1 Pedro: servir al mundo como sacerdotes y extranjeros residentes : 462

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1 Pedro: servir al mundo como sacerdotes y extranjeros residentes

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Pedro, al escribirle a un grupo de cristianos que han sido calumniados, acusados falsamente y tal vez incluso abusados físicamente debido a su lealtad a Jesús (1P 2:12, 18–20; 3:13–17; 4:4, 14, 19), explica cómo los cristianos son llamados a transformar su sufrimiento en un servicio para el mundo. Cristo nos ha llamado a seguirlo en un mundo que no lo reconoce. Somos extranjeros residentes en esta tierra extraña, la cual todavía no es nuestro verdadero hogar. Por tanto, estamos destinados a experimentar “diversas pruebas” (1P 1:6). A pesar de eso, no somos víctimas del mundo, sino siervos del mundo —“un sacerdocio santo” como lo dice Pedro (1P 2:5)— trayéndole las bendiciones de Dios. Entonces, el trabajo del cristiano es vivir en esta tierra extranjera, bendiciéndola hasta que Cristo regrese y restaure el territorio en Su reino.

Extranjeros residentes y sacerdotes (1 Pedro 1:1 - 2:12)

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En la primera frase de esta carta, Pedro se dirige a sus lectores como “los expatriados… elegidos” (1P 1:1), una frase que anuncia el que será todo el mensaje de Pedro. Esta frase tiene dos partes, “expatriados” y “elegidos”.

Si usted es ciudadano del reino, es un exiliado, porque el mundo que lo rodea actualmente no está bajo el gobierno de Cristo. Está viviendo bajo un gobierno extranjero. Mientras espera el regreso de Cristo, su verdadera ciudadanía en el reino de Jesús está “reservada en los cielos” para usted (1P 1:4). Así como los expatriados en cualquier país, puede que no disfrute del amparo de los gobernantes de la tierra donde vive. Cristo mismo vino a esta tierra pero fue “desechado por los hombres” (1P 2:4), por lo que todos los ciudadanos de Su reino debemos esperar el mismo trato. No obstante, Dios nos ha llamado a permanecer aquí, a ser residentes en esta tierra extranjera mientras realizamos el trabajo de Cristo (1P 1:15–17).

Aunque se plantea en una metáfora política, la exposición de Pedro contiene terminología laboral: “obra” (1P 1:17), “oro o plata” (1P 1:18), “probado por fuego” (1P 1:7), “purificado” (1P 1:22) y “edificados como casa” (1P 2:5). Los términos laborales que usa Pedro nos recuerdan que vivimos en un mundo de trabajo y que tenemos que encontrar la manera de seguir a Cristo en medio del mundo laboral que nos rodea.

Habiendo descrito lo que significa ser “expatriados”, Pedro pasa al otro término de 1 Pedro 1:1: “elegidos”. Si usted es cristiano, ha sido elegido por Dios. ¿Con qué propósito? Ser uno de los sacerdotes de Dios en la tierra extranjera en la que habita. “Como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1P 2:5). El título de sacerdote o “real sacerdocio” se repite en 1 Pedro 2:9.

Los sacerdotes en el antiguo pueblo de Israel ofrecían sacrificios por Israel y bendiciones

Antes de continuar, debemos entender lo que significaba ser un sacerdote en el antiguo pueblo de Israel. Los sacerdotes realizaban dos funciones principales: ofrecían sacrificios en el templo de Jerusalén y daban la bendición sacerdotal.[1] Con el fin de llevar a cabo su labor de ofrecer sacrificios, los sacerdotes debían tener la capacidad de entrar a las partes internas del templo y —una vez al año, en el caso de sumo sacerdote— entrar al lugar santísimo ante la presencia misma de Dios. Para poder dar la bendición sacerdotal, los sacerdotes tenían que hablar en nombre de Dios mismo. Estas dos tareas demandaban que los sacerdotes entraran a la presencia de Dios. A su vez, esto requería una pureza o santidad excepcional, ya que en la presencia de Dios no podía haber nada impuro o contaminado.[2] Los sacerdotes servían medio tiempo de acuerdo con un sistema de rotación (Lc 1:8) y tenían trabajos comunes que eran sus medios principales de sustento. No podían aislarse de la vida cotidiana, sino que debían mantener la pureza a pesar de la suciedad y corrupción del mundo.(Para más información acerca de los sacerdotes en israel, ver  Números y el trabajo.)

