Génesis 12-50 y el trabajo : 486

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Génesis 12-50 y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción a Génesis 12-50 y el trabajo

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Los capítulos 12 al 50 de Génesis cuentan acerca de la vida y el trabajo de Abraham, Sara y sus descendientes. Dios llamó a Abraham, Sara y su familia a que dejaran su tierra y fueran al nuevo lugar que Dios les mostraría. En el camino, Dios prometió hacer de ellos una nación grande: “Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn 12:3). Como los descendientes espirituales de Abraham, bendecidos por esta gran familia y traídos a la fe por medio de su descendiente Jesucristo, estamos llamados a seguir los pasos de fe del padre y la madre de todos los que realmente creen (Ro 4:11; Gá 3:7, 29).

En la historia de la familia de Abraham y Sara abunda el trabajo. Su trabajo incluye casi todas las facetas del trabajo de los seminómadas en el antiguo Cercano Oriente. En todo momento enfrentan preguntas cruciales acerca de cómo vivir y trabajar guardando fielmente el pacto con Dios. Ellos luchan por ganarse la vida, soportan la conmoción social, crían hijos y permanecen fieles a Dios en medio de un mundo quebrantado, así como lo hacemos actualmente. Ellos ven que Dios es fiel a Sus promesas de bendecirlos en toda circunstancia, aunque ellos mismos sean infieles una y otra vez.

Pero el propósito del pacto con Dios no es simplemente bendecir a la familia de Abraham en un mundo hostil sino que su intención es bendecir a todo el mundo por medio de ellos. Esta tarea está más allá de las capacidades de la familia de Abraham, que cae una y otra vez en el orgullo, egocentrismo, imprudencia, ira y todos los otros males a los que están propensas las personas caídas (en lo que también nosotros nos vemos reflejados). Aun así, por la gracia de Dios, ellos conservan una esencia de fidelidad al pacto y Dios actúa por medio de su trabajo plagado de errores, para traer bendiciones inimaginables al mundo. Como el de ellos, nuestro trabajo también bendice a aquellos a nuestro alrededor, porque por medio de este participamos en el trabajo de Dios en el mundo.

Cuando lo vemos de comienzo a fin, es claro que Génesis es un todo literario, aunque se pueden distinguir dos partes. La primera parte (Gn 1–11) aborda la creación de Dios del universo, después traza el desarrollo de la humanidad desde la primera pareja en el jardín del Edén hasta los tres hijos de Noé y sus familias, quienes se dispersaron por el mundo. Esta sección termina de forma decepcionante cuando personas de todo el mundo se reúnen para construir una ciudad y hacerse famosos, y en vez de eso, experimentan derrota, confusión y dispersión como juicio de Dios. La segunda parte (Gn 12–50) comienza con el llamado del Señor a un hombre en particular: Abraham.[1] Dios lo llamó a que dejara su tierra y su familia y que partiera hacia una nueva vida y nueva tierra, y él lo hizo. El resto del libro relata la vida de este hombre y las siguientes tres generaciones, que comienzan a experimentar el cumplimiento de las promesas divinas hechas a su padre Abraham.

God’s changing of Abram's name to Abraham (17:5) is important in the book of Genesis, but not particularly relevant to the topic of work. We will refer to him throughout by his familiar name, Abraham, and likewise, for Sarai/Sarah.

La fidelidad de Abraham en contraste con la infidelidad de Babel (Génesis 12:1-3)

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Como se menciona al comienzo de Génesis 12, Dios hizo un pacto con Abraham que requería fidelidad. Al dejar la tierra de su familia extendida incrédula y seguir el llamado de Dios, Abraham se distinguió drásticamente de sus parientes distantes que se quedaron en Mesopotamia e intentaron construir la torre de Babel, como relata el final del capítulo 11 de Génesis. La comparación entre la familia inmediata de Abraham en el capítulo 12 y los otros descendientes de Noé en el capítulo 11 enfatiza cinco contrastes.

Primero, Abraham pone su confianza en la guía de Dios y no en la estrategia humana. En contraste, los constructores de Babel creyeron que por sus propias habilidades e ingenio podrían crear una torre “cuya cúspide llegue hasta los cielos” (Gn 11:4), y así ser importantes y estar seguros en una forma que usurpaba la autoridad de Dios.[1]

Segundo, los constructores buscaban hacerse un nombre famoso (Gn 11:4), pero Abraham confió en la promesa de que Dios engrandecería su nombre (Gn 12:2). La diferencia no recae en el deseo de alcanzar la grandeza como tal, sino en el deseo de alcanzar la fama por sus propios medios. Dios en realidad hizo que Abraham fuera famoso, no por su propia causa, sino para que sean “benditas todas las familias de la tierra” (Gn 12:3). Los constructores buscaban la fama para ellos mismos y a pesar de esto, siguen siendo anónimos hasta el día de hoy.

Tercero, Abraham estaba dispuesto a ir a donde Dios lo guiara, mientras que la intención de los constructores era amontonarse en su espacio habitual. Ellos comenzaron su proyecto a partir del miedo de ser dispersados sobre la faz de la tierra (Gn 11:4) y al hacerlo, rechazaron el propósito de Dios para la humanidad, que era “llenar la tierra” (Gn 1:28). Tal parece que temían la dificultad que les representaría dispersarse en un mundo aparentemente hostil. Eran creativos e innovadores en tecnología (Gn 11:3), pero no estaban dispuestos a acogerse completamente al propósito de Dios para ellos de ser fecundos y multiplicarse (Gn 1:28). Su temor de ocupar la plenitud de la creación coincidía con su decisión de reemplazar la guía y gracia de Dios por el ingenio humano. Cuando no aspiramos a más de lo que podemos alcanzar por nosotros mismos, nuestras pretensiones se vuelven insignificantes.

Por el contrario, Dios hizo de Abraham el primer emprendedor, uno que siempre estaba avanzando hacia nuevas tareas en diferentes lugares. Dios lo llamó a salir de la ciudad de Harán hacia la tierra de Canaán, en la que nunca se estableció en un lugar fijo. Él era conocido como un “arameo errante” (Dt 26:5). Este estilo de vida estaba más centrado en Dios, ya que Abraham tuvo que depender de la palabra y la dirección de Dios para encontrar el sentido de su vida, su seguridad y éxito. Como dice Hebreos 11:8, él “salió sin saber a dónde iba”. En el mundo del trabajo, los creyentes deben percibir la diferencia entre estas dos posiciones básicas. Todos los trabajos requieren planeación y construcción. El trabajo impío se deriva del deseo de depender únicamente de nosotros mismos, y se restringe estrictamente para nuestro propio beneficio y el de los pocos que estén cerca. El trabajo piadoso está dispuesto a depender de la guía y la autoridad de Dios, y desea crecer enormemente como una bendición para todo el mundo.

Cuarto, Abraham estaba dispuesto a dejar que Dios lo llevara a establecer nuevas relaciones. Mientras que los constructores de la torre buscaban encerrarse en una fortaleza amurallada, Abraham confió en la promesa de Dios de que su familia crecería para ser una gran nación (Gn 12:2; 15:5). Aunque ellos vivían como extranjeros en la tierra de Canaán (Gn 17:8), tenían buenas relaciones con sus conocidos (Gn 21:22–34; 23:1–12). La comunidad es un regalo. De este modo emerge otro tema clave para la teología del trabajo: el diseño de Dios es que las personas trabajen en redes saludables de relaciones.

Finalmente, Abraham fue bendecido con la paciencia para tener una visión a largo plazo. Las promesas de Dios se cumplirían en el tiempo de la descendencia de Abraham, no durante su vida. El apóstol Pablo interpretó que la “descendencia” es Jesús (Gá 3:19), lo que significa que la fecha de pago sería más de mil años después. De hecho, la promesa a Abraham no se cumplirá en su totalidad hasta el regreso de Cristo (Mt 24:30–31). ¡El progreso no se puede medir adecuadamente con reportes trimestrales! Por el contrario, los constructores de la torre no pensaron cómo su proyecto afectaría a las futuras generaciones, y Dios los amonestó por eso específicamente (Gn 11:6).

En resumen, Dios le prometió a Abraham fama, fecundidad y buenas relaciones, y con esto quiso decir que él y su familia bendecirían al mundo entero y en su momento, serían bendecidos más allá de lo que podían imaginar (Gn 22:17). A diferencia de otros, Abraham reconoció que esforzarse por alcanzar tales cosas por sí mismo sería inútil, o algo peor. En vez de eso, confió en Dios y dependió de Su guía y provisión cada día (Gn 22:8–14). Aunque estas promesas no se cumplieron totalmente al final de Génesis, iniciaron el pacto entre Dios y Su pueblo, por medio del cual el mundo sería redimido en el día de Cristo (Fil 1:10).

Dios le prometió una nueva tierra a la familia de Abraham. Hacer uso de la tierra requiere muchos tipos de trabajo, así que el regalo de la tierra reafirma que el trabajo es un campo esencial para Dios. Trabajar la tierra requería habilidades ocupacionales de pastoreo, construcción de tiendas, protección militar y la producción de un gran conjunto de bienes y servicios. Además, los descendientes de Abraham se convertirían en una nación cuyos miembros serían innumerables, tanto como las estrellas del cielo. Esto requeriría el trabajo de desarrollar relaciones personales, paternidad, política, diplomacia y administración, educación, las artes curativas y otras ocupaciones sociales. Dios llamó a Abraham y sus descendientes a que anduvieran delante de Él y fueran perfectos (Gn 17:1), con el fin de traer estas bendiciones a toda la tierra. Esto requería el trabajo de adorar, redimir, discipular y otras ocupaciones religiosas. El trabajo de José fue idear una solución para el impacto de la hambruna, y algunas veces nuestro trabajo es sanar lo que está quebrantado. Todos estos tipos de trabajo y los trabajadores que lo realizan, se someten a la autoridad, guía y provisión de Dios.

Bruce K. Waltke, Genesis: A Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2001), 182-83.

El estilo de vida de pastoreo de Abraham y su familia (Génesis 12:4-7)

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Cuando Abraham dejó su hogar en Harán y partió hacia la tierra de Canaán, probablemente su familia ya era bastante grande en comparación con los estándares modernos. Sabemos que su esposa Sara y su sobrino Lot venían con él, pero también iban con un número indeterminado de personas y posesiones (Gn 12:5). Pronto, Abraham se hizo muy rico, y adquirió sirvientes, ganado, plata y oro (Gn 12:16; 13:2). Él recibió las personas y animales que le ofreció Faraón durante su estadía en Egipto, y los metales preciosos habrían sido el resultado de transacciones comerciales, indicando que al fin y al cabo el Señor es quien bendice.[1] La evidencia de que tanto Abraham como Lot se habían vuelto exitosos se basa en la disputa que surgió entre los pastores de cada familia porque la tierra no era suficiente para que pastaran tantos animales. Eventualmente, los dos tuvieron que separarse para poder mantener sus actividades económicas (Gn 13:11).

