Los Doce Profetas y el trabajo : 492

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Los Doce Profetas y el trabajo

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Introducción a los Doce Profetas

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Los libros de los Doce Profetas abarcan diferentes circunstancias de la vida de Israel que presentan diversos desafíos. El tema unificador de los relatos de estos profetas es que en Dios no existe una separación entre el trabajo de adorar y el trabajo de la vida diaria y tampoco entre el bienestar individual y el bien común. El pueblo de Israel es fiel o infiel al pacto con Dios y la medida de su fidelidad es evidente de forma inmediata en su adoración o en la desatención de la misma. La fidelidad del pueblo o la falta de fidelidad al pacto de Dios se refleja no solo en el ámbito espiritual, sino también en el entorno social y el físico, incluyendo la tierra misma. El grado de fidelidad de las personas también es visible en su ética de vida y de trabajo, lo que a su vez determina lo fructífero de su labor y su prosperidad o pobreza consecuente. Los malvados pueden prosperar a corto plazo, pero tanto la disciplina de Dios como las consecuencias naturales del trabajo injusto eventualmente dejarán al injusto en la pobreza y desolación. No obstante, cuando las personas y las sociedades trabajan siendo fieles a Dios, Él los bendice con una salud y prosperidad espiritual, ética y ambiental.

A estos últimos doce libros del Antiguo Testamento se les conoce comúnmente en la tradición cristiana como los Profetas Menores. En la tradición hebrea, estos libros se encuentran en un solo pergamino llamado “el Libro de los Doce”, el cual forma un tipo de antología con una progresión de pensamiento y coherencia de tema. El trasfondo principal de la colección es el pacto que Dios ha hecho con Su pueblo y el relato dentro de esta colección es la historia de la violación del pacto por parte de Israel y la restauración que Dios despliega lentamente para la nación y la sociedad israelita.[1]

En este contexto, cinco de los primeros seis libros de los Doce —Oseas, Joel, Amós, Abdías y Miqueas— reflexionan en el efecto del pecado del pueblo, tanto en el pacto como en los eventos del mundo. Los siguientes tres —Nahúm, Habacuc y Sofonías— hablan del castigo por el pecado, de nuevo con respecto al pacto y al mundo. Los últimos tres libros proféticos —Hageo, Zacarías y Malaquías— están relacionados con la restauración de Israel, una vez más con respecto a una renovación del pacto y la restauración parcial de la posición de Israel en el mundo. Finalmente, Jonás es un caso especial. Su profecía no concierne a Israel en lo absoluto, sino a la ciudad-estado de Nínive, la cual no es hebrea. Es bien reconocido que tanto su contexto como su composición son difíciles de fechar confiablemente.

Paul R. House, Old Testament Theology [Teología del Antiguo Testamento] (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1998), 346–48.

Trasfondo histórico de los Doce Profetas

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El contexto y la fecha de los relatos de los profetas de Israel y de Judá son objeto de gran debate. (Para una discusión global de los temas más importantes y el contexto de sus escritos, ver “Introducción a los profetas” anteriormente).

Con respecto a los Doce, daremos una descripción breve. Dentro del primer grupo, existe un consenso amplio de que Oseas, Amós y Miqueas datan del siglo octavo a. C. En esa época, el Reino Unido de Israel, gobernado por David y después por Salomón, se había dividido desde hace tiempo en un reino del norte, conocido como Israel, y un reino del sur, conocido como Judá. Miqueas era del reino del sur y les hablaba a las personas de su mismo reino, Amós era del reino del sur y le hablaba al reino del norte y Oseas era del reino del norte y se dirigía al pueblo de su mismo reino.

Al comienzo del siglo octavo, tanto el reino del norte como el del sur disfrutaban de una prosperidad y seguridad fronteriza sin precedentes desde la época de Salomón. Sin embargo, aquellos que tenían ojos para ver, así como nuestros profetas, se dieron cuenta de que el panorama se estaba oscureciendo. Internamente, la situación económica y política se volvía más precaria mientras que las luchas de la dinastía preocupaban a la clase gobernante. Externamente, el resurgimiento de Asiria como una superpotencia en la región representaba una amenaza creciente para ambos reinos. De hecho, el ejército asirio eliminó totalmente el reino del norte cerca del año 721 a. C., y este nunca volvió a surgir como una entidad política, aunque se encuentran rastros de su existencia en la identidad samaritana (2R 17:1–18). Los profetas culpan justamente al pueblo de Israel y en un grado menor a Judá, por dejar de adorar a Yahweh y preferir la idolatría y por violar los requisitos éticos de la ley. A pesar de estas fallas, el pueblo se dejó llevar por un sentido falso de seguridad debido a su pacto con Yahweh de ser Su pueblo.

El sur, bajo el gobierno del Rey Ezequías, sobrevivió de algún modo la amenaza asiria (2R 19), pero enfrentó un desafío aún mayor en el ascenso del imperio babilonio (2R 24). Desafortunadamente, Judá no se arrepintió de su idolatría y sus faltas éticas después de escapar por poco de los asirios. La derrota final vino a manos de los babilonios en el año 587 a. C., lo que terminó en la destrucción de la infraestructura social de Judá y la deportación de sus líderes al exilio en el imperio babilonio (2R 24–25). Los profetas veían esta derrota como una evidencia del castigo de Dios sobre el pueblo. Entre los Doce Profetas, esto se registra más claramente en los libros de Nahúm, Habacuc y Sofonías. Ellos reflejan los escritos proféticos de Jeremías y Ezequiel, quienes también datan de este periodo. Otros libros aparte de la Biblia registran sus carreras proféticas (ver “Jeremías y Lamentaciones y el trabajo” y “Ezequiel y el trabajo”) pero no los discutiremos aquí.

Ciro, el gran rey persa, derrotó a Babilonia y se apoderó de su hegemonía. En consonancia con la política persa, el imperio permitió que los judíos regresaran a su tierra y, tal vez más importante, restablecieran su templo y otras instituciones importantes (Esd 1). Todo esto ocurrió, parece, gracias a la voluntad del imperio persa.[1] Los profetas Hageo, Zacarías y Malaquías hicieron su trabajo durante esta fase de la historia de Israel.

En resumen, los libros de los Doce Profetas abarcan un amplio rango de circunstancias contextuales de la vida del pueblo de Dios y por tanto, muestra diversos casos paradigmáticos en los cuales es necesario que la fe se manifieste en el trabajo.

Carol L. Meyers y Eric M. Meyers, Haggai, Zechariah 1–8: A New Translation with Introduction and Commentary [Hageo, Zacarías 1–8: una nueva traducción con introducción y comentario], vol. 25B, The Anchor Bible [La Biblia Anchor] (Nueva York: Doubleday, 1987), xxxi–xxxii.

La fe y el trabajo antes del exilio - Oseas, Amós, Abdías, Joel y Miqueas

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Oseas, Amós, Abdías, Joel y Miqueas ejercieron su labor de profetas en el siglo octavo a. C. cuando el estado estaba bien desarrollado pero la economía estaba en declive. El poder y la riqueza se acumularon en los estratos superiores y dejaron a una clase social en desventaja. Existe evidencia de que los campesinos comenzaron a concentrarse en los cultivos comerciales que se podían vender a la creciente población urbana. Esto tuvo el efecto desestabilizador de dejar a los campesinos con una combinación de cultivos y animales incapaz de aguantar la pérdida de algún particular o mercado.[1] Las comunidades campesinas se hicieron vulnerables a las variaciones anuales de la producción y en consecuencia, las ciudades estuvieron expuestas a los altibajos en su suministro de alimentos (Am 4:6–9). Cuando comenzaron a hablar los profetas de esta época, los días de gloria de los proyectos opulentos de construcción y la expansión territorial había pasado hacía tiempo. Tales circunstancias fueron un terreno para la corrupción de aquellos que estaban desesperados por aferrarse a su poder y riqueza en declive y una brecha que se ampliaba entre el rico y el pobre. Como resultado, los profetas de Dios de este periodo tienen mucho que aportar al mundo del trabajo.