Los cristianos como sacerdotes ofrecen sacrificio y bendiciones para los que lo necesitan

Entonces, que Pedro llame a los cristianos “sacerdocio santo” (1P 2:5) y “real sacerdocio” (1P 2:9) no significa que todos los cristianos deban considerarse a sí mismos como pastores profesionales. No significa que convertirse en evangelista o misionero es la mejor manera de cumplir el llamado de Dios de ser un pueblo escogido. Significa que los cristianos debemos tener una vida de pureza excepcional en cualquiera que sea nuestro medio de subsistencia. Solo de esa manera podemos ofrecerle sacrificios a Dios y bendecir de parte del Señor a las personas a nuestro alrededor.

Pedro lo afirma de una forma directa: “Amados, os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de las pasiones carnales que combaten contra el alma. Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación” (1P 2:11–12). (Note el interés por glorificar la presencia de Dios “en el día de la visitación”).

Evidentemente, los cristianos no realizamos el mismo sacrificio que los sacerdotes judíos (no sacrificamos animales). En cambio, hacemos la clase de sacrificio que hizo nuestro Señor: el sacrificio personal por el beneficio de los que lo necesitan. Pedro dice, “para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis Sus pisadas” (1P 2:21). Esto no se debe tomar de forma literal como la muerte en una cruz, sino que se debe entender como “sacrificios espirituales” (1P 2:5) —es decir, actos realizados a costa de uno mismo en beneficio de los que lo necesitan (1P 4:10). Nuestros lugares de trabajo ofrecen oportunidades a diario para los sacrificios propios, ya sean grandes o pequeños.

Este breve análisis de 1 Pedro 1:3–2:10 completa la imagen que dibuja Pedro cuando les llama “expatriados… elegidos” a sus lectores. El término “expatriados” implica que vivimos esta vocación como residentes extranjeros en una tierra que todavía no es nuestro hogar: un lugar caracterizado por la injusticia y la corrupción sistémica. El término “elegidos” afirma que los seguidores de Jesús —“un real sacerdocio”— tienen el llamado de un sacerdote de ser bendición para el mundo, especialmente a través del sacrificio propio.

Dios ordenó que los sacerdotes dieran la bendición sacerdotal en Números 6:23–24, la cual consiste en lo que se declara en Números 6:24–26, “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer Su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti Su rostro, y te dé paz”.

Para consultar más sobre la santidad de Dios y la necesidad consecuente de la santidad humana en Su presencia, ver Levítico 11:44–45. Para más información sobre el proceso exhaustivo de purificación y consagración del sumo sacerdote en el día de la expiación, ver Levítico 11:44–45 y Levítico 16.

El sufrimiento bajo las autoridades del mundo (1 Pedro 2:13 - 4:19)

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¿Qué significa para los cristianos ejercer nuestro llamado como extranjeros residentes y sacerdotes en el ambiente laboral? Pedro aborda este tema directamente en las instrucciones que les da a sus lectores como extranjeros y esclavos. Como extranjeros, debemos honrar y someternos al gobierno civil del país en el que vivimos (1P 2:13–14), incluso aunque nuestra ciudadanía en el reino de Dios nos dé el derecho de vivir como “libres” (1P 2:16). Como esclavos —que aparentemente constituían una gran parte de los lectores de Pedro, ya que no se dirige a ninguna otra clase de trabajadores— debemos someternos a nuestras autoridades, sea que nos traten justa o injustamente (1P 2:18–19). De hecho, lo que es de esperarse es el trato injusto (1P 4:12), el cual nos da la oportunidad de seguir los pasos de Cristo al sufrir sin tomar represalias (1P 2:21). Note que Pedro está hablando de sufrir injustamente, no de sufrir las consecuencias de nuestra propia incompetencia, arrogancia o ignorancia. Claramente, debemos sufrir en obediencia cuando recibimos un castigo justo.