Los estudios antropológicos de este periodo y región indican que las familias en estos relatos practicaban una mezcla del pastoreo seminómada y del estilo principalmente sedentario ocupado en la agricultura y cría de ganado (Gn 13:5–12; 21:25–34; 26:17–33; 29:1–10; 37:12–17).[2] Estas familias debían desplazarse por temporadas y por esto vivían en tiendas de cuero, fieltro y lana. Sus posesiones se podían cargar en los asnos o en camellos, si el propietario era lo suficientemente rico. Encontrar el equilibrio entre la disponibilidad apropiada de agua y tierra para que los animales pastaran requería buen juicio y un amplio conocimiento del clima y la geografía. El clima era húmedo entre octubre y marzo y permitía el pastoreo en las llanuras más bajas, mientras que entre abril y septiembre, los meses más secos, los pastores debían llevar sus rebaños a lugares altos donde encontraban pastos más verdes y nacimientos de agua.[3]  Ya que una familia no podía sustentarse únicamente con el pastoreo, era necesario practicar la agricultura local y comerciar con aquellos que vivían en las comunidades más establecidas.[4]

Los pastores nómadas cuidaban ovejas y cabras de las que obtenían leche y carne (Gn 18:7–8; 27:9; 31:38), lana y otros bienes derivados de productos animales, tales como el cuero. Los asnos llevaban el cargamento (Gn 42:26) y los camellos estaban especialmente adaptados para viajar grandes distancias (Gn 24:10, 64; 31:17). Para mantener estos rebaños se requería alimentarlos, darles de beber, ayudar en el nacimiento de crías, curar los animales enfermos y heridos, protegerlos de los depredadores y ladrones y encontrar a los perdidos, entre otros.

Los cambios de clima y la proporción del crecimiento de los rebaños y el ganado habrían afectado la economía de la región. Los grupos más débiles de pastores podían ser desplazados fácilmente o podían integrarse en la región, afectando a aquellos que necesitaban más tierras por causa del aumento constante de sus posesiones.[5] Las ganancias a partir del pastoreo no se almacenaban como ahorros acumulados o inversiones a nombre de dueños o administradores, sino que toda la familia las compartía. De la misma manera, los efectos del sufrimiento por causa de la hambruna los habrían afectado a todos. Mientras que los individuos ciertamente tenían sus propias responsabilidades y debían rendir cuentas de sus acciones, la naturaleza comunitaria de los negocios familiares se diferencia de nuestra cultura contemporánea, que generalmente muestra logros personales y espera ganancias que nunca dejen de aumentar. La responsabilidad social habría sido una preocupación diaria, no una opción.

En este estilo de vida, los valores compartidos eran esenciales para la supervivencia. La dependencia mutua entre los miembros de una familia o una tribu y la conciencia de sus antepasados comunes habrían traído gran solidaridad entre ellos, así como una hostilidad vengativa en contra de cualquiera que la perturbara (Gn 34:25–31).[6] Los líderes tenían que saber cómo aprovechar la sabiduría del grupo con el fin de tomar buenas decisiones acerca de a dónde viajar, cuánto tiempo quedarse y cómo dividir los rebaños.[7] Ellos debían tener formas de comunicarse con los pastores que llevaban los rebaños a otros lugares (Gn 37:12–14). Eran necesarias las habilidades de resolución de conflictos en las disputas inevitables sobre los campos para el pastoreo y los derechos a los pozos y los nacimientos de agua (Gn 26:19–22). Los numerosos desplazamientos en la región y la vulnerabilidad ante los merodeadores hacían que la hospitalidad fuera mucho más que una cortesía. Por lo general, se consideraba un requisito que las personas decentes ofrecieran refrigerio, alimento y alojamiento.[8]

Los relatos patriarcales mencionan repetidamente la abundante riqueza de Abraham, Isaac y Jacob (Gn 13:2; 26:13; 31:1). El pastoreo y la cría de animales eran campos de trabajo respetables y podían ser lucrativos, y la familia de Abraham consiguió bastante riqueza. Por ejemplo, para suavizar la actitud de su ofendido hermano Esaú antes de encontrarse luego de un largo tiempo, Jacob pudo seleccionar de su propiedad un regalo de al menos 550 animales: 200 cabras y 20 machos cabríos, 200 ovejas con 20 carneros, 30 camellas con sus crías, 40 vacas con 10 novillos y 20 asnas con 10 asnos (Gn 32:13–15). Por lo tanto, es conveniente que al final de su vida, cuando Jacob le dio la bendición a sus hijos, dijo que el Dios de sus padres había sido “mi pastor toda mi vida hasta este día” (Gn 48:15). Aunque muchos pasajes en la Biblia advierten que con frecuencia la riqueza es enemiga de la fidelidad (e.g. Jer 17:11, Hab 2:5, Mt 6:24), la experiencia de Abraham demuestra que la fidelidad de Dios también se puede expresar en la prosperidad. Como veremos, de ninguna manera es esta una promesa de que el pueblo de Dios debería esperar la prosperidad de forma continua.

Bruce K. Waltke, Genesis: A Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2001), 216.

Victor H. Matthews, “Nomadism, Pastoralism” in Eerdmans Dictionary of the Bible, eds. David Noel Freedman, Allen C. Myers, and Astrid B. Beck (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 2000), 972.

John H. Walton, Victor H. Matthews, and Mark W. Chavalas, The IVP Bible Background Commentary: Old Testament (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2000), 44.

Victor H. Matthews, “Nomadism, Pastoralism” in Eerdmans Dictionary of the Bible, eds. David Noel Freedman, Allen C. Myers, and Astrid B. Beck (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 2000), 971.

T.C. Mitchell. “Nomads,” in New Bible Dictionary, 3rd ed., eds. I. Howard Marshall, A. R. Millard, J. I. Packer, and D. J. Wiseman (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1996) 828-31. 

T. C. Mitchell, “Nomads,” in New Bible Dictionary, 3rd ed., eds. I. Howard Marshall, A. R. Millard, J. I. Packer, and D. J. Wiseman (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1996) 829.

Victor H. Matthews, “Nomadism, Pastoralism” in Eerdmans Dictionary of the Bible, eds. David Noel Freedman, Allen C. Myers, and Astrid B. Beck, eds. (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 2000), 972.

Julian Pitt-Rivers, “The Stranger, the Guest, and the Hostile Host: Introduction to the Study of the Laws of Hospitality,” in Contributions to Mediterranean Sociology, ed. John G. Peristiany (Paris: Mouton, 1968), 13-30.

El viaje de Abraham comienza con el desastre en Egipto (Génesis 12:8-13:2)

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Los resultados iniciales de los viajes de Abraham no eran prometedores. Había una competencia feroz por la tierra (Gn 12:6), y Abraham pasó mucho tiempo tratando de encontrar un espacio para habitar (Gn 12:8–9). Eventualmente, el deterioro de las condiciones económicas lo forzaron a salir y llevar a su familia a Egipto, a cientos de millas de distancia de la tierra que Dios le había prometido (Gn 12:10).

La posición vulnerable de Abraham de migrante económico le causó miedo. Él temía que los egipcios lo mataran para obtener a su hermosa esposa Sara y, para evitarlo, le pidió a Sara que dijera que era su hermana en vez de su esposa. Como Abraham lo sospechó, uno de los egipcios (de hecho, Faraón) deseó a Sara y ella “fue llevada a la casa de Faraón” (Gn 12:15). Como resultado, “el Señor hirió a Faraón y a su casa con grandes plagas” (Gn 12:17). Cuando Faraón descubrió la causa —que había tomado la mujer de otro hombre—, le entregó su esposa a Abraham e inmediatamente les ordenó a ambos que se fueran de su tierra (Gn 12:18–19). Sin embargo, Faraón les dio ovejas y ganado, asnos y asnas, siervos y siervas y camellos (Gn 12:16), y plata y oro (Gn 13:2), un indicio más de que la riqueza de Abraham (Gn 13:2) se debía a los regalos de la realeza. [1]

Este incidente demuestra dramáticamente tanto los dilemas morales que causa la inmensa desigualdad en cuanto a riqueza y pobreza y los peligros de perder la fe frente a tales problemas. Abraham y Sara estaban huyendo del hambre. Puede que sea difícil imaginar estar en una condición tan desesperada de pobreza o temor que una familia decidiera someter a sus mujeres a asociaciones sexuales para poder sobrevivir económicamente, pero incluso en la actualidad millones de personas enfrentan esta opción. Faraón reprende a Abraham por su proceder, pero aun así la respuesta de Dios a un incidente posterior similar (Gn 20:7, 17) muestra más compasión que juicio.

Por otra parte, Abraham había recibido la promesa directa de Dios, “Haré de ti una nación grande” (Gn 12:2). ¿Su fe en que Dios cumpliría Sus promesas falló tan rápidamente? ¿La supervivencia realmente requería que mintiera y permitiera que su esposa se convirtiera en una concubina, o Dios habría provisto otra forma? Parecía que los temores de Abraham le habían hecho olvidar su confianza en la fidelidad de Dios. De forma similar y con frecuencia, las personas en situaciones difíciles se convencen a sí mismas de que no tienen otra opción que hacer algo que consideran incorrecto. Sin embargo, es diferente no tener ninguna opción a tener la opción de tomar una decisión con la que no estemos cómodos.

Bruce K. Waltke, Genesis: A Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2001), 216.

Abraham y Lot se separan: La generosidad de Abraham (Génesis 13:3-18)

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Cuando Abraham y su familia regresaron a Canaán y fueron a la región cerca de Betel, el conflicto que se desató entre los pastores del ganado de Abraham y los de su sobrino Lot hizo que Abraham tuviera que tomar una decisión respecto a la escasez de tierra. Se tenían que separar, y Abraham se arriesgó a dejar que Lot escogiera primero su terreno. La cadena montañosa central en Canaán es rocosa y es un ambiente propicio para apacentar ovejas. Los ojos de Lot se posaron al este, en el valle alrededor del río Jordán que vio como “el huerto del Señor”, así que escogió este buen terreno para sí mismo (Gn 13:10). Su confianza en Dios liberó a Abraham de la ansiedad de tener que cuidarse a sí mismo. No importa cuán prósperos serían Abraham y Lot en el futuro, el hecho de que Abraham dejara que Lot decidiera primero demostró generosidad y afirmó la confianza entre ellos.

