La santidad (Levítico 17-27) : 948

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La santidad (Levítico 17-27)

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

Algunas de las instrucciones en el código de la santidad solo parecen relevantes para la época antigua de Israel, mientras que otras parecen imperecederas. Con una de ellas, Levítico le ordena a los hombres no estropear los bordes de su barba (Lv 19:27), pero con otra, se les ordena a los jueces no juzgar injustamente en la corte, sino ser justos con todos (Lv 19:15). ¿Cómo sabemos cuáles aplican directamente en la actualidad? Mary Douglas explica de forma útil que entender claramente la santidad como un orden moral fundamenta estas instrucciones en Dios y le da sentido a su variedad.

Desarrollar la idea de santidad como equivalente al orden, y no al caos, mantiene la rectitud y el trato justo como algo santo, y la contradicción y las dobles negociaciones como algo en contra de la santidad. El robo, la mentira, el falso testimonio, las trampas en las medidas de peso y capacidad, toda clase de encubrimiento tal como hablar mal de otros (y tal vez sonreírles cuando estén presentes) y odiar al hermano en el corazón (mientras se le habla con amabilidad) son aspectos que demuestran claramente contradicciones entre lo que parece y lo que es.[1]

Algunos aspectos de lo que lleva al buen orden (e.g. el arreglo de la barba) pueden tener importancia en un contexto pero no en otro, y algunos aspectos son esenciales en todas las situaciones. Podemos resolverlo preguntándonos qué contribuye al orden en nuestros contextos específicos. Aquí examinaremos algunos pasajes que se relacionan directamente con temas de trabajo y economía.

Mary Douglas, Purity and Danger: An Analysis of the Concepts of Pollution and Taboo [Pureza y peligro: un análisis de los conceptos de contaminación y tabú] (Londres: Routledge, 1966), 53-54.

Espigar (Levítico 19:9-10)

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Aunque los métodos antiguos para cosechar no eran tan eficientes como los actuales, Levítico 19:9-10 instruye a los israelitas a que hagan el proceso aún menos eficiente. Primero, no debían cosechar el grano que creciera en los últimos rincones de sus campos. Parece que el dueño del terreno podía determinar la amplitud de este espacio. Segundo, no debían recoger el producto que caía al suelo. Esto aplicaba cuando el recolector tomaba un manojo de tallos y los cortaba con la hoz, igual que cuando las uvas caían de un racimo que era cortado de la vid. Tercero, ellos debían recolectar sus viñedos solo una vez y posiblemente tomar solo las uvas maduras, dejando las de maduración tardía para los pobres y los inmigrantes que vivían entre ellos.[1] Estas dos categorías de personas —los pobres y los extranjeros residentes— no poseían tierras, por lo que eran dependientes de su trabajo manual para conseguir el alimento. Las leyes que beneficiaban a los pobres eran comunes en el Cercano Oriente antiguo, pero solo las regulaciones de Israel extendían este trato a los residentes extranjeros. Esta era una forma más en la que el pueblo de Dios debía distinguirse de las naciones a su alrededor. Otros textos especifican a la viuda y el huérfano como miembros de esta categoría (otras referencias bíblicas de la práctica de espigar se encuentran en Éx 22:21-27; Dt 24:19-21; Jue 8:2; Rut 2:17-23; Job 24:6; Is 17:5-6; 24:13; Jer 6:9, 49:9; Abd 1:5; Miq 7:1).

Podríamos clasificar la práctica de espigar como una expresión de compasión o justicia, pero de acuerdo con Levítico, permitirle a otros espigar en sus propiedades es un fruto de santidad. Lo hacen porque Dios dice, “Yo soy el Señor vuestro Dios” (Lv 19:10). Esto resalta la distinción entre esta práctica y los actos de caridad. Al hacer un acto de caridad, las personas proveen algo voluntariamente para quienes lo necesitan. Esto es algo bueno y noble, pero no es de lo que habla Levítico. Espigar es un proceso en el que los dueños de los terrenos tienen la obligación de darle acceso a las personas pobres y marginadas a los medios de producción (en Levítico, la tierra) para que ellos mismos la trabajaran. A diferencia de la caridad, esto no depende de la generosidad de los dueños de las tierras. En este sentido, era más similar a un impuesto que a una contribución de caridad. Otra diferencia con la caridad es que no se entregaba algo directamente, sino que por medio de la práctica de espigar, los pobres conseguían su sustento de la misma forma en la que lo hacía el dueño de las tierras, trabajando el campo por sí mismos. Era simplemente un mandato de que todos tuvieran el derecho de acceder al medio de provisión creado por Dios.

