El liderazgo como testimonio (Hechos 20-28) : 267

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El liderazgo como testimonio (Hechos 20-28)

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Los últimos ocho capítulos de Hechos presentan un relato lleno de acción sobre un atentado contra la vida de Pablo, seguido por su encarcelamiento a manos de dos gobernadores romanos y su angustioso viaje a bordo de un barco para su juicio en Roma. De muchas maneras, la experiencia de Pablo recapitula la culminación del ministerio de Jesús y por eso, Hechos 20–28 se podría entender como una clase de pasión de Pablo. El aspecto más relevante para el trabajo en estos capítulos es la descripción del liderazgo de Pablo. Nos concentraremos en lo que vemos de su valentía, su sufrimiento, su respeto hacia los demás y su preocupación por el bienestar de otros.

La valentía de Pablo

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Luego de los conflictos en Filipos y Éfeso, Pablo recibe amenazas de encarcelamiento (Hch 20:23; 21:11) y muerte (Hch 20:3; 23:12–14). Estas amenazas no son solo palabras, ya que en efecto hay dos atentados contra su vida (Hch 21:31; 23:21). Él es arrestado por el gobierno romano (Hch 23:10) y se presentan cargos en su contra (Hch 24:1–9), los cuales, aunque eran falsos, llevan finalmente a su ejecución. En vista de los episodios de conflicto que hemos estudiado, es apenas normal que seguir los caminos del reino de Dios cause conflictos con los caminos opresores del mundo.

Pero a pesar de todo, Pablo conserva una valentía extraordinaria. Él continúa con su trabajo (predicar) a pesar de las amenazas e incluso se atreve a predicarles a sus captores, tanto judíos (Hch 23:1–10) como romanos (Hch 24:21–26; 26:32; 28:30–31). Al final, su valentía prueba ser decisiva, no solo para su trabajo de predicar sino para salvar la vida de cientos de personas en medio de un naufragio (Hch 27:22–23). Sus palabras resumen su actitud de valentía mientras el temor se apodera de las personas a su alrededor. “¿Qué hacéis, llorando y quebrantándome el corazón? Porque listo estoy no sólo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (Hch 21:13).

Sin embargo, la cuestión no es que Pablo sea un hombre con una valentía extraordinaria, sino que el Espíritu Santo nos da a cada uno la valentía que necesitamos para hacer nuestro trabajo. Pablo le da el crédito al Espíritu Santo por ayudarlo al enfrentar tal adversidad (Hch 20:22; 21:4; 23:11). Este es un ánimo para nosotros hoy día, porque también podemos depender del Espíritu Santo para que nos dé la valentía que nos haga falta. El peligro no es tanto que la valentía nos falle en el momento de mayor temor, sino que la preocupación generalizada nos impida incluso dar el primer paso para seguir los caminos del reino de Dios en nuestro trabajo. ¿Con cuánta frecuencia dejamos de defender a un colega, servir a un cliente, oponernos a un jefe o hablar con firmeza acerca de un problema, no porque estemos bajo una presión real sino porque nos da temor que si lo hacemos podemos ofender a alguna autoridad? ¿Qué pasa si decidimos que antes de actuar en contra de los caminos de Dios en el trabajo, al menos tenemos que recibir una orden directa de hacerlo? ¿Podríamos comenzar contando con el Espíritu Santo para que nos sostenga al menos hasta ese punto?

El sufrimiento de Pablo

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Pablo necesita cada pizca de valentía debido a los fuertes sufrimientos que sabe que traerá su trabajo. Dice, “el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones” (Hch 20:23). Él es secuestrado (Hch 21:27), golpeado (Hch 21:30–31; 23:3), amenazado (Hch 22:22; 27:42), arrestado muchas veces (Hch 21:33; 22:24, 31; 23:35; 28:16), acusado en juicios (Hch 21:34; 22:30; 24:1–2; 25:2, 7; 28:4), interrogado (Hch 25:24–27), ridiculizado (Hch 26:24), ignorado (Hch 27:11), fue náufrago (Hch 27:41) y lo mordió una víbora (Hch 28:3). La tradición dice que eventualmente es asesinado por causa de su trabajo, aunque esto no se encuentra en ninguna parte en la Biblia.

