Libro 4 (Salmos 90-106) : 1299

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Libro 4 (Salmos 90-106)

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

El Libro 4 de Salmos presenta el quebranto del mundo —incluyendo la mortalidad humana— en el contexto de la soberanía de Dios. Ninguno de nosotros es capaz de hacer que nuestra propia vida —y mucho menos el mundo entero— sea como debería ser. Sufrimos y no podemos proteger del sufrimiento a aquellos que amamos, pero Dios sigue a cargo y nuestra esperanza de que todo será enmendado está en Él.

Cultivar el carácter en medio de las dificultades en el trabajo (Salmos 90, 101)

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El Libro 4 comienza con el sombrío Salmo 90. “Haces que el hombre vuelva a ser polvo… acabamos nuestros años como un suspiro” (Sal 90:3, 9). Este salmo centra nuestra atención en la dificultad y la brevedad de la vida. “Los días de nuestra vida llegan a setenta años; y en caso de mayor vigor, a ochenta años. Con todo, su orgullo es sólo trabajo y pesar, porque pronto pasa, y volamos” (Sal 90:10). La brevedad de la vida oscurece cada aspecto de nuestra existencia y nuestro trabajo. Tenemos solo algunos años en los que debemos ganar lo suficiente para sustentar a nuestras familias, ahorrar para los tiempos difíciles o para la vejez, contribuir al bien común y hacer nuestra parte en el trabajo de Dios en el mundo. Cuando jóvenes, puede que no tengamos la experiencia suficiente para obtener el trabajo que queremos. Cuando viejos, nuestras habilidades están en declive y debemos sufrir la discriminación por la edad. En medio de estas dos etapas, nos preocupa si estamos en un camino lo suficientemente rápido para alcanzar nuestros objetivos. El trabajo fue diseñado para ser una labor creativa en cooperación con Dios (Gn 2:19), pero la presión del tiempo hace que se sienta como “solo trabajo y pesar”.

Entonces, ¿qué debemos hacer? Invitemos a Dios a que habite en nuestro trabajo, sin importar lo extenuante que parezca. “Manifiéstese Tu obra a Tus siervos… Confirma, pues, sobre nosotros la obra de nuestras manos; sí, la obra de nuestras manos confirma” (Sal 90:16-17). Esto no implica simplemente poner recordatorios de nuestro Señor en el lugar de trabajo. Significa incluir a Dios en la “obra de nuestras manos”. Esto implica ser conscientes de la presencia de Dios en el trabajo, reconocer el propósito de Dios para nuestro trabajo, comprometernos con el trabajo de acuerdo con los principios de Dios y servir a aquellos a nuestro alrededor, quienes después de todo fueron creados a imagen de Dios (Gn 1:27; 9:6; Stg 3:9).

El Salmo 101:2 ilustra cómo nos podemos equipar para hacer el trabajo de Dios. “Prestaré atención al camino de integridad. ¿Cuándo vendrás, Señor, a mí? En la integridad de mi corazón andaré dentro de mi casa”. Cultivar un buen carácter delante de Dios y las personas es nuestra primera tarea. Si tenemos hijos, uno de nuestros trabajos es ayudarles a conocer los caminos de Dios y crecer en el carácter piadoso. Hacemos el trabajo de Dios cuando manejamos bien nuestros hogares y les damos a nuestros hijos la oportunidad de crecer fuertes y estar preparados para las dificultades de la vida. Para los nihilistas y los cínicos, la crueldad de la vida justifica la inmoralidad y el egoísmo; para los creyentes, es una razón todavía mayor para cultivar el carácter.

Los seres humanos como creadores con Dios (Salmo 104)

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Desde el comienzo, Dios pensó el trabajo humano como una forma de creación basada en la creación misma de Dios o al lado de ella (Gn 1:26-31; 2:5, 15-18). El trabajo humano está diseñado para cumplir la intención creadora de Dios, hacer que cada persona tenga una relación con otros y con Dios y que glorifique al Señor. El Salmo 104 da una descripción maravillosa acerca de esta sociedad creadora. Comienza con un lienzo amplio de la gloria de la creación de Dios (Sal 104:1-9). Esto lleva naturalmente al trabajo activo de Dios de sostener el mundo con sus animales, aves y criaturas marinas (Sal 104:10-12, 14, 16-18, 20-22, 25). Dios también provee abundantemente para los seres humanos (Sal 104:13-15, 23; ver también 1Ti 6:17). El trabajo de Dios hace posible que la naturaleza y la humanidad sean fructíferas. “Él riega los montes desde Sus aposentos, del fruto de Sus obras se sacia la tierra” (Sal 104:13).

El trabajo de los seres humanos es crear más a partir de lo que Dios da. Tenemos que agrupar plantas y usarlas. “Él hace brotar la hierba para el ganado, y las plantas para cultivo por el hombre” (Sal 104:14, lectura alternativa de LBLA, nota al pie k ). Nosotros producimos el vino y el pan y extraemos el aceite de las plantas que Dios hace crecer (Sal 104:15). Una de las formas en las que Dios provee abundantemente es poblando Su creación con personas que trabajan seis días por semana. Por tanto, aunque este salmo habla acerca de todas las criaturas que buscan a Dios para recibir su alimento y de Dios abriendo Su mano para proporcionarlo (Sal 104:27-28), la gente debe trabajar duro para procesar y usar los buenos regalos de Dios. El Salmo 104 llega a nombrar algunas de las herramientas que se usan para el trabajo de Dios en el mundo —las cortinas, mantos, vigas, fuego y naves (Sal 104:2,  3, 4, 26, respectivamente). Es curioso que el salmo le atribuya gustosamente el uso de tales herramientas a Dios mismo, así como a los seres humanos. Nosotros trabajamos con Dios, y Su provisión abundante viene en parte por medio del esfuerzo humano.

Con todo, debemos recordar que somos los socios menores de Dios en la creación. Igual que en Génesis, en el Salmo 104 los seres humanos son las últimas criaturas que se mencionan, pero a diferencia del primer libro de la Biblia, aquí entramos en escena con menor algarabía. Somos solamente una más de las criaturas de Dios que se dedica a diferentes negocios, así como lo hacen el ganado, las aves, las cabras salvajes y los leones (Sal 104:14-23). Cada uno tiene su propia actividad —para los humanos, es trabajar hasta la noche— pero es Dios quien provee todo lo necesario para cada actividad (Sal 104:27-30). El Salmo 104 nos recuerda que Dios ha hecho Su trabajo supremamente bien. En Él, nuestro trabajo puede hacerse supremamente bien también, si solo trabajamos humildemente en la fuerza que nos da Su Espíritu, cultivando el hermoso mundo en el que nos ha puesto por Su gracia.