Puede que no sea fácil discernir en las sociedades contemporáneas cómo aplicar los principios de la práctica de espigar. No cabe duda de que en muchos países se necesita una reforma agraria para que la tierra esté disponible de forma segura para los campesinos, en vez de estar controlada por funcionarios caprichosos del gobierno o propietarios que las obtuvieron de forma deshonesta. En economías más industrializadas y basadas en el conocimiento, la tierra no es el principal factor de producción. Puede que lo que necesiten los pobres para ser productivos sea acceso a la educación, al capital, al producto y a los mercados de trabajo, sistemas de transporte y leyes y normas no discriminatorias. Es necesario que las soluciones surjan de diferentes partes de la sociedad, ya que tanto los cristianos como no cristianos tienen la misma capacidad de determinar las medidas más efectivas. Indudablemente, Levítico no contiene un sistema diseñado para las economías actuales, pero el sistema del proceso de espigar en el libro sí expone la obligación de los dueños de activos productivos de asegurar que las personas marginadas tengan la oportunidad de trabajar para sustentarse. No es posible que un solo dueño pueda proveer oportunidades para todos los desempleados o subempleados, por supuesto, igual que era imposible para un agricultor en el antiguo pueblo de Israel darle la oportunidad de espigar a toda la región. No obstante, los dueños deben ser quienes proporcionan oportunidades de trabajo. Tal vez los cristianos en general también estamos llamados a apreciar el servicio que hacen los dueños de los negocios en su rol como creadores de empleos en sus comunidades.

(para más información sobre el proceso de espigar en la Biblia, ver "Éxodo 22:21-27" en Éxodo y el Trabajo que se encuentra anteriormente, y "Rut 2:17-23" en Rut y el Trabajo).

Jacob Milgrom, Leviticus 1-16, (New Haven: Yale University Press, 1998), 225.

Comportamiento honesto (Levítico 19:11-12)

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Los mandatos de Levítico contra el robo, el engaño en los acuerdos, la mentira y la profanación del nombre de Dios al hacer falsos juramentos están relacionados con los diez mandamientos de Éxodo 20 . (para más información sobre la honestidad, ver mientos de Éxodo 20 (para más información sobre la honestidad, ver “Truth-telling in the Bible” [Referencias en la Biblia sobre decir la verdad] y “There May Be Exceptions to Truth-telling in the Workplace” [Puede que haya excepciones al decir la verdad en el trabajo], en el artículo Truth & Deception [Verdad y engaño] en www.theologyofwork.org.)  Sin embargo, algo único en Levítico es la frase en hebreo que sigue, “ni os mentiréis unos a otros” (Lv 19:11; énfasis agregado). Literalmente, dice que “una persona no le mentirá a su amit”, que significa “compañero”, “amigo” o “prójimo”. Esto seguramente incluye a los demás miembros de la comunidad de Israel; pero con base en Levítico 24:19 en el contexto de Levítico 24:17-22, también parece que incluye al extranjero residente. La ética y moralidad de Israel debían ser mejores que las de las naciones a su alrededor, incluso al punto de tratar a los inmigrantes de la misma manera en la que trataban a los nacionales.

De cualquier forma, el punto aquí es el aspecto relacional de decir la verdad contra mentir. Una mentira no es solo la inexactitud de un dato, sino también una traición a un compañero, amigo o al prójimo. Lo que nos decimos unos a otros realmente debe brotar de la santidad de Dios en nosotros, no solamente de un análisis técnico para evadir las mentiras descaradas. Cuando el presidente de los Estados Unidos Bill Clinton dijo, “yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer”, tal vez tenía una lógica tortuosa en su mente bajo la cual la afirmación no era técnicamente una mentira, pero los ciudadanos sintieron con razón que había roto la confianza, y él lo reconoció luego y aceptó esta apreciación. Él incumplió el deber de no mentirle a otros.

En muchos trabajos, existe la necesidad de promover ya sean los aspectos negativos o positivos de un producto, servicio, persona, organización o situación. Los cristianos no deben abstenerse de expresar con firmeza sus ideas, pero no deben comunicarse expresándole a otros algo falso. Si las palabras técnicamente ciertas crean una falsa impresión en la mente de otro, entonces no se cumple el deber de decir la verdad. En la práctica, cada vez que una discusión sobre honestidad se convierta en un debate técnico sobre cómo se dijo algo, es sabio preguntarnos si la discusión en realidad es acerca de mentirle a otro.