Ver el análisis de Marvin L. Chaney, “Bitter Bounty: The Dynamics of Political Economy Critiqued by the Eighth-Century Prophets” [Una amarga abundancia: la dinámica de la economía política criticada por los profetas del siglo octavo], en The Bible and Liberation: Political and Social Hermeneutics [La Biblia y la liberación: hermenéutica política y social], ed. Norman K. Gottwald y Richard A. Horsley, ed. rev. (Maryknoll, NY: Orbis Books, 1993), 250–63.

Dios demanda un cambio (Oseas 1:1-9; Miqueas 2:1-5)

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Dios culpa al pueblo en su totalidad por la corrupción de Israel. Ellos han abandonado el pacto con Dios, lo que quebranta tanto su relación con Dios como las estructuras sociales justas de la ley del Señor y lleva directamente a la corrupción y el deterioro económico. El término que los profetas usan frecuentemente para describir el incumplimiento de Israel del pacto es “prostitución” (por ejemplo, Jer 3:2; Ez 23:7). Para escenificar la situación, Dios toma la metáfora literalmente y le manda al profeta Oseas, “toma para ti a una mujer ramera y engendra hijos de prostitución; porque la tierra se prostituye gravemente, abandonando al Señor” (Os 1:2). Oseas obedece la orden de Dios y se casa con una mujer llamada Gomer, quien aparentemente cumple con el requisito, y tiene tres hijos con ella (Os 1:3). Esto nos deja imaginándonos lo que debe haber sido formar un hogar y criar hijos con una “mujer ramera”. 

Aunque los profetas usan la imagen de la prostitución y el adulterio, Dios acusa a Israel de corrupción económica y social, no de inmoralidad sexual.

¡Ay de los que planean la iniquidad, los que traman el mal en sus camas! Al clarear la mañana lo ejecutan, porque está en el poder de sus manos. Codician campos y se apoderan de ellos, casas, y las toman. Roban al dueño y a su casa, al hombre y a su heredad. (Miq 2:1–2)

Esto hace que la situación de la familia de Oseas sea un ejemplo dramático para aquellos que trabajan en lugares corruptos o imperfectos en la actualidad. Dios puso a Oseas de forma deliberada en una situación familiar corrupta y difícil. ¿Es posible que Dios ponga deliberadamente a personas en lugares de trabajo corruptos y difíciles hoy día? Aunque es posible buscar un trabajo cómodo con un empleador que tenga buena reputación en una profesión respetable, tal vez podamos alcanzar mucho más para el reino de Dios trabajando en lugares que han hecho concesiones morales. Si usted abomina la corrupción, ¿puede luchar contra ella de una forma más efectiva trabajando como abogado en una firma prestigiosa o como inspector de construcción en una ciudad dominada por la mafia? No hay respuestas fáciles, pero el llamado de Dios a Oseas insinúa que hacer la diferencia en el mundo es más importante para Dios que mantenernos lejos del pecado. Como escribió Dietrich Bonhoeffer en medio de la Alemania controlada por los nazis, “la pregunta más importante que un hombre responsable debe hacerse no es cómo salir heroicamente de la situación, sino cómo va a vivir la próxima generación”.[1]

Dietrich Bonhoeffer, Letters and Papers from Prison [Cartas y apuntes desde el cautiverio], ed. Eberhard Bethge, ed. rev. (Nueva York: Touchstone, 1997), 7.

Dios hace que el cambio sea posible (Oseas 14:1-9; Amós 9:11-15; Miqueas 4:1-5; Abdías 21)

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El mismo Dios que demanda un cambio también promete hacer que el cambio sea posible. “Hay preparada una cosecha, cuando Yo restaure el bienestar de Mi pueblo. Cuando Yo quería curar a Israel” (Os 6:11–7:1). Los Doce Profetas transmiten el optimismo crucial de que Dios actúa en el mundo para cambiarlo para bien. A pesar del triunfo aparente del malvado, a la larga Dios está a cargo y “el reino será del Señor” (Abd 21). A pesar de la calamidad que el pueblo trae sobre sí mismo, Dios está trabajando para restaurar la bondad con la que fueron diseñados desde el comienzo la vida y el trabajo. “Él es compasivo y clemente, lento para la ira, abundante en misericordia” (Jl 2:13). Las predicciones que cierran Joel, Oseas y Amós ilustran esto en términos económicos explícitos.

Y las eras se llenarán de grano, y las tinajas rebosarán de mosto y de aceite virgen… Tendréis mucho que comer y os saciaréis, y alabaréis el nombre del Señor vuestro Dios, que ha obrado maravillosamente con vosotros; y nunca jamás será avergonzado Mi pueblo. (Jl 2:24, 26)

[Los israelitas] que moran a Su sombra, cultivarán de nuevo el trigo y florecerán como la vid. Su fama será como la del vino del Líbano. (Os 14:7)

Restauraré el bienestar de Mi pueblo Israel, y ellos reedificarán las ciudades asoladas y habitarán en ellas; también plantarán viñas y beberán su vino, y cultivarán huertos y comerán sus frutos. (Am 9:14)

La palabra de Dios para Su pueblo en tiempos de dificultad económica y social es que Su intención es restaurar la paz, justicia y prosperidad, si el pueblo vive de acuerdo con los preceptos de Su pacto. El medio que Dios decide usar es el trabajo de Su pueblo.

El trabajo injusto (Miqueas 1:1-7; 3:1-2)

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A pesar de las intenciones de Dios, el trabajo está sujeto al pecado del ser humano. El caso más evidente es el trabajo que es inherentemente pecaminoso. Miqueas menciona la prostitución, en este caso probablemente la que se daba en rituales sagrados, y promete que las ganancias serán quemadas por el fuego (Miq 1:7). Una aplicación simple sería excluir la prostitución de las ocupaciones legítimas, incluso aunque pueda ser una elección comprensible de aquellos que no tienen otra forma de proveer para ellos mismos y sus familias. Existen otros trabajos que también plantean la pregunta de si se deberían realizar o definitivamente no. Todos podemos pensar en varios ejemplos, sin duda, y los cristianos haríamos bien en buscar un trabajo que beneficie a otros y a la sociedad como un todo.

Sin embargo, Miqueas le está hablando a Israel como un conjunto, no solo de forma individual. Él está criticando a una sociedad en la que las condiciones sociales, económicas y religiosas hacen que la prostitución sea una opción viable. La pregunta no es si es aceptable ganarse la vida por medio de la prostitución, sino cómo debe cambiar la sociedad para no permitir que alguien tenga la necesidad de realizar un trabajo degradante o perjudicial. Miqueas llama a que los líderes que no reforman la sociedad rindan cuentas, más que a aquellos que se ven obligados a desempeñar una labor nociva. Sus palabras son duras. “Oíd ahora, jefes de Jacob y gobernantes de la casa de Israel. ¿No corresponde a vosotros conocer la justicia? Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les arrancáis la piel de encima y la carne de sobre sus huesos” (Miq 3:1–2).

Existen tanto similitudes como diferencias entre la sociedad de Miqueas y la nuestra. Las soluciones específicas que Dios le promete al antiguo pueblo de Israel no son necesariamente lo que Dios pretende para nuestra época. Las palabras proféticas de Miqueas reflejan la relación entre la prostitución en ritos sagrados y los cultos idólatras en su época. Dios promete acabar con los abusos sociales que se concentran en los santuarios sectarios. “Exterminaré tus imágenes talladas y tus pilares sagrados de en medio de ti, y ya no te postrarás más ante la obra de tus manos. Arrancaré tus Aseras de en medio de ti, y destruiré tus ciudades” (Miq 5:13–14). En nuestros días, necesitamos la sabiduría de Dios para encontrar soluciones eficaces para los factores sociales actuales que fomentan el trabajo pecaminoso y opresor.