La generosidad es un rasgo positivo en las relaciones tanto personales como laborales, y probablemente, es el aspecto que establece más firmemente la confianza y las buenas relaciones. Los colegas, clientes, proveedores e incluso la competencia responden poderosamente ante la generosidad y la recuerdan por mucho tiempo. Cuando Zaqueo el recaudador de impuestos le dio la bienvenida a Jesús en su casa y prometió dar la mitad de sus posesiones a los pobres y restituir cuadruplicado a los que había defraudado, Jesús lo llamó “hijo de Abraham” por su generosidad y fruto de arrepentimiento (Lc 19:9). Claramente, Zaqueo estaba respondiendo a la generosidad relacional de Jesús, que había abierto su corazón a un odiado recaudador de impuestos, lo que fue inesperado y sorprendente para las personas de ese tiempo.

La hospitalidad de Abraham y Sara (Génesis 18:1-15)

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La historia de la generosa hospitalidad de Abraham y Sara con tres visitantes que llegaron por el encinar de Mamre se cuenta en Génesis 18. La vida seminómada en la región permitía el contacto frecuente entre personas de diferentes familias, y Canaán se convirtió en una ruta de comercio popular al servir como un puente de tierra natural entre Asia y África. Como no existía oficialmente la industria de la hospitalidad, las personas que vivían en las ciudades y los campamentos tenían el deber social de recibir a los forasteros. A partir de las descripciones del Antiguo Testamento y de otros textos del Cercano Oriente antiguo, Matthews encontró siete códigos de conducta que definen una buena hospitalidad, la que afirma el honor de las personas, hogares y comunidades por medio del recibimiento y la protección de los visitantes.[1] Los alrededores de un asentamiento eran una zona en la que los individuos y el pueblo estaban obligados a mostrar hospitalidad.

  1. En esta zona, los habitantes tenían la responsabilidad de ser hospitalarios con los extranjeros.
  2. Por medio de la hospitalidad, el visitante debía pasar de ser una posible amenaza a convertirse en un aliado.
  3. Solo se permite que un hombre cabeza de familia o un hombre habitante del pueblo o la región le ofrezca estadía a un forastero.
  4. La invitación puede incluir el periodo de tiempo de la estadía, pero este se podía extender si el anfitrión ofrecía una nueva invitación y si las dos partes estaban de acuerdo
  5. El extranjero tiene derecho a rechazar la invitación, pero esto podía considerarse una afrenta al honor del anfitrión y causar hostilidades o conflictos de inmediato.
  6. Luego de aceptar la invitación, los roles del anfitrión y el visitante se basan en las reglas tradicionales. El visitante no debe pedir nada. El anfitrión proporciona lo mejor que tiene a su disposición, a pesar de lo que haya ofrecido con modestia en la propuesta inicial de hospitalidad. El visitante debe corresponder de inmediato ofreciendo información sobre eventos recientes, predicciones de buena fortuna o expresiones de gratitud por lo que ha recibido, y debe elogiar la generosidad y el honor del anfitrión. El anfitrión no debe hacer preguntas personales; esta información solo podía ofrecerla voluntariamente el visitante.
  7. El visitante permanece bajo la protección del anfitrión hasta que haya abandonado la zona de responsabilidad del anfitrión.

Este episodio proporciona el contexto para el mandato del Nuevo Testamento que dice, “No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Heb 13:2).

Con frecuencia, la hospitalidad y la generosidad son menospreciadas en los círculos cristianos. Sin embargo, la Biblia muestra el reino de los cielos como un banquete generoso e incluso suculento (Is 25:6–9; Mt 22:2–4). La hospitalidad fomenta las buenas relaciones, y la hospitalidad de Abraham y Sara ofrece una perspectiva bíblica temprana de que las relaciones y el compartir una comida van de la mano. Estos forasteros se conocieron mejor unos a otros al compartir una comida y un tiempo juntos. Esto sigue siendo una realidad actualmente. Por lo general, cuando las personas comparten la mesa o disfrutan de un tiempo de esparcimiento o entretenimiento, alcanzan a entenderse y apreciarse mejor los unos a los otros. A menudo, las buenas relaciones laborales y la comunicación efectiva son frutos de la hospitalidad.

En la época de Abraham y Sara, casi siempre se ofrecía la estadía en el hogar del anfitrión. Actualmente, esto no siempre es posible o incluso conveniente, y se ha creado la industria de la hospitalidad para hacerla posible en una gran variedad de formas. Si quiere ser hospitalario y su hogar es muy pequeño o sus habilidades para cocinar son muy limitadas, puede llevar a la persona a un restaurante o a un hotel y disfrutar el compañerismo y mejorar allí las relaciones. Los trabajadores de esta industria le ayudarán a ser hospitalario, ya que por sí mismos tienen la oportunidad de dar refrigerio a las personas, crear buenas relaciones, proveer un techo y servir a otros, así como Jesús lo hizo cuando convirtió el agua en vino (Jn 2:1–11) y lavó los pies de sus discípulos (Jn 13:3–11). La industria de la hospitalidad contabiliza el 9 por ciento del producto interno bruto del mundo y le da empleo a 98 millones de personas,[2] incluyendo a los menos cualificados y los trabajadores inmigrantes que representan una parte creciente de la iglesia cristiana. Muchas personas ofrecen hospitalidad sin requerir pago, como un acto de amor, amistad, compasión y compromiso social. El ejemplo de Abraham y Sara muestra que este trabajo puede ser profundamente importante como un servicio para Dios y la humanidad. ¿Qué más podríamos hacer para animarnos unos a otros a ser generosos en la hospitalidad sin importar nuestras profesiones?

Abstracted from Victor H. Matthews, “Hospitality and Hostility in Judges 4,” Biblical Theology Bulletin 21, no. 1 (1991): 13-15.

World Travel and Tourism Council, Travel and Tourism Economic Impact 2012, World (London: 2012), 1.

El altercado entre Abraham y Abimelec (Génesis 20:1-16; 21:22-34)

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Cuando Abraham y Sara entraron a la región del rey Abimelec, él violó las reglas de la hospitalidad involuntariamente y como restitución, le ofreció a Abraham la tierra que quisiera (Gn 20:1–16). Posteriormente, se desató una disputa sobre cierto pozo de agua que Abraham había cavado originalmente, pero que después había sido tomado por los siervos de Abimelec (Gn 21:25). Al parecer, Abimelec ignoraba la situación y cuando escuchó la queja, aceptó un pacto juramentado iniciado por Abraham, un tratado que reconocía públicamente el derecho de Abraham al pozo y por lo tanto a su actividad comercial constante en la región (Gn 21:27–31).

En otro lugar vimos que Abraham cedió lo que le correspondía (Gn 14:22–24), pero en este caso, Abraham protege obstinadamente lo que es suyo. El narrador no implica que Abraham está dudando en su fe, ya que el relato termina con adoración (Gn 21:33). En vez de esto, él es ejemplo de una persona sabia y trabajadora, que realiza sus negocios de forma abierta y hace uso justo de las protecciones legales apropiadas. En el negocio del pastoreo, el acceso al agua es fundamental y sin este, Abraham no podía proveer para sus animales, trabajadores y familia. Por lo tanto, el hecho de que Abraham protegiera su derecho al agua es importante, igual que los medios por los cuales lo garantizó.

Como Abraham, las personas en toda clase de trabajos deben discernir cuándo actuar generosamente para beneficiar a otros y cuándo proteger recursos y derechos para su propio beneficio o el de sus organizaciones. No hay un conjunto de reglas que nos puedan llevar a una respuesta automática. En toda situación somos mayordomos de los recursos de Dios, aunque no siempre sea claro si es más útil para Sus propósitos el dar a otros los recursos o protegerlos. Sin embargo, el ejemplo de Abraham resalta un aspecto que es fácil de olvidar. La decisión no es solo una cuestión de quién tiene el derecho, sino también cómo esa decisión afectará nuestras relaciones con aquellos a nuestro alrededor. En el primer caso en el que se dividió la tierra con Lot, la disposición voluntaria de Abraham de ceder la primera elección a Lot echó los cimientos para una buena relación de trabajo a largo plazo. En el caso de su demanda de acceso al pozo de acuerdo con sus derechos del pacto, Abraham aseguró los recursos necesarios para que sus negocios siguieran funcionando. Además, parece que la contundencia de Abraham incluso mejoró su relación con Abimelec. Recordemos que la disputa entre ellos surgió porque Abraham no defendió su posición cuando se encontró por primera vez con Abimelec (Gn 20).

Un sepulcro para Sara (Génesis 23:1-20)

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Cuando Sara murió, Abraham hizo un negocio ejemplar al comprar un sepulcro para ella. Él realizó las negociaciones abierta y honestamente en presencia de testigos, cuidando sus propias necesidades y las del vendedor (Gn 23:10–13, 16, 18). La propiedad en cuestión se identifica claramente (Gn 23:9) y varias veces se afirma que Abraham planeaba usarla como un sepulcro (Gn 23:4, 6, 9, 11, 13, 15, 20). El diálogo de la negociación es extraordinariamente claro, socialmente aceptable y transparente. Se lleva a cabo en la puerta de la ciudad en donde los negocios se hacían en público. Abraham comienza solicitando una transacción de bienes raíces. Los hititas del lugar le ofrecen a Abraham la opción de escoger libremente la mejor tumba, pero él se opone y les pide que contacten al dueño de una parcela que incluye la cueva para un sepulcro, para comprarla al “precio total”. Efrón, el dueño, escuchó la solicitud y le ofreció la parcela como un regalo. Esto habría causado que Abraham no tuviera derechos permanentes, así que él cortésmente ofreció pagar el valor del mercado. A pesar de que era típico negociar para tener un mejor precio de compra en las transacciones comerciales (Pr 20:14), Abraham estuvo de acuerdo inmediatamente con el precio de Efrón y lo pagó “según la norma de los comerciantes” (Gn 23:16 NTV). Esta expresión significaba que el trato se ajustaba al estándar de plata para las ventas de propiedades.[1] Abraham pudo haber sido tan rico que no necesitaba negociar, o podía haber deseado comprar junto con la tierra una medida de buena voluntad. Adicionalmente, tal vez quiso evitar cualquier cuestionamiento sobre la venta y su derecho a la tierra. Al final, él recibió el título de propiedad con la cueva y los árboles (Gn 23:17–20). Este fue un lugar de sepultura importante, el de Sara y luego del mismo Abraham, de Isaac y Rebeca y Jacob y Lea.

