisfacer por nosotros mismos. El estándar de Dios nos llama a satisfacer las necesidades de la justicia y el derecho por medio de nuestro trabajo:

Se ha vuelto atrás el derecho, y la justicia permanece lejos; porque ha tropezado en la plaza la verdad, y la rectitud no puede entrar. Sí, falta la verdad, y el que se aparta del mal es hecho presa. Y lo vio el Señor, y desagradó a Sus ojos que no hubiera derecho. Vio que no había nadie, y se asombró de que no hubiera quien intercediera. Entonces Su brazo le trajo salvación, y Su justicia le sostuvo. (Is 59:14–16)

Como siervos del Siervo del Señor, estamos llamados a satisfacer las necesidades desatendidas. En el trabajo, esto se puede ver de diferentes maneras: la preocupación por un empleado o compañero de trabajo que está siendo maltratado, la atención a la integridad de un producto que se les vende a los consumidores, el rechazo del uso de atajos en procesos que privarán a las personas de su aporte, incluso rechazar el acaparamiento en tiempos de escasez. Como Pablo escribió a los Gálatas, “Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gá 6:2).

Como siervos del Siervo del Señor, tal vez no recibamos el reconocimiento que deseamos. Puede que se pospongan las recompensas, pero sabemos que Dios es nuestro juez. Isaías lo dice de esta manera: “Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos” (Is 57:15).

Para una explicación más exhaustiva de este tema ya que se relaciona con la forma final del libro como un todo, consulte John N. Oswalt, “Righteousness in Isaiah: A Study of the Function of Chapters 56–66 in the Present Structure of the Book” [La justicia en Isaías: un estudio de la función de los capítulos 56–66 en la estructura presente del libro], en Broyles y Evans, 177–91.

Para más información acerca del desarrollo del Siervo en la presentación literaria de Isaías 40–55, ver Christopher R. Seitz, “You are my Servant, You are the Israel in whom I will be glorified’: The Servant Songs and the Effect of Literary Context in Isaiah” [Tú eres Mi Siervo, Israel, en quien Yo mostraré Mi gloria: los cantos del Siervo y el efecto del contexto literario en Isaías], Calvin Theological Journal [Revista de teología de Calvino] 39 (2004): 117–34.

Fue Gerhard von Rad quien resaltó la asociación sinónima en Isaías 40–55 de justicia [tsadeqah] y salvación [yeshua]. Gerhard von Rad, Old Testament Theology [Teología del Antiguo Testamento], traducido al inglés por D. M. G. Stalker, vol. 1 (San Francisco: Harper-SanFrancisco, 1962), 372.

Acerca de la “justicia” en Is 56–66, Oswalt declara, “en resumen, existe toda una nueva motivación para actuar con rectitud. Ahora no se trata tanto del temor de impedir la condenación que impone la justicia, sino el reconocimiento de que Dios va a cumplir con misericordia y justicia Sus promesas del pacto. Debemos ser justos, dice el escritor, por causa de la justicia de Dios”. “Righteousness in Isaiah” [La justicia en Isaías], 188.

Incluso aunque tal lista tiene que ver inicialmente con los problemas particulares relacionados con la liberación de la esclavitud del exilio, la extensión figurada de estos problemas a otras esferas de la conducta humana no solo es correcta, sino también necesaria. Consulte Christopher R. Seitz, “The Book of Isaiah 40–66: Introduction, Commentary, and Reflections” [El libro de Isaías 40–66: introducción, comentario y reflexiones], en vol. 6, The New Interpreter’s Bible [La biblia del nuevo intérprete] (Nashville: Abingdon Press, 2001), 499.

Richard J. Bauckham, God Crucified: Monotheism and Christology in the New Testament [Dios crucificado: el monoteísmo y la cristología en el Nuevo Testamento] (Grand Rapids: Eerdmans, 1999), 50.

El sentido del trabajo (Isaías 60)

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A lo largo del libro, Isaías anima a Israel con la esperanza de que eventualmente Dios remedie el sufrimiento del pueblo en el presente. El trabajo y sus frutos están incluidos en esta esperanza. En el capítulo 40, mientras el libro pasa de decir la verdad acerca del presente a decir la verdad acerca del futuro, el sentido de esperanza se incrementa. El material acerca del Siervo sufrido en los capítulos 40–59 solo se puede entender como un regalo de esperanza de Dios en el cumplimiento futuro de Su reino.