Trato justo de los trabajadores (Levítico 19:13)

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“No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. El salario de un jornalero no ha de quedar contigo toda la noche hasta la mañana” (Lv 19:13). Las personas que trabajaban por días eran por lo general las más pobres, las que no tenían tierras propias para cultivar. Ellos dependían del pago inmediato por su trabajo y por esto necesitaban recibir su salario al final de cada día (cf. Dt 24:14-15). En la actualidad vemos una situación similar cuando los empleadores tienen la capacidad de imponer los términos y condiciones del trabajo, aprovechándose de las vulnerabilidades de los trabajadores. Esto ocurre, por ejemplo, cuando los empleados son presionados para que apoyen a los candidatos políticos favoritos de sus jefes o los trabajadores que deben continuar su labor después del final de la jornada. Estas prácticas son ilegales en casi todo lugar, pero desafortunadamente siguen siendo comunes.

Una situación más controversial es la de los trabajadores por días que no tienen los documentos para ser empleados legales. Esto ocurre en todo el mundo y aplica para los refugiados, personas desplazadas internas de un país, ciudadanos rurales que no tienen permisos urbanos de residencia, inmigrantes ilegales, niños de menor edad a la requerida para tener un empleo legal, y otros. Tales personas trabajan con frecuencia en agricultura, en los jardines, en trabajos a destajo, servicio alimenticio y proyectos pequeños, además de ocupaciones ilegales. Ya que tanto empleadores como empleados están actuando al margen de la ley, no hay protección para los trabajadores por medio de contratos laborales y regulaciones gubernamentales. Los empleadores pueden aprovecharse de su situación y pagarles a los trabajadores menos de lo legal por hora, negarles beneficios y ofrecer condiciones de trabajo peligrosas o deficientes. Los empleados pueden ser objeto de abuso o acoso sexual. En muchos casos, están completamente a merced del empleador. ¿Es legítimo que los empleadores los traten de esta manera? Seguramente no.

Pero, ¿qué si las personas en estas situaciones toman trabajos precarios aparentemente de forma voluntaria? En muchos lugares, las personas indocumentadas trabajan en jardines, tiendas de suministros, mercados agrícolas y otros lugares concurridos. ¿Es correcto darles empleo? Si lo es, ¿es responsabilidad del empleador proveer lo mismo que los trabajadores legales tienen por derecho, tal como el salario mínimo, beneficios de salud, pagos de planes de jubilación, subsidio por enfermedad e indemnización por despido? ¿Los cristianos debemos ser estrictos acerca de la legalidad del empleo, o debemos ser flexibles porque la legislación no se ha puesto al corriente con la realidad? Es inevitable que los cristianos serios difieran en sus conclusiones al respecto y es difícil justificar una solución única. Cualquiera que sea la forma en la que un cristiano procese estas cuestiones, Levítico nos recuerda que la santidad (y no la conveniencia práctica) debe estar en el centro de nuestro pensamiento. La santidad en temas laborales surge de un interés por las necesidades de los trabajadores más vulnerables.

 

Los derechos de las personas con discapacidad (Levítico 19:14)

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“No maldecirás al sordo, ni pondrás tropiezo delante del ciego, sino que tendrás temor de tu Dios; Yo soy el Señor” (Lv 19:14). Estos mandatos ofrecen una imagen realista del trato cruel que recibían las personas con discapacidades. El sordo no podía escuchar una maldición, ni el ciego podía ver lo que lo haría tropezar. Por estas razones, Levítico 19:14 les recuerda a los israelitas que “teman a su Dios”, quien escucha y ve el trato que reciben todos en el trabajo. Por ejemplo, si bien los trabajadores con discapacidades no necesitan los mismos muebles de oficina y equipamiento que los que no tienen discapacidades, necesitan la oportunidad de tener un empleo que saque el provecho máximo de su productividad, igual que los demás trabajadores. En muchos casos, lo que las personas con discapacidades necesitan no es que los priven de tener trabajos que son capaces de hacer. De nuevo, el mandato de Levítico no es que el pueblo de Dios haga obras de caridad para otros, sino que la santidad de Dios les da a todas las personas creadas a Su imagen el derecho de tener oportunidades adecuadas de trabajo.