Trabajar injustamente (Oseas 4:1-10; Amós 5:10-15; 8:5-6; Joel 2:28-29)

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Cuando los profetas hablan de prostitución, casi nunca se refieren únicamente a esa línea de trabajo en particular. Comúnmente, también lo usan como una metáfora de injusticia, lo que por naturaleza es infidelidad al pacto con Dios (Os 4:7–10). Con un amplio recordatorio de que los salarios se pueden ganar de forma injusta, Amós acusa a los mercaderes que usan productos de baja calidad, pesas falsas y otros engaños para obtener una ganancia a costa de los consumidores vulnerables. Él hace varias acusaciones específicas en contra de las prácticas laborales de los israelitas ya que el trabajo en Israel se ha vuelto injusto y opresor (Am 5:7). Allí silencian a los que adoptan una posición firme en contra de la corrupción y la explotación —o incluso los que simplemente dicen la verdad (Am 5:10). Los dueños de los negocios usan su poder para explotar a los pobres y vulnerables (Am 5:11). La ley no es un obstáculo para su explotación porque existen muchos oficiales que están dispuestos a recibir sobornos para ignorar la situación. De hecho, el gobierno ha abandonado por completo su tarea de cuidar al pobre (Am 5:12). En todos estos casos, el problema no es que los israelitas tengan ocupaciones que sean inherentemente perversas, el problema es que están tergiversando los oficios que Dios desea que sean para bien —los negocios, los bienes raíces, las leyes y el gobierno— convirtiéndolas en formas de opresión. Se preguntan a sí mismos cuándo es el tiempo para, “achicar el efa, aumentar el siclo [hacer trampa en cuanto a las medidas] y engañar con balanzas falsas; para comprar por dinero a los desvalidos y a los pobres por un par de sandalias, y vender los desechos del trigo” (Am 8:5–6).

Muchas de las ocupaciones actuales con las que las personas se ganan la vida lícitamente pueden convertirse en algo injusto por la forma en las que se realizan. ¿Un fotógrafo debería tomar fotografías de todo lo que pide un cliente sin pensar en su efecto en sí mismo y en las demás personas que verán el resultado? ¿Un cirujano debería realizar cualquier clase de cirugía opcional por la que un paciente esté dispuesto a pagar? ¿Un agente hipotecario es responsable de asegurarse que un potencial deudor tiene la capacidad de pagar el préstamo sin una dificultad excesiva? ¿Es válido no ayudar a los compañeros de trabajo que están fallando porque en comparación su fracaso nos hace ver mejores a nosotros? Si nuestro trabajo es una forma de servicio para Dios, no podemos ignorar tales preguntas. Sin embargo, debemos ser cuidadosos para no creer que existe una jerarquía de trabajos. La afirmación de los profetas no es que algunas clases de trabajo son más piadosas que otras, sino que todo tipo de trabajo debe hacerse como una contribución al trabajo de Dios en el mundo. Dios promete que “aún sobre los siervos y las siervas derramaré Mi Espíritu en esos días” (Jl 2:29).

El trabajo de los individuos y las comunidades es interdependiente (Amós 8:1-6; Miqueas 6:1-16)

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La justicia en el trabajo no es solo un tema individual. Las personas tienen la responsabilidad de asegurarse de que todos en la sociedad tengan acceso a los recursos necesarios para ganarse la vida. Amós critica a Israel por la injusticia en este aspecto más claramente en una alusión a la ley de espigar. Espigar es el proceso de recoger los granos sobrantes que quedan en un campo luego de que pasen los cosechadores. De acuerdo con el pacto entre Dios e Israel, a los campesinos no se les permitía espigar en sus propios campos, sino que debían permitirle a los pobres (literalmente a “viudas y huérfanos”) espigar en su campo para sustentarse a sí mismos (Dt 24:19). Esto creó una forma rudimentaria de asistencia social, basada en crear una oportunidad para que los pobres trabajaran (espigando los campos) y que así no tuvieran que pedir limosna, robar o morir de hambre. Espigar es una manera de participar en la dignidad del trabajo, incluso para aquellos que no son capaces de participar en el mercado laboral debido a la falta de recursos, la perturbación socioeconómica, la discriminación, la discapacidad u otros factores. Dios no desea solamente que las necesidades de todos sean satisfechas, sino que también quiere que todos tengan la dignidad de trabajar para satisfacer sus necesidades y las necesidades de otros.

Amós se queja de que se está violando este mandato. Los campesinos no están dejando el grano sobrante en sus campos para que los pobres lo recojan (Miq 7:1–2). En cambio, deciden venderle el tamo —el desecho que queda después de trillar— a los pobres a un precio exorbitante. “Oíd esto, los que pisoteáis a los menesterosos, y queréis exterminar a los pobres de la tierra”, Amós los acusa por “... vender los desechos del trigo” (Am 8:4, 6) y les reprocha porque esperan con ansias el final del Sabbath para poder continuar vendiendo este producto comestible barato y adulterado a aquellos que no tienen otra opción (Am 8:5).

Además, están engañando incluso a quienes pueden pagar el grano puro, como se evidencia en las balanzas fraudulentas en el mercado. Se jactan diciendo, “achicaremos el efa [el trigo que se vende] y aumentaremos el siclo [el precio para la venta]”. Miqueas proclama el juicio de Dios en contra del comercio injusto. “¿Puedo justificar balanzas falsas y bolsas de pesas engañosas?” dice el Señor (Miq 6:11). Esto nos dice claramente que la justicia no es solo un tema de derecho penal y expresión política sino también de oportunidad económica. La oportunidad de trabajar para satisfacer las necesidades individuales y familiares es esencial en el rol de los individuos dentro del pacto. La justicia económica es un componente fundamental de la declaración famosa y resonante de Miqueas solo tres versículos antes: “¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino sólo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?” (Miq 6:8). Dios demanda que Su pueblo —como un aspecto diario de su caminar con Él— ame la misericordia y practique la justicia de forma individual y social en todos los aspectos de la vida laboral y económica.

El trabajo y la adoración (Miqueas 6:6-8; Amós 5:21-24; Oseas 4-11)

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A los ojos del profeta, la justicia no es simplemente un tema secular. El llamado de Miqueas a la justicia en el versículo 6:8 se encuentra después de una observación de que la justicia es mejor que los sacrificios religiosos extravagantes (Miq 6:6–7). Oseas y Amós expanden este punto. Por medio de Amós, Dios se opone a la separación entre el cumplimiento religioso y la acción ética.

Aborrezco, desprecio vuestras fiestas, tampoco me agradan vuestras asambleas solemnes. Aunque me ofrezcáis holocaustos y vuestras ofrendas de grano, no los aceptaré; ni miraré a las ofrendas de paz de vuestros animales cebados. Aparta de Mí el ruido de tus cánticos, pues no escucharé siquiera la música de tus arpas. Pero corra el juicio como las aguas y la justicia como corriente inagotable. (Am 5:21–24)

Oseas nos muestra más profundamente la relación entre estar cimentados espiritualmente y hacer un buen trabajo. El trabajo bueno surge directamente de la fidelidad al pacto con Dios, y de forma contraria, el mal trabajo nos aleja de la presencia de Dios.