En esta cuestión, las acciones de Abraham son ejemplo de los valores fundamentales de integridad, transparencia y agudeza de negocios. Él honró a su esposa al hacer duelo por ella y encargarse de sus restos apropiadamente, entendió su posición en la región y trató a sus residentes con respeto, realizó negocios de forma abierta y honesta en frente de testigos, se comunicó con claridad, fue sensible al proceso de negociación y evitó con cortesía aceptar la tierra como un regalo, pagó la cantidad acordada con prontitud y usó la propiedad únicamente para el propósito que mencionó durante la negociación. De este modo, Abraham mantuvo buenas relaciones con todos lo que estaban involucrados.

John H. Walton, Victor H. Matthews, and Mark W. Chavalas, The IVP Bible Background Commentary: Old Testament (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2000), 55.

Isaac (Génesis 21:1-35:29)

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Isaac fue el hijo de un gran padre y el padre de un gran hijo, pero como tal, su registro es diverso. En contraste con la constante prominencia que Génesis le da a Abraham, la vida de Isaac está dividida y se cuenta alrededor de las historias de Abraham y Jacob. La caracterización de la vida de Isaac encaja en dos partes, una claramente positiva y una negativa, y de las dos se derivan las lecciones respecto al trabajo.

En el lado positivo, la vida de Isaac fue un regalo de Dios. Abraham y Sara lo atesoraron y le transmitieron su fe y valores, y Dios le reiteró las promesas que le había hecho a Abraham. La fe de Isaac y su obediencia cuando Abraham lo trajo como sacrificio es ejemplar, porque realmente debió haber creído lo que su padre le había dicho: “Dios proveerá para sí el cordero para el holocausto, hijo mío” (Gn 22:8). Durante la mayor parte de su vida, Isaac siguió los pasos de Abraham. Expresando la misma fe, Isaac oró por su esposa estéril (Gn 25:21). Así como Abraham sepultó de forma honrosa a Sara, Isaac e Ismael enterraron juntos a su padre (Gn 25:9). Isaac se convirtió en un agricultor y pastor tan exitoso que la población local lo envidiaba y le pedía que se fuera (Gn 26:12–16). Él volvió a abrir los pozos que se habían cavado durante el tiempo de su padre, los que de nuevo se convirtieron en objeto de disputas con las personas de Gerar respecto a los derechos sobre el agua (Gn 26:17–21). Como Abraham, Isaac fue parte de un pacto juramentado con Abimelec que establecía un trato justo entre los dos (Gn 26:26–31). El escritor de Hebreos mencionó que por la fe, Isaac vivió en tiendas y bendijo a Jacob y a Esaú (Heb 11:8–10, 20). En resumen, Isaac había heredado un gran negocio familiar y riqueza. Como su padre, él no lo acaparó, sino que cumplió el rol que Dios había escogido para él de pasar la bendición que se extendería a todas las naciones.

En estos eventos positivos, Isaac fue un hijo responsable que aprendió a liderar su familia y administrar sus negocios en una forma que honraba el ejemplo de su padre piadoso y competente. La diligencia de Abraham para preparar un sucesor y establecer valores permanentes le trajo bendiciones a su negocio una vez más. Cuando Isaac tenía cien años, fue su turno de designar a su sucesor pasando la bendición de la familia. Aunque vivió otros ochenta años, el otorgamiento de la bendición fue el último aspecto significativo de Isaac registrado en el libro de Génesis. Lamentablemente, por poco falla en esta tarea. De alguna forma, olvidó la revelación de Dios a su esposa, que a pesar de la costumbre normal, su hijo menor, Jacob, debía convertirse en la cabeza de la familia en vez del mayor (Gn 25:23). Isaac regresó al camino correcto para cumplir los propósitos de Dios gracias a una táctica ingeniosa de Rebeca y Jacob.

Mantener el negocio de la familia significaba que la estructura fundamental de la familia debía estar intacta, y el padre debía garantizar esto. Aunque sea desconocido para muchos de nosotros actualmente, habían costumbres relacionadas que eran prominentes en la familia de Isaac: el derecho de nacimiento (Gn 25:31) y la bendición (Gn 27:4). El derecho de nacimiento otorgaba el derecho de heredar una parte más grande de las propiedades del padre, en términos de bienes y tierras. Aunque algunas veces el derecho de nacimiento se transfería, se reservaba por lo general para el hijo primogénito. Las leyes específicas al respecto podían variar, pero parece que fue una característica estable de la cultura del Cercano Oriente antiguo. La bendición era el llamado correspondiente de la prosperidad de Dios y la sucesión del liderazgo en el hogar. Esaú creyó equivocadamente que podía ceder su derecho de nacimiento y tener la bendición de todas formas (Heb 12:16–17) pero Jacob reconoció que eran inseparables. Con ambas, Jacob tendría el derecho a la herencia de la familia tanto económica como social y también en términos de su fe. La bendición, un tema fundamental en el desarrollo de la trama de Génesis, no solo acarreaba recibir las promesas del pacto de Dios con Abraham, sino también transmitirlas a la siguiente generación.

El fracaso de Isaac al no reconocer que Jacob debía recibir el derecho de nacimiento y la bendición, provenía de haber puesto su comodidad personal por encima de las necesidades de la organización familiar. Él prefería a Esaú porque amaba la presa silvestre que su hijo el cazador le traía. Aunque Esaú valoraba el derecho de nacimiento menos que una simple comida (lo que significa que no era adecuado ni estaba interesado en la posición de liderar el negocio familiar), Isaac quería que Esaú lo tuviera. Las circunstancias privadas bajo las cuales Isaac otorgó la bendición indican que sabía que tal acto sería criticado. El único aspecto positivo de este episodio es que la fe de Isaac lo llevó a reconocer que la bendición divina que por error le había dado a Jacob, era irrevocable. Por esta razón se le recuerda generosamente en Hebreos. “Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú, aun respecto a cosas futuras” (Heb 11:20). Dios había escogido a Isaac para perpetuar está bendición y trabajó con tenacidad Su voluntad por medio de él, a pesar de las intenciones mal fundadas de Isaac.

El ejemplo de Isaac nos recuerda que sumergirnos demasiado en nuestra propia perspectiva nos puede llevar a cometer graves errores de juicio. Cada uno de nosotros es tentado por la comodidad personal, prejuicios e intereses privados, que nos hacen perder de vista la importancia más amplia de nuestro trabajo. Tal vez nuestra debilidad sean los elogios, la seguridad financiera, las relaciones inadecuadas, evitar los conflictos, las recompensas a corto plazo y otros beneficios personales que pueden estar en contra de que hagamos nuestro trabajo para cumplir los propósitos de Dios. Aquí se involucran tanto factores individuales como sistémicos. A nivel individual, el favoritismo de Isaac por Esaú se repite en la actualidad, cuando aquellos en el poder deciden promover ciertas personas con base en favoritismos, sean reconocidos o no. En el nivel sistémico, todavía hay muchas organizaciones que permiten que sus líderes contraten, despidan y asciendan personas a su antojo, en vez de desarrollar sucesores y subordinados por medio de un proceso a largo plazo, coordinado y que rinda cuentas. Ya sea que los abusos sean individuales o sistémicos, no habrá una solución efectiva con apenas decidir hacerlo mejor o cambiar los procesos organizacionales. En vez de esto, tanto los individuos como las organizaciones deben ser transformados por la gracia de Dios para priorizar lo que es realmente importante por encima del beneficio personal.

Jacob (Génesis 25:19-49:33)

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Por lo general, los nombres de Abraham, Isaac y Jacob aparecen en grupo, porque todos ellos recibieron las promesas del pacto de Dios y compartían la misma fe. Sin embargo, Jacob era muy diferente a su abuelo Abraham. Jacob siempre fue astuto y vivió la mayor parte de su vida conforme a su astucia e ingenio. Él no era ajeno a los conflictos y su pasión por conseguir lo que quería para sí mismo lo controlaba. Esta lucha fue verdaderamente un trabajo duro que con el tiempo lo llevó al punto emblemático de su existencia, una lucha con un hombre misterioso en quien Jacob vio a Dios cara a cara (Gn 32:24, 30). En su debilidad, Jacob clamó en fe por la bendición de Dios y fue transformado por gracia.

La vida laboral de Jacob como pastor es de nuestro interés en la teología del trabajo. Sin embargo, esta asume una importancia mayor cuando se fija en el contexto general de su vida, que iba de un lado al otro del distanciamiento a la reconciliación. Ya hemos visto que el trabajo de Abraham fue una parte inseparable de su propósito, el cual provenía de su relación con Dios. Esto se aplica para Jacob y la lección también es para nosotros.

La adquisición deshonesta de Jacob del derecho de nacimiento y la bendición de Esaú(Génesis 25:19-3)

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Aunque el plan de Dios era que Jacob fuera el sucesor de Isaac (Gn 25:23), Rebeca y Jacob engañaron y robaron para obtenerla, lo que puso a la familia en grave peligro. En vez de confiar en Dios, fueron deshonestos con Isaac y Esaú para asegurar su futuro, lo que trajo como resultado una separación prolongada en el negocio familiar.

Las bendiciones del pacto con Dios eran regalos que se recibían, no se tomaban a la fuerza. Debían ser usadas para ayudar a otros, no para acumularlas. Jacob no lo tomó en cuenta. Aunque tenía fe (a diferencia de su hermano Esaú), él dependía de sus propias habilidades para obtener los derechos que valoraba. Jacob aprovechó el hambre de Esaú para comprarle el derecho de nacimiento (Gn 25:29–34). Es bueno que Jacob valorara este derecho, pero muestra una profunda falta de fe que lo quisiera conseguir por sus propios medios, especialmente en la forma en la que lo hizo. Siguiendo el consejo de su madre Rebeca (quien también buscó algo bueno por los medios equivocados), Jacob engañó a su padre y su vida como fugitivo de la familia muestra la naturaleza detestable de su comportamiento.

Tiempo después, Jacob comenzó a creer genuinamente en las promesas del pacto con Dios, aunque no logró vivir confiando en lo que Dios haría por él. Las personas maduras y piadosas que han aprendido a dejar que su fe transforme sus decisiones (y no que sus decisiones transformen su fe) pueden trabajar con base en esa fortaleza. Las decisiones valientes y astutas que alcanzan grandes logros pueden recibir elogios por su simple efectividad, pero cuando las ganancias resultan de aprovecharse y engañar a otros, algo está mal. Más allá del hecho de que los métodos deshonestos por sí mismos son incorrectos, también pueden revelar los principales miedos de aquellos que los usan. El deseo incesante de Jacob de ganar beneficios para él mismo revela cómo sus miedos lo llevaron a resistirse ante la gracia transformadora de Dios. En la medida en la que comenzamos a creer en las promesas de Dios, estamos menos propensos a manipular las circunstancias para nuestro propio beneficio. Siempre debemos estar conscientes de que nos podemos engañar a nosotros mismos con facilidad acerca de la pureza de nuestras motivaciones.