Hacer justicia (Levítico 19:15-16)

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“No harás injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni complacerás al rico, sino que con justicia juzgarás a tu prójimo. No andarás de calumniador entre tu pueblo; no harás nada contra la vida de tu prójimo; Yo soy el Señor” (Lv 19:15-16).

Esta corta sección respalda el reconocido valor bíblico de la justicia y luego lo amplía considerablemente. El primer versículo comienza con una aplicación para los jueces, pero termina con una aplicación para todos. Se debe ser imparcial al juzgar los casos judiciales y no se debe juzgar al prójimo de manera injusta. La redacción en el hebreo resalta la tentación de juzgar la apariencia externa de una persona o de una situación. Levítico 19:15 expresa de forma específica, “No harás injusticia en el juicio; no favorecerás al pobre ni complacerás al rico, sino que con justicia juzgarás a tu prójimo”. Los jueces deben ver más allá de sus preconcepciones (del “rostro” que perciben) para entender el problema de la imparcialidad. Esto también se aplica en nuestras relaciones sociales en el trabajo, la escuela y la vida civil. En todos los contextos, hay personas que son privilegiadas y otras oprimidas debido a prejuicios sociales de diferentes tipos. Imagine la diferencia que haríamos los cristianos si no nos apresuráramos a juzgar hasta conocer a las personas y las situaciones a profundidad. ¿Y si nos tomáramos el tiempo de conocer a la persona irritante que hace parte de nuestro equipo antes de quejarnos de ella a sus espaldas? ¿Y si nos atreviéramos a compartir con personas fuera de nuestra zona de confort en la escuela, universidad o vida civil? ¿Y si buscáramos periódicos, programas de televisión y medios de comunicación que ofrezcan una perspectiva diferente de la que estamos acostumbrados? ¿Ir más allá de lo superficial nos puede dar más sabiduría para hacer nuestro trabajo bien y con justicia?

La segunda parte de Levítico 19:16 nos recuerda que los sesgos sociales no son una cuestión menor. En el hebreo dice literalmente, “no te quedes junto a la sangre de tu prójimo”. En el lenguaje judicial del versículo, una declaración sesgada (“calumnia”) pone en peligro la vida (“sangre”) del acusado. En ese caso, no solo está mal hablar palabras sesgadas, sino también incluso la pasividad al no ofrecerse como voluntario para testificar a favor del que ha sido acusado falsamente.

Con frecuencia, los líderes en el trabajo deben asumir el rol de mediador. Cuando los trabajadores sean testigos de una injusticia en el trabajo se pueden cuestionar legítimamente si es apropiado involucrarse. Levítico afirma que defender activamente a los que son maltratados es un aspecto esencial de quienes pertenecen al pueblo santo de Dios.

En una escala más amplia, Levítico trae su visión teológica de la santidad para toda la comunidad. La salud de nuestra comunidad y economía está en juego. Hans Küng señala la necesidad de la correlación entre los negocios, la política y la religión:

 

Es preciso recordar que las acciones y el pensamiento económico no son neutrales… Así como la responsabilidad social y ecológica de los negocios no se les puede atribuir a los políticos, la responsabilidad ética y moral tampoco se puede dejar solamente en manos de la religión… No, la acción ética no solo debería ser un agregado secreto de los planes de mercadeo, estrategias de venta, contabilidad ecológica y balances generales sociales, sino que debería formar el marco natural de la acción social humana.[1]

Todos los lugares de trabajo existentes —el hogar, la empresa, el gobierno, los ámbitos académicos, la medicina, la agricultura y los demás— desempeñan roles particulares, pero el llamado a la santidad aplica para todos. En Levítico 19:15-16, la santidad comienza con ver a otros de una forma profunda, más allá de lo superficial.

Hans Küng, Global Responsibility: In Search of a New World Ethic [Responsabilidad global: en busca de una nueva ética mundial] (Nueva York: Continuum, 1993), 32-33, citado en Roy Gane, The NIV Application Commentary: Leviticus, Numbers [El comentario de aplicación de la NVI: Levítico, Números] (Grand Rapids: Zondervan, 2004), 352.

Amar al prójimo como a uno mismo (Levítico 19:17-18)

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Tal vez el versículo más famoso en Levítico es el mandato de, “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19:18). Esta expresión imperativa es tan radical que Jesús y los rabinos la concebían como uno de los dos “grandes” mandamientos, siendo el otro “Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es” (Mr 12:29-31; cf. Dt 6:4). Al citar Levítico 19:18, el apóstol Pablo escribió que “el amor es el cumplimiento de la ley” (Ro 13:10).