Escuchad la palabra del Señor, hijos de Israel, porque el Señor tiene querella contra los habitantes de la tierra, pues no hay fidelidad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. Sólo hay perjurio, mentira, asesinato, robo y adulterio. Emplean la violencia, y homicidios tras homicidios se suceden. Por eso la tierra está de luto, y languidece todo morador en ella junto con las bestias del campo y las aves del cielo; aun los peces del mar desaparecen… Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento. Por cuanto tú has rechazado el conocimiento, Yo también te rechazaré para que no seas Mi sacerdote; como has olvidado la ley de tu Dios, Yo también me olvidaré de tus hijos. (Os 4:1–3, 6)

A decir verdad, si nos rehusamos a realizar un trabajo justo, ético y bueno, se cuestiona nuestra afirmación de que somos adoradores de Dios. Si le dedicamos un día a la semana a adorar a Dios, pero después ignoramos Sus caminos los otros seis días, ¿el único día de adoración representa lo que somos en realidad? Oseas se queja de que la maldad de Israel en el trabajo desmiente su adoración a Dios. Su trabajo es fraudulento, lo que se ejemplifica con linderos que se mueven para engañar a los vecinos y quitarles parte de sus tierras (Os 5:10). Ellos practican el engaño (Os 7:1), incluso mientras declaran que adoran al Señor (Os 8:13–14) y no cumplen sus promesas (Os 10:4). Para reafirmar sus malos caminos, entran en alianzas políticas con poderes extranjeros opresores (Os 11:5–12:1). Hacen un mal uso de las habilidades laborales que Dios les ha dado (Os 13:2). Parecen religiosos, pero desobedecen a Dios (Os 11:7). Su corrupción e injusticia en el trabajo en realidad son señales de que se han vuelto devotos de dioses falsos (Os 9:7–17).

Este es un recordatorio de que el mundo laboral no se encuentra en un lugar aparte del resto de la vida. Si no trabajamos de acuerdo con los valores y las prioridades del pacto de Dios, nuestras vidas y trabajos serán incoherentes ética y espiritualmente. La forma en la que trabajamos durante la semana no cuestiona tanto si somos obedientes al Dios que adoramos, sino el hecho de si en realidad adoramos a Dios. Si Dios no es el dios de nuestras vidas todos los días, entonces es probable que en realidad tampoco sea nuestro dios el domingo. Si no agradamos a Dios en nuestro trabajo, no podemos agradarle en nuestra adoración.

La apatía debido a la riqueza (Amós 3:9-15; 6:1-7)

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Los profetas critican a aquellos cuya riqueza los lleva a abandonar el trabajo por el bien común y a los que renuncian a cualquier sentido de responsabilidad por su prójimo. Amós relaciona la riqueza indolente con la opresión cuando acusa a los ricos ociosos de hacer el mal, ser violentos y robar (Am 3:10). Dios terminará rápidamente con la riqueza de tales personas. Él dice, “Derribaré también la casa de invierno junto con la casa de verano; también perecerán las casas de marfil” (Am 3:15). Amós lanza una explosión de crítica severa en contra de los lujos de “los que viven reposadamente en Sion” (Am 6:1) y señala que viven tranquilos mientras “se tienden sobre sus lechos” (Am 6:4) e “improvisan al son del arpa” (Am 6:5). Cuando Dios castiga a Israel, ellos “irán por tanto ahora al destierro a la cabeza de los desterrados” (Am 6:7).

Hoy día escuchamos quejas que son sorprendentemente similares en contra de aquellos que tienen riquezas pero no las usan para un buen propósito. Esto aplica para individuos y también corporaciones, gobiernos y otras instituciones que usan su riqueza para explotar las vulnerabilidades de otros, en vez de crear algo útil que sea proporcional a su riqueza. Muchos cristianos —tal vez la mayoría en Occidente— tienen en cierta medida la capacidad de cambiar estas cosas, al menos en su entorno laboral inmediato. Las palabras de los profetas presentan un reto y un aliento continuo a cuidar profundamente la forma en la que nuestro trabajo y nuestra riqueza atienden —o no— las necesidades de las personas a nuestro alrededor.

La fe y el trabajo durante el exilio - Nahúm, Habacuc y Sofonías

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Nahúm, Habacuc y Sofonías profetizaron durante el periodo en el que el reino del sur comenzó a decaer rápidamente. La incoherencia interna y la presión externa por parte del próspero imperio babilonio hizo que Judá se convirtiera en un estado vasallo de Babilonia. Poco después, en el año 587 a. C., una rebelión insensata hizo que la ira de los babilonios cayera sobre ellos, lo que llevó al colapso del estado de Judá y a la deportación de las élites al centro del imperio babilonio (2R 24–25). En el exilio, el pueblo de Israel tuvo que encontrar la manera de ser fiel aunque estuviera separado de sus instituciones religiosas más importantes como el templo, el sacerdocio e incluso la tierra. Si, como hemos visto, los primeros seis libros se tratan del efecto del pecado del pueblo, Nahúm, Habacuc y Sofonías se refieren al castigo derivado del pecado durante este periodo.

El castigo de Dios en el trabajo (Nahúm 1:1-12; Habacuc 3:1-19; Sofonías 1:1-13)

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La contribución principal de Nahúm es la aclaración de que el desastre político y económico son el castigo o la disciplina de Dios para Israel. Dios declara que los ha afligido (Nah 1:12). Habacuc y Sofonías afirman que una parte importante del castigo de Dios es la disminución de la habilidad del pueblo de ganarse la vida satisfactoriamente.

Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas; aunque falte el producto del olivo, y los campos no produzcan alimento; aunque falten las ovejas del aprisco, y no haya vacas en los establos. (Hab 3:17)

Será silenciado todo el pueblo de Canaán, exterminados todos los que pesan plata. (Sof 1:11)

Esto no se ve solamente en los males económicos, sino también en los problemas ambientales (ver más adelante “El trabajo, la adoración y el medioambiente”).

Entonces, ¿los desastres políticos, económicos y naturales contemporáneos son un castigo de Dios? Hay muchas personas que están dispuestas a afirmar que algunos desastres particulares son señales de la ira de Dios. El gobernador de Tokio[1] y el presentador de un programa de noticias de la cadena MSNBC le atribuyeron al castigo divino el terremoto y el tsunami que ocurrieron en Japón en el año 2011. Pero a menos que nos unamos a las filas de los Doce o de los otros profetas de Israel, no debemos declarar con ligereza que la ira de Dios se manifiesta en los eventos del mundo. ¿Fue Dios mismo quien les reveló a esos comentadores las razones por las que ocurrió el tsunami o ellos sacaron conclusiones por sí mismos? ¿Él le reveló Su propósito a un número considerable de personas con suficiente antelación, durante muchos años, como lo hizo con los profetas de Israel, o esta llegó a una o dos personas el día siguiente? ¿Los que declaran en la edad moderna el castigo de Dios fueron forjados como los profetas por años de sufrimiento junto con aquellos afligidos, como ocurrió con Jeremías, los Doce y los otros profetas del antiguo pueblo de Israel?

Brad Hirshfield, “Where Is God in Suffering?” [¿Dónde está Dios en el sufrimiento?] Washington Post, Marzo 16 del 2011.

El trabajo idólatra (Habacuc 2:1-20; Sofonías 1:14-18)

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La culpa por el castigo es del mismo pueblo. Ellos han estado trabajando infielmente, convirtiendo buenos materiales de piedra, madera y metal en ídolos. Pero el trabajo que crea ídolos no tiene valor, sin importar qué tan costosos sean los materiales o qué tan bien elaborados son los resultados.

¿De qué sirve el ídolo que su artífice ha esculpido, o la imagen fundida, maestra de mentiras, para que su hacedor confíe en su obra cuando hace ídolos mudos? (Hab 2:18)

Como lo dice Sofonías, “Ni su plata ni su oro podrán librarlos” (Sof 1:18).  La fidelidad no es un tema superficial que nos lleva a proferir adoración a Dios mientras trabajamos. Es el acto de hacer que las prioridades de Dios sean nuestras prioridades en el trabajo. Habacuc nos recuerda que “el Señor está en Su santo templo: calle delante de Él toda la tierra” (Hab 2:20). Este silencio no es solamente un cumplimiento religioso, sino que implica silenciar nuestras propias ambiciones, temores y motivaciones malas para que las prioridades del pacto de Dios se puedan convertir en nuestras prioridades. Considere qué les espera a aquellos que defraudan a otros en el ámbito bancario y financiero.

