El derrocamiento del reino pagano (Daniel 5) : 642

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El derrocamiento del reino pagano (Daniel 5)

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

El capítulo 5 va de la humillación del rey pagano a la destrucción absoluta del imperio babilonio. Pocos imperios fueron tan extravagantes como Babilonia en el mundo antiguo.[1] Era una fortaleza inexpugnable que tenía dos murallas, una interna y otra externa, la cual tenía casi dieciocho kilómetros de largo y poco más de doce metros de alto. Un bulevar procesional conducía a la gran Puerta de Ishtar, una de las ocho puertas de la ciudad, la cual tenía ladrillos de color azul brillante. La ciudad contaba con cincuenta templos y numerosos palacios. Los afamados “jardines colgantes”, que conocemos esencialmente gracias a los historiadores antiguos, era una de las siete maravillas del mundo. Sin embargo, luego de la muerte del intimidatorio Nabucodonosor en el año 562 a. C., la ciudad tardó apenas veinte años en caer. El rey persa Ciro (559–530 a. C.) tomó la ciudad en el año 539 a. C. sin que hubiera una resistencia significativa.

Este cambio trascendental en el paisaje político se relata desde la perspectiva de lo que ocurrió en el palacio del nuevo gobernador, Belsasar, la noche de la caída de la ciudad.[2] Belsasar, en un banquete suntuoso, contaminó los vasos judíos sagrados del templo de Jerusalén y blasfemó al Señor mientras la cena se convirtió en una orgía de ebrios (Dn 5:1–4). Entonces, “de pronto aparecieron los dedos de una mano humana y comenzaron a escribir frente al candelabro sobre lo encalado de la pared” (Dn 5:5). Belsasar, el gobernante orgulloso del magnífico imperio de Babilonia, estaba tan asustado por la escritura en la pared que su rostro palideció y sus rodillas chocaban una contra la otra (Dn 5:6). Ni él ni sus encantadores, astrólogos ni adivinos pudieron entender lo que significaba (Dn 5:7–9), solamente Daniel pudo entender el mensaje de condenación: “al Dios que tiene en Su mano tu propio aliento y es dueño de todos tus caminos, no has glorificado… has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso... tu reino ha sido dividido y entregado a los medos y persas” (Dn 5:23, 27–28). Y de hecho, “aquella misma noche fue asesinado Belsasar, rey de los caldeos. Y Darío el medo recibió el reino” (Dn 5:30–31).

Al final, Dios sí acaba con el reino malvado. La gran esperanza del pueblo de Dios es la victoria definitiva del Señor, no nuestra propia efectividad. En cualquier caso, debemos florecer donde estamos plantados y si surge la oportunidad, podemos y debemos hacer la diferencia. El modelo que vemos en todas las páginas del libro de Daniel es de participación, no de aislamiento. Sin embargo, nuestra participación en el mundo no está basada en la esperanza de lograr un cierto grado de éxito o que Dios nos haga inmunes a los sufrimientos que vemos a nuestro alrededor. Está basado en el conocimiento de que todo lo bueno que ocurre en medio del mundo caído es solo una muestra de la incomparable bondad que veremos cuando Dios traiga Su propio reino a la tierra. Al final, es más importante preguntar, “¿del lado de quién está usted?” que “¿qué ha hecho por mí últimamente?”

Evelyn Klengel-Brandt, “Babylon” [Babilonia] en The Oxford Encyclopedia of Archaeology in the Near East [Enciclopedia de Oxford de arqueología en el Cercano Oriente], ed. Eric M. Meyers (Oxford: Oxford University Press, 1997), 251–56; Bill T. Arnold, Who Were the Babylonians? [¿Quiénes eran los babilonios?] (Atlanta: Society of Biblical Literature, 2004), 96–99.

Belsasar no era descendiente de Nabucodonosor; era hijo y corregente del rey Nabonido (556–539 a. C.), quien tuvo que llegar al trono por medio de un golpe militar.