Trabajar para otros tanto como trabajamos para nosotros mismos

El factor crucial del mandato se encuentra en las palabras “como a ti mismo”. Al menos hasta cierto punto, la mayoría de nosotros trabaja para proveer para sí mismo. El interés propio es un componente importante del trabajo; sabemos que si no trabajamos, no comeremos. La Escritura elogia esta motivación (2Ts 3:10), pero el aspecto de “como a ti mismo” de Levítico 19:18 sugiere que deberíamos estar motivados de igual manera para servir a otros por medio de nuestro trabajo. Este es un llamado de alto nivel: trabajar tanto para servir a otros como para satisfacer nuestras propias necesidades. Esto sería casi imposible si tuviéramos que trabajar el doble para lograrlo (por ejemplo, un turno por día para nosotros y otro turno para nuestro prójimo).

Afortunadamente, es posible amarnos a nosotros mismos y a nuestro prójimo por medio del mismo trabajo, al menos en la medida en que nuestro trabajo provee algo de valor para los clientes, ciudadanos, estudiantes, familias y otros consumidores. Un maestro recibe un salario con el que paga sus cuentas y al mismo tiempo imparte conocimientos a los estudiantes y les ayuda a desarrollar habilidades que serán igualmente valiosas para ellos. Un ama de llaves de un hotel recibe un salario mientras les proporciona a los clientes una habitación limpia y un ambiente saludable. En la mayoría de casos, no conservaremos nuestro empleo por mucho tiempo si no proporcionamos algo de valor a otros, al menos equivalente a lo que ganamos como pago. Pero, ¿qué si nos encontramos en una situación en la que podemos inclinar los beneficios a nuestro favor? Algunas personas tienen el poder de dar salarios y bonos que están por encima de lo justo. Las personas con conexiones políticas o los corruptos pueden obtener grandes recompensas para ellos mismos por medio de contratos, subsidios, bonos y trabajos poco provechosos, mientras le dan poco a los demás. Hay momentos en los que casi todos nosotros podemos trabajar menos y aun así recibir nuestro pago.

En general, si tenemos un rango amplio de opciones en nuestro trabajo, ¿qué rol tiene el servir a otros con nuestras decisiones laborales, comparado con hacer todo lo que podamos por nosotros mismos? Casi todos los trabajos pueden servir a otros y agradar a Dios, pero eso no significa que todos los trabajos y oportunidades laborales sean de servicio a los demás en el mismo nivel. Nos amamos a nosotros mismos cuando tomamos decisiones laborales que nos favorecen salarialmente, nos dan prestigio, seguridad, comodidad y trabajo fácil. Amamos a otros cuando escogemos un trabajo que proporciona bienes y servicios necesarios, oportunidades para personas marginadas, protección para la creación de Dios, justicia y democracia, verdad paz y belleza. Levítico 19:18 indica que la segunda opción debe ser tan importante para nosotros como la primera.

¿Ser amable? (Levítico 19:33-34)

En vez de luchar por cumplir este gran llamado, es fácil atenuar la forma en la que entendemos el “amar a tu prójimo como a ti mismo” y volverlo algo trivial como “ser amable”. Muchas veces, ser amable no es más que una fachada y una excusa para desconectarnos de las personas a nuestro alrededor. Levítico 19:17 nos ordena que hagamos lo opuesto. “Corrijan con franqueza a su semejante cuando sea necesario para que no resulten cómplices de su pecado” (Lv 19:17 PDT). No es evidente que estos dos mandatos —tanto amar como corregir al prójimo— vayan juntos, pero se unen en el proverbio, “Mejor es la reprensión franca que el amor encubierto” (Pro 27:5).

Desafortunadamente, la lección que aprendemos en la iglesia a menudo es ser amables siempre. Si esto se convierte en nuestro principio en el trabajo, los efectos personales y profesionales pueden ser desastrosos. La amabilidad tiene la capacidad de adormecer a los cristianos para que permitan que personas agresivas y predadores los manipulen y abusen y que les hagan lo mismo a otros. La amabilidad puede llevar a que los gerentes cristianos pasen por alto las deficiencias de los trabajadores en exámenes de rendimiento, privándolos de una razón para mejorar sus habilidades y a la larga, mantener sus trabajos. La amabilidad puede llevar a las personas a guardar resentimiento, rencor o a buscar venganza. Levítico nos dice que amar a las personas a veces significa dar una reprensión honesta, aunque este no es un permiso para la insensibilidad. Cuando reprendemos a alguien, debemos hacerlo con humildad y compasión, ya que tal vez nosotros también debamos ser corregidos.

