La provisión de Dios (Lucas 9:10-17; 12:4-7, 22-31) : 107

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La provisión de Dios (Lucas 9:10-17; 12:4-7, 22-31)

Comentario Bíblico / Producido por el Proyecto de la Teología del trabajo

A lo largo del libro de Lucas, Jesús enseña que vivir en el reino de Dios significa ver a Dios, y no al esfuerzo humano, como la fuente esencial de todo lo que necesitamos para la vida. Nuestra labor no es opcional, pero tampoco es absoluta. Nuestra labor siempre es una participación en la gracia de la provisión de Dios.

Jesús alimenta a los cinco mil (Lucas 9:10–17)

Jesús demuestra esta idea con sus acciones antes de enseñarla con palabras. Al alimentar a los cinco mil (Lc 9:10–17), Dios, en la persona de Jesús, asume la responsabilidad de satisfacer la necesidad de alimento de las personas y lo hace porque ellas tienen hambre. No encontramos una explicación exacta de la forma en la que Jesús hace este milagro. Él usa comida común —cinco panes y dos peces— y, por el poder de Dios, un poco de alimento se convierte en lo suficiente para alimentar a muchos. Algunos de los discípulos (los pescadores) trabajaban en el oficio del servicio de alimentos y otros (como Leví, el recaudador de impuestos) eran funcionarios públicos. Jesús usa su trabajo usual mientras ellos organizan la multitud y sirven el pan y los peces. Él incorpora (no reemplaza) los medios humanos comunes para proveer alimento y los resultados son milagrosamente exitosos. El trabajo humano es capaz de hacer el bien o hacer el mal. Cuando hacemos lo que Jesús pide, nuestro trabajo es bueno. Como vemos frecuentemente en el Evangelio de Lucas, Dios trae resultados milagrosos a partir del trabajo común, en este caso, el trabajo de proveer para las necesidades de la vida.

Jesús enseña acerca de la provisión de Dios (Lucas 12:4–7, 22–31)

Después, Jesús enseña acerca de la provisión de Dios: “os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis… ¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? Si vosotros, pues, no podéis hacer algo tan pequeño, ¿por qué os preocupáis por lo demás?” (Lc 12:22, 25–26). Jesús lo plantea como simple sentido común. Si preocuparse no puede agregarle una hora a la vida, ¿para qué preocuparse? Jesús no dice que no se debe trabajar, solo dice que no nos debe preocupar si el trabajo proporcionará lo suficiente para satisfacer nuestras necesidades.

En una economía de abundancia, este es un consejo excelente. A muchos de nosotros, la preocupación nos lleva a trabajar en empleos que no nos gustan, en horas que desvirtúan nuestro disfrute de la vida, descuidando las necesidades de otras personas a nuestro alrededor. Para nosotros, la meta no parece ser “más” dinero sino “suficiente” dinero, suficiente como para sentirnos seguros. Aun así, en realidad es poco común que nos sintamos seguros, sin importar cuánto dinero más podamos ganar. De hecho, con frecuencia ocurre que entre más exitosos seamos en ganar más dinero, menos seguros nos sentimos porque ahora tenemos más que perder. Es casi como si fuera mejor si tuviéramos algo genuino de qué preocuparnos, como les ocurre a los pobres (“Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados”, Lc 6:21). Para salir de este bache, Jesús nos dice, “Mas buscad Su reino [el de Dios], y estas cosas os serán añadidas” (Lc 12:31). ¿Por qué? Porque si su finalidad principal es el reino de Dios, entonces tiene la garantía de que su meta suprema será cumplida. Y al sentir esa seguridad, puede reconocer que el dinero que gana en realidad es suficiente, que Dios está proveyendo para sus necesidades. Ganar un millón de dólares y tener miedo de perderlos es como tener una deuda de un millón de dólares. Ganar mil dólares y saber que al final usted estará bien, es como recibir un regalo de mil dólares.

Pero, ¿qué si usted no tiene mil dólares? Cerca de un tercio de la población mundial subsiste con menos de mil dólares al año.[1] Estas personas pueden tener lo suficiente para vivir hoy, pero enfrentan la amenaza del hambre o algo peor en cualquier momento, sean creyentes o no. Es difícil conciliar la dura realidad de la pobreza y el hambre con la promesa de provisión de Dios. Jesús no ignora esta situación y dice, “Vendan sus bienes y den a los pobres” (Lc 12:33, NVI), ya que sabe que algunas personas están en una situación desesperada de pobreza. Es por eso que debemos proveer para ellos. Tal vez si todos los seguidores de Jesús usáramos nuestro trabajo y riquezas para mitigar y prevenir la pobreza, nos convertiríamos en el medio de provisión de Dios para los que se encuentran en una situación desesperada. Sin embargo, como los cristianos no lo han hecho, no pretenderemos hablar en nombre de las personas que son tan pobres que su provisión está en duda. En cambio, preguntémonos si nuestra propia provisión está en duda en el presente. ¿Nuestra preocupación es proporcional al peligro genuino de que nos falte lo que en realidad necesitamos? ¿Las cosas por las que nos preocupamos son necesidades genuinas? ¿Lo que nos preocupa que nos pueda faltar es remotamente comparable con lo que necesitan quienes están en una situación desesperada de pobreza, a quienes no ayudamos de ninguna manera? Si no es así, lo único sensato es el consejo de Jesús de no preocuparnos por las necesidades de la vida.