En los capítulos 60–66, finalmente se expresa esta esperanza en su totalidad. Dios reunirá a Su pueblo de nuevo (Is 60:4), derrotará a los opresores (Is 60:12–17), redimirá a los rebeldes que se arrepienten (Is 64:5–65:10) y establecerá Su reino justo (Is 60:3–12). Dios mismo reinará en lugar de los líderes infieles de Israel: “Sabrás que Yo, el Señor, soy tu Salvador y tu Redentor, el Poderoso de Jacob” (Is 60:16). El cambio es tan radical que equivale a una nueva creación, de un poder y majestad paralelos a la primera creación de Dios del mundo. “Yo creo cielos nuevos y una tierra nueva, y no serán recordadas las cosas primeras ni vendrán a la memoria” (Is 65:17).

Los capítulos 60–66 tienen abundantes retratos gráficos del reino perfecto de Dios. De hecho, gran parte de las metáforas y la teología del Nuevo Testamento provienen de estos capítulos de Isaías. Los capítulos finales del Nuevo Testamento (Ap 21–22) son, en esencia, una recapitulación de Isaías 65–66 en términos cristianos.

Puede que sea sorprendente para algunos lo mucho que Isaías 60–66 se relaciona con el trabajo y sus efectos. Las cosas por las que las personas trabajan en la vida finalmente prosperan, incluyendo:

  • Los mercados y el comercio, que abarcan el movimiento de oro y plata (Is 60:7, 9), el crecimiento de árboles y la apertura de las puertas para el comercio. “Tus puertas estarán abiertas de continuo; ni de día ni de noche se cerrarán, para que te traigan las riquezas de las naciones, con sus reyes llevados en procesión” (Is 60:11).
  • Los productos agrícolas y forestales, incluyendo el incienso, los rebaños, carneros (Is 60:6–7), el ciprés y el boj (Is 6:13)
  • El transporte por tierra y mar (Is 60:6, 9), e incluso tal vez por aire (Is 60:8)
  • La justicia y paz (Is 60:17–18; 61:8; 66:16)
  • Los servicios sociales (Is 61:1–4)
  • El alimento y la bebida (Is 65:13)
  • La salud y larga vida (Is 65:20)
  • La construcción y viviendas (Is 65:21)
  • La prosperidad y riqueza (Is 66:12)

Todas estas bendiciones se le han escapado a Israel en su infidelidad hacia Dios. De hecho, entre más trataban de alcanzarlas, menos les importaba adorar a Dios o seguir Sus caminos. El resultado fue que les faltaban aún más. Pero cuando el libro de Isaías presenta la esperanza futura de Israel como la Nueva Creación, todas las promesas anteriores en el libro salen al primer plano. La imagen presentada es la de un futuro escatológico o un día final en el que la “descendencia justa del Siervo” disfrutará todas las bendiciones de la edad mesiánica descrita anteriormente. Entonces las personas en realidad recibirán las cosas por las que trabajan, porque “no trabajarán en vano” (Is 65:23). El lamento de Israel se convertirá en gozo y uno de los motivos dominantes de este gozo venidero es el disfrute del trabajo de sus propias manos.

Conclusiones de Isaías

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Al ser cristianos que vivimos en la tensión entre la inauguración del reino de Dios y su cumplimiento venidero, nuestro disfrute del trabajo y del fruto de nuestra labor para la alabanza de la gloria de Dios anuncia el día en el que dicha tensión terminará. Podría decirse de la siguiente manera: cuando los cristianos disfrutan su trabajo y el fruto que este produce para la alabanza de la gloria de Dios, prueban un poco del cielo en la tierra. Cuando todo sea corregido y los cielos y la tierra sean como se había previsto originalmente, el trabajo no cesará, sino que continuará y será un gran deleite para aquellos que lo realicen, ya que el aguijón de la Caída será eliminado irrevocablemente.

El trabajo duro y el deleite en su fruto son regalos de Dios para disfrutar y compartir con otros. Por medio de estos regalos, podemos contribuir al florecimiento humano y al alivio del sufrimiento. La profecía de Isaías presenta un retrato hermoso del hecho de que, incluso en nuestro trabajo de lunes a viernes, debemos cumplir la ley amando a Dios y a nuestro prójimo (ver Mt 22:33–40). En la economía de Dios, no podemos amar al Señor y no amar a nuestro prójimo. Cuando realizamos nuestro trabajo en este contexto de gracia que es posible por la obra perdonadora y restauradora de Jesucristo, nuestro gozo puede ser completo. Cuando la labor y el trabajo se convierten en enfoques tergiversados de nuestro propio engrandecimiento personal a costa de la dignidad de nuestros subordinados y la opresión del pobre y el marginado, la palabra profética sarcástica de Isaías sigue hablándonos con poder: “este no es el ayuno que he escogido”. Cuando el trabajo se disfruta en el contexto de amar a Dios y amar al prójimo, se puede probar un poco de los nuevos cielos y la nueva tierra en el aquí y el ahora.