El liderazgo en un mundo caído implica sufrimiento. Cualquiera que no acepte el sufrimiento como un elemento fundamental del liderazgo no puede ser líder, al menos no un líder a la manera de Dios. Este aspecto constituye otra refutación radical del sistema romano de clientelismo. El sistema romano está estructurado para aislar al patrón del sufrimiento. Por ejemplo, solo los patrones tenían derecho a escapar del castigo corporal, como vemos cuando el estatus de Pablo como ciudadano (un patrón, aunque de un hogar de una persona) es lo único que lo protege de una flagelación arbitraria (Hch 22:29). No obstante, Pablo acepta el sufrimiento físico y otros tipos de sufrimiento como un aspecto menester de un líder al estilo de Jesús. Actualmente, puede que deseemos convertirnos en líderes por la misma razón por la que los hombres en la antigua Roma buscaban ser patrones: para evitar el sufrimiento. Puede que logremos obtener poder y tal vez incluso aislarnos del dolor del mundo. Sin embargo, nuestro liderazgo no puede beneficiar a otros si no aceptamos el sufrimiento en menor o mayor grado. Y si nuestro liderazgo no beneficia a otros, no es la clase de liderazgo de Dios.

El respeto de Pablo

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A pesar de la convicción absoluta de Pablo de que sus creencias y su conducta son correctas, él muestra respeto por todas las personas que encuentra. Esto desarma tanto, especialmente a sus enemigos y captores, que le da una oportunidad perfecta para dar testimonio del reino de Dios. Cuando llega a Jerusalén, les muestra respeto a los líderes judíos cristianos y accede a su extraña petición de demostrar su fidelidad constante a la ley judía (Hch 21:17–26). Él le habla de forma respetuosa a una multitud que lo acaba de golpear (Hch 21:30–22:21), a un soldado que está a punto de azotarlo (Hch 22:25–29), al concilio judío que lo acusa en una corte romana —incluso al punto de disculparse por insultar al sumo sacerdote sin querer— (Hch 23:1–10), al gobernador romano Félix y su esposa Drusila (Hch 24:10–26), a Festo el sucesor de Félix (Hch 25:8–11; 26:24–26) y al rey Agripa y su esposa Berenice (Hch 26:2–29), quienes lo encarcelaron. En el viaje allí, trata con respeto al centurión Julio (Hch 27:3), al gobernador de Malta (Hch 28:7–10) y a los líderes de la comunidad judía en Roma (Hch 28:17–28).

No debemos considerar que el respeto que Pablo demuestra representa una timidez por su mensaje. Él nunca se acobarda para proclamar con audacia la verdad, sin importar las consecuencias. Después de que lo golpeara una multitud de judíos en Jerusalén, quienes sospechaban falsamente que él había traído a un gentil al templo, Pablo les predica un sermón que concluye relatando que el Señor Jesús le encargó predicarles la salvación a los gentiles (Hch 22:17–21). En Hechos 23:1–8, le dice al concilio judío, “se me juzga a causa de la esperanza de la resurrección de los muertos” (Hch 23:6). También, le proclama el evangelio a Félix (Hch 24:14–16) y les dice a Festo, Agripa y Berenice, “soy sometido a juicio por la esperanza de la promesa hecha por Dios a nuestros padres” (Hch 26:6). Además les advierte a los soldados y los marineros en el barco hacia Roma que “este viaje va a ser con perjuicio y graves pérdidas, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras vidas” (Hch 27:10). El final del libro de Hechos nos muestra a Pablo “predicando el reino de Dios, y enseñando todo lo concerniente al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbo” (Hch 28:30–31).