Peter Greer y Phil Smith, The Poor Will Be Glad [Los pobres se alegrarán] (Grand Rapids: Zondervan, 2009), 29.

El trabajo del buen samaritano - Amar a su prójimo como a usted mismo (Lucas 10:25-37)

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El tema de la provisión de Dios por medio del trabajo humano continúa en la parábola del buen samaritano. En esta parábola, la provisión de Dios para la víctima de un crimen viene por medio de la compasión de un viajero extranjero, quien evidentemente tiene suficiente riqueza para pagar por la atención médica de un extraño. Esta es quizá la más conocida de todas las parábolas de Jesús, aunque solo se encuentra en el Evangelio de Lucas, inmediatamente después del relato del Gran Mandamiento. En los Evangelios de Mateo y Marcos, Jesús dice que el mandamiento mayor en toda la Escritura es “amar a Dios” y “amar al prójimo”. En Lucas 10:25–37, la discusión sobre el gran mandamiento continúa directamente en la parábola del buen samaritano. Para más información acerca de las implicaciones del Gran Mandamiento en el lugar de trabajo, ver “El gran mandamiento tiene un gran alcance (Mateo 22:34–40)” y “Nuestro trabajo cumple el gran mandamiento (Marcos 12:28–34)”.

En el relato de Lucas, el abogado comienza preguntándole a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús le pide que resuma lo que está escrito en la ley y el abogado responde con el Gran Mandamiento, “Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús responde que esta es en verdad la clave de la vida.

Entonces, el abogado le hace una pregunta de seguimiento a Jesús, “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le responde por medio de una historia que ha sido llamada “la parábola del buen samaritano”. Esta historia es tan cautivante que se ha extendido al conocimiento popular más allá de los círculos cristianos. Las personas que nunca han tenido una Biblia en las manos reconocen el significado del término “buen samaritano” como alguien que cuida a un extraño en necesidad.

Ya que culturalmente se cree que el “buen samaritano” es alguien con un talento extraordinario para la compasión, podemos estar tentados a pasar por alto al samaritano real de la historia de Jesús. Además, examinar por qué el samaritano que Jesús describe era un hombre de negocios, es importante para la perspectiva de nuestro propio trabajo.

El samaritano en la historia de Jesús se encuentra con el judío que fue herido por algunos ladrones en una ruta de negocios reconocida. Es probable que el samaritano transitara por esa ruta comercial con frecuencia, como lo evidencia el hecho de que lo conocían en una posada cercana y el administrador lo consideraba tan confiable como para concederle una extensión de servicios a crédito. Sea cual fuere la naturaleza de su negocio, el samaritano era lo suficientemente exitoso como para comprar aceite y vino con propósitos médicos y pagar el alojamiento en la posada para un completo desconocido. Está dispuesto a gastar su dinero y su tiempo en alguien que no conoce y además, hace esperar a sus otros negocios con el fin de velar por las necesidades de un desconocido herido.

Entonces, la parábola del buen samaritano se puede interpretar como una historia que nos anima a usar nuestro éxito material para el beneficio de otros. El héroe de la parábola gasta su dinero en un extranjero sin ninguna obligación directa de hacerlo ya que no tienen un parentesco y tampoco comparten la misma fe. De hecho, los samaritanos y los judíos eran hostiles unos con otros. Y aun así, en la mente de Jesús, amar a Dios es convertir en nuestro “prójimo” a todo aquel que necesite nuestra ayuda. Jesús enfatiza este punto invirtiendo el sentido de la pregunta original del abogado. Las palabras del abogado son, “¿quién es mi prójimo”, una pregunta que comienza concentrándose en él mismo y agrega la cuestión de a quién está obligado a ayudar. Jesús la invierte diciendo, “¿Cuál de estos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”, lo cual se centra en el hombre en necesidad y pregunta quién está obligado a ayudarle. ¿Comenzar pensando en la persona necesitada y no en nosotros mismos nos da una perspectiva diferente acerca del llamado de Dios a ayudar?