En términos prácticos, usted no es libre de desobedecer a las autoridades aunque sea para conseguir lo que cree que es suyo por derecho. Seguramente se encontrará en situaciones en las que no recibe lo que merece —un ascenso, un aumento, una oficina con ventanas, un plan de seguro médico decente. Puede que incluso descubra que su empleador lo está engañando, que lo obliga a trabajar más tiempo de lo que es justo o lo castiga por los errores de su jefe. Podría parecer ético engañar a su empleador solo lo suficiente como para compensar la injusticia en su contra —ausentarse por enfermedad cuando en realidad no está enfermo, facturar artículos personales a nombre de la compañía, robar suministros de la oficina o tontear en horas laborales. Pero no, “pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad de Dios, que por hacer el mal” (1P 3:17). Dios no le da la opción de recuperar lo que le quitaron ilegítimamente. El hecho de que usted mienta o engañe a alguien para compensar por las mentiras o engaños que ha sufrido no hace que sus actos sean menos malvados. Su llamado es a hacer lo correcto, incluso en un ambiente laboral hostil (1P 2:20). “No devolviendo mal por mal, o insulto por insulto” (1P 3:9). En cambio, los cristianos debemos tratar a las autoridades —incluso a los jefes duros e injustos— con respeto y honor.

¿Por qué? Porque nuestra vocación como sacerdotes es bendecir a las personas, y no podremos hacerlo mientras nos estemos defendiendo a nosotros mismos, así como Cristo no habría podido morir para salvar al mundo si se hubiera defendido a Sí mismo (1P 2:21–25). Desde luego, Cristo no tuvo miedo de ejercer Su poder y autoridad en ciertas circunstancias y Pedro no está tratando de recapitular aquí todo el evangelio. Otras partes de la Biblia —especialmente los profetas— enfatizan el llamado de Dios a resistir la autoridad opresiva e ilegítima. La sumisión no siempre significa obediencia. Nos podemos someter a las autoridades al desobedecerlas abiertamente y aceptar las consecuencias, así como lo hizo el mismo Jesús. Aquí y a lo largo de la epístola, Pedro nos muestra casi exclusivamente el sacrificio de Cristo como un modelo.

Instrucciones para los líderes y los seguidores (1 Pedro 5)

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Ahora, Pedro les da instrucciones a los líderes de la iglesia, los llamados “ancianos” (“presbíteros” y “obispos” en las derivaciones griegas anglicanizadas que se usan en muchas iglesias en la actualidad). El consejo también es provechoso para los líderes en el trabajo. Se centra en servir a otros. “Pastoread el rebaño de Dios... voluntariamente, con sincero deseo” (1P 5:2). No ser codiciosos de dinero (1P 5:2). No enseñorearse sobre otros, sino ser un ejemplo que otros puedan seguir (1P 5:3). Pedro les aconseja a los jóvenes —de hecho, a todos— que sean humildes cuando cita Proverbios 3:34, “Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (1P 5:5). Estas instrucciones no se encuentran solamente en 1 Pedro, pero no nos extenderemos más en ellas. Basta con recordar que Pedro conoce muy bien el concepto del liderazgo de servicio, el cual circula ampliamente en los lugares de trabajo actuales. ¿Cómo podría ser de otro modo si Jesús es el líder-siervo por excelencia (1P 4:1–2, 6)?