“¡Ay del que aumenta lo que no es suyo (¿hasta cuándo?) y se hace rico con préstamos!” ¿No se levantarán de repente tus acreedores, y se despertarán tus cobradores? Ciertamente serás despojo para ellos. (Hab 2:6–7)

Aquellos que acumulan sus ganancias mal habidas en bienes raíces —un fenómeno que parece constante en todas las épocas— son de igual manera trampas para sí mismos.

¡Ay del que obtiene ganancias ilícitas para su casa, para poner en alto su nido, para librarse de la mano de la calamidad! Has maquinado cosa vergonzosa para tu casa, destruyendo a muchos pueblos, pecando contra ti mismo. Ciertamente la piedra clamará desde el muro, y la viga le contestará desde el armazón. (Hab 2:9–11)

Las personas que explotan las vulnerabilidades de otros también traen juicio sobre sí mismos.

¡Ay del que da de beber a su prójimo! ¡Ay de ti que mezclas tu veneno hasta embriagarlo, para contemplar su desnudez! Serás saciado de deshonra más que de gloria. Bebe tú también y muestra tu desnudez. Se volverá sobre ti el cáliz de la diestra del Señor, y la ignominia sobre tu gloria. (Hab 2:15–16)

El trabajo que oprime o se aprovecha de otros en última instancia causa su propia caída.

Hoy día, tal vez no estemos fabricando ídolos a partir de materiales preciosos ante los cuales nos inclinemos, pero el trabajo también puede ser idólatra si creemos que somos capaces de producir nuestra propia salvación. La esencia de la idolatría “es confiar en algo elaborado por tus propias manos” (Hab 2:18, NTV, comparar con LBLA anteriormente) en vez de confiar en el Dios que nos creó para trabajar con Su guía y Su poder. Si codiciamos el poder y la influencia porque creemos que sin nuestra sabiduría, habilidad y liderazgo nuestro grupo de trabajo, nuestra compañía, organización o nación está destinado al fracaso, nuestra ambición es una forma de idolatría. En cambio, si deseamos el poder y la influencia para llevar a otros a una red de servicio en la que todos produzcan los regalos de Dios para el mundo, entonces nuestra ambición es una forma de fidelidad. Si nuestra respuesta al éxito es felicitarnos a nosotros mismos, estamos practicando idolatría. Si nuestra respuesta es gratitud, estamos adorando a Dios. Si nuestra reacción al fracaso es la desolación, estamos sintiendo el vacío de un ídolo roto. Pero si nuestra reacción es la fe de intentarlo de nuevo, estamos experimentando el poder salvador de Dios.

La fidelidad en medio del trabajo duro (Habacuc 2:1; Sofonías 2:1-4)

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Existe otra dinámica en el trabajo en el exilio. A pesar del énfasis de Nahúm, Habacuc y Sofonías en el castigo, durante este periodo las personas también comenzaron a aprender de nuevo a trabajar en servicio fiel a Dios. Esto se explora más en otros capítulos, tales como “Jeremías y Lamentaciones y el trabajo” y “Daniel y el trabajo”, Jeremiah & Lamentations and Work and Daniel and Work, pero también se da a entender aquí en los libros de los Doce. El punto clave es que incluso en las circunstancias penosas del exilio, todavía es posible ser fiel. Cuando Habacuc vio la matanza a su alrededor, sin duda deseando estar en otro lugar, decidió permanecer en su puesto y escuchar la palabra de Dios allí (Hab 2:1). Sin embargo, es posible hacer más que simplemente permanecer en el puesto, aunque eso sea valioso. También podemos encontrar una forma de ser justos y humildes.

Buscad al Señor, vosotros todos, humildes de la tierra que habéis cumplido Sus preceptos; buscad la justicia, buscad la humildad. Quizá seréis protegidos el día de la ira del Señor. (Sof 2:3)

No existen los lugares de trabajo ideales. Algunos son profundamente difíciles para el pueblo de Dios, con concesiones en múltiples formas, mientras que otros tienen defectos en formas más comunes. Pero incluso en los lugares de trabajo difíciles, podemos ser testimonios fieles de los propósitos de Dios, tanto en la calidad de nuestra presencia como en la calidad de nuestro trabajo. Habacuc nos recuerda que no importa lo poco fructífero que parezca nuestro trabajo, Dios está presente con nosotros allí, dándonos un gozo que ni siquiera las peores condiciones laborales podrían apagar completamente.

Aunque la higuera no eche brotes,
ni haya fruto en las viñas;
aunque falte el producto del olivo,
y los campos no produzcan alimento;
aunque falten las ovejas del aprisco,
y no haya vacas en los establos,
con todo yo me alegraré en el Señor,
me regocijaré en el Dios de mi salvación.
El Señor Dios es mi fortaleza;
Él ha hecho mis pies como los de las ciervas,
y por las alturas me hace caminar. (Hab 3:17–19)

O, como lo expresa la paráfrasis de Terry Barringer,

Aunque se venza el contrato,
Y no hayan empleos disponibles;
Aunque no haya demanda para mis habilidades,
Y nadie publique mi trabajo.
Aunque se acaben los ahorros,
Y la pensión no sea suficiente para sustentarme;
Con todo yo me alegraré en el Señor,
Me regocijaré en el Dios de mi salvación.[1]

Como señala el versículo 19, el trabajo bueno es posible incluso en medio de circunstancias difíciles, porque el Señor es nuestra fortaleza. La fidelidad no es solo un tema de soportar la dificultad, sino también de mejorar incluso la peor situación en todas las formas que podamos.

Terry Barringer, citado en The Bible and the Business of Life [La Biblia y el negocio de la vida], ed. Gordon Preece y Simon Carey Holt (Adelaide: ATF, 2004), 215.

La fe y el trabajo después del exilio - Hageo, Zacarías y Malaquías

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Cuando el exilio terminó, la sociedad civil y la vida religiosa judía fueron restauradas en la tierra de la promesa de Dios. Jerusalén y su templo fueron reconstruidos, junto con la infraestructura económica, social y religiosa de la sociedad judía. Por consiguiente, los libros de los Doce ahora mencionan los retos del trabajo que van después del pecado y el castigo.

La necesidad del capital social (Hageo 1:1-2:19)

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Uno de los desafíos que enfrentamos en el trabajo es la tentación de ponernos a nosotros mismos y nuestra familia por encima de la sociedad. El profeta Hageo presenta una imagen clara de este desafío. Él confronta a las personas que aunque trabajan duro para reconstruir sus propias casas, no aportan recursos para la reconstrucción del templo, que es el centro de la sociedad judía. “¿Es acaso tiempo para que vosotros habitéis en vuestras casas artesonadas mientras esta casa está desolada?” (Hg 1:4). Él dice que no invertir en el capital social en realidad está disminuyendo la productividad individual.

Sembráis mucho, pero recogéis poco; coméis, pero no hay suficiente para que os saciéis; bebéis, pero no hay suficiente para que os embriaguéis; os vestís, pero nadie se calienta; y el que recibe salario, recibe salario en bolsa rota. (Hg 1:6)


Pero a medida que el Señor despierta el espíritu del pueblo y sus líderes, ellos comienzan a invertir en la reconstrucción del templo y el tejido de la sociedad (Hg 1:14–15).