Con frecuencia, el respeto de Pablo por las demás personas le da la oportunidad de que lo escuchen e incluso convierte a sus enemigos en amigos, a pesar de la audacia de sus palabras. El centurión que estaba a punto de azotarlo interviene ante el tribunal romano, que ordena que lo liberen. (Hch 22:26–29). Los fariseos concluyen, “No encontramos nada malo en este hombre; pero ¿y si un espíritu o un ángel le ha hablado?” (Hch 23:9). Félix determina que a Pablo “lo acusaban sobre cuestiones de su ley, pero no de ningún cargo que mereciera muerte o prisión” (Hch 23:29) y se convierte en un escucha ávido que “acostumbraba llamarlo con frecuencia y conversar con él” (Hch 24:26). Agripa, Berenice y Festo se dan cuenta de que Pablo es inocente y la predicación de Pablo comienza a persuadir a Agripa, quien le dice, “En poco tiempo me persuadirás a que me haga cristiano” (Hch 26:28). Cuando termina el viaje a Roma, Pablo se ha convertido en el líder de facto del barco, dando órdenes que el capitán y el centurión obedecen con agrado (Hch 27:42–44). En Malta, el gobernador les da la bienvenida y entretiene a Pablo y sus acompañantes, y más adelante abastece su barco y los envía con honor (Hch 28:10).Por supuesto, no todos devuelven el respeto de Pablo con respeto. Algunos lo calumnian, lo rechazan, lo amenazan y lo maltratan. Pero, en general, recibe mucho más respeto de las personas que el que reciben los patrones del sistema romano de clientelismo entre quienes trabaja. El ejercicio del poder puede demandar una apariencia de respeto, pero es mucho más probable que el ejercicio del verdadero respeto gane una respuesta de verdadero respeto.

La preocupación de Pablo por los demás

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Por encima de todo, el liderazgo de Pablo se caracteriza por su preocupación por otros. Él acepta la carga del liderazgo no para mejorar su vida, sino para hacer que la vida de otros sea mejor. Una prueba suficiente de esto es su disposición para viajar a lugares hostiles a predicar acerca de una mejor forma de vida. Sin embargo, también vemos su preocupación por otros en formas concretas y personales. Él sana a un joven que queda gravemente herido luego de caer desde una ventana de un piso alto (Hch 20:9–12). Él prepara las iglesias que ha plantado para que continúen después de su muerte y las anima cuando se sienten agobiadas y deciden “llorar desconsoladamente” (Hch 20:37). Él intenta predicarles las buenas nuevas incluso a aquellos que están tratando de asesinarlo (Hch 22:1–21) y sana a todos los enfermos en la isla de Malta (Hch 28:8–10).

Un ejemplo asombroso de su preocupación por otros ocurre durante el naufragio. Aunque ignoraron su advertencia de no hacer el viaje, Pablo da una mano para ayudar y anima a la tripulación y los pasajeros cuando ocurre la tormenta.

Cuando habían pasado muchos días sin comer, Pablo se puso en pie en medio de ellos y dijo: Amigos, debierais haberme hecho caso y no haber zarpado de Creta, evitando así este perjuicio y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, porque no habrá pérdida de vida entre vosotros, sino sólo del barco. Porque esta noche estuvo en mi presencia un ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: “No temas, Pablo; has de comparecer ante el César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo.” Por tanto, tened buen ánimo amigos, porque yo confío en Dios, que acontecerá exactamente como se me dijo”. (Hch 27:21–25)

Su preocupación no termina con palabras de ánimo, sino que procede con hechos prácticos. Él se asegura de que todos coman para mantener su fuerza (Hch 27:34–36) e idea un plan que salvará la vida de todos, incluyendo aquellos que no saben nadar (Hch 27:26, 38, 41, 44). Además, dirige los preparativos para encallar el barco (Hch 27:43b) y evita que los marineros abandonen a los soldados y los pasajeros (Hch 27:30–32). Como resultado de su preocupación y sus acciones, no se pierde ninguna vida en el naufragio (Hch 27:44).

El liderazgo de Pablo abarca mucho más que los cuatro aspectos de valentía, sufrimiento, respeto y preocupación por otros, y es visible en muchos otros relatos además de Hechos 20–28. Sin embargo, la manera en que dichos factores se presentan en estos capítulos constituye una de las demostraciones más conmovedoras de liderazgo en la Biblia y sigue siendo un gran ejemplo en la actualidad, así como lo fue en la época de Lucas.