¿Quién es mi prójimo? (Levítico 19:33-34)

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Levítico enseña que los israelitas no debían “oprimir” a los extranjeros residentes (Lv 19:33) (el mismo verbo hebreo aparece en Lv 25:17, “no os hagáis mal uno a otro”). El mandato continúa, “El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto; Yo soy el Señor vuestro Dios” (Lv 19:34). Este versículo es un ejemplo particularmente importante de la conexión inquebrantable en Levítico entre la fuerza moral de la ley (“amar al extranjero como a uno mismo”) y el propio ser de Dios, “Yo soy el Señor vuestro Dios”. Ustedes no oprimen a los extranjeros porque pertenecen a un Dios que es santo.

Los extranjeros residentes, junto con las viudas y los pobres (ver Lv 19:9-10 anteriormente), representan a los forasteros de escaso poder. En los trabajos actuales, las diferencias de poder no surgen únicamente de las diferencias de nacionalidad y género, sino de muchos otros factores. Sea cual sea su causa, en la mayoría de trabajos se desarrolla una jerarquía de poder conocida por todos, incluso si no se reconoce abiertamente. A partir de Levítico 19:33-34, podemos concluir que los cristianos debemos tratar a otras personas de forma justa en los negocios como una expresión de adoración genuina a Dios.

Justicia en el comercio (Levítico 19:35-36)

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Este pasaje prohibe que en los negocios se haga trampa con medidas falsas de longitud, peso o calidad, y es más específica refiriéndose a escalas y piedras, el equipamiento estándar del comercio. Las diferentes medidas mencionadas indican que esta regla se aplica en una variedad amplia, desde tramos de tierra hasta la medida más pequeña de productos secos y líquidos. La palabra hebrea tsedeq (“justo” en LBLA) que aparece cuatro veces en Levítico 19:36 denota un carácter que es correcto en términos de integridad y es irreprensible. Todas las pesas y medidas debían ser precisas. En pocas palabras, los compradores debían recibir lo justo por lo que pagaron.

Hay muchas formas en las que los vendedores pueden suministrar menos de lo que los compradores creen que están recibiendo. Esto no se limita a medidas falsificadas de peso, área y volumen. La exageración, estadísticas engañosas, comparaciones irrelevantes, promesas que no se pueden cumplir, “vaporware” (un producto que se promociona sin haber sido creado) y términos y condiciones ocultas son apenas la punta del iceberg  (para aplicaciones en varios lugares de trabajo, consulte "Decir la verdad en el trabajo").

Una mujer que trabaja para un gran emisor de tarjetas de crédito nos relata la desconcertante historia a continuación.

Nuestro negocio consiste en ofrecerles tarjetas de crédito a personas pobres que tienen malas historias crediticias. Aunque nuestras tasas de interés son altas, la tasa por defecto de los clientes es tan alta que no recibimos beneficios económicos solo cobrando intereses. Tenemos que encontrar una forma de generar otros cobros. Una dificultad es que la mayoría de nuestros clientes les temen a las deudas y por eso pagan su saldo mensual a tiempo. Cuando esto ocurre, no obtenemos pagos extra, así que tenemos un truco para tomarlos por sorpresa. Por los primeros seis meses, les enviamos la cuenta el día 15 del mes, que vence el día 15 del mes siguiente. De esta forma se familiarizan con el patrón y diligentemente nos envían su pago el 14 de cada mes. El séptimo mes, les enviamos la cuenta el día 12, que vence el 12 del siguiente mes. Ellos no se dan cuenta del cambio y nos envían el pago el día 14, como de costumbre y así les ganamos. Les hacemos un cobro de servicio de $30 por el pago atrasado. También, como son morosos, podemos aumentar su tasa de interés. El mes siguiente ya están en mora y entran en un ciclo que genera cobros para nosotros mes tras mes.[1]

Es difícil ver cómo aquellos que son llamados a seguir a un Dios santo puedan participar en un trabajo que dependa de engañar o confundir a las personas para beneficiarse económicamente.

El nombre se oculta por solicitud de la persona, como se le indicó al editor del proyecto de "Teología del Trabajo" William Messenger en una reunión del Consorcio Fordham en Seattle Pacific University, el 5 de agosto del 2011.