Invertir en el capital social nos recuerda que no existe una “persona que haya progresado por sus propios medios”. Aunque el esfuerzo individual pueda acumular una gran riqueza, cada uno de nosotros depende de recursos e infraestructura social que finalmente se originan en Dios. “Yo llenaré de gloria esta casa” —dice el Señor de los ejércitos. “Mía es la plata y Mío es el oro” —declara el Señor de los ejércitos (Hg 2:7–8). La prosperidad no es solo —ni siquiera principalmente— una cuestión de esfuerzo personal, sino de una comunidad cimentada en el pacto con Dios. “La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera” —dice el Señor de los ejércitos” (Hg 2:9).

Somos necios si creemos que debemos proveer para nosotros mismos antes de dedicarle tiempo a Dios y a la sociedad de Su pueblo. La verdad es que no podemos proveer para nosotros mismos sino es por la gracia de la generosidad de Dios y el trabajo mutuo de Su comunidad. Este es el mismo concepto detrás del diezmo. No es un sacrificio dar el diez por ciento de una cosecha, sino una bendición de un cien por ciento de la productividad  asombrosa de la creación de Dios.

En nuestra época, esto nos recuerda la importancia de invertir recursos en los aspectos tangibles de la vida. Las necesidades físicas como la vivienda, la alimentación, los automóviles y otras son importantes, pero Dios provee lo suficiente con abundancia para que también podamos invertir en aspectos como el arte, la música, la educación, la naturaleza, la recreación y las múltiples formas de alimentar el alma. Como el empresario o el carpintero, aquellos que trabajan en las artes, humanidades o el sector recreativo, o quienes dan dinero para la creación de parques, áreas de juego y teatros hacen una contribución igual de importante al mundo que Dios diseñó.

Esto también indica que invertir en las iglesias y en la vida eclesial es crucial para empoderar el trabajo de los cristianos. La adoración misma está estrechamente relacionada con hacer un trabajo bueno, como hemos visto, y tal vez debemos participar en una adoración que le dé forma al trabajo bueno, no que sea solamente una devoción o un disfrute privado. Además, la comunidad cristiana podría ser una fuerza poderosa para el bienestar económico, civil y social si aprendiera a traer el poder espiritual y ético de la palabra de Dios para que influya en temas de trabajo en los campos económico, social, gubernamental, académico y científico.

El trabajo, la adoración y el medioambiente (Hageo 1:1-2:19; Zacarías 7:8-14)

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Hageo establece la relación entre el bienestar social y económico del pueblo y el estado del medioambiente. Por medio de un juego de palabras que es más evidente en el hebreo, Hageo relaciona la desolación del templo (“desolada”, el término hebreo hareb, Hg 1:9) con la desolación de la tierra y sus cultivos (“sequía”, el término hebreo horeb) y la ruina resultante del bienestar general de “los hombres, sobre el ganado y sobre todo el trabajo de vuestras manos” (Hg 1:11). El elemento clave de esta relación es la condición del templo, la cual se convierte en un indicador de la fidelidad o infidelidad religiosa del pueblo. Existe un enlace de tres partes entre la adoración, la solidez socioeconómica y el medioambiente. Cuando hay una enfermedad en nuestro ambiente físico, hay una enfermedad en la sociedad humana y una de las señales del malestar de una sociedad es su contribución a la enfermedad del medioambiente.

También existe una relación entre la condición económica y política de una comunidad y la forma en la que adoran y en la que cuidan la tierra. Los profetas nos llaman a que recordemos que el respeto por el Creador de la tierra en la que vivimos es un punto de partida para la paz entre la tierra y sus habitantes. Para Hageo, existe una relación entre la sequía de la tierra y la ruina del templo. La adoración verdadera y sincera abre la puerta para la paz y la bendición de la tierra.

Desde el día en que se pusieron los cimientos del templo del Señor, considerad bien: “¿Está todavía la semilla en el granero? Todavía la vid, la higuera, el granado y el olivo no han dado fruto; pero desde hoy Yo os bendeciré. (Hg 2:18–19)

Zacarías también señala un enlace entre el pecado humano y la desolación de la tierra. Los que tienen poder oprimen a la viuda, al huérfano, al extranjero y al pobre (Zac 7:10). “Y endurecieron sus corazones como el diamante para no oír la ley ni las palabras que el Señor de los ejércitos había enviado” (Zac 7:12). Como resultado, el medio ambiente se degradó y por lo tanto, “convirtieron la tierra deseable en desolación” (Zac 7:14). No obstante, Joel había observado los comienzos de esta degradación mucho antes del exilio: “La vid se seca, y se marchita la higuera; también el granado, la palmera y el manzano, todos los árboles del campo se secan. Ciertamente se seca la alegría de los hijos de los hombres” (Jl 1:12).

Teniendo en cuenta la importancia del trabajo y las prácticas laborales para el bienestar del medioambiente, los cristianos podríamos tener un impacto profundamente beneficioso en el planeta y en todos los que lo habitan si trabajáramos de acuerdo con la visión de los Doce Profetas.[1] Las personas fieles tienen la responsabilidad ambiental urgente de aprender formas concretas en las que puedan cimentar su trabajo en la adoración a Dios.

La extensa profecía de Hageo respecto a la pureza (Hg 2:10–19) también indica una relación entre la pureza y el bienestar de la tierra. Dios se queja de que por causa de la impureza del pueblo, “toda obra de sus manos y lo que aquí ofrecen, inmundo es” (Hg 2:14). Esta es una parte de la relación más global entre la adoración y el bienestar del medioambiente. Una aplicación posible es que un ambiente puro es un ambiente que recibe un trato sostenible por parte de aquellos a quienes Dios les ha dado responsabilidad por su bienestar, es decir, la humanidad. Por tanto, la pureza conlleva un respeto básico por la integridad de todo el orden creado, la salud de su ecosfera, la viabilidad y el bienestar de sus especies y lo renovable de su productividad. Y de esta manera, regresamos al tema de los cristianos y las prácticas laborales responsables.

Por consiguiente, si la desolación es parte del castigo de Dios por el pecado del pueblo registrado en el libro de los Doce, entonces la tierra productiva es parte de la restauración. De hecho, en circunstancias bastante diferentes, Zacarías tuvo una visión similar a la de Amós durante el tiempo de prosperidad de Israel, en la que las personas experimentan el bienestar al sentarse bajo las higueras que habían plantado. “Aquel día” —declara el Señor de los ejércitos— “convidaréis cada uno a su prójimo bajo su parra y bajo su higuera” (Zac 3:10). La paz con Dios incluye cuidar la tierra que Dios ha creado. La tierra productiva, por supuesto, se debe trabajar para obtener el fruto y por esto, el mundo del trabajo está relacionado íntimamente con la materialización de la vida abundante.

Para una exploración más detallada sobre esta relación, ver Tim Meadowcroft, Haggai [Hageo] (Sheffield: Sheffield Phoenix Press, 2006), 238–42.

El pecado y la esperanza siguen presentes en el trabajo (Malaquías 1:1-4:6)

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Incluso en el tiempo de restauración, el pecado humano sigue estando cerca. Malaquías, el tercero de los profetas del tiempo de restauración, se queja de que algunas personas están comenzando a obtener ganancias por medio de la explotación de los más vulnerables en la sociedad israelita, en particular defraudando a los trabajadores con sus sueldos (Mal 3:5). Dios mismo les dice que cuando defraudan a otras personas, “me estáis robando” (Mal 3:8, énfasis agregado). No es sorprendente que tales personas también contaminen la adoración del templo ahorrándose lo que contribuyen en las ofrendas (Mal 1:8–19) y como resultado, el medioambiente también se ve afectado (Mal 3:11).

Aun así, la esperanza de los profetas permanece y en el centro de ella se encuentra el trabajo. Esta comienza con una promesa de restaurar la infraestructura religiosa y social del templo.