Esto no significa que el llamado sea a estar disponibles de manera absoluta e infinita. Nadie está llamado a suplir todas las necesidades del mundo, lo cual va más allá de nuestra capacidad. El samaritano no renuncia a su trabajo para ir a buscar a todos los viajeros heridos en el Imperio romano. Sin embargo, cuando se cruza en el camino —literalmente— con alguien que necesita una ayuda que él puede dar, decide actuar. “El prójimo”, dice el predicador Haddon Robinson, “es alguien que tiene necesidades que usted puede suplir”.

El samaritano no solo ayuda al hombre herido dándole algunas monedas. En cambio, se asegura de que se suplan todas las necesidades del hombre, tanto las necesidades médicas inmediatas como la de un espacio para recuperarse. Por tanto, el samaritano cuida al hombre como cuidaría de sí mismo. Esta acción cumple Levítico 19:18, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El samaritano asume un riesgo extraordinario para ayudar a este desconocido, ya que se arriesga a que los mismos bandidos lo ataquen cuando se detiene a ver qué le pasó al hombre, se arriesga a que el administrador de la posada lo engañe, se arriesga a llevar la carga del gasto y el peso emocional de cuidar a un enfermo crónico. Con todo, decide asumir estos riesgos porque actúa como si su propia vida fuera la que estuviera en peligro. Este es el mejor ejemplo de Jesús de lo que puede significar ser el prójimo que “ama a su prójimo como a sí mismo”.

Otra característica de la historia que pudo sorprender a la audiencia de Jesús es la etnicidad del héroe, un samaritano. El pueblo de Jesús, los judíos, consideraban que los samaritanos eran inferiores étnica y religiosamente. Aun así, el samaritano actúa más acorde con la ley de Moisés que los líderes religiosos judíos que pasaron al lado del hombre en el camino. Su presencia en el territorio judío no es un peligro que se deba temer sino una gracia salvadora bien recibida.

En el trabajo, tenemos muchas oportunidades de ser el prójimo de nuestros compañeros, clientes y otras personas de toda etnia o cultura. Ser un buen samaritano en el lugar de trabajo implica cultivar una conciencia específica de las necesidades de los demás. ¿Existen personas en su lugar de trabajo a quienes se les está robando de alguna manera? Con frecuencia, a ciertos grupos étnicos se les priva del reconocimiento o el ascenso. Un cristiano consciente debería ser quien dijera, “¿le estamos dando un trato justo a esta persona?”

De forma similar, así como la enemistad había crecido entre los judíos y los samaritanos, la administración y los empleados se consideran unos a otros como dos tribus distintas, aunque no debería ser así necesariamente. Cierta compañía no lo vio de esa manera en lo absoluto. Arthur Demoulas, Director ejecutivo de la cadena de supermercados Market Basket decidió tratar a sus empleados de una forma excepcional, pagándoles mucho más que el salario mínimo y negándose a eliminar el plan de distribución de utilidades incluso cuando la empresa perdió dinero durante una crisis económica. Él se relacionó de forma directa con sus trabajadores memorizando los nombres de todos los que pudo, lo cual no era algo insignificante en una compañía de 25.000 empleados. Cuando la junta directiva de Market Basket despidió a Arthur Demoulas en el 2014, en gran parte por causa de sus prácticas generosas, los empleados de la cadena de supermercados hicieron una huelga. Ellos se negaron a surtir los estantes hasta que Arthur Demoulas volviera a tener el control de la compañía. Esta fue quizá la primera instancia conocida en la que los trabajadores de una compañía grande se organizaron a nivel de las bases para escoger a su propio Director ejecutivo, lo cual fue alimentado por la generosidad abnegada de Arthur Demoulas.

En este caso, ser un buen samaritano potenció el éxito de Arthur Demoulas. Tal vez cuando Jesús dice, “ve y haz tú lo mismo”, no solo está dando un buen consejo espiritual, sino también un buen consejo de negocios.

El mayordomo infiel y el hijo pródigo (Lucas 16:1-13; 15:11-32)

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La parábola del mayordomo infiel (Lucas 16:1–13)

La clave para estar seguros en cuanto a lo que necesitamos no es ganar y ahorrar ansiosamente, sino servir y gastar de una manera fiable. Si Dios puede confiar en que gastaremos nuestro dinero para suplir las necesidades de otros, el dinero que nosotros mismos necesitamos también será provisto. Esta es la cuestión de la parábola del mayordomo infiel, en la cual un mayordomo derrocha los bienes de su señor y, como resultado, se le notifica que será despedido. Él usa sus últimos días en el trabajo para defraudar más a su señor, pero hay un giro extraño en la forma en que lo hace. No trata de robarle a su señor, ya que tal vez sabe que será imposible llevarse algo cuando salga de la propiedad. En cambio, reduce de forma fraudulenta las deudas de las personas que le deben a su señor, esperando que le devuelvan el favor y provean para él cuando esté desempleado.