Jacob gana su fortuna (Génesis 30-31)

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Al escapar de Esaú, Jacob llegó a la granja familiar de Labán, el hermano de su madre. Jacob trabajó para Labán durante veintiún frustrantes años, en los cuales Labán rompió una serie de promesas que le había hecho. A pesar de esto, Jacob logró casarse con dos de sus hijas y comenzar una familia. Él quería regresar a casa, pero Labán lo convenció de que se quedara y trabajara para él con la promesa de que podría “fijar [su propio] salario” (Gn 30:28). Claramente, Jacob fue un buen trabajador y Labán había sido bendecido por medio de su asociación con él.

Durante este tiempo, Jacob aprendió sobre el comercio de la crianza de animales, y usó está destreza para vengarse de Labán. Por medio de sus técnicas de crianza se volvió muy rico a costa de su tío y la situación llegó al punto de que los hijos de Labán se quejaban de que “Jacob se ha apoderado de todo lo que era de nuestro padre, y de lo que era de nuestro padre ha hecho toda esta riqueza” (Gn 31:1–2). Jacob notó que la actitud de Labán hacia él había cambiado. Con todo, él afirmó que sus ganancias eran un regalo de Dios, diciendo, “si el Dios de mi padre, Dios de Abraham, y temor de Isaac, no hubiera estado conmigo, ciertamente me hubieras enviado ahora con las manos vacías” (Gn 31:42).

Jacob sintió que Labán no lo había tratado como era debido. Su reacción, por medio de sus maquinaciones, fue hacer otro enemigo de forma similar a lo que ocurrió con Esaú, aprovechándose de él. Este es un patrón que se repite en la vida de Jacob. Parece que cualquier cosa era correcta, y aunque aparentemente le daba el crédito a Dios, es claro que hizo estas cosas a partir de su carácter de estratega. No vemos mucha integración de su fe con su trabajo en este punto y es interesante que cuando Hebreos reconoce a Jacob como un hombre de fe, solo menciona sus acciones al final de su vida (Heb 11:21).

La transformación de Jacob y su reconciliación con Esaú (Génesis 32-33)

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Después de la tensión creciente con su suegro y la separación de negocios en la que ninguno actuó honorablemente, Jacob dejó a Labán. Ya que obtuvo su posición por medio del truco sucio de Labán años atrás, Jacob vio la oportunidad de legitimarla haciendo un acuerdo con su hermano Esaú. Sin embargo, él esperaba que las negociaciones fueran tensas. Carcomido por el miedo de que Esaú viniera al encuentro con sus cuatrocientos hombres armados, Jacob divide a su familia y sus animales en dos grupos, para asegurar alguna medida de supervivencia. Él oró por protección y envió un enorme regalo de animales delante de él para apaciguar a Esaú antes del encuentro. Pero la noche antes de llegar al punto de reunión, Jacob el estafador fue visitado por una figura misteriosa que le daría a él una sorpresa. El mismo Dios lo atacó en forma de un hombre fuerte, contra quien Jacob se vio obligado a luchar toda la noche. Resulta que Dios no es solo el Dios de la adoración y la religión, sino el Dios del trabajo y los negocios familiares. Él no está tratando de ganar ventaja frente a un manipulador escurridizo como Jacob; Él demostró Su ventaja al punto de herir permanentemente la cadera de Jacob, pero Jacob en su debilidad dijo que no se rendiría hasta que su atacante lo hubiera bendecido.

Este se convirtió en el momento decisivo de la vida de Jacob. Él había tenido luchas con personas durante años, pero también había estado luchando en su relación con Dios de forma permanente. Aquí al fin se encontró con Dios y recibió su bendición en medio de la lucha. Jacob recibió un nuevo nombre, Israel, e incluso le dio un nuevo nombre al lugar, para honrar el hecho de que ahí había visto a Dios cara a cara (Gn 32:30). El encuentro con Esaú que parecía tan preocupante aconteció a la mañana siguiente y contradijo la expectativa temerosa de Jacob en la forma más agradable que se pudiera imaginar. Esaú corrió a Jacob y lo abrazó. Él trató de rechazar gentilmente los regalos de Jacob, pero Jacob insistió en dárselos. Un Jacob transformado le dijo a Esaú, “veo tu rostro como uno ve el rostro de Dios” (Gn 33:10).

La identidad ambigua del oponente de Jacob es un aspecto intencional en la historia, que resalta los elementos inherentes de la lucha de Jacob con Dios y los hombres. Jacob nos muestra una verdad que está en el centro de nuestra fe: nuestras relaciones con Dios y con las personas están ligadas. Nuestra reconciliación con Dios hace posible nuestra reconciliación con otros. Del mismo modo, en esa reconciliación humana, llegamos a ver y conocer mejor a Dios. El trabajo de la reconciliación aplica para familias, amigos, iglesias, compañías e incluso grupos de población y naciones. Solo Cristo puede ser nuestra paz, pero para eso somos sus embajadores. Esta es una bendición que viene de la promesa inicial de Dios a Abraham y que debe afectar al mundo entero.

José (Génesis 37:2-50:26)

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Recordemos que junto con su llamado, Dios le dio a Abraham promesas fundamentales (Gn 12:2–3). Primero, Dios multiplicaría sus descendientes y serían una gran nación. Segundo, Dios lo bendeciría. Tercero, Dios engrandecería el nombre de Abraham, lo que significaba que él sería digno de su prestigio. Cuarto, Abraham sería una bendición. Esto último se relaciona con las futuras generaciones de la familia de Abraham y además, con todas las familias de la tierra. Dios bendeciría a aquellos que lo bendijeran y maldeciría a todos los que lo maldijeran. El libro de Génesis relata el cumplimiento parcial de estas promesas por medio de las líneas elegidas de descendientes de Abraham, en Isaac, Jacob y los hijos de Jacob. Entre todos ellos, en José se cumple más directamente la promesa de Dios de bendecir las naciones por medio de los descendientes de Abraham. Ciertamente, personas de “todos los países” fueron sustentadas por el sistema alimenticio que administró José (Gn 41:57). José entendió está misión y articuló el propósito de su vida acorde con la intención de Dios: “salvar la vida de mucha gente” (Gn 50:20 NVI).

Los hermanos de José lo rechazan y lo venden como esclavo (Génesis 37:2-36)

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Desde una temprana edad, José creyó que Dios lo había destinado para ser grande. En sus sueños, Dios le aseguró a José que tendría una posición de liderazgo sobre sus padres y hermanos (Gn 37:5–11). Desde el punto de vista de José, estos sueños eran evidencia de una bendición divina y no de su propia ambición. Sin embargo, desde el punto de vista de sus hermanos, los sueños eran otra manifestación del privilegio injusto del que gozaba José por ser el hijo favorito de su padre, Jacob (Gn 37:3–4). Estar seguros de tener cierto derecho no nos exime de empatizar con quienes puedan tener una perspectiva diferente. Los buenos líderes se esfuerzan por fomentar la cooperación en vez de la envidia. El incumplir esto, llevó a que José tuviera grandes conflictos con sus hermanos. Después de conspirar para asesinarlo inicialmente, sus hermanos se conformaron con venderlo a una caravana de mercaderes que llevaban productos por Canaán hacia Egipto. Los mercaderes, a su vez, vendieron a José a Potifar, el “capitán de la guardia” que era un “oficial de Faraón” en Egipto (Gn 37:36).

La artimaña de la esposa de Potifar y el encarcelamiento de José (Génesis 39:1-20)

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El tiempo que trabajó para Potifar le dio a José un amplio rango de responsabilidades fiduciarias. Al comienzo, José solo estaba “en” la casa de su amo. No sabemos qué función tenía, pero cuando Potifar reconoció las aptitudes de José, lo promovió para que fuera su mayordomo personal y “entregó en su mano todo lo que poseía” (Gn 39:4).

Después de un tiempo, la esposa de Potifar se interesó sexualmente en José (Gn 39:7). El rechazo de José hacia las insinuaciones de la esposa fue claro y razonable. Él le recordó la confianza que Potifar había depositado en él y describió la relación que ella buscaba en los términos morales o religiosos de “gran maldad” y “pecar” (Gn 39:9). Él era sensible a las dimensiones sociales y teológicas y, además, opuso resistencia de forma verbal repetidamente e incluso evitaba estar donde ella estuviera. Cuando se vio físicamente agredido, José tomó la decisión de huir medio desnudo en vez de ceder.

Este caso de acoso sexual se llevó a cabo en una relación de poder que desfavorecía a José. Aunque ella creía que tenía el derecho y el poder de usar a José de esta manera, claramente sus palabras y su trato no eran bien recibidos por parte de él. Por su trabajo, José debía estar en casa donde ella estaba y no podía hablar del tema con Potifar sin interferir en su relación matrimonial. Incluso después de su escape y arresto bajo cargos falsos, parece que José no tuvo a dónde recurrir legalmente.

Los aspectos de este episodio tratan de cerca los problemas del acoso sexual en el lugar de trabajo actualmente. Las personas tienen diferentes estándares de lo que son las palabras o el contacto físico inapropiados, pero con frecuencia se deben considerar los caprichos de aquellos en el poder. A menudo se espera que los trabajadores les reporten a sus superiores los incidentes de acoso potencial, pero por lo general son reacios a hacerlo porque saben que se arriesgan a la ofuscación y retaliación. Para agravar esto, aunque el acoso se puede registrar, los trabajadores se podrían ver afectados por haber reportado la situación. La piedad de José no lo rescató de ser acusado falsamente y del encarcelamiento. Si nos encontramos a nosotros mismos en una situación similar, nuestra devoción no es garantía de que podamos escapar ilesos. No obstante, José le dejó un testimonio educativo a la esposa de Potifar y posiblemente a otros en la casa. Saber que pertenecemos al Señor y que Él defiende al débil, ciertamente nos ayudará a enfrentar las situaciones difíciles sin darnos por vencidos. Esta historia permite reconocer de forma realista que levantarse en contra del acoso sexual en el lugar de trabajo puede tener consecuencias devastadoras. Aun así, también es una historia de esperanza de que por la gracia de Dios, el bien puede triunfar eventualmente. José también es un ejemplo para nosotros, de que incluso cuando somos acusados falsamente y tratados incorrectamente, debemos seguir adelante con el trabajo que Dios nos ha dado, permitiendo que Dios arregle la situación al final.