He aquí, Yo envío a Mi mensajero, y él preparará el camino delante de Mí. Y vendrá de repente a Su templo el Señor a quien vosotros buscáis; y el mensajero del pacto en quien vosotros os complacéis, he aquí, viene —dice el Señor de los ejércitos. (Mal 3:1)
Y continúa con la restauración del medioambiente. Dios promete, “Reprenderé al devorador” (Mal 3:11a) y agrega que serán “una tierra de delicias” (Mal 3:12). Las personas realizan su trabajo con principios éticos (Mal 3:14, 18) y un resultado es que la economía se restaura, incluyendo “los frutos del suelo” y “vuestra vid en el campo” (Mal 3:11b).

Jonás y la bendición de Dios para todas las naciones

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Como mencionamos en la introducción, el libro de Jonás es atípico entre los Doce Profetas porque su historia no ocurre en Israel, el texto no indica su fecha ni contiene predicciones proféticas y el enfoque no está en el pueblo a donde es enviado el profeta sino en su experiencia personal.[1]  Sin embargo, Jonás está de acuerdo con los demás profetas en que Dios está activo en el mundo (Jon 1:2, 17; 2:10) y que la fidelidad a Dios (o la infidelidad) sustenta una unión de tres partes entre la adoración, la solidez socioeconómica y el medioambiente. Cuando los marineros oran al Señor y obedecen Su palabra, el mar se calma y Dios provee lo necesario para que los marineros y Jonás estén bien (Jon 1:14–17). Cuando Jonás vuelve a adorar correctamente, el Señor hace que el entorno regrese a su orden correcto: el pez en el mar y las personas en tierra seca (Jon 2:7–10). Cuando Nínive decide escuchar al Señor, los animales y los seres humanos se unen en armonía y cesan las vulneraciones socioeconómicas (Jonás 3:4–10). Aunque el contexto de Jonás es diferente al del resto de los Doce Profetas, su teología no lo es. Las contribuciones particulares del libro de Jonás son (1) el enfoque en el llamado y la respuesta del profeta y (2) el reconocimiento de que el trabajo de Dios para bendecir a Israel no es en contra de otras naciones, sino que Él desea bendecir a las demás naciones por medio de Israel.[2]

Douglas Stuart, vol. 31, Word Biblical Commentary: Hosea-Jonah (Dallas: Word, Inc., 2002), 431.

Stuart, Hosea-Jonah, 434.

El llamado y la respuesta de Jonás (Jonás 1:1-17)

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Como es común con los Doce Profetas, el libro de Jonás comienza con un llamado de Dios (Jon 1:1–2). Sin embargo, a diferencia de los demás, Jonás rechaza este llamado y, de forma necia, intenta huir de la presencia del Señor abordando un barco que se dirige a tierra extranjera (Jon 1:3). Esto no solo lo pone a él en peligro sino también a los que viajaban en el barco, ya que —como hemos visto a lo largo del libro de los Doce — romper el pacto con Dios tiene consecuencias tangibles y las acciones de los individuos siempre afectan a la comunidad. Dios envía una tormenta que, primero, arruina el panorama comercial de los marineros ya que se ven obligados a lanzar toda la mercancía al mar para aligerar el peso (Jon 1:5). Y eventualmente, también amenaza sus propias vidas (Jon 1:11). La tormenta disminuye y el peligro para la comunidad desaparece solamente cuando Jonás propone que lo lancen al mar (Jon 1:12–15), lo cual los marineros aceptaron a regañadientes.

El propósito de un llamado de Dios es servir a otras personas y el llamado de Jonás tiene el propósito de beneficiar a Nínive. Cuando rechaza la guía de Dios, no solo se debilitan las personas a las que fue llamado a servir, sino que también sufren las personas a su alrededor. Si aceptamos que todos somos llamados a servir a Dios en nuestro trabajo —el cual es probablemente diferente al de Jonás, pero no menos importante para Dios (ver el artículo del Proyecto de la Teología del Trabajo con el título “Vocation Overview” [Perspectiva general de la vocación] en www.theologyofwork.org)— reconocemos que cuando no lo hacemos estamos perjudicando a nuestras comunidades. Entre más poderosos sean nuestros dones y talentos, mayor será el daño que podremos hacer si rechazamos la guía de Dios en el trabajo. Sin duda sabemos de personas cuyas habilidades prodigiosas les permiten hacer un gran daño en los campos de los negocios, el gobierno, la sociedad, la ciencia, la religión y todos los demás. Imagine el bien que podrían haber hecho, el mal que podrían haber evitado, si primero hubieran sometido sus habilidades a la adoración y al servicio del Señor. En comparación, puede que nuestros dones parezcan insignificantes, pero imagine el bien que podríamos hacer y el mal que podríamos evitar si hiciéramos nuestro trabajo como un servicio a Dios a lo largo de toda la vida.

La bendición de Dios para todas las naciones (Jonás 1:16; 3:1-4:2)

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Jonás desobedece el llamado de Dios porque se opone al deseo del Señor de bendecir a los adversarios de Israel, la nación de Asiria y Nínive, su ciudad capital. Cuando al final cede y su misión es exitosa, se molesta por la misericordia de Dios con ellos (Jon 4:1–2). Esto es entendible, ya que en su momento Asiria conquistó el reino del norte de Israel (2R 17:6) y Jonás es enviado a bendecir el pueblo que aborrece. Sin embargo, esta es la voluntad de Dios. Por lo visto, el deseo de Dios es usar al pueblo de Israel para bendecir a todas las naciones, no solo a ellos mismos. (Ver “Bendición para todos los pueblos”, Jeremías 29, enJeremías y Lamentaciones y el trabajoanteriormente).

¿Es posible que cada uno trate de ponerle sus propias limitaciones al alcance de las bendiciones de Dios por medio de su trabajo? Con frecuencia creemos que debemos acaparar los beneficios de nuestro trabajo para nosotros mismos, no sea que otros obtengan una ventaja sobre nosotros. Puede que acudamos a la clandestinidad y al engaño, la trampa y los atajos, la explotación e intimidación, en un esfuerzo por aventajar a nuestros rivales en el trabajo. Parece que aceptamos como un hecho la suposición no comprobada de que nuestro éxito en el trabajo tiene que venir a costa de los demás. ¿Nos hemos convencido de que el éxito es un juego de suma cero?

La bendición de Dios no es una cubeta de capacidad limitada, sino una fuente que rebosa. “Ponedme ahora a prueba en esto —dice el Señor de los ejércitos— si no os abriré las ventanas del cielo, y derramaré para vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Mal 3:10). A pesar de la competencia, las limitaciones de recursos y la malicia que comúnmente enfrentamos en el trabajo, la misión de Dios para nosotros no es algo tan insignificante como la supervivencia contra todo pronóstico, sino la transformación maravillosa de nuestros lugares de trabajo para alcanzar la creatividad y productividad, las relaciones y la armonía social y el balance medioambiental que Dios planeó desde el comienzo.

Aunque al comienzo Jonás se niega a participar en la bendición de Dios para sus adversarios, al final su fidelidad a Dios supera su desobediencia. Eventualmente decide advertir a Nínive y para su pesar, los ciudadanos allí responden apasionadamente a su mensaje. Toda la ciudad, “desde el mayor hasta el menor de ellos” (Jon 3:5b), desde el rey y sus nobles al pueblo en las calles y los animales de sus rebaños, decidieron obedecer y se volvió “cada uno de su mal camino y de la violencia que hay en sus manos” (Jon 3:8). “Y los habitantes de Nínive creyeron en Dios” (Jon 3:5a) y cuando “vio Dios sus acciones, que se habían apartado de su mal camino; entonces se arrepintió Dios del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo” (Jon 3:10).