Igual que el mayordomo deshonesto, no podemos llevarnos nada cuando dejemos esta tierra. Incluso durante esta vida, nuestros ahorros pueden verse afectados por la hiperinflación, el desplome del mercado, el hurto, la confiscación, las demandas, la guerra y los desastres naturales. Por tanto, guardar grandes cantidades de dinero no ofrece una seguridad real. En cambio, debemos gastar nuestra riqueza para proveer para otras personas y dependemos de que ellos hagan lo mismo con nosotros cuando surja la necesidad. “Haceos amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando falten, os reciban en las moradas eternas” (Lc 16:9). Al proveer para los deudores de su señor, el mayordomo deshonesto está creando amistades. Probablemente, el fraude mutuo no es la mejor forma de cultivar relaciones, pero parece que es mejor que no construir ninguna relación. Para ganar seguridad, es mucho más efectivo cultivar relaciones que aumentar el capital. La palabra eternas implica que las buenas relaciones nos ayudan en los momentos difíciles en esta vida y que también perdurarán en la vida eterna.

Vemos un ejemplo extremo de este principio cuando la guerra, el terror o el desastre destruyen el tejido económico de la sociedad. En un campo de refugiados, una prisión o una economía afectada por la hiperinflación, es probable que con la riqueza que tuvo antes no pueda comprar ni siquiera una corteza de pan. Pero si usted ha provisto para otros, es posible que ellos provean para usted en su momento de mayor dificultad. Note que el mayordomo deshonesto no ayuda a ricos, sino a deudores, por tanto, no depende de sus riquezas sino de la relación de dependencia mutua que ha construido con ellos.

Pero Jesús no está diciendo que debemos depender de los sentimientos volubles de las personas que hemos ayudado durante los años. La historia cambia rápidamente de los deudores al señor (Lc 16:8) y Jesús apoya lo que dice el señor, “El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho” (Lc 16:10). Esto apunta a Dios como el garante de que usar el dinero para cultivar relaciones, llevará a una seguridad duradera. Cuando usted construye buenas relaciones con otras personas, llega a tener una buena relación con Dios. Jesús no dice qué le interesa más a Dios, si la generosidad hacia el pobre o las buenas relaciones con las personas. Tal vez son las dos: “Por tanto, si no habéis sido fieles en el uso de las riquezas injustas, ¿quién os confiará las riquezas verdaderas?” (Lc 16:11). Las verdaderas riquezas son las buenas relaciones fundamentadas en nuestra mutua adopción como hijos de Dios. Una buena relación con Dios se hace realidad en la generosidad con los pobres. Las buenas relaciones producen buen fruto, lo que nos da una mayor habilidad para construir buenas relaciones y ser generosos con otros. Si Dios puede confiar en que usted va a ser generoso con poco dinero y lo va a usar para construir buenas relaciones, será capaz de confiarle mayores recursos.

Esto indica que si usted no tiene ahorros suficientes para sentirse seguro, la respuesta no es tratar de ahorrar más. En cambio, gaste lo poco que tiene en ser generoso y hospitalario y las respuestas de otras personas a su generosidad y hospitalidad pueden traerle más seguridad que ahorrar más dinero. No hace falta decir que esto se debe hacer con sabiduría, en formas que realmente beneficien a otros y no solamente para saciar su conciencia o favorecer a personas que vea como futuros benefactores. En cualquier caso, su seguridad final está en la generosidad y la hospitalidad de Dios.

Los ecos al hijo pródigo (Lucas 15:11–32)

Este puede ser un consejo financiero sorprendente: no ahorre, mejor gaste lo que tiene para acercarse más a otras personas. Sin embargo, note que viene inmediatamente después de la historia del hijo pródigo (Lc 15:11–32). En esa historia, el hijo menor desperdicia toda su fortuna, mientras que el hijo mayor ahorra su dinero con tanta templanza que ni siquiera puede entretener a sus amigos más cercanos (Lc 15:29). El derroche del hijo menor lo lleva a la ruina, pero ese despilfarro es lo que lo lleva a recurrir a su padre en total dependencia. La alegría del padre por tenerlo de regreso quita todos los sentimientos negativos que tiene por el hijo que le costó la mitad de su fortuna. En contraste, el aferrarse fuertemente a lo que queda de la riqueza de la familia aleja al hijo mayor de una relación cercana con su padre.

En las dos historias, la del mayordomo deshonesto y la del hijo pródigo, Jesús no dice que la riqueza es inherentemente mala. En cambio, dice que la forma correcta de usar la riqueza es gastarla, preferiblemente en los propósitos de Dios —y si no en eso, entonces en cosas que aumentarán nuestra dependencia de Dios.