José interpreta sueños en la cárcel (Génesis 39:20-40:23)

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La labor de José en la cárcel se caracterizó por la presencia del Señor, la confianza del jefe de la cárcel y el ascenso de José al liderazgo (Gn 39:21-23). En la cárcel, José conoció dos oficiales de Faraón que estaban bajo custodia, el jefe de los coperos y el jefe de los panaderos. Muchos textos egipcios mencionan el rol de los coperos, quienes no solo probaban el vino para corroborar su calidad y detectar si tenía veneno, sino que también disfrutaban de cierta cercanía con aquellos que tenían poder político. Con frecuencia, ellos se convertían en confidentes apreciados por sus consejos (ver Nehemías 2:1-4).[1] Así como los jefes de los coperos, los jefes de los panaderos eran oficiales de confianza que tenían acceso directo a las personas más poderosas del gobierno y es probable que sus tareas fueran más allá de preparar los alimentos.[2] En la cárcel, José hizo el trabajo de interpretar los sueños de estos individuos que tenían conexiones políticas.

En el mundo antiguo, la interpretación de sueños era una profesión sofisticada que involucraba “libros de sueños”, los cuales enumeraban elementos de los sueños y su significado. Los registros de veracidad de sueños pasados y sus interpretaciones proporcionaban evidencia empírica para respaldar las predicciones del intérprete.[3] José, sin embargo, no fue instruido en esta tradición y reconoció que Dios dio las interpretaciones que eventualmente demostraron su veracidad (Gn 40:8). En este caso, el copero pudo regresar a su puesto anterior en donde rápidamente olvidó a José.

La dinámica presentada en esta historia sigue presente en la actualidad. Podemos aportar al éxito de otra persona que asciende por encima de nosotros y ser descartados cuando ya no le somos útiles. ¿Esto significa que nuestro trabajo ha sido en vano y que habría sido mejor concentrarnos en nuestra propia posición y ascenso? Además, José no tuvo una forma de verificar independientemente las historias de los dos oficiales en la cárcel.  “Justo parece el primero que defiende su causa hasta que otro viene y lo examina” (Prov. 18:17). No obstante, luego de la sentencia, cualquier prisionero puede defender su propia inocencia.

Tal vez tengamos dudas acerca de cómo nuestra inversión en otros puede beneficiarnos a nosotros o a nuestras organizaciones eventualmente. Tal vez nos preguntemos acerca del carácter y las motivaciones de las personas que ayudamos. Podemos desaprobar lo que hacen después y cómo eso nos afecte. Estos asuntos pueden ser variados y complejos y requieren oración y discernimiento, pero ¿nos deben paralizar? El apóstol Pablo escribió, “Hagamos bien a todos según tengamos oportunidad” (Gá 6:10). Si comenzamos con un compromiso de trabajar para Dios antes que por otros, será más fácil avanzar, creyendo que “para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito” (Ro 8:28).

Kenneth A. Kitchen, “Cupbearer,” in New Bible Dictionary, 3rd ed., eds. I. Howard Marshall, A. R. Millard, J. I. Packer, and D. J. Wiseman (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1996), 248.

Roland K. Harrison, “Baker,” in The International Standard Bible Encyclopedia, ed. Geoffrey W. Bromiley (Grand Rapids: Eerdmans, 1979), 1:404.

John H. Walton, Genesis, NIV Application Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2001), 672-73.

Faraón asciende a José (Génesis 41:1-45)

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Pasaron dos años más antes de que José tuviera la oportunidad de liberarse de su miseria en la cárcel. Faraón había comenzado a tener sueños perturbadores y el jefe de los coperos recordó la habilidad del joven hebreo en la cárcel. Los sueños de Faraón acerca de vacas y cañas con espigas confundieron a sus consejeros más hábiles. José testificó que Dios podía dar las interpretaciones y que su rol era apenas el de intermediario de esa revelación (Gn 41:16). Ante Faraón, José no usó el nombre de Dios del pacto, que era exclusivo para su pueblo. En vez de esto, se refirió consistentemente a Dios con el término más general de Elohim. Al hacerlo, José evitó ofender de manera innecesaria, algo respaldado por el hecho de que Faraón reconoció que Dios le reveló a José el significado de sus sueños (Gn 41:39). En el lugar de trabajo, algunas veces los creyentes pueden darle el crédito a Dios de su éxito de una forma superficial, lo que termina causando el rechazo de las personas. La forma en la que José lo hizo impresionó a Faraón, lo que muestra que se le puede dar el crédito públicamente a Dios de una forma convincente.

La presencia de Dios estaba con José de una forma tan evidente que Faraón lo promovió a segundo al mando en Egipto, para que se encargara especialmente de los preparativos para la hambruna que vendría (Gn 41:37-45). La palabra de Dios para Abraham estaba dando fruto: “Bendeciré a los que te bendigan… Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn 12:3). Como José, cuando confesamos nuestra propia incapacidad de cumplir los retos que enfrentamos y cuando encontramos formas apropiadas de atribuirle el éxito a Dios, forjamos una defensa poderosa en contra de orgullo que frecuentemente acompaña al reconocimiento público.

El ascenso de José lo equipó con aspectos significativos del liderazgo: un anillo con el sello del rey y un collar de oro, vestiduras finas apropiadas para su alto cargo, transporte oficial, un nuevo nombre egipcio y una esposa egipcia de una familia de clase alta (Gn 41:41-45). Si alguna vez tuvo la tentación de dejar atrás su herencia hebrea, fue esta. Dios nos ayuda a enfrentar el fracaso y la derrota, aunque tal vez necesitemos más su ayuda cuando enfrentamos el éxito. El texto presenta varias indicaciones de cómo José manejó su ascenso de una manera piadosa y en parte, tuvo que ver con su preparación antes de que ocurriera.

Cuando estaba en casa de su padre, los sueños de liderazgo que le dio Dios convencieron a José de que tenía un propósito decretado por Dios y un destino que nunca olvidó. Básicamente, su naturaleza fue confiar en las personas y parece que no guardó ningún resentimiento contra sus hermanos celosos y el copero olvidadizo. Antes de que Faraón lo promoviera, José sabía que el Señor estaba con él y tenía evidencia tangible para probarlo. Darle el crédito a Dios repetidamente no solo era lo correcto, sino que también le recordaba al mismo José que sus habilidades vienen del Señor. José era cortés y humilde, y mostraba que quería hacer lo que fuera necesario para ayudar a Faraón y a los egipcios. Incluso cuando los egipcios carecían de riquezas y ganado, José se ganó su confianza y la del mismo Faraón (Gn 41:55). Por el resto de su vida como administrador, José se dedicó a la administración eficiente por el bien de otros.

Hasta aquí, la historia de José nos recuerda que en nuestro mundo caído, la respuesta de Dios a nuestras oraciones no llegará necesariamente rápido. José tenía diecisiete años cuando sus hermanos lo vendieron como esclavo (Gn 37:2) y finalmente fue libre de la cautividad cuando tenía treinta años (Gn 41:46), trece largos años después.

José crea infraestructura y una política de agricultura a largo plazo (Génesis 41:46-57)

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Inmediatamente, José procedió a hacer el trabajo para el que Faraón lo había designado. Su interés principal era trabajar para beneficiar a otros, en vez de tomar ventaja personal de su nueva posición en cabeza de la corte real. Él mantuvo su fe, dándole a sus hijos nombres que honraban a Dios por la sanación de su dolor emocional y por hacerlo fecundo (Gn 41:51-52). Él reconoció que su sabiduría y discernimiento eran regalos de Dios, pero también que todavía tenía mucho que aprender acerca de la tierra de Egipto, la agricultura en particular. Como administrador principal, el trabajo de José afectó la vida de la nación en casi todas las áreas prácticas. Su oficio habría requerido que aprendiera acerca de legislación, comunicación, negociación, transporte, métodos seguros y eficientes de almacenamiento de alimentos, construcción, elaboración de estrategias y estimación económica y mantenimiento de registros, manejo de nómina, manejo de transacciones mediante dinero y canjes, recursos humanos y adquisición de propiedades. Sus habilidades extraordinarias respecto a su relación con Dios y las personas no funcionaban en campos separados. El espíritu del éxito de José está en la integración efectiva de sus dones divinos y competencias adquiridas. Para José, todo esto era un trabajo piadoso.

José fue descrito por Faraón como “prudente y sabio” (Gn 41:39) y estas características le permitieron hacer el trabajo de planeación y administración estratégicas. Las palabras en hebreo para sabio y sabiduría (hakham y hokhmah) denotan un alto nivel de perceptibilidad mental, pero también se usan para un amplio rango de habilidades prácticas incluyendo el trabajo con madera, piedras preciosas y metal (Éx 31:3-5; 35:31-33), confección (Éx 28:3; 35:26, 35), así como la administración (Dt 34:9; 2Cr 1:10) y justicia legal (1R 3:28). Estas habilidades también se encuentran entre los no creyentes, pero los sabios en la Biblia disfrutan de la bendición especial de Dios, quien quiere que Israel les muestre a las naciones los caminos de Dios (Dt 4:6).

Como primer acto, “José… recorrió toda la tierra de Egipto” (Gn 41:46) en un viaje de inspección. Él tenía que familiarizarse con las personas que manejaban la agricultura, las zonas y las condiciones de los campos, los cultivos, los caminos y los medios de transporte. Es inconcebible que José hubiera logrado todo esto por sí solo ya que habría tenido que establecer y supervisar el entrenamiento de algo parecido a un Departamento de agricultura y hacienda. Durante los siete años de cosecha abundante, José almacenó el grano en distintas ciudades (Gn 41:48-49). Durante los siete años de escasez que siguieron, José distribuyó el grano para los egipcios y otras personas que fueron afectadas por la extensa hambruna. Se requería un talento excepcional para crear y administrar todo esto mientras sobrevivía a las intrigas políticas de una monarquía absoluta.

José mitiga la pobreza del pueblo egipcio (Génesis 47:13-26)

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Cuando las personas se quedaron sin dinero, José permitió hacer trueques de ganado por alimento. Este plan duró un año, durante el cual José recolectó caballos, ovejas, cabras, ganado y asnos (Gn 47:15-17). Él habría tenido que determinar el valor de estos animales y establecer un sistema equitativo para los intercambios. Cuando el alimento escasea, las personas se preocupan especialmente por su supervivencia y la de sus seres amados. Por esto, ofrecer el acceso a puntos de distribución de alimentos y tratar a las personas imparcialmente se convirtieron en temas administrativos sumamente importantes.