Esto desalienta a Jonás porque él desea determinar los resultados del trabajo al que Dios lo llamó. Quiere que Nínive no sea perdonado sino castigado, juzga duramente los resultados de su propio trabajo (Jon 4:5) y se pierde del gozo de otros. ¿Será que nosotros hacemos lo mismo? Cuando nos lamentamos por la aparente falta de significado y éxito en nuestro trabajo, ¿estamos olvidando que solo Dios puede ver el verdadero valor de nuestra labor?

Es posible que la dureza del corazón de Jonás sea motivada por un interés por su reputación. Él proclamó la palabra de Dios de que “Nínive será arrasada” (Jon 3:4), pero al final esto no sucedió. Aunque fuera su propio mensaje lo que llevó al pueblo de Nínive a arrepentirse y a evitar la destrucción, ¿es posible que Jonás sintiera que su credibilidad había sido perjudicada? Esta idea parece ser el centro de su queja en Jonás 4:2. Él anunció lo que Dios le dijo que anunciara, pero Dios cambió de opinión e hizo que Jonás se viera como un tonto. Dios está dispuesto a “arrepentirse del mal con que amenaza”, pero Jonás no está dispuesto a verse como un tonto, ni siquiera si eso es lo que se requiere para perdonar la vida de 128.000 personas. Como Jonás, es bueno preguntarnos si nuestras actitudes y acciones en el trabajo tienen que ver más con hacernos ver bien que con traer la gracia y el amor de Dios a las personas a nuestro alrededor.

Con todo, hasta los momentos pequeños y vacilantes de obediencia a Dios de Jonás trajeron bendiciones para aquellos a su alrededor. En el barco, él reconoce, “temo al Señor Dios del cielo” (Jon 1:9) y se sacrifica por el bien de las personas que viajaban con él. Como resultado, ellos se salvan de la tormenta y además se vuelven seguidores del Señor. “Y aquellos hombres temieron en gran manera al Señor; ofrecieron un sacrificio al Señor y le hicieron votos” (Jon 1:16).

Si encontramos que nuestro trabajo al servicio de Dios está truncado por la desobediencia, el resentimiento, la laxitud, el temor, el egoísmo u otras dolencias, la experiencia de Jonás puede ser de ánimo para nosotros. Aquí tenemos a un profeta que pudo ser incluso peor que nosotros en el servicio fiel, pero Dios logra la plenitud de Su misión por medio del servicio titubeante, defectuoso e intermitente de Jonás. Por el poder de Dios, nuestro servicio defectuoso puede lograr todo lo que Él planea.

Dios cuida a los que responden a Su llamado (Jonás 1:3, 12-14, 17; 2:10; 4:3-8)

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Teniendo en cuenta la experiencia de Jonás, es posible que temamos que el llamado de Dios nos lleve a la calamidad y dificultad. ¿No sería más fácil esperar que Dios no nos llame? Es verdad que responder al llamado de Dios puede requerir gran sacrificio y dificultad.[1] Sin embargo, en el caso de Jonás, la dificultad no surge del llamado de Dios sino de la desobediencia de Jonás. El naufragio y los tres días en el mar dentro del gran pez son el resultado directo de su intento de huir de la presencia de Dios. Más adelante, su exposición al sol y el viento y su desespero casi al punto del suicidio (Jon 4:3–8) no son dificultades impuestas por Dios, sino que son causadas porque Jonás se rehúsa a aceptar las bendiciones de un “Dios clemente y compasivo lento para la ira y rico en misericordia” que está listo a arrepentirse del mal con el que amenaza (Jon 4:2).

La verdad es que Dios siempre está trabajando para cuidar y confortar a Jonás. Él hace que las personas tengan compasión de Jonás, como cuando los marineros tratan de remar para llegar a tierra firme antes de aceptar la oferta de Jonás de ser lanzado por la borda (Jon 1:12–14). Dios envía a un pez para que salve a Jonás de ahogarse (Jon 1:17) y después le ordena que expulse a Jonás en tierra seca (Jon 2:10). Además, permite que Jonás halle gracia entre la población enemiga de Nínive, en donde lo tratan con aprecio y le prestan atención a su mensaje. En la época de mayor necesidad de Jonás, Dios le provee sombra y refugio en Nínive (Jon 4:5–6).

El caso de Jonás es un ejemplo de que el llamado de Dios a servir a otros en el trabajo no se da necesariamente a costa de nuestro propio bienestar. Si creemos que esto es así, seguimos atrapados en una mentalidad del juego de suma cero. Si Dios realizó actos extraordinarios para proveer para Jonás aunque rechazara el llamado del Señor, imagine las  bendiciones que habría experimentado si hubiera aceptado el llamado desde el comienzo. Los medios para viajar, amigos dispuestos a arriesgar su vida por él, la armonía con el mundo de la naturaleza, la sombra y el refugio, el aprecio de las personas con las que trabaja y un éxito asombroso en su trabajo —imagine lo grandes que habrían sido estas bendiciones si Jonás las hubiera aceptado como Dios lo deseaba. Incluso en la forma reducida en la que Jonás las recibe, estas muestran que el llamado de Dios al servicio también es una invitación a la bendición.

A classic exploration of this topic is Dietrich Bonhoeffer’s The Cost of Discipleship (New York: Macmillan, 1966), originally published in 1937.

Conclusiones de los Doce Profetas

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Los libros de los Doce Profetas aportan una perspectiva unificada del trabajo en diversos momentos y situaciones de la vida de Israel. En todos los casos, demuestran que Dios está trabajando en el mundo y está dispuesto a darle lo mejor a Su pueblo si este cumple con Su pacto. Antes del exilio, los profetas exhortaron a las élites de Israel respecto a la manera en que ejercían el poder y a su fidelidad en la adoración. Su tema constante es que Dios solo acepta la adoración que viene acompañada de una justicia económica y política, porque para Él no existe una separación entre el trabajo de la adoración y el trabajo de la vida cotidiana. Él no acepta que algunos prosperen mientras que no aportan para el bien común y para los miembros más pobres y vulnerables de la sociedad.

El incumplimiento de Israel en cuanto al trabajo y la adoración que Dios demanda, causa la catástrofe nacional y el exilio en Babilonia. Durante el exilio, los profetas llaman al pueblo a afrontar sus errores y al hacerlo, descubrir que incluso en el peor de los momentos tuvieron la oportunidad de ser fieles. Nuevamente, su fidelidad se refleja tanto en su trabajo como en su adoración. Aquellos que trabajan solo por un interés egoísta no son mejores que aquellos que adoran ídolos. De hecho, cuando el trabajo y la riqueza resultante se convierten en fines en sí mismos, el trabajo es idolatría. Pero aquellos que trabajan justamente, de acuerdo con el pacto con Dios, descubrirán que Dios está presente en su trabajo incluso en las peores circunstancias, trayendo gozo y frutos.

Después del regreso del exilio, los profetas exhortan a Israel a que mantengan prioridades piadosas mientras se vuelven a establecer en la tierra y la reconstruyen a partir de la devastación. Una vez más, el desarrollo económico, el comercio justo, el gobierno que provee para el bien común y el trabajo al servicio de otros forman la base de la verdadera adoración. Todos son llamados a trabajar en cooperación con Dios y con la comunidad de la fe en pos de la paz y el bienestar que Dios desea para Su creación.

Este sigue siendo nuestro llamado hoy día, así como lo fue en el antiguo pueblo de Israel. En el orden hebreo del Antiguo Testamento, que es el mismo de los cristianos, los libros de los Doce Profetas aportan las últimas palabras antes del comienzo del Nuevo Testamento. Por tanto apuntan hacia Jesús, quien vino a hacer realidad el anhelo de los profetas de una vida abundante en todas las esferas de la actividad humana, incluyendo el trabajo, y al hacerlo, cumple la promesa que Dios le hizo a Zacarías, “El Señor de los Ejércitos Celestiales dice: ‘Otra vez las ciudades de Israel rebosarán de prosperidad” (Zac 1:17 NTV).