Cuando ya no había más ganado para negociar, las personas se vendían a sí mismas como esclavas voluntariamente y también le vendían sus tierras a Faraón (Gn 47:18-21). Desde la perspectiva del liderazgo, debe haber sido horrible ser testigos de algo como esto. Aunque José les permitía a las personas vender sus tierras y convertirse en esclavos, él no se aprovechó de ellos en su estado de indefensión. José habría tenido que verificar que se les diera el precio correcto a estas propiedades al intercambiarlas por semillas para plantar (Gn 47:23). Él aprobó una ley permanente que establecía que las personas le regresaran a Faraón el veinte por ciento de la cosecha, lo que implicaba crear un sistema para monitorear y hacer cumplir la ley, y establecer un departamento dedicado a administrar las ganancias. En todo esto, José eximió a las familias sacerdotales de vender sus tierras, ya que Faraón les suministraba una porción de alimentos para cubrir sus necesidades adecuadamente (Gn 47:22, 26). Manejar esta población especial habría implicado que tuvieran un sistema distinto y más pequeño de distribución que estaba diseñado especialmente para ellos.

La pobreza y sus consecuencias son realidades económicas. Nuestra primera tarea es ayudar a eliminarlas, pero no podemos esperar el éxito total hasta que se cumpla el reino de Dios. Tal vez los creyentes no tengamos el poder de cambiar las circunstancias que obligan a las personas a tomar decisiones difíciles, pero podemos encontrar maneras de apoyarlos mientras las enfrentan, sean creyentes o no. Escoger el mejor de dos males puede ser un trabajo necesario y algo emocionalmente devastador. En nuestro trabajo, podemos experimentar la tensión que genera sentir empatía por los necesitados, aunque tengamos la responsabilidad de hacer lo que es bueno para las personas y organizaciones para las que trabajamos. José experimentó la guía de Dios en estas tareas difíciles y nosotros también hemos recibido la promesa de Dios de “nunca te dejaré ni te desampararé” (Heb 13:5).

Afortunadamente, usando su habilidad y sabiduría dadas por Dios, José ayudó a Egipto a atravesar la crisis agrícola. Al comienzo de los siete años de buenas cosechas, José desarrolló un sistema de almacenamiento para guardar el grano que sería usado durante la sequía. Cuando llegaron los siete años de sequía, “José abrió todos los graneros” y proporcionó suficiente alimento para ayudar al pueblo egipcio a soportar la hambruna. Su sabia estrategia e implementación efectiva del plan también permitieron que Egipto abasteciera de grano al resto del mundo durante el tiempo de escasez (Gn 41:57). En este caso, el cumplimiento de la promesa de que los descendientes de Abraham serían una bendición para el mundo, no solo ocurrió para el beneficio de otras naciones sino incluso por medio de la industria de una nación extranjera, Egipto.

De hecho, la bendición de Dios para el pueblo de Israel vino después de Su bendición para los extranjeros y además, a través de esta. Dios no levantó a un israelita en la tierra de Israel para que aportara lo necesario y así aliviar al pueblo durante la hambruna. En vez de eso, Dios capacitó a José en su trabajo en el gobierno egipcio y por medio del mismo dio la provisión para las necesidades del pueblo de Israel (Gn 47:11-12). No obstante, no debemos idealizar a José. Al ser un oficial en una sociedad que en ocasiones era represiva, él hizo parte de su estructura de poder y personalmente impuso la esclavitud para un gran número de personas (Gn 47:21).

Aplicaciones a partir de la experiencia administrativa de José (Génesis 41:46-57; 47:13-26)

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El interés de Génesis por la administración de José durante la crisis alimentaria radica más en su impacto sobre la familia de Israel, que en desarrollar principios para la administración efectiva. Sin embargo, el liderazgo extraordinario de José puede servir como ejemplo para los líderes actuales, y podemos encontrar algunas aplicaciones prácticas a partir de su trabajo:

  1. Familiarizarse tanto como sea posible con la situación general al comienzo de una labor.
  2. Orar por discernimiento acerca del futuro para poder planear sabiamente.
  3. Encomendarse a Dios primero y después esperar que Él dirija y afiance sus planes.
  4. Reconocer con gratitud y de la manera apropiada los dones que Dios le ha dado.
  5. Incluso si otros reconocen la presencia de Dios en su vida y los talentos especiales que tiene, no publicarlos en un esfuerzo egoísta de ganarse el respeto de los demás.
  6. Capacitarse para hacer su trabajo y llévelo a cabo con excelencia.
  7. Buscar de formas prácticas el bien para otros, sabiendo que usted debe ser una bendición en donde Dios lo ha puesto.
  8. Ser justo en todos sus negocios, especialmente cuando las circunstancias son desalentadoras y profundamente problemáticas.
  9. Aunque su labor ejemplar pueda llevarle al protagonismo, recuerdar su misión principal como siervo de Dios. Su vida no consiste en lo que usted gane para sí mismo.
  10. Valorar la piedad de los muchos trabajos honorables que necesita la sociedad.
  11. Ofrecer generosamente el fruto de su labor a aquellos que verdaderamente lo necesitan, sin importar lo que usted piense de ellos como individuos.
  12. Aceptar el hecho de que Dios puede llevarle a cierto campo laboral bajo condiciones extremadamente exigentes y esto no significa que ha ocurrido algo terrible o que usted esté por fuera de la voluntad de Dios.
  13. Cobrar ánimo en que Dios le hará apto para la labor.
  14. Aceptar el hecho de que algunas veces las personas deben escoger la que consideran mejor entre dos situaciones desagradables pero inevitables.
  15. Creer que lo que usted hace no solo beneficiará a aquellos que ve y conoce, sino que su trabajo también tiene el potencial de afectar vidas por muchas generaciones. Dios es capaz de hacer todo más abundantemente de lo que podemos pedir o imaginar (Ef 3:20).

Los tratos de José con sus hermanos (Génesis 42-43)

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En medio de la crisis en Egipto, los hermanos de José llegaron desde Canaán con la intención de comprar alimentos, ya que la hambruna también había afectado gravemente su tierra. Ellos no reconocieron a José y él no les reveló quién era. Él trato a sus hermanos mayormente con el lenguaje de los negocios. La palabra dinero (kesef) aparece veinte veces en los capítulos 42 al 45 y la palabra grano (shever) aparece diecinueve veces. El comercio con esta mercancía representa el marco en el que se llevaron a cabo las dinámicas personales complejas.

En esta situación, el comportamiento de José fue bastante astuto. Primero, él le ocultó su identidad a sus hermanos, lo cual —si bien no es necesariamente un engaño abierto (la palabra hebrea mirmah, como con Jacob en Gn 27:35)— en realidad no fue sincero. Segundo, él les habló duramente a sus hermanos con acusaciones que sabía que eran infundadas (Gn 42:7, 9, 14, 16; 44:3-5). En resumen, José se aprovechó de su poder para tratar con un grupo en el que no sabía si podía confiar, por causa del trato que recibió de ellos,[1] y su motivación era discernir el carácter actual de las personas con las que estaba tratando. Él había sufrido bastante por causa de ellos durante veinte años y tenía razones para desconfiar de sus palabras, acciones y compromiso con la familia.

Los métodos de José rayaron en el engaño. Él ocultó información importante, manipuló los eventos de varias maneras y actuó como un detective que interroga con severidad. Él no podía proceder con total transparencia y esperar que ellos le proporcionaran información confiable. El concepto bíblico para esta táctica es la astucia. La astucia se puede usar para el bien o para el mal. Por una parte, la serpiente era “más astuta que cualquiera de los animales del campo” (Gn 3:1) y usó métodos astutos con propósitos desastrosamente malvados (el uso consistente de La Biblia de las Américas de la palabra “astuto” deja claro que se está traduciendo la misma palabra del hebreo. Esta palabra se usa en todas las versiones en español). La palabra hebrea para astucia (ormah y sus análogas) también se traduce como “cordura”, “prudencia” e “inteligente” (Prov. 12:23; 13:16; 14:8; 22:3; 27:12), lo que indica que el trabajo piadoso en contextos difíciles puede requerir precaución y habilidad. Jesús mismo aconsejó a sus discípulos que fueran “astutos como serpientes e inofensivos como las palomas” (Mt 10:16 NTV). La Biblia frecuentemente recomienda la astucia en la búsqueda de propósitos buenos (Prov. 1:4; 8:5, 12).

La astucia de José tuvo el efecto previsto de probar la integridad de sus hermanos, quienes regresaron el dinero que José había escondido en sus costales secretamente (Gn 43:20-21). Después, él los probó de otra manera, tratando a Benjamín (el más joven) más generosamente que a los demás, y ellos demostraron que habían aprendido a no caer en enemistades entre ellos como lo hicieron cuando le vendieron como esclavo.

Sería superficial interpretar por las acciones de José que creer que estamos del lado de Dios siempre es una justificación para el engaño. La larga carrera de José de labores y sufrimiento al servicio de Dios, le dio un entendimiento mayor de la situación que la que tenían sus hermanos. Aparentemente, la promesa de que Dios haría de ellos una gran nación pendía de un hilo. José supo que no estaba en su poder salvarlos, pero él aprovechó su autoridad y sabiduría, dadas por Dios, para servir y ayudar. Dos factores importantes diferencian a José en este caso en que tomó la decisión de usar medios que de otra manera no serían recomendables. Primero, él no ganaba nada para sí mismo con estas maquinaciones. Él había recibido una bendición de Dios y sus acciones tenían el propósito exclusivo de convertirse en una bendición para otros. Él pudo haberse aprovechado de la situación desesperada de sus hermanos y exigirles con rencor una mayor suma de dinero, sabiendo que ellos habrían dado todo por sobrevivir. En vez de eso, él usó su conocimiento para salvarlos. Segundo, sus acciones eran necesarias para poder ofrecer las bendiciones. Si hubiera tratado con sus hermanos más abiertamente, no habría podido probar si eran dignos de confianza en el asunto.

Bruce K. Waltke, Genesis: A Commentary, (Grand Rapids: Zondervan, 2001), 545.

Judá se transforma en un hombre de Dios (Génesis 44:1-45:15)

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En el episodio final de las pruebas de José a sus hermanos, José le tendió una trampa a Benjamín culpándolo por un crimen imaginario y reclamó que se quedara como esclavo. Cuando exigió que los hermanos regresaran a casa a Isaac sin Benjamín (Gn 44:17), Judá se levantó y habló en nombre del grupo. ¿Qué le dio la posición para asumir este rol? Él había traicionado la confianza de su familia al casarse con una mujer de Canaán (Gn 38:2), había criado a dos hijos tan malvados que el Señor les quitó la vida (Gn 38:7, 10), había tratado a su nuera como una prostituta (Gn 38:24) y había concebido el plan para vender a su propio hermano como esclavo (Gn 37:27). Sin embargo, la historia que Judá le contó a José mostraba un hombre transformado. Él demostró una compasión inesperada al hablar de la experiencia desgarradora que la familia había pasado por la hambruna, del amor profundo de su padre por Benjamín y de la promesa que le hizo a su padre de traer a Benjamín de regreso a casa, para que Jacob no muriera literalmente de dolor. Entonces, en una última expresión de compasión, ¡Judá ofreció tomar el lugar de Benjamín! Él ofreció quedarse en Egipto por el resto de su vida como esclavo del gobernador si el gobernador permitía que Benjamín regresara a casa con su padre (Gn 44:33-34).

Al ver el cambio en la vida de Judá, José pudo bendecirlos como Dios había planeado. Él les dijo toda la verdad: “Yo soy José” (Gn 45:3). Parece que José finalmente vio que sus hermanos eran dignos de confianza. Nosotros mismos debemos andar con cuidado en nuestro trato con aquellas personas que podrían aprovecharse y engañarnos, y ser tan astutos como serpientes e indefensos como palomas, como Jesús les enseñó a Sus discípulos (Mt 10:16). Como lo dijo un escritor, “para tener la confianza de otros, hay que ser confiable”. Todo lo que José planeaba con las discusiones con sus hermanos terminó de esta manera, permitiéndole entrar en una relación correcta con ellos. Él calmó a sus hermanos aterrorizados apuntando al trabajo de Dios, que era el responsable de poner a José a cargo de todo Egipto (Gn 45:8). Waltke explica la importancia de la interacción entre José y sus hermanos:

Esta escena expone la anatomía de la reconciliación. Se trata de la lealtad a un miembro de la familia que está en necesidad, incluso cuando él o ella parece culpable; darle la gloria a Dios reconociendo el pecado y sus consecuencias; pasar por alto el favoritismo; ofrecerse a uno mismo para salvar a otro; demostrar el verdadero amor por medio de actos concretos de sacrificio que crean un contexto de confianza; desechar el control y el poder del conocimiento y optar a favor de la cercanía; abrazar la compasión, los sentimientos amables, la sensibilidad y el perdón de manera profunda; y hablar con el otro. Una familia disfuncional que permite que estas virtudes la abracen, se convertirá en una luz para el mundo.[1]

Dios es más que capaz de bendecir al mundo por medio de personas profundamente imperfectas, pero debemos estar dispuestos a arrepentirnos continuamente del mal que hacemos y pedirle a Dios que nos transforme, aunque nunca seamos perfectamente purificados de nuestros errores, debilidades y pecados en esta vida.

Contrario a los valores de las sociedades alrededor de Israel, la disposición de los líderes de ofrecerse a sí mismos como sacrificio por los pecados de otros estaba diseñada como un rasgo característico del liderazgo entre el pueblo de Dios. Este aspecto fue evidente en Moisés cuando Israel pecó con el becerro de oro. Él oró, “¡Ay!, este pueblo ha cometido un gran pecado: se ha hecho un dios de oro. Pero ahora, si es tu voluntad, perdona su pecado, y si no, bórrame del libro que has escrito” (Éx 32:31-32). El mismo se manifestó en David cuando vio al ángel del Señor hiriendo al pueblo. Él oró, “¿qué han hecho? Te ruego que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre” (2S 24:17). Jesús, el León de la tribu de Judá, lo demostró cuando dijo, “Por eso el Padre me ama, porque Yo doy Mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que Yo la doy de Mi propia voluntad” (Jn 10:17-18).

Bruce K. Waltke, Genesis: A Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2001), 565-66.

La familia de Jacob se muda a Egipto (Génesis 45:16-47:12)

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José y Faraón les dieron generosamente a los hermanos de José “lo mejor de toda la tierra de Egipto” (Gn 45:20) y les proveyeron para su regreso a Canaán y el transporte para la familia. Sin embargo, este aparente final feliz tiene un lado oscuro. Dios le había prometido a Abraham y sus descendientes la tierra de Canaán, no de Egipto. Tiempo después del fallecimiento de José, la relación de Egipto con Israel pasó de la hospitalidad a la hostilidad. Visto de esta manera, ¿cómo encaja la benevolencia de José con la familia en su rol como mediador de las bendiciones de Dios para todas las familias de la tierra (Gn 12:3)? José fue un hombre de visión que planeó para el futuro y realmente contribuyó la parte de la bendición de Dios que se le había asignado. Sin embargo, Dios no le reveló que en el futuro se levantaría un “nuevo rey que no había conocido a José” (Éx 1:8). Cada generación debe permanecer fiel a Dios y recibir Sus bendiciones a su debido tiempo. Desafortunadamente, los descendientes de José olvidaron las promesas de Dios y se desviaron hacia la incredulidad. Aun así, Dios no olvidó Su promesa a Abraham, Isaac y Jacob y sus descendientes. De entre ellos, Dios levantaría nuevos hombres y mujeres que transmitieran las bendiciones que Dios había prometido.

Dios hace que todo obre para bien (Génesis 50:15-21)

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Las palabras de arrepentimiento de sus hermanos llevaron a José a uno de los mejores puntos teológicos de su vida, y de hecho, de casi todo Génesis. Él les dijo que no tuvieran miedo, porque él no tomaría represalias por su maltrato hacia él. Él les dijo, “Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. Ahora pues, no temáis; yo proveeré para vosotros y para vuestros hijos” (Gn 50:20-21). José habla de “mucha gente”, lo que hace eco a la promesa del pacto de Dios de bendecir a “todas las familias de la tierra” (Gn 12:3). Desde nuestro punto de vista actual podemos ver que la bendición de Dios sobrepasó lo que José habría podido pedir o imaginar (ver Ef 3:20).

El trabajo de Dios en José y por medio de él tuvo un valor real, práctico e importante, que fue el de salvar vidas. Si alguna vez tenemos la impresión de que Dios nos quiere en nuestro lugar de trabajo solamente para que hablemos a otros acerca de Él, o si tenemos la impresión de que la única parte de nuestro trabajo que le interesa a Dios es el de establecer relaciones, el trabajo de José dice lo contrario. Las cosas que hacemos en nuestro trabajo son en sí mismas cruciales para Dios y para otras personas. En ocasiones, esto es así porque nuestro trabajo es una pieza de un todo más grande y perdemos de vista el resultado del trabajo. José adoptó una perspectiva más amplia en su trabajo y no se desanimó por los altibajos inevitables que experimentó.

Esto no quiere decir que las relaciones en el trabajo no sean de gran importancia. A lo mejor los cristianos tenemos el don especial de ofrecerles a otros el perdón en nuestros lugares de trabajo. La forma en la que José consoló a sus hermanos es un modelo del perdón. José siguió la instrucción de su padre de perdonar a sus hermanos y así los liberó verbalmente de la culpa. Pero su perdón, como todo el perdón verdadero, no fue solo verbal. José usó los vastos recursos de Egipto, que Dios había puesto bajo su control, para ayudarlos económicamente y que pudieran prosperar. Él reconoció que no debía juzgar, diciendo, “¿acaso estoy yo en el lugar de Dios?” (Gn 50:19). Él no usurpó el rol de Dios como juez sino que les ayudó a sus hermanos a relacionarse con Dios, quien fue el que los salvó.

La relación que José tenía con sus hermanos era tanto familiar como económica. No hay un límite claro definido entre estas áreas, pero el perdón es apropiado para ambas. Tal vez nos veamos tentados a pensar que nuestros valores religiosos más preciados están destinados principalmente a funcionar en espacios religiosos, tales como la iglesia local. Es claro que gran parte de nuestra vida laboral ocurre en el ámbito público y debemos respetar el hecho de que otros no compartan nuestra fe cristiana. Sin embargo, dividir la vida en compartimientos separados etiquetados como “sagrado” y “secular” es algo ajeno a la cosmovisión de la Escritura. Por lo tanto, es correcto afirmar que el perdón es una práctica correcta en el lugar de trabajo.

Siempre habrá heridas y dolor en la vida, y ninguna compañía u organización es inmune a esto. Sería ingenuo asumir que nadie desea causar daño de forma premeditada con sus palabras o hechos. Nosotros podemos hacer lo que hizo José cuando reconoció que sí intentaron hacerle daño, lo que incluye en la misma frase la gran verdad del propósito de Dios para bien. Recordar esto cuando nos sentimos heridos puede ayudarnos a sobrellevar el dolor e identificarnos con Cristo.

José se vio a sí mismo como un representante de Dios, que era un instrumento que realizaba el trabajo de Dios con Su pueblo. Él sabía que la gente es capaz de causar un gran daño y aceptó que algunas veces los peores enemigos de las personas son ellos mismos. Él conocía las historias de la familia en las que la fe se mezclaba con duda, el servicio fiel con la auto-conservación, la verdad con el engaño. Él también conocía las promesas que Dios le hizo a Abraham, el compromiso de Dios de bendecir su familia y la sabiduría de Dios para trabajar con Su pueblo mientras los purificaba por medio del fuego de la vida. Él no trató de esconder los pecados de sus hermanos, sino que los asimiló en su reconocimiento del trabajo enorme de Dios. Nuestra conciencia de la efectividad providencial e inevitable de las promesas de Dios hace que nuestra labor sea provechosa, sin importar lo que nos cueste.

De las muchas lecciones acerca del trabajo en el libro de Génesis, esta se destaca en particular, e incluso explica la redención misma, la crucifixión del Señor de la gloria (1Co 2:8-10). En los contextos de nuestros lugares de trabajo, nuestros valores y carácter salen a la luz mientras tomamos decisiones que nos afectan a nosotros mismos y a aquellos a nuestro alrededor. En Su sabio poder, Dios es capaz de trabajar con nuestra falta de fe, ayudarnos a mejorar en lo que somos débiles y usar nuestros fracasos para alcanzar lo que Él mismo ha preparado para nosotros los que lo amamos.

Conclusiones de Génesis 12-50

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Génesis 12-50 nos cuenta la historia de las primeras tres generaciones de la familia que Dios escogió, por medio de la cual traería sus bendiciones a todo el mundo. Sin tener un poder particular o posición, riqueza, fama, habilidad o superioridad moral en sí mismos, aceptaron el llamado de confiar en que Dios les proveería y cumpliría la gran visión que tenía para ellos. Aunque Dios demostró Su fidelidad todo el tiempo, la fidelidad de ellos fue irregular, asustadiza, insensata y precaria. Ellos demostraron ser tan disfuncionales como cualquier familia, pero mantuvieron la semilla de fe que Dios puso en ellos, o al menos regresaban a ella. Aunque estaban en un mundo quebrantado rodeados de personas y poderes hostiles, por la fe hablaron de las “bendiciones para el futuro” (Heb 11:20 NTV) y vivieron de acuerdo con las promesas de Dios. “Por lo cual, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad” (Heb 11:16), la misma ciudad en la que también nosotros trabajamos, como seguidores de “Jesús el Mesías, descendiente de David y de Abraham” (Mt 